Lesbianarium 23: "Bette & Vaden"

―¡Póngase en pie la acusada!
―Virginia Domínguez, alias Vagina Dentata, una vez concluido el juicio y antes de emitir sentencia, ¿tiene algo que alegar?
Vaden, que había hecho gala de una serenidad envidiable, casi sobrenatural, durante los más de cuatro meses que había durado su juicio por múltiples asesinatos e intentos de asesinato, se acercó al micrófono para contestar al juez, con su tono de voz imperturbable de siempre.
―Sí, Señoría. Quiero decir que no me arrepiento. Lo único que hice fue seguir mi instinto y hacer uso de mis dotes innatas. Eso es todo.
―Que conste en acta. Y ahora, finalizado el turno de palabra de la acusada, paso a dar lectura al veredicto: “En relación a los cargos de asesinato en primer grado de Jorge González, Sergio Antúnez, Flavio Santini y Miguel Torres; e intento de asesinato de Jesús Pavía, Ramón Alpena y Sonia Díaz, este Tribunal encuentra a Virginia Domínguez…
Al contrario que la mayoría de acusados, Vaden no bajó la mirada en el momento de escuchar el veredicto. En su lugar, alzó la cabeza y clavó sus ojos en el juez que había instruido su caso. Lo último que deseaba era olvidar su cara.
―…culpable de todos los cargos, y la condena a una pena máxima de trescientos cincuenta y cinco años de prisión, que cumplirá en el centro penitenciario para mujeres Mad-Ras”. Llévense a la acusada.
Esposada y custodiada por dos agentes de la Policía Autonómica de Catalunya, Vaden abandonó la sala con paso firme y mirada altiva, desafiando a todos y cada uno de los presentes, mayoritariamente periodistas y familiares de las víctimas, quienes no escondían su satisfacción por la condena. En la calle la esperaba un furgón blindado de los Mossos d’Esquadra, que la trasladó hasta la cárcel de mujeres del centro de la ciudad. Vaden procuró disfrutar del trayecto, pese a que las ventanas del vehículo eran pequeñas. Sabía que jamás volvería a pisar la calle, así que no dejó de inspirar tan profundamente como sus pulmones se lo permitían hasta que el furgón se detuvo frente a la prisión. Quería recordar el olor de las calles, de la gente, de la vida… Cuando uno de los agentes abrió la puerta trasera del vehículo y Vaden se apeó, cerró los ojos para sentir mejor en su cara la suave brisa primaveral que soplaba aquel soleado y apacible día de abril, el último de su libertad, el primero de su cautiverio.
―Deposita aquí todas tus pertenencias y no te “olvides” nada, cariño, o tendré que quitártelo a la fuerza.
Mientras se despojaba del reloj, del móvil, de la cartera y del resto de sus pertenencias, Vaden miraba fijamente y con desprecio a la funcionaria, quien no tardó en darse cuenta de su altivez.
―Bueno, bueno… ¿Qué tenemos aquí? ¡Pero si es una fierecilla! Por tu bien, te recomiendo un poco de humildad si quieres sobrevivir aquí dentro. No te preocupes, si eres incapaz de aprender por tu cuenta, algunas de nuestras internas se encargarán de enseñarte. Aquí se aprende de todo, por las buenas o por las malas, ¿entiendes?
Vaden aprovechó la pregunta para dejar clara su condición.
―Sí, entiendo. ¿Y usted?
Como era de esperar, la celadora captó el mensaje.
―Yo no, pero estoy segura de que muchas de tus compañeras estarán encantadas de tener carne fresca. La ropa, vamos. Desnúdate y ponte el mono.
Vaden obedeció y se quedó en ropa interior.
―Cariño, eso no es desnudarse. Todavía te sobran el sujetador y las braguitas. Tengo que asegurarme de que no llevas nada.
Los ojos de Vaden volvieron a fijarse en los de la celadora para descubrir en ellos el placer y la jactancia que otorga el abuso de autoridad. Pensó que quizá podría dar un merecido escarmiento a la funcionaria aprovechando las circunstancias y, sin dejar de mirarla, empezó a quitarse la ropa interior muy lentamente, bajándose primero una tira del sostén, luego la otra. Después, se giró de espaldas, se quitó el sujetador por arriba sin desabrocharlo, como si fuera un jersey, y lo tiró a los pies de la vigilante.
―¡Date la vuelta inmediatamente! ―le gritó, enfurecida. Pero Vaden se mantuvo de espaldas mientras deslizaba poco a poco las bragas por sus piernas hasta los tobillos, ayudándose con suaves movimientos de cadera y contoneándose como una actriz de peep show frente a su cliente, en este caso su clienta. Levantó un pie, luego el otro, y las bragas quedaron en el suelo. Con la misma parsimonia, separó las piernas y dobló el torso hacia delante para exhibir su sexo frente a la celadora mientras recogía las bragas para tirárselas, igual que había hecho con el sujetador. Mantuvo la posición sin dejar de mover las caderas. Sentía su vagina dilatada, ardiente, empapada, y pensó que era el momento de culminar aquella escena de provocación.
―¿Quiere asegurarse de que no escondo nada, celadora? Adelante, míreme, pálpeme, regístreme por fuera y por dentro.
La guardiana, a punto de estallar de rabia, tiró la silla al suelo al levantarse y se puso guantes de látex mientras se acercaba a Vaden.
―¿Eso es lo que quieres? Pues eso tendrás. Considéralo tu regalo de bienvenida.
La funcionaria se colocó justo detrás de Vaden, pegó su cuerpo al de ella y la atrajo hacia sí cogiéndola por las caderas. Al sentir el roce del pantalón del uniforme contra su sexo, Vaden cerró los ojos y exhaló un suspiro.
―¿Te gusta, lesbiana pervertida?
―No ha hecho usted más que empezar. Se lo diré cuando termine el cacheo, celadora.
La funcionaria dobló su cuerpo sobre el de Vaden y aumentó tanto la presión que Vaden tuvo que apoyar sus manos en el suelo para resistir el envite. Estaba claro que había conseguido enfurecerla, y también quedaba claro que la carcelera tenía mucho más de bollera de lo que seguramente admitiría jamás. En un arrebato de furia que a Vaden le pareció pura pasión, la guardiana deslizó sus manos desde la cintura hasta los pechos de Vaden muy lentamente, como si quisiera descubrir algún tipo de arma o una papelina escondidas entre sus costillas. Después, le sujetó los pechos con fuerza, dejando que los pezones de Vaden, erguidos y endurecidos como nunca antes, asomaran entre sus dedos.
―Nada en las tetas, ―le susurró al oído la celadora―, vamos a ver si encontramos algo en el coño.
Sin dejar de frotar su sexo contra el de Vaden, bajó de nuevo las manos hasta su cintura, donde las detuvo un instante antes de continuar descendiendo por la cara interna de los muslos y volver a subirlas para posar una de ellas sobre el monte de Venus y empezar a masajearle el clítoris con movimientos circulares, mientras con la otra mano abría y cerraba los labios de su vagina por detrás. Se dio cuenta de que necesitaba sentirla más, beber su jugo, morder su sexo, castigarla por su osadía, así que se arrodilló y escondió su cara entre las nalgas de Vaden, manteniéndolas separadas con ayuda de ambas manos. Durante unos segundos, los intensos gemidos de Vaden y la respiración entrecortada de la celadora inundaron la sala de recepción de nuevas reclusas. Para la funcionaria, aquello era nuevo y excitante, nunca antes había sentido en su boca el cálido y húmedo latir del orgasmo de una mujer, y la experiencia le pareció tan sublime que no se vio capaz de detenerse, así que, mientras Vaden recobraba el aliento, se levantó para seguir excitándola con sus manos. No podía dar por terminado el registro hasta que no la hubiera penetrado. La atrajo hacia ella de nuevo y la aferró con fuerza colocando una mano sobre su vientre, por debajo del ombligo. Le introdujo un dedo en la vagina, luego dos, y la respiración de Vaden se aceleró al instante. Apenas había empezado a marcar el ritmo, ayudada por el vaivén de caderas de Vaden, cuando la puerta de la sala se abrió violentamente y apareció otra carcelera, que se apresuró a separarlas.
―¿Estás loca? ¡Apártate de ella! ¿Es que no sabes quién es? Esta reclusa está aquí por haber mutilado a seis hombres y a una mujer con su vagina dentada. ¿Quieres ser tú la siguiente?
La celadora, empapada en sudor y todavía embriagada por el olor de Vaden, cayó al suelo de rodillas. Mientras su compañera la asistía, Vaden se incorporó, se dio la vuelta y se sentó con las piernas abiertas sobre la única mesa que había en la sala.
―No… no lo sabía, ―alcanzó a balbucear la vigilante. Esta puta me ha encelado, ha jugado conmigo desde el principio.
―Vete al aseo y arréglate. La alcaide te está esperando en su despacho. Tendrás suerte si no te abre un expediente disciplinario. ¿En qué coño estabas pensando?
―En el mío, celadora, estaba pensando en mi coño, ―respondió Vaden.
―¡Cállate! Ponte la ropa interior y el mono, cálzate y espera aquí mientras acompaño a Rita al lavabo. Volveré a por ti para llevarte a tu celda.
Sin mirar siquiera a la vigilante que había entrado en tromba en la sala para interrumpir su segundo orgasmo, Vaden continuó dirigiéndose a “su” celadora.
―Así que te llamas Rita… No es nombre para una carcelera… Más bien es un nombre de actriz… Apuesto a que hoy has descubierto algo de ti que desconocías, ¿verdad? No hace falta que me lo agradezcas, para eso están las amigas.
―¡He dicho que te calles si no quieres ir a parar directamente a una celda de castigo! ―gruñó la funcionaria antes de abandonar la sala con Rita. Al volver, pasados unos minutos, cogió a Vaden por un brazo y la sacó de la habitación a empujones, la condujo por una serie de pasillos sin mediar palabra y la obligó a detenerse frente a una de las celdas, la 355. “Qué casualidad, el mismo número que los años de mi condena”, ―se dijo, y esperó a que la carcelera le abriera la puerta. A través de los barrotes distinguió a la que sería su compañera, una mujer de constitución pequeña, de pelo negro y corto, tatuada y con un orificio de piercing en la ceja. Pensó que, al menos, era joven. Entró en el habitáculo y esperó en silencio hasta que oyó la puerta cerrándose y los pasos de la funcionaria alejándose por el pasillo.
―Hola, soy Vaden, ―se presentó.
―Yo me llamo Bette. ¿Qué tal tu primer día?
―Francamente, mucho más placentero de lo que jamás habría podido imaginar.
―¿En serio? Eso dice mucho de ti. ¿Por qué estás aquí?
―Digamos que soy una incomprendida y que tiendo a hacer daño por naturaleza. ¿Y tú?
―Algo parecido. Tengo un don. Hipnotizo a la gente.
―¿Y desde cuándo la hipnosis se castiga con penas de prisión?
―Desde que empecé a utilizarla para atracar bancos. Entraba en cualquier sucursal, me dirigía a una de las ventanillas y me bastaba con pronunciar las palabras mágicas para hacer que el empleado o la empleada de turno me entregara todo el dinero del que dispusiera en aquel momento. Era tan fácil que me parecía casi obsceno, hasta que un día me tendieron una trampa, y aquí estoy. Si me hubiera limitado a usar mi don para tirarme a unas cuantas chicas mientras me ganaba la vida como camarera en hoteles y paradores de medio mundo, todavía estaría libre, pero ya se sabe, la avaricia rompe el saco.
―¿Y puedes dominar la mente de cualquiera?
―Sí, sin excepción. Mañana por la mañana, cuando vengan a despertarnos para el aseo y el desayuno, te lo demostraré. Ahora me gustaría dormir un poco, es tarde.
―De acuerdo, durmamos. Encantada de conocerte, Bette.
―Lo mismo digo.
Después de pasar su primera noche juntas en prisión, Bette y Vaden, como el resto de las reclusas de su mismo módulo, se despertaron al grito de “¡arriba, chicas!” de la carcelera de turno, cada día una distinta. Hoy le tocaba a Rocío, una chica joven que acababa de aprobar las oposiciones y llevaba tan sólo un par de meses en Mad-Ras, su primer destino como funcionaria de prisiones en prácticas. Al escuchar su voz, Bette se alegró.
―Ahí viene Rocío. Despierta, Vaden, quiero que veas lo que soy capaz de hacer.
―Soy todo ojos y oídos, Bette.
Todo lo que hizo Bette fue pronunciar en voz alta la palabra “perra” cuando Rocío pasaba frente a su celda. Al momento, la guardiana se puso a cuatro patas y empezó a ulular como una perra en celo. Cuando llegó al final de la galería, se levantó y continuó su ronda, como si nada hubiera ocurrido. Vaden no podía creer lo que acababa de ver.
―¡Qué fuerte! ¡Lo tuyo es lo más! No entiendo por qué sigues aquí con semejante don, pudiéndote largar cuando te dé la gana.
―Verás, es que me quedan sólo tres meses y no quiero complicarme más la vida. ¿Cuándo sales tú?
―¿Yo? Dentro de trescientos cincuenta y cuatro años y trescientos sesenta y cuatro días, exactamente.
―¡Joder, eso sí que es una condena! Lo siento por ti…
―No te preocupes, cada palo debe aguantar su vela. Pero, ¿sabes qué? Me alegro mucho de poder pasar los próximos tres meses contigo.
―Yo también, hacía tiempo que no conocía a alguien interesante.
Al cabo de una semana, Bette y Vaden se habían hecho inseparables, y antes de finalizar el segundo mes ya eran amantes, aunque Vaden nunca dejaba que Bette la penetrara. Cada vez que lo intentaba, la disuadía proponiéndole alguna perversión nueva o pidiéndole que se concentrara en su clítoris, no en su vagina. Y Bette la obedecía, porque, por encima de todo, amaba a Vaden. Se había enamorado, y cada día que pasaba se le hacía más insoportable la idea de tener que irse de allí sin ella. En su última noche juntas, después de regalarle otra tanda de orgasmos encadenados, le preguntó por qué nunca dejaba que la penetrase.
―Porque podría hacerte daño, y eso es lo último que quiero.
―¿Hacerme daño? ¿Cómo?
―¿Nunca te has preguntado qué significa Vaden?
―No…
―Vagina Dentata. Mi vagina es un arma letal. Por eso estoy aquí. Es algo que no puedo controlar, y la única manera que se me ocurre para evitar arrancarte los dedos o la lengua es no dejar que los metas ahí. Te quiero, Bette, y no deseo herirte.
Contrariamente a lo que Vaden esperaba, Bette se echó a reír.
―¿Te hace gracia?
―Sí, mucha. Parece que no me escuchas, Vaden. ¿No te he dicho y te he demostrado que puedo controlar la mente de las personas?
―Sí, pero eso, ¿qué tiene que ver?
De repente, Vaden cayó en la cuenta de lo que Bette intentaba decirle.
―¿De verdad crees que podrías… curarme? Quiero decir, ¿podrías evitar que te hiciera daño con mi vagina?
―¡Por supuesto! Mírame. Cuando cuente tres y pronuncie las palabras convenidas, tu vagina dejará de ser un peligro para mí. ¿Preparada?
―¡Preparadísima!
―Uno, dos, tres: vagina dentata non est.
―No he sentido nada.
―No tienes que sentir nada en especial. Lo único que he hecho ha sido bloquear tu cerebro permanentemente. Aunque quisieras, ya no podrías hacerme daño.
―¿Estás segura?
―Tan segura como que mañana estaré fuera de este agujero.
―Claro… Te deseo lo mejor en tu nueva vida… ¿Tienes pensado qué vas a hacer?
―Sí. Vivir contigo y “trabajar” contigo, si tú quieres, claro. ¿Tienes idea de lo que podemos llegar a hacer tú y yo juntas, uniendo nuestros talentos?
―Sabes de sobra que yo me pudriré en esta cárcel.
―No lo creo. Más bien te diría que mañana, en el cambio de turno de las doce del mediodía, tú y yo saldremos por la puerta de la cárcel caminando, como si tal cosa, sin que nadie nos pare los pies.
―Pero…
―Todas las celadoras me obedecerán mañana, a la hora convenida. Cuando pronuncie “Bette & Vaden”, se quedarán paralizadas durante quince minutos, y tú y yo nos iremos. Y las que también quieran escapar, que lo hagan. ¿No es genial?
―”Bette & Vaden”… Suena como Bonnie & Clyde…
―Haremos historia y crearemos una marca propia, al estilo de Victorio & Lucchino. Y blanquearemos dinero abriendo una cadena de Bed & Breakfast.
―¿Y grabaremos un vídeo como el de Lady Gaga & Beyoncé?
―Sí, y beberemos siempre Moët & Chandon.
―Te quiero, Bette.
―Yo también. Duérmete, mañana será un día movido.

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