Lesbianarium 22: “Al revés”
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―Mamá, mami, ¿podéis venir un momento?
Susana está en el salón. Rita, su madre biológica, en la cocina, terminando de preparar la cena, y Gloria, su madre adoptiva, ordenando ropa en la sala de planchar. Al oÃr el llamamiento de su hija, ambas responden a la vez.
―¿Las dos?
―SÃ, por favor.
Rita y Gloria dejan inmediatamente lo que estaban haciendo y se dirigen hacia el salón sin perder tiempo. Saben muy bien que debe tratarse de algo importante, porque en su casa solamente los asuntos de máxima urgencia o prioridad se hablan con la familia al completo. Para todos los demás, a Susana suele bastarle el apoyo y el consejo de una de las dos, según el caso. Al llegar al salón, se sientan en el sofá, una a cada lado de su hija.
―¿Qué ocurre, cariño?
―¿Estás bien?
Susana les toma la mano y les da un beso, mientras Rita y Gloria intercambian una fugaz mirada, sintiéndose intrigadas y un poco desconcertadas. Gloria decide romper el hielo.
―Bueno, ¿nos lo vas a contar ya, o prefieres seguir besándonos primero para allanar el camino?
―Veréis… es que… tengo que deciros algo… pero no sé por dónde empezar…
Ahora es Rita quien toma la iniciativa para tratar de dar confianza a su hija.
―¿Y qué tal si empiezas por el principio?
―Eso, empieza por el principio, es fácil, mira: “habÃa una vez una linda muchacha de dieciocho años llamada Susana, quien reunió a sus madres una soleada y primaveral mañana de sábado para decirles que…â€
Rita no tarda en sumarse a la estrategia de Gloria.
―… Para decirles que… ¿ha rayado el coche de su madre en un aparcamiento? Si es eso, no pasa nada.
―No es eso, mamá.
―… Para decirles que… ¿ha suspendido alguna asignatura del primer cuatrimestre? ¿Y qué? Eso también puede ser normal en el primer año de universidad.
―Que no, que los estudios me van bien.
―… A ver… para decirles que… ¿ha roto con su novia? Tranquila, ya vendrán otras.
―Por ahà vas un poco mejor, mamá.
―O sea, que se trata de amorÃos. ¡Menos mal! Empezaba a estar preocupada pensando que podÃa tratarse de un tema de salud, o yo qué sé…
―Venga, niña, dispara. ¿Por qué lo has dejado con Clara?
―Yo no he dejado nada con Clara, es que nunca he tenido ninguna relación amorosa con ella, es lo que estoy tratando de deciros.
Rita y Gloria se miran sin decir nada y con cara de interrogante. Hasta donde ellas suponen, su hija y Clara han estado saliendo juntas durante los últimos tres meses y medio.
―Mamá, mami, soy heterosexual. Hala, ya está dicho.
―¿Hetero… qué?
―Heterosexual, mami. Ya sé que os cuesta mucho pronunciar esa palabra y que siempre habéis creÃdo que yo era lesbiana, como vosotras, pero no es asÃ. Me gustan los hombres.
―Cállate.
―Me gustan los hombres.
―Por favor, no vuelvas a repetirlo.
―Tenéis que acostumbraros: me gustan los hombres.
―¡Nooooooooooooooo!
―Rita, mantén la calma. Y tú, niña, haz el favor de tener un poco más de respeto hacia tu madre.
Susana, entre resuelta y resignada, se levanta del sofá, toma una silla y se sienta en ella, de manera que ahora está frente a sus dos madres, que continúan en el sofá, descompuestas y descolocadas. Rita trata de reconducir la situación.
―Pero, vamos a ver, Susana. ¿Tú estás segura? A lo mejor se trata solamente de una fase pasajera, ¿no?
―Estoy completamente segura, mamá, siempre lo he estado.
―No me lo creo. ¿Para eso te hemos llevado año tras año a celebrar el DÃa del Orgullo por medio mundo?
―Y yo os lo agradezco, siempre lo he pasado bomba y he hecho muchos amigos, algunos homosexuales, otros no.
―A ver, cuando ves una escena de sexo entre un hombre y una mujer en una pelÃcula, ¿tú a quién miras?
―A él.
―¿Siempre? ¿Aunque ella sea Angelina Jolie o Sharon Stone?
―SÃ, siempre, porque seguramente él será Brad Pitt o George Clooney.
―¡Me cago en la mar! A ver si va a ser verdad que eres heterosexual…
―Pero, ¿has estado con chicas? Si no pruebas una cosa, no puedes decir que no te gusta.
―Y vosotras, ¿con cuántos hombres habéis mantenido relación?
―Ahà nos has pillado.
―Además, estoy saliendo con un chico.
Ahora es Gloria quien no puede contenerse.
―¿Cómo? ¿Que estás saliendo con un chico? Pero… eso… no puede ser… hija…
―Lo que no puede ser es que me estéis diciendo todo esto. ¿Quién os ha metido en la cabeza que yo soy lesbiana? El hecho de ser hija de lesbianas no me convierte automáticamente en homosexual, aunque tengo que decir que en mi clase hay bastantes personas, tanto alumnos como profesores, que sà lo creen. ¿No os dais cuenta de que eso es precisamente lo que muchos querrÃan? Si yo fuera lesbiana, alguna gente obtusa os acusarÃa de haberme criado a vuestra imagen y semejanza, de propagar vuestra “semilla del malâ€. Además, no sé por qué tengo que dar ninguna explicación acerca de mi sexualidad.
―Bueno, eso es algo que tu madre y yo hemos tenido que hacer toda nuestra vida.
―Lo sé, y me sabe muy mal, y precisamente por eso no deberÃais acosarme como estáis haciendo ahora mismo. ¿O es que queréis ser como ellos?
―¡Antes muertas!
―Entonces, lo único que tenéis que hacer es dejarme ser como soy.
―El problema es que, ahora mismo, no sé cómo eres, hija mÃa. Siempre habÃamos creÃdo que eras lesbiana, ¿verdad, Gloria?
―SÃ, tienes que darnos un poco de tiempo para asimilarlo, Susana. Entiende que esto ha sido un choque brutal para nosotras.
―Vale, tenéis hasta mañana a mediodÃa. He invitado a mi novio a comer.
―¿Que has hecho qué?
―Le he dicho a Luis que venga mañana a probar la fantástica paella que preparan mis dos madres a cuatro manos, y me ha dicho que vendrá encantado. Espero que estéis a la altura y que os empleéis a fondo en la paella.
―Pero… mañana es muy pronto, niña…
―Que no, que yo confÃo en vosotras y sé que no me defraudaréis. Y además, estoy segura de que Luis os caerá muy bien. Es muy simpático. Y ahora, os dejo para que penséis. Mientras tanto, salgo a comprar todo lo necesario para la paella. Vuelvo dentro de un rato. Os quiero. Hasta luego.
Susana se levanta, devuelve la silla a su sitio, coge su bolso y sale por la puerta. Rita y Gloria, sentadas aún en el sofá, se mantienen calladas durante unos minutos, sin mirarse, con la vista fija en la pared. Por fin, Rita rompe el silencio.
―No sé qué hemos hecho mal, Gloria, ¿en qué nos hemos equivocado?
―Tiene razón Susana. ¿Te estás oyendo? Pareces una de esas madres heterosexuales a quien su hija acaba de decir que es lesbiana y no es capaz de aceptarlo. ¿Recuerdas qué te dijo la tuya cuando se lo contaste?
―Perfectamente, como si fuera ayer. Me dijo que qué se le iba a hacer y que, sobre todo, nada de cambio de sexo. No estuvo mal del todo la mujer, teniendo en cuenta la información que habÃa en aquellos tiempos sobre estos temas.
―La mÃa me dijo que lo aceptaba y que si no tenÃa hijos tampoco me perdÃa nada, porque no valÃa la pena. Queriendo ser comprensiva, me hizo sentir como la peor de las hijas, como una mierda. Ojalá hubiera vivido lo suficiente para conocer a su nieta, a mi hija.
―Entonces, ¿tú crees que hemos sido buenas madres?
―Eso deberÃamos preguntárselo a Susana, pero creo que, si nos hemos equivocado en algo, ha sido en dar por sentado que nuestra hija era lesbiana. Ya ves, toda la vida tratando de desmarcarnos del modelo de crianza heterosexual intolerante y resulta que hemos cometido algunos de sus mismos errores. Pero, ¿sabes lo que te digo? Que hasta aquà hemos llegado. Se acabó. Finito. The end.
―¿Qué quieres decir?
―Que mañana conoceremos a Luis y seremos más encantadoras que nunca. Si ese chico hace feliz a nuestra hija, yo ya le quiero como a un hijo.
―Eso sÃ, a la mÃnima que oiga un comentario homófobo saliendo de su boca, le echo de casa a patadas.
―Estoy segura de que eso no ocurrirá, Susana es muy sensata y habrá escogido bien.
―¡Ya estoy aquÃ! ¡Y traigo un pescado fresquÃsimo!
Es Susana, desde la cocina. Después de colocar en la nevera el pescado que acaba de comprar y de guardar el resto de ingredientes, asoma la cabeza por la puerta del salón.
―¿Puedo pasar, o habéis decidido echarme de casa?
―Qué tonta eres a veces. Anda, ven, siéntate con nosotras. Queremos que sepas que tienes toda la razón, que tu vida es tuya, y tu sexualidad, también.
―Muy bien.
―Y que nos encantará conocer a tu novio mañana.
―Requetebién.
―Eso sÃ, hubiéramos preferido que fueras lesbiana.
―Ya lo sé, pero quizá pensando más en vosotras que en mÃ. No me importarÃa ser lesbiana, de verdad, pero resulta que no lo soy y no puedo fingir ser otra persona. Si os hace sentir mejor, pensad en todos los problemas que me ahorraré siendo heterosexual.
―En eso tienes toda la razón, desgraciadamente… Y ahora, pasemos al apartado final de “ruegos y preguntasâ€. Por favor, no te maquilles en exceso, porque parecerás mayor y no harás otra cosa que tapar tu belleza natural.
―¿Es que me habéis visto muy maquillada alguna vez? Pues a partir de ahora, igual.
―Y, sobre todo, espero que no se te ocurra nunca convertirte en ama de casa, ¿me oyes?
―No os preocupéis por eso, Luis tiene muy claro que las responsabilidades domésticas se comparten al cincuenta por ciento.
―¿Y qué pasa con Clara? Mira que dejarla escapar asÃ, con lo buena que está…
―No os preocupéis por ella, por lo que yo sé, tiene a todas las chicas que quiere.

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Lesbianarium 21: “Lesbianitis aguda”

―Carlos, te he dicho que no. Déjame, por favor.
―¿Por qué?
―Porque no tengo ganas, y además, me gustarÃa dormir sola esta noche. Asà que, ¿por qué no te vas a tu casa? Mañana hablamos, ¿vale?
―Yo no quiero hablar, yo quiero hacer el amor contigo, como antes. Hace semanas que me evitas y me rechazas. ¿Qué te pasa? ¿He hecho algo y estás enfadada conmigo?
―No me pasa nada, estoy cansada.
―Sà que te pasa, desde que empezó el verano estás muy rara. Y no lo digo solamente por cómo me tratas, también tienes mala cara, y yo dirÃa que has adelgazado.
―Vete, por favor.
―Con una condición, y es que mañana mismo vayas al médico. Yo te acompaño.
―Que no.
―Pues entonces, no me voy.
―Te recuerdo que estás en mi casa, Carlos.
―Y yo te recuerdo que salimos juntos desde hace cuatro años, si es que eso significa algo para ti.
―Tienes razón, perdóname, es que no me encuentro muy bien últimamente. Si tú quieres, mañana vamos al médico, pero ahora tienes que irte, por favor, hazlo por mÃ.
―De acuerdo. Te recojo mañana a las diez para ir al Centro de Atención Primaria. ¿Cierro la puerta con llave por fuera al salir?
―SÃ, gracias. Hasta mañana.
―Hasta mañana. CuÃdate.
Al dÃa siguiente, Rosa se levanta sintiéndose igual de cansada que cuando se acostó. Camina lenta y pesadamente hacia el lavabo, casi sin levantar los pies del suelo, y al mirarse al espejo descubre unas ojeras pronunciadas y una palidez extrema en su rostro. Pero, además, se da cuenta de que tiene el pijama manchado de sangre a la altura del pecho izquierdo. Asustada, se quita la parte de arriba del pijama. La sangre viene del pezón, que también presenta unas marcas muy extrañas. “Menos mal que voy a ver a mi médico dentro de un ratoâ€, ―se dice, visiblemente preocupada.
Carlos llama por el interfono justo cuando Rosa está terminando de desayunar.
―Ahora mismo bajo.
―¿Quieres que suba?
―No, espérame en el coche.
―Como quieras.
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El médico de cabecera de Rosa, que la conoce desde niña y es un hombre de temperamento risueño, muda el semblante al verla entrar en su consulta, y después de observarla durante unos instantes, mientras ella y su novio se sientan al otro lado de la mesa, le toma la mano para hablarle en un tono de franca preocupación.
―Rosa, creo que sé lo que te ocurre, pero yo no puedo ayudarte.
―¿Cómo puede saberlo, doctor, si todavÃa no le he contado nada?
―A ver si acierto: hace semanas que duermes mal, no puedes con tu alma y no paras de discutir con éste.
―Oiga, que tengo nombre, me llamo Carlos.
―Ya lo sé, hombre, y hasta hoy también tenÃas novia, pero te avanzo que ya puedes ir despidiéndote de ella.
―¿Tan mal estoy, doctor? ¿Cuánto me queda?
―Yo no he dicho que vayas a morir, Rosa. ¿Tengo razón en lo de los sÃntomas?
Rosa titubea un poco antes de contestar, mientras se quita la camiseta y el sujetador.
―SÃ… y además… tengo esto… Me he dado cuenta esta misma mañana, al encontrar unas gotitas de sangre en el pijama.
Carlos no da crédito a sus ojos al ver las marcas en el pezón de su novia, y la sombra de la duda no tarda en nublar su mente.
―¿Quién te ha hecho esto? ¿Me estás engañando con alguien?
―Que no, Carlos, que no estoy de humor para follar con nadie, ¿es que no lo ves?
Mientras tanto, el doctor está terminando de imprimir una solicitud de pruebas analÃticas.
―Bueno, Rosa, esto confirma el pronóstico inicial. Mañana, a primerÃsima hora, vienes en ayunas y te hacemos unos análisis completos. Y pasado mañana, con los resultados, vas a ir a ver al doctor Abraham van Piercing. Ahora mismo concierto la visita. Como te he dicho, yo no puedo hacer nada más por ti.
―¿Quién es? ¿Un endocrino?
―Algo asÃ. Tranquila, él te ayudará.
ÂÂ―¿Viviré?
―Más que eso. Renacerás.
Carlos se siente absolutamente perdido.
ÂÂ―Doctor, todo esto es muy raro. ¿Puedo ayudar?
―Como te he dicho antes, lo mejor que puedes hacer es olvidarte de Rosa y empezar a rehacer tu vida.
―Pero, ¿por qué? ¿No acaba de decir que vivirá?
―SÃ, pero será otra mujer, no la que tú has conocido. Y ahora, si me disculpáis, tengo más pacientes que atender. Adiós, Carlos. CuÃdate, Rosa, te dejo en las mejores manos.
Al salir del Centro de Asistencia Primaria, Carlos continúa perplejo.
―¿Tú has entendido algo, cariño? Porque yo, no. Pero no te preocupes, yo te cuidaré y estaré pendiente de ti hasta que vuelvas a estar bien.
―Tú no vas a hacer nada.
―Pero…
―Ya has oÃdo al doctor, será mejor que sigas con tu vida y que no volvamos a vernos.
―¿De verdad quieres que lo dejemos asÃ, de esta manera, precisamente ahora que estás enferma?
―Adiós, Carlos. Quiero que sepas que te he querido mucho y que te deseo lo mejor.
―Rosa, yo…
Sin darle tiempo para más explicaciones, Rosa empieza a caminar en dirección a su casa, dejando a Carlos plantado en la puerta del ambulatorio.
Al dÃa siguiente, cumpliendo las órdenes de su médico de cabecera, Rosa se hace los análisis, y al otro, visita al doctor van Piercing en su consulta privada, que ocupa una casona en la parte alta de la ciudad. Durante estos dos dÃas, el cansancio ha ido en aumento; las ojeras, también, y cada mañana le sigue sangrando el pezón izquierdo.
―Hola, Rosa, siéntate, por favor. Tu médico me ha contado tu caso y me ha puesto al corriente de todo. ¿Cómo estás?
―Muy cansada, doctor.
―Ya veo, no tienes por qué preocuparte, es parte del proceso.
―¿Proceso? ¿Qué proceso?
―Ahora mismo te lo explico, pero antes, echemos una ojeada a los resultados de tus análisis. ¿Los has traÃdo?
―Aquà los tiene.
Los indicadores confirman anemia leve. Por lo demás, el estado general de Rosa es correcto.
―¿Puedo examinarte el pecho, Rosa?
―SÃ, claro. Cada mañana encuentro el pijama manchado con unas gotitas de sangre. Pero no me duele, ni nada. ¿Qué me ocurre, doctor? Es que me noto muy rara últimamente. De repente, me ha dado por ir cada dÃa al gimnasio, cuando no lo habÃa pisado en mi vida, y eso que llevo un cansancio enorme encima. Además, ya no me apetece llevar tacones, ahora prefiero ir más cómoda, no sé, con zapatos de cordones, e incluso con bambas. Y noto que los hombres no me miran como antes, ni yo a ellos. A veces, ni siquiera les veo.
―Eso es porque has entrado en un estado avanzado del proceso, y seguramente el virus ya ha está en tu flujo sanguÃneo.
―Me está asustando, doctor… ¿de qué virus se trata?
―Antes de confirmar nada, déjame hacerte un test de tipo psicológico. Nada especial, el tÃpico Rorschach, con manchas de tinta y todo eso. ¿Qué ves aquÃ?
―Una melena de mujer, larga y rizada.
―Ajá. ¿Y aqu�
―Dos tetas.
―¿Y nada más?
―Como dos carretas.
―Vale, lo estás haciendo muy bien, Rosa. Vamos a por el último. ¿Qué ves aqu�
―Un coño enorme, descomunal, suave, jugoso, caliente… Tengo calor, doctor.
―Es normal, en tu estado, es el efecto que suele producir el test.
―¿Qué más quiere saber?
―¿Duermes con la ventana abierta?
―Ahora, en verano, sÃ.
―¿Tiene rejas? Quiero decir, ¿es de fácil acceso?
―Vivo en una casa adosada, y mi habitación está en la planta baja, dando al patio de atrás.
―O sea, que cualquier persona podrÃa entrar en tu habitación por el patio, a través de la ventana. ¿Correcto?
―SÃ, pero nuestra comunidad está vigilada dÃa y noche… ¿Adónde quiere ir a parar, doctor?
El doctor van Piercing cierra la carpeta con el expediente de Rosa y se reclina hacia atrás en su sillón para explicarle sus conclusiones.
―Rosa, ya sé que puede parecerte extraño, pero debo decirte que sufres lesbianitis aguda.
―¿Lesbia… qué?
―Lesbianitis. Es una afección que afecta a una parte de la población femenina y que se transmite por contacto entre mujeres. Aunque no lo parezca, es bastante habitual. Vamos a ver, y por ponerte tan sólo un ejemplo, ¿por qué crees que Fritney no ha vuelto a ser la misma desde que la besó Madronna en plena gira? Y eso que fue un beso sin lengua… En la fase en la que tú te encuentras, el proceso es irreversible, porque el virus ha invadido todo tu organismo a través de la sangre, y esto ha hecho que también se haya desencadenado el proceso psÃquico adyacente. Puedo asegurarte que, dentro de pocas semanas, antes de que termine el verano, serás lesbiana de pies a cabeza.
Rosa no puede creer lo que está oyendo.
―Pero… ¿cómo…?
―¿Cómo has contraÃdo el virus? Seguramente, has sido mordida por una infectada. Repetidamente, además. Estoy casi convencido de que tienes a una lesbiana rondando tu casa desde hace semanas, y cada noche se cuela en tu habitación para morderte el pezón, chuparte un poco de sangre e inyectarte su veneno. De ahà la anemia y el cansancio. ¿Lo entiendes?
―¿Como una vampira?
―Más o menos.
―La virgen… y… ¿qué tengo que hacer para curarme?
―Tienes que identificarla y acostarte con ella. Sólo asà te dejará en paz y podrás seguir con tu vida, una vida de lesbiana, eso sÃ.
―Bueno, lo de acostarme con ella no parece muy difÃcil, lo que veo más complicado es llegar a saber quién es.
―Eso lo sabremos esta misma noche. Le pondremos una trampa. En cambio, lo de acostaros juntas no es tan fácil como te pueda parecer. Todo depende del tipo de lesbiana de que se trate, de la familia a la que pertenezca.
―Ah… pero… ¿es que hay de distintos tipos?
―Por supuesto, como en todo el reino animal. Básicamente, sin embargo, podemos hablar de dos grandes especies: la Lesbianae Armaricus, que no se reconoce como lesbiana pero actúa como tal, y la Lesbianae Libera, que tiene perfectamente asumida su naturaleza y vive su vida con plena normalidad. Te avanzo que te será mucho más fácil acostarte con una del segundo tipo, es decir, con una Libera, que con una del primero, porque la Lesbianae Armaricus vive muy encerrada en sà misma, sin contacto con el resto de su comunidad. Por tu bien, espero que tu atacante sea una Libera.
―Yo también, porque si resulta que es una Armaricus y no se deja, ya me dirá qué hago entonces.
―No avancemos acontecimientos. Si se da el caso, ya pensaremos una estrategia adecuada. De momento, vete a casa y descansa. Yo vendré hacia las diez de la noche para preparar el escenario. Sobre todo, no te preocupes, estoy seguro de que lo conseguiremos.
―Muchas gracias, doctor.
Â
Después de dormir algunas horas en el sofá, Rosa se incorpora y mira el reloj. El doctor van Piercing no tardará en llegar. Tiene el tiempo justo para ducharse y comer algo. La noche se presenta movida. Mientras piensa en lo absurdo de la situación en la que se encuentra, se siente invadida por un llanto inminente, pero consigue dominarlo a tiempo y mentalizarse de que tiene que ser fuerte para seguir adelante con su nueva vida, aunque no tenga ni idea de cómo será. Llaman a la puerta.
―Hola, doctor. Pase.
―Buenas noches. ¿Puedes ayudarme con el material?
―Por supuesto. ¿Lo llevamos todo a mi habitación?
―SÃ. Por favor, tú ocúpate de la cámara de vÃdeo. Móntala en el trÃpode y déjala enfocada hacia la cama. Llegado el momento, utilizaremos el mando a distancia para ponerla en marcha. Yo voy a hinchar la muñeca.
―¿Una muñeca hinchable, doctor?
―SÃ, pero modificada. He puesto dos quesos de tetilla en su interior, uno debajo de cada pecho. AsÃ, cuando la lesbiana los muerda, obtendremos un molde perfecto de sus dientes, gracias a la textura blanda del queso. Además, el ojo derecho de la muñeca lleva una cámara fotográfica camuflada que tomará instantáneas del ataque en primer plano. Entre las fotos, la grabación de vÃdeo y las marcas dentales, conseguiremos una identificación fiable y exacta. ¿Entiendes la estrategia, Rosa?
Â―Perfectamente, doctor.
―Ayúdame a colocar la muñeca en la cama, como si fueras tú. AsÃ, boca arriba. La tapamos con la sábana, y listo.
―¿Y ahora?
―Ahora sólo nos falta abrir la ventana y escondernos. Ese armario servirá. Entra, que se nos hace tarde.
Rosa y el doctor van Piercing comparten el pequeño espacio del armario ropero, cuyas puertas han dejado ligeramente abiertas para poder controlar el escenario. Al cabo de un rato, todavÃa nada.
―¿Está usted seguro de que va a venir alguien, doctor?
―ConfÃa en mÃ. ¿Qué hora es?
―Las once y media. Me ahogo un poco aquà dentro.
―Paciencia, no creo que tarde. ¿Has oÃdo eso?
―¿El qué, doctor?
―La ventana, se está moviendo.
―¿Seguro? Yo no veo nada.
―Conecta la cámara de vÃdeo, procura hablar lo mÃnimo y en el tono más bajo posible.
Mientras Rosa aprieta el botón rojo del mando a distancia para iniciar la grabación, puede ver claramente a una mujer entrando por la ventana de su habitación. Y además, no tarda en reconocerla.
―¡Coño, pero si es mi vecina, la de la casa contigua a la mÃa!
―Habla más bajo, que nos va a oÃr. ¿Estás segura?
―SÃ, se llama Paula y vive sola, que yo sepa. Tiene un gato y trabaja en el Ayuntamiento. ¿Qué está haciendo ahora, doctor?
―Lo mismo que te ha estado haciendo a ti todo el verano. Se ha sentado en tu cama y, si no me equivoco, ahora se inclinará sobre la muñeca para morderle el pezón. ¿Ves? El izquierdo, no falla. ¡Qué sigilosas son estas lesbianas! No me extraña que no te dieras cuenta de nada.
―Se va, doctor. ¿No vamos a desenmascararla?
―No, déjala. Si pretendes acostarte con ella, no debe saber que la has descubierto. La toma de pruebas ya está hecha, y tengo que reconocer que ha sido una de las identificaciones más fáciles que he hecho en mi vida.
―¿Podemos salir ya del armario?
―SÃ. Cierra la ventana y enciende la luz. Esta noche ya no volverá. Escúchame, Rosa, ahora el resto depende de ti. Tienes que intentar por todos los medios acostarte con esa mujer, porque sólo asà recuperarás la vitalidad y completarás tu proceso de transformación. ¿Me has entendido?
―Descuide, doctor, mañana mismo me pongo a ello.
―Bien, pues, recojo todo esto en un momento y me voy. Necesito descansar después de una de estas sesiones, para reponer fuerzas y descargar la tensión acumulada.
Rosa acompaña al doctor van Piercing hasta la puerta y, después de despedirle, la cierra con llave.
―Buenas noches, Rosa.
―Buenas noches, doctor. Y gracias de nuevo.
Â
Lo primero que ve Rosa al abrir los ojos es el despertador de su mesita de noche. Las nueve y media de la mañana. Afortunadamente, es sábado y no tiene planes a la vista, aparte de tratar de conquistar a su vecina Paula. Después de dar vueltas y más vueltas al asunto mientras se ducha y desayuna, decide optar por la vÃa más directa. “Llamaré a su puerta, y que sea lo que Dios quieraâ€,―piensa. Se viste con unos vaqueros, una camiseta ajustada y unas zapatillas de deporte, y se arregla el pelo justo antes de llamar al timbre de la casa contigua.
―Hola, Paula. Te llamas asÃ, ¿verdad? Soy Rosa, tu vecina de al lado.
―Buenos dÃas, Rosa. ¿Necesitas algo?
Nunca hasta ahora se habÃa parado a observar a su vecina Paula, y la verdad es que le gusta bastante lo que ve. Es una mujer más o menos de su misma edad, aunque quizá un poco mayor, de cabello oscuro y ojos azules muy claros, delgada y atlética, se nota que hace deporte con regularidad. De repente, Rosa se da cuenta de que tiene que contestar a la pregunta que le ha formulado, pero no tiene ni idea de qué decirle.
―Pues… es que…como hace un dÃa estupendo, querÃa salir a dar un paseo en bici por ahÃ, y me preguntaba si te apetecerÃa venir… Pero si no quieres, o no puedes, no pasa nada…
―¿Y tu novio, dónde está?
―¿Carlos? Lo dejamos hace unos dÃas.
―¿Por qué?
―Porque no funcionaba, y si una cosa no funciona es mejor dejarla e ir a por otra, ¿no?
―Estoy de acuerdo.
―Oye, ¿puedo hacerte una pregunta?
―Bueno.
―¿Tú eres Libera?
―¿â€Liberaâ€? ¡No tengo ni idea de qué coño es eso!
Â―Ya…
―Soy sonámbula, eso sÃ.
Â―¿Sonámbula? ¿De verdad? ¿Y qué haces cuando vas por ahà sonámbula?
―No lo sé, no lo recuerdo, pero últimamente me despierto con un fuerte sabor a sangre en la boca. ¿Y sabes qué?
―¿Qué?
―Que creo que me gusta ese sabor.
Rosa no puede evitar llevarse una mano al pecho izquierdo y sonreÃr, ruborizada.
―¿Ah, sÃ? Vaya… me alegro… quiero decir que… no sé… esto es un poco raro, ¿no?
Paula le devuelve la sonrisa mientras se apoya en el marco de la puerta.
―Sà que es raro, Rosa, sà que lo es…
Â―Entonces, ¿qué hay de la bici?
Â―Me temo que no va a poder ser. Esta mañana tengo que ir a ver a mi madre y ayudarla a hacer su compra semanal. Está un poco mayor y no puede cargar demasiado peso.
―Bueno… pues… nada… otro dÃa será. Encantada de haberte saludado, Paula. Adiós.
Â―Lo mismo digo. Adiós.
Mientras camina de vuelta a su casa, Rosa piensa que es idiota, que no tiene ni puta idea de cómo ligar con una mujer y que nunca conseguirá nada con Paula. ¡Ni siquiera le ha quedado claro si es una Armaricus o una Libera! Se siente desgraciada y al borde del desastre, porque no sabe qué será de ella si no se acuesta con su vecina.
―¡Rosa! ¡Espera!
Es la voz de Paula, que viene corriendo tras ella. A Rosa se le ilumina la mirada. Piensa que quizá no está todo perdido, y al darse la vuelta se encuentra con Paula de pie frente a ella.
Â―Si quieres, podemos salir a cenar.
―¿Cuándo?
―Hoy. Y después, nos tomamos unas cervezas en Girl’s, el nuevo local de chicas. ¿Lo conoces?
De repente, Rosa se encuentra mucho mejor. Ya no está cansada, todo lo contrario, se siente más viva y vital que nunca.
―¿Sabes lo que te digo, Paula? Que yo dirÃa que sÃ, que al final resultará que eres Libera… ¡No sabes el peso que me quitas de encima!

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