Lesbianarium 61: "Carbón"

—A ver, ¿qué más tenemos? —pregunta Baltasar con voz cansada.
—Una más y habremos terminado —contesta Gaspar. ¿Me pasas la carta, Melchi?
—¡Que no me llaméis Melchi! ¿Cómo tengo que decirlo? Me llamo Melchor, ¡Melchor! ¿Os gustaría que os llamara Balti y Gaspi? ¿Verdad que no?
A pesar del enfado de Melchor, sus colegas Magos no parecen dispuestos a hacer caso de sus quejas y, mirándose con complicidad y media sonrisa, ambos alargan un brazo hacia él con la palma de la mano extendida para que Melchor les entregue la carta, la última de la noche. Es tarde y los tres están cansados. Lo único que quieren es terminar cuanto antes el reparto de regalos y volver a sus lujosas casas de Oriente para descansar y tomarse unas merecidas vacaciones hasta Semana Santa.
Gaspar y Baltasar se ríen a menudo de Melchor. Todo en él les sorprende y, hasta cierto punto, les fascina: su inocencia, su infinita bondad, su aspecto extremadamente cuidado, sus movimientos gráciles y delicados, su voz dulce y aniñada, su amor incondicional por los más desvalidos, especialmente por los niños y las niñas menos favorecidos. Saben que Melchor es, sin duda, el más bondadoso de los tres, el más íntegro y entregado, y eso les causa cierta envidia, y la envidia les lleva a reírse de él. Pero Melchor, con su inagotable paciencia, se lo perdona una y otra vez.
—La carta es de Virginia, que tiene nueve años y vive en el ático segunda —informa Melchor, que se dispone a leerla él mismo en lugar de entregarla a sus socios—. “Queridos Reyes Magos: me he portado muy bien, siempre lo hago, y no quiero que me traigáis muchos regalos, solo uno. Si puede ser, me gustaría una bicicleta nueva, porque la que tengo me queda pequeña. Se la he pedido a mami, pero ella me dice que no tiene dinero porque está sin trabajo. Por eso os la pido a vosotros. Y también me gustaría que le trajerais un trabajo a mami y otro a mamá, que también está en el paro. Si no podéis traerlo todo, prefiero que traigáis el trabajo, creo que todavía podría usar la bici un año más. Gracias.”
—¿No es conmovedor? —susurra Melchor, con lágrimas en los ojos.
—Sí, muy conmovedor, pero esta niña no sabe escribir —contesta Gaspar.
—¿Por qué lo dices? —pregunta Baltasar.
—Hombre, porque se ha equivocado —señala Gaspar—. Donde dice “un trabajo a mami y otro a mamá” debería decir “y otro a papá”, ¿no?
—No, no se ha equivocado —puntualiza Melchor, indignado.
—¿Cómo que no? —se ríe Baltasar— pero si está clarísimo. Tiene razón Gaspar, se ha equivocado. Pero da igual, lo que importa es que esta niña, a pesar de su corta edad, es capaz de pedir regalos no solo para ella sino también para su padre y su madre, e incluso se ofrece a sacrificarse por el bien de su familia.
—¡Os digo que no se ha equivocado! —ruge Melchor— esta niña está pidiéndonos trabajo para sus dos madres, y tenemos que cumplir sus deseos.
Gaspar y Baltasar se miran, sorprendidos.
—¿Dos madres? —pregunta Gaspar—. Eso es imposible.
—En una familia siempre hay un padre y una madre —corrobora Baltasar.
Y Melchor, echándose las manos a la cabeza, les responde que no, que hay muchas clases de familias y que ellos, como Reyes Magos, tienen que satisfacerlas a todas, sin hacer distinciones.
—Ah, no —se queja Gaspar— de eso nada. Yo, a maricones y a bolleras, no les dejo regalos, por enfermos.
—Eso, que se curen primero, y después ya veremos —sentencia Baltasar—. Vámonos, Gaspar, creo que hemos terminado por este año.
Gaspar y Baltasar montan en sus camellos para iniciar el viaje de retorno, dejando a Melchor solo y al borde de la desesperación.
—Pero, ¿cómo? ¿Adónde vais? ¡Faltan Virginia y su familia!
—Si tanto quieres a esta tropa de desviadas, ocúpate tú de ellas —grita Baltasar, alejándose en compañía de Gaspar— Que te ayude tu paje Abdul, que te quiere mucho y seguro que no le importa quedarse contigo. Adiós, Melchi, nos vemos mañana en Oriente. Arre, camello, arre…
Mientras Gaspar y Baltasar se alejan, Melchor, lejos de seguir enfadado, en el fondo se alegra de poder encargarse personalmente de Virginia y su familia. Para ello, cuenta con la ayuda de su fiel Abdul.
—Abdul, cariño, me ayudarás a hacer feliz a esta adorable familia, ¿verdad que sí?
—Siguro, sí, Abdul siempre con Melchor. Ahora ayudar familia mujeres, después volver a Oriente y Abdul meterse en cama con Melchor. Abdul quiere mucho Melchor.
—Ya lo sé, Abdul, yo también te quiero mucho… ¿Te queda carbón en el saco?
—Sí, Abdul tener carbón aún.
—Fantástico. Entonces, mientras yo subo la bicicleta a casa de Virginia y hago unas llamadas para conseguir empleo para sus madres, tú vuelves a Oriente y dejas un saco de carbón en casa de Gaspar y otro en la de Baltasar. Si sales ahora mismo con el turbo-camello y coges la autovía láctea llegarás antes que ellos.
—Sí, amo.
—No me llames amo, Abdul, ya sabes que no me gusta.
—Vale.
—Una cosa más: con cada saco de carbón deja también esta nota, para que la lean esos dos desgraciados. Venga, vete ya o no llegarás.
Obediente como siempre, el paje Abdul monta en su camello, llevando consigo los sacos de carbón y las dos notas de Melchor, escritas de su puño y letra con el mismo mensaje: “Virginia ya tiene su bicicleta, y sus madres tendrán trabajo a partir de mañana mismo. Y para ti, carbón, cabrón.”

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