Lesbianarium 12: "Lo malo de ser buena"

Jacinta es una mujer buena, con todo lo malo que implica ser una persona buena. A ver si me explico, no es que ser bueno sea malo en sí, todo lo contrario, pero a veces, y para según qué individuos, ser demasiado amable con los demás supone dejar de serlo con uno mismo en una relación inversamente proporcional. Y eso es precisamente lo que le ocurre a Jacinta, que proyecta tanta sensibilidad hacia los demás que no le queda ni una pizca para ella. Y lo peor es que no se da cuenta de nada, ni de los excesos de bondad que comete con su prójimo, ni de lo mal que se porta consigo misma por culpa de tales derroches.
Jacinta se maltrata sin saberlo desde niña, cuando accedía a ayudar a su madre en las tareas de la casa mientras su hermano y su padre miraban la tele espachurrados en el sofá. No entendía por qué su madre le pedía ayuda a ella solamente, pero a pesar de todo intentaba echarle una mano barriendo o sacando el polvo. Sentía una especie de solidaridad hacia su madre que la impulsaba a hacerlo, aunque ello implicara perderse la serie de televisión de los sábados por la tarde que tanto le gustaba. Después, su hermano le hacía un resumen, y a Jacinta ya le valía.
También ayudaba a su padre a lavar el coche en la calle, con esponjas y cubos de agua, porque Jacinta sentía que debía atender a su padre y a su madre por igual. Solían hacerlo cada sábado por la mañana. Uno de esos sábados, cuando Jacinta debía tener diez o doce años, llegó con su padre a casa después del lavado, y su madre le pidió que pusiera la mesa. Y Jacinta, desde la ingenuidad y el sentido de la justicia propios de la infancia, preguntó a la madre por qué el padre nunca ponía la mesa, a lo que él respondió inmediatamente: “Mal vamos si un hombre tiene que poner la mesa en casa.”. Jacinta no entendió la respuesta en aquel momento, pero a partir de ese día jamás volvió a ayudar a su padre a lavar el coche. Y no es que no lo intentara con todas sus fuerzas, pero se le revolvían las tripas cada vez que le veía con el cubo y las esponjas. Simplemente, no podía. “Soy mala”, se dijo.
“Qué mala soy”, se repitió una y otra vez durante muchos años después, siempre que veía a su madre fregar, lavar, barrer, coser o planchar los sábados por la tarde, mientras ella se dedicaba a leer, a ver la serie en la tele o a salir con sus amigas en vez de ayudarla. Así lo había decidido alrededor de los catorce años, cuando, en uno de esos sábados, al pedirle ayuda su madre, ella le respondió que no volvería a barrer ni a sacar el polvo si no lo hacían también los demás. No había premeditado su respuesta, le salió así, y punto. Su madre, lejos de enfadarse, no dijo nada, siguió con lo que hacía y no volvió a pedírselo nunca, pero desde ese mismo día dejó de tararear coplas mientras mantenía la casa en orden.
“¿Por qué soy tan mala?”, se preguntó Jacinta el día que dejó a su novio de toda la vida. Le había querido mucho, o al menos eso creía, pero se había cansado de ayudarle sin recibir ningún tipo de apoyo por parte de él. Se había dado cuenta, además, de que no se habían hecho novios por amor sino más bien por la presión del entorno, por no estar solos, por encajar, por salir con un grupo de amigos en el que todos tenían pareja… Y además, había conocido a Soledad.
Con Soledad todo era distinto. Estaban a gusto la una con la otra y permanecían juntas porque ambas querían, por ninguna otra razón. Se ayudaban mutuamente, se querían, se apoyaban, se amaban, se entendían, se compenetraban perfectamente dentro y fuera de la cama. La vida siempre era fácil y feliz con ella, menos cuando iban de visita a casa de los padres de Jacinta, y coincidía que era sábado, y veía a su madre, ya casi anciana, hacer lo mismo de siempre. Y a su padre, que seguía sin poner la mesa, también.
-¿Soy mala?, -le preguntó Jacinta a Soledad una tarde de sábado, al volver de casa de sus padres. Y Soledad, sorprendida y conmovida por una pregunta que parecía más bien una acusación, la abrazó con todo su cuerpo, como abrazan las mujeres a las mujeres que aman, y después de besarla, le contestó.
-¿Cómo vas a ser mala, si eres lo mejor que me ha pasado?
Y, colorín colorada, así se puso Jacinta al sentirse, por primera vez en su vida, una mujer buena.
Y, colorín colorada, esta historia está acabada.

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