En el Reino de Escaña, el Rey Étienne III agoniza en su lecho de muerte. Todo el mundo está triste en Palacio, hasta los tapices han perdido color y los retratos de los reales antepasados que adornan salas, pasillos y aposentos han mudado su sonrisa. La Familia Real se agolpa en la torre norte, la Reina Marlanga y los Infantes Terencio y Sigfrido lloran desconsolados a los pies de la cama del Rey. Además de acompañar al monarca en sus últimas horas, también tienen que despedirse del marido amante y del padre atento que ha sido para ellos.
Están todos menos Violante, la primogénita y, por tanto, primera en la línea sucesoria. Como Princesa Heredera, el protocolo le prohíbe estar en la misma habitación que el Rey al mismo tiempo que él. Hasta donde ella recuerda, nunca ha compartido estancia con su padre, al que adora. Tampoco ha podido viajar con él ni compartir cenas, ni juegos, ni paseos, ni risas, ni nada. Siempre se han comunicado a través de terceros o por teléfono, y más recientemente también por videoconferencia. A pesar de todo, padre e hija están muy unidos, y el profundo amor del Rey hacia su hija le llevó a romper las normas en más de una ocasión, y de dos, siendo Violante una niña. Ella recuerda muy vagamente cómo su padre lograba esquivar el protocolo a menudo para darle un beso de buenas noches y arroparla antes de dormirse. Algunos días, si se daba el caso de que ella no tenía sueño, incluso le contaba cuentos de cortes encantadas y de princesas a la espera de sus príncipes, y Violante siempre le interrumpía con lo mismo: “papá, yo no quiero un príncipe, yo quiero una princesa”, a lo que el Rey respondía, con su acento francés que no había conseguido disimular a pesar de llevar toda la vida en Escaña: “ya lo sé, caguiño, tú egues difeguente, y pog eso te espega una vida de lucha. Lucha, mi tesogo, lucha, no te guindas jamás”.
Mientras recuerda las visitas furtivas de su padre durante su infancia, Violante espera con ansia en la habitación contigua. Dadas las circunstancias, hoy se le permite romper el protocolo y pasar unos minutos a solas con su padre, el Rey, para despedirse y recibir sus últimos consejos antes de que abandone este mundo. Para ello, debe esperar a que su madre y sus hermanos salgan del aposento real. El tiempo se le hace eterno, los minutos le parecen horas, y los segundos, minutos. Por fin, dos miembros de su guardia personal van a buscarla y la acompañan hasta la puerta de la habitación de su padre. El ruido de la pesada puerta de roble macizo cerrándose a su espalda le causa una extraña mezcla de desasosiego y alegría. Es la primera vez que está a solas con su padre, el Rey, siendo ella adulta.
—Ven, hija, acégcate, —le dice con voz frágil, y Violante corre a arrodillarse junto a la cama y toma una mano de su padre entre las suyas, mientras siente que el llanto inunda sus ojos y entrecorta sus palabras.
—Aquí estoy, padre.
—No llogues, pequeña, esto es ley de vida. Escúchame…
Violante interrumpe a su padre, necesita decirle algo.
—Espera, tienes que escucharme tú a mí primero, quiero decirte algo importante.
—Clago, mi niña, te escucho.
—Papá… yo… soy gay.
Pese a su delicada situación, la confesión de la Princesa provoca en el monarca una débil sonrisa.
—Hija mía, tienes que aplicagte un poco más en los debegues de la Cogona. Tú no egues guey, el guey todavía soy yo, tú segás gueina cuando yo muega, caguiño.
En un primer instante, la Princesa no logra entender la broma de su padre, pero no tarda en descubrir en su mirada un destello de complicidad. Mientras le abraza, le da las gracias.
—Siempre lo has sabido, ¿verdad? Te quiero mucho, papá, y no quiero que te vayas. Quédate conmigo.
—Eso no es posible, Violante. Ahoga, escucha lo que tengo que decigte, no tenemos mucho tiempo. Cuando gueines, tus súbditos espegagán de ti que pegpetúes la Cogona, ya sabes, que te cases con un pgíncipe consogte y que tengas hijos con él.
—Pero… papá, yo no puedo hacer eso… Ni siquiera deseo reinar, sólo quiero vivir mi vida en paz con…
—… Con Yolanda, tu dama de compañía, ¿verdad? Ya lo sé, no te pgeocupes, pog eso te he pgepagado un plan B.
—¿Un plan B? ¿Qué quieres decir? ¿Y cómo sabes lo de Yolanda?
—El debeg de un padge es conoceg bien a sus hijos, y tú paga mí no tienes secgetos. Cada vez que me hablabas de Yolanda pog teléfono tu tono de voz cambiaba, ega más agudo y alegge. Y cuando nos veíamos pog videoconfeguencia, tus ojos se iluminaban cada vez que pgonunciabas su nombge.
—Es que… yo la quiero, padre.
—¿La quiegues tanto como paga guenunciag a la Cogona?
—Por supuesto, pero no quiero decepcionarte, y si tengo que ser Reina para honrarte a ti y servir al país, estoy dispuesta a renunciar a mi felicidad.
—Hija, si de vegdad no te importa no seg gueina de Escaña, lo tengo todo dispuesto paga que no tengas que seglo. Pego tienes que escogeg.
—¿Ahora mismo?
—Ahoga, sí.
Violante contesta sin pensarlo dos veces.
—Escojo a Yolanda. Pero, ¿y la Corona? ¿Qué pasará con tu sucesión? ¿Y por qué no puedo ser Reina y casarme con Yolanda?
—Este país no está pgepagado aún paga teneg dos gueinas. Pego otgos países sí lo están…
—¿Otros países? ¿A qué te refieres?
—Escúchame bien, cuando yo muega haguemos lo siguiente: tú segás pgoclamada gueina, y el mismo día de tu cogonación, pog la noche, tomagás vino con la cena.
—Padre, yo nunca bebo vino.
—Ese día sí lo bebegás, hija mía, pogque el vino segá tu pasapogte hacia la libegtad.
—Cómo…
—Escucha y no me integumpas. El vino te hagá dogmig tan pgofundamente que anulagá tus constantes vitales. A ojos del pueblo y de la ciencia estagás muegta. Y cuando despiegtes, estagás donde tienes que estag, al lado de Yolanda, gueinando las dos en Lestonia.
—¿Lestonia?
—Sí, un país muy al nogte donde el pueblo y la Cogona sí entienden que la oguientación sexual no impogta. Allí seguéis felices, e incluso podgás veg tu funegal pog televisión.
Violante no puede creer que su padre haya urdido un plan tan perfecto para ella.
—Pero, ¿y aquí, en Escaña, quién reinará?
—No te pgeocupes pog eso, caguiño, tu hegmano Teguencio te sigue en la línea sucesoguia y está encantado con el plan. Acabo de explicágselo a él, a Sigfgido y a tu madge antes de tu visita. Todos están de acuegdo en que tu felicidad es lo pgimego y de que no tienes la culpa de habeg nacido en un país con un retgaso social, democgático y evolutivo tan acusado.
—Entonces… ¿voy a ser Reina de Lestonia?
—Clago, tú naciste paga gueinag, mi pgeciosa Pgincesa, y ni la ignogancia de un pueblo ni el miedo de sus diguigentes lo impedigán. Y ahoga, pog favog, déjame, se acegca mi hoga y quiego estag solo cuando la muegte venga a buscagme. Pgefiego que me guecuegdes con vida. ¿Me das un beso de despedida?
Con los ojos inundados por las lágrimas, Violante se inclina sobre su padre para besarle en una mejilla, luego en la otra, después en la frente.
—Adiós, papá. Te quiero mucho.
—Adiós no, pequeña, mejog hasta pgonto. Mientgas tanto, quiego que seas una gueina justa y consecuente paga que todo el mundo quiega seguig el ejemplo de Lestonia. Tienes que ayudagme a haceg que las cosas cambien paga que nadie tenga que abandonag su país nunca más pog culpa de la intolegancia. ¿Me lo pgometes, hija?
—Te lo prometo, padre. Puedes irte tranquilo.

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