Lesbianarium 55: "La una y la otra"

—Buenas noches, cariño —dice una, y se da la vuelta en la cama para dormir.
—Ah, pero, ¿no vamos a follar hoy? —pregunta la otra, apremiada por la calentura premenstrual. A lo que la primera responde que no se lo había planteado, que está muy cansada porque ha tenido un día de perros y que mejor lo dejan para la mañana siguiente, cuando haya podido descansar un poco. Y la otra, que está salida perdida, resopla en señal de desaprobación y se queda tumbada boca arriba en la cama.
Al cabo de unos minutos, la una, medio dormida, oye unos gemidos ahogados a su lado. Es la otra, que se está masturbando como una loca.
—¿Qué coño estás haciendo? —pregunta.
—Pues ya lo ves, apañármelas sin ti. Y que conste que no es la primera vez que lo hago. Últimamente no follamos como antes, y como veo que pasas de mí me busco la vida, ¿qué quieres que haga? Anda, duerme y calla por lo menos, déjame terminar, sosa, que eres una sosa… Ya lo decía mi madre, que me buscara un buen hombre para casarme. Por lo menos, los tíos siempre tienen ganas de hacerlo.
—¡Uf! Estás fatal ¬—interrumpe la una—. A ti te debe tocar pronto la regla, ¿verdad? A ver, déjame pensar, yo la tuve a finales de mes y hoy estamos a día 3, o sea que te toca… Dentro de tres días, si no recuerdo mal. Vale, entiendo que estés como estás. Anda, quita la mano que termino yo.
Pero la una no está para monsergas después del desaire inicial de la otra.
—¡Que me dejes, coño!
—¿Cómo? ¿Ahora no quieres follar?
—No, se te ha pasado el turno… Y encima, me has cortado el rollo y ya no voy a correrme. Un día de estos te dejo, de verdad, te dejo y me largo con una que sepa satisfacerme como me merezco.
—No te entiendo, y menos cuando estás así. Me vas a volver loca. Menos mal que en el tema compresas y tampones no coincidimos por fechas, porque si yo estuviera hoy como estás tú nos arrancaríamos los ojos… ¿Adónde vas?
—A la cocina. Quiero leche con cacao.
—¿Ahora? ¡Pero si son las doce y cuarto de la noche!
Pero la otra ya está camino de la cocina, y al cabo de nada la una la oye remover frenéticamente la cucharilla en la taza para intentar deshacer los grumos de cacao, tarea nada fácil, sobre todo si la leche está tibia. Y piensa que, en verano, con la leche fría de la nevera, es imposible conseguirlo. Al cabo de nada, vuelve la otra de la cocina, deshecha en llanto, y se abalanza sobre la una.
—Perdóname, cariño, soy una idiota. Te he tratado fatal y, en cambio, tú siempre te desvives por mí…. Eres tú quien debería dejarme.
—Y la una, desconcertada, trata de seguirle la corriente, como a los locos.
—Bueno, bueno, cálmate, las dos somos un poco raritas, y tú hoy estás así, a punto de florecer, y encima hay luna llena, y claro…
A lo que la otra cambia de nuevo el semblante y retoma la actitud severa de antes.
—¿Insinúas que soy insoportable, acaso? ¿Es eso lo que piensas de mí? ¡Dímelo claro, porque hago la maleta y me largo ahora mismo!
—¡Que no, que no! Que yo te quiero mucho, ¿no lo ves?
—¿Tú? ¿Qué me vas a querer tú? Estás conmigo porque no has encontrado todavía a otra que te haga suficiente tilín. ¿Pues sabes lo que te digo? Que te vas a enterar, ahora mismo te follo para que después, cuando me dejes, te vayas con sabor a mí.
Y así, sin más, la otra se abalanza sobre el sexo de la una, que no ha tenido tiempo de cerrar las piernas, la pobre. Y la una se corre en menos de un minuto en la boca de la otra, que sigue lamiendo, mordiendo y estrujando los labios mayores, los menores, el clítoris, la entrada de la vagina y toda la zona periférica de la una aún después de haber sentido su orgasmo profundo, hasta que, no sin poco forcejeo, la una consigue, por fin, apartar la cabeza de la otra de su sexo.
Y la otra, sin mediar palabra, se coloca en su lado de la cama de espaldas a la una, mientras la una se queda boca arriba con las mejillas ardiendo, exhausta, con las piernas abiertas y el sexo húmedo, completamente desvelada.
A la mañana siguiente, la una y la otra se encuentran en la cocina para desayunar, y la una, todavía temerosa del estado de la otra, se dirige a ella con voz dulce.
—Buenos días. ¿Estás bien, cariño?
—Buenos días. Sí, muy bien, he dormido de un tirón. ¿Por qué lo preguntas?
—Por nada, por nada…

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