Lesbianarium 86: “Flores de Bach”
Monday July 25th 2011, 8:39 am
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Desgraciadamente el de hoy es el último lesbirelato que Qerma cuelga en nuestro blog, por lo menos durante los próximos meses. Primero porque se toma unas merecidas vacaciones y segundo porque, de cara al otoño, Qerma se enfrenta a un montón de nuevos proyectos que por ahora no le van a permitir seguir escribiendo estos lesbirelatos tan chispeantes con los que nos lleva deleitando en los dos últimos años. Por supuesto habrá un segundo libro de Lesbianarium del que os daremos buena cuenta y muchas cosas más de las que aún no podemos avanzar nada… Desde aquí un saludo para Qerma y todo nuestro apoyo en esta nueva etapa que se abre ante ella. Un besazo. ¡¡¡Ha sido y seguirá siendo un placer tenerte en lesbiana.es como colaboradora!!! ¡Nos vemosmuy pronto!
Y ahora sí os dejamos con el lesbirelato de Qerma:

Arrancó de cuajo patatas, tomates, cebollas y calabacines. Exterminó de raíz limoneros y perales. Recolectó las últimas lechugas y prendió fuego al huerto para arrasar con todo. Se dejó llevar por la ira, sí, pero consciente de que era la última vez que daba rienda suelta a sus emociones negativas. Ya no quería huerto, necesitaba un jardín en su vida, pero no un jardín cualquiera sino un jardín de Flores de Bach. La primera visita a la terapeuta le había abierto los ojos a una nueva realidad de autocontrol y canalización de frustraciones por medio de extractos florales diluidos en alcohol. En esa primera cita, en la que ella misma escogió sin mirar las Flores que, supuestamente, debían ayudarla según su estado emocional, sus manos hablaron por ella.
—Impatiens y Willow, interesante elección —valoró la terapeuta— irritabilidad y resentimiento. No te asustes si ves que tomas decisiones drásticas en cuanto empieces a tomarlas.
“Y tan drásticas”, pensó Yolanda frente a su huerto en llamas. A la semana siguiente, en la consulta, su elección fue otra bastante distinta: Crap Apple, Heather y Beech. Al parecer, ya no estaba irritada ni resentida, ahora no se gustaba a sí misma, y eso la llevaba a obsesionarse con su persona y a ser intolerante con las demás. Debía tomar la nueva pócima durante la siguiente semana si quería perdonar a Lola por haberse largado de un día para otro dejándole por único legado un huerto que ella siempre había detestado.
En la siguiente visita, Yolanda explicó a la terapeuta que se sentía vacía, sin ganas para nada ni para nadie, aunque preocupada por si sería capaz de rehacer su vida algún día. Escogió de nuevo las Flores adecuadas: Walnut para aprender a adaptarse a los cambios, Hornbeam para recuperar la energía perdida y White Chestnut contra la preocupación rumiante. Una semana más tarde, por fin, todo parecía encajar, y quizá por eso su mano derecha se posó sobre el frasco de Holly.
—¿Solo una esta semana? —indagó la terapeuta.
—Sí, ¿eso es bueno o malo?
—En tu caso es bueno, muy bueno. Nada mejor que unas gotas de Holly para dejarse llevar y despertar de nuevo al amor.

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Lesbianarium 85: “Explota mi corazón”
Monday July 18th 2011, 10:44 am
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Las bomberas acudieron enseguida, alertadas por la llamada angustiada de una vecina.
—Estaba durmiendo tan tranquila, me despertó la explosión hacia las tres y media, más o menos, no recuerdo la hora exacta. Estoy muy nerviosa.
La jefa de brigada trata de tranquilizar a la testiga. El incendio ya ha sido sofocado y es hora de recoger la máxima información posible para tratar de aclarar los hechos.
—No se preocupe, señora, le agradecemos su aportación. Deje que la policía haga su trabajo y procure reponerse. En la ambulancia la atenderán.
La jefa de brigada se reúne con la inspectora y la forense en la escena de los hechos. En el suelo, el cadáver, cubierto; en las manos de la forense, unas gafas; en las de la inspectora, una nota.
—Suicidio —concluye la inspectora.
—Sin duda alguna —confirma la forense.
—Entonces, ¿caso cerrado? —pregunta la jefa.
—Un cadáver con gafas podría ser el resultado de un asesinato —aclara la inspectora— pero si las gafas aparecen al lado del cuerpo, se trata de suicidio. La mayoría de suicidas se las quitan. Por lo visto, nadie quiere llegar miope al Más Allá. Y luego está la nota, claro. Lo que no entiendo es por qué el cadáver está tan perfecto, aparte del boquete en el pecho.
La forense toma el relevo para explicar las causas de la muerte.
—A mí también me ha sorprendido. Jamás había visto un caso semejante. Un cuerpo en perfecto estado pero un corazón hecho añicos. Es como si le hubiera explotado en el pecho. La pobre ha muerto fulminada, de eso no hay duda. ¿Conocemos el origen del incendio?
—Sí —responde la jefa de brigada— ahí mismo, donde el cadáver. Si se confirma que le explotó el corazón, entonces debemos concluir que las llamas consumieron con avidez la vivienda pero no calcinaron el cuerpo. Se han dado otros casos en incendios causados por explosiones violentas. La onda expansiva lo arrasa todo excepto el epicentro. ¿Puedo ver la nota?
La inspectora se la entrega.

“Me sonrojo si me miras. Te acercas y me enciendo. Me abraso cuando me abrazas.
Solo tu boca de incendios me sofoca, y de mis cenizas renace tu deseo.”

Con mano temblorosa, la jefa de bomberas se agacha para descubrir el rostro de la víctima después de leer sus últimas palabras. Ni siquiera sabía dónde vivía Sara. De haberlo sabido, habría pasado el caso a otra brigada.

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Lesbianarium 84: “Desfile”
Monday July 11th 2011, 8:10 am
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Andrea está contenta por haber hecho caso a su amiga Conchi. “¿Por qué no llevas a tu Chirri a Cats & Dogs?”, le había aconsejado días atrás, “seguro que conoces a alguien con la excusa de la perra”.
Al principio, Andrea descartó la propuesta, no veía nada claro eso de presentarse así, por las buenas, a un encuentro de mascotas con amos y amas LGBT. Después lo pensó mejor. “¡Qué coño! ¿Y por qué no?”, se dijo, “solo son animales, no pueden hacerme más daño del que me han hecho ya las personas”. Y menos mal que cambió de parecer, de no haberlo hecho, hoy Andrea no estaría tan contenta.
Al entrar en el recinto, Chirri se excita por la presencia de otros animales de compañía de todos los tamaños y razas. Andrea también se siente un poco inquieta entre cientos de lesbianas con correas. Concentrada en mirar a discreción pero sin fijarse en nadie en concreto, no advierte a la chica que se acerca y le habla desde atrás.
—¿Me dejas acariciar tu Chow Chow?
Sorprendida por el tono y la intención de la pregunta, contesta del mismo palo.
—Claro, ¿te gusta acariciar Chow Chows?
—Me encanta, sobre todo si son tan suaves como el tuyo. Me llamo Dolo.
—Yo soy Andrea. Ya conoces a mi Chirri.
Dolo quiere saber más, entrar en detalles.
—¿Y por qué un Chow Chow? —pregunta.
—Porque es una raza dulce y amorosa. ¿Sabías que significa “perro-león hinchado” en chino?
Dolo aprovecha la información para seguir preguntando con intención.
—¿En serio? ¿Y se hincha a menudo, tu Chow Chow?
—Solo cuando lo acarician con arte, como haces tú ahora. ¿Y tu perro? —pregunta Andrea, buscando rebajar el voltaje de la conversación. Pero Dolo no está dispuesta a permitirlo.
—Es un salchicha, pero tranquila, también es perra. Se llama Chicha. Mírala, qué saltarina. Creo que la excita tu Chirri. Claro, los perros salchicha son expertos en detectar y cazar conejos, y la mía, más. ¿Vamos a tomar algo las cuatro?

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Lesbianarium 83: “Mi corazón en tus manitas”
Monday July 04th 2011, 8:15 am
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Me amaba tanto que me dio su corazón. Lo puso en mis manos una tarde lluviosa de junio. Le gustaban mis manos, decía que eran grandes y sinceras, que su corazón estaría a buen recaudo mientras yo lo sostuviera, lo protegiera y lo llevara siempre conmigo.
Yo la creí, a pesar de mis inseguridades. Nunca pensé que una mujer como ella, tan guapa, tan culta, tan perfecta, podría enamorarse de una mujer como yo, tan estándar, tan normal, tan del montón.
La amaba tanto que quise parecerme a ella, ser como ella, ser ella, para sostener su corazón con la cabeza bien alta. Me esforcé por ser más culta, más esbelta, me empeñé en engordar mi cerebro, en adelgazar mi cuerpo. Odiaba mis anchas caderas, luchaba contra las cartucheras. Un día, en plena lucha, advertí que mis manos no eran las mismas, habían menguado, tanto que no podían ya resguardar su corazón. Quizá por eso se sintió insegura y me lo pidió de vuelta. Quizá por eso buscó otras manos, más grandes, como lo fueron antaño las mías.
Quizá no me amaba tanto.
Cuando se fue, las manitas me quedaron vacías. Lloré, desesperé de angustia, apretando los puñitos juré que pronto volvería a ser yo misma. Aquella noche no masajeé las cartucheras con el potingue anticelulítico, no veía por qué si no tenía para quién.
A la mañana siguiente me pareció que mis manos habían ganado algún milímetro.

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Lesbianarium 82: “Objetos perdidos”
Monday June 27th 2011, 9:18 am
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Abro la puerta de la tienda sin demasiada convicción. No acabo de creerme lo que he visto en Internet: “Corazonada.com, punto de encuentro para corazones perdidos”. Me suena a tongo, pero la curiosidad me puede. Y además, por probar que no quede, cualquier cosa me parece mejor que seguir viviendo así.
La campanilla de la puerta avisa de mi entrada a la dependienta.
—Buenos días y bienvenida a Corazonada. ¿En qué puedo ayudarte? —pregunta, solícita. Y yo dudo un poco antes de exponerle mi problema.
—Verás, es que necesito un corazón. El mío me lo arrancaron ayer.
Mientras le cuento que Esther se fue el día anterior sin previo aviso, me desabrocho la blusa para mostrar a la dependienta el efecto devastador de mi abandono.
—Como te decía, necesito un corazón con urgencia para tapar este vacío. Desde ayer no siento nada, y además, me estoy quedando helada.
La dependienta no se inmuta al ver el enorme boquete en mi pecho, justo donde debería estar mi corazón. Mete la mano, juguetona, y me atraviesa el pecho de parte a parte sin problema.
—Ya veo —comenta— no me extraña lo del frío, con semejante agujero. Se nota que eres persona de gran corazón. Veamos qué puedo ofrecerte. Justo ayer me llegaron algunas piezas nuevas muy interesantes.
En pocos segundos, la dependienta despliega sobre el mostrador una colección completa de corazones de todos los tamaños y diseños. Coge uno al azar y me lo alarga con la mano.
—Prueba con este, a ver si encaja.
Pero no encaja. Los bordes de ese corazón no casan con la silueta de mi agujero pectoral. Hago un poco de presión con ambas manos para ver si entra, pero nada.
—Toma este otro, aunque lo veo un poco pequeño.
En efecto, el segundo corazón tampoco me vale, sus dimensiones no llegan a cubrir el espacio disponible. Y además, no me gusta su latir. Empiezo a perder la esperanza, y entonces la dependienta deja un momento el mostrador para ir a la trastienda. Al cabo de nada, vuelve con una caja dorada. En su interior, envuelto en terciopelo azul, un corazón enorme palpita a toda máquina. A primera vista, me encanta, me gusta tanto que tengo miedo de probármelo, por si no me cabe.
—Nunca digas de este agua no beberé, este cura no es mi padre o este dildo no me cabe —sentencia la dependienta—. Anda, pruébatelo, es la única manera de salir de dudas. Ven, yo te lo coloco.
Una leve maniobra basta para insertar el corazón en el boquete. El acoplamiento es perfecto, y el latir acompasado y sereno de mi nuevo órgano me hace sentir bien, muy bien.
—¿Qué tal? —pregunta la dependienta, sonriendo—, yo lo veo genial.
—Es mucho más que eso —respondo— es perfecto, como si fuera mío.
—Bueno, ahora lo es, y dentro de unos días, cuando los tejidos se hayan fusionado, te sentirás mejor aún. ¿Estás contenta?
—Mucho, de verdad, como hacía tiempo que no me sentía. ¿Cómo te pago, en efectivo o con tarjeta?
—El amor, con amor se paga. Sal a la calle y usa tu nuevo corazón con tino y sabiduría, ama todo lo que puedas, y sobre todo, no dejes que nadie vuelva a llevarse lo que es tuyo. Con eso y con no volver a verte por aquí me doy por bien pagada. ¿Te lo envuelvo?
—Ni pensarlo, me lo llevo puesto.

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Lesbianarium 81: “Encuentros 2.0″
Monday June 13th 2011, 10:02 am
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“Tu objetivo se encuentra a 5 metros delante de ti”. Aparto la vista de la pantalla de mi flamante iPhone para enfocarla hacia donde me indica el mensaje, pero no veo a ninguna chica que se parezca a mi objetivo. Me pregunto si habrá ocurrido algún error o si me habré descargado una versión anticuada de la aplicación. Soy novata en esto de ligar a través del móvil y me pregunto si no me habré dejado influenciar demasiado por Pepa. “Bájate Gay App”, me había dicho semanas atrás, “es fantástico, te localiza a todas las lesbianas de tu alrededor ordenándolas de la más cercana a la más lejana”. Y yo, claro, le hice caso, como siempre. Y por eso estoy aquí ahora, a pocos metros de una chica escuálida de piel blanca y pelo corto que no deja de mirarme con su iPhone en la mano. Me sonríe y se acerca.
—¿Eres lobezna23?
Contesto que sí lo soy, sorprendida por la identificación. Concluyo que ella debe ser rolliza_fresca, pero, por mucho que me fije, no cuadra para nada con la descripción del mensaje de contacto, y mucho menos con la foto de su perfil.
—Perdona, pero no pensaba que serías…
—¿Delgada? —interrumpe rolliza_fresca sin dejarme terminar la frase. No sé muy bien qué ni cómo contestar.
—Eso mismo. Por la foto del brazo en tu perfil pensé que estarías más entrada en carnes, la verdad.
—No es mi brazo, es mi espalda —contesta con rotundidad—. Tranquila, no eres la primera a la que le ocurre, y además, mi nick también despista un poco, por lo de rolliza, pero es que me encanta esa palabra.
Sigo sin saber qué decir, así que opto por despedirme y escapar de allí a toda prisa.
—Bueno, pues, encantada de haberte conocido, ya nos veremos por ahí —le digo con poca convicción. Pero ella insiste.
—¿No te gustan las delgadas?
Y yo insisto en mi poca convicción.
—Verás… es que… si puedo elegir… prefiero a las mujeres obesas.
—¿En serio? —pregunta, entre divertida e incrédula— ¿Qué te dan ellas que no pueda darte yo?
—No te ofendas —respondo, más segura—, pero donde esté una mujer de gran tonelaje, que se aparten las escuálidas como tú. Y no lo digo con ánimo de ofender, ni mucho menos. Las mujeres obesas me dan seguridad y, sobre todo, morbo, mucho morbo. Perderme entre los pliegues de sus carnes me vuelve loca. No espero que lo entiendas, solo que lo respetes.
Mientras le explico mis razones, rolliza anota algo en un pequeño bloc, arranca la hoja y me la da, sonriendo. Leo.
—¿”Very Chicha”? —pregunto, extrañada.
—Es la aplicación que necesitas, y es gratis. Ahí están todas las lesbianas que te interesan. Eres nueva en esto, ¿verdad?
Afirmo con la cabeza, un poco avergonzada y muy agradecida por su ayuda. Me siento mal por haberle hecho perder el tiempo.
—No te preocupes ni por un momento —contesta—, el mundo está lleno de lesbianas delgadas como yo. Alguna habrá que esté deseosa de frotar sus huesos contra los míos.

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Lesbianarium 80: “Huertos urbanos”
Monday June 06th 2011, 9:35 am
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Adela le dijo que le gustaba y sintió que sus mejillas enrojecían como tomates. Luego la invitó a su casa con la excusa de prepararle una deliciosa ensalada con hortalizas de su pequeño huerto urbano. No deseaba incomodarla corriendo demasiado, pero aquella chica le gustaba de verdad, la quería para ella, al menos esa noche. La aterrorizaba la idea de que pudiera darle calabazas. La chica aceptó, aunque con poco interés, como si aquella relación que podría estar naciendo le importara un rábano. Mientras subían el último tramo de escaleras, no pudo evitar fijarse en su culito de pera. Le encantaba, aunque no cuadrara para nada con el delicado aroma de manzana que desprendía la chica. Pensó que hacían buena pareja y se imaginó viviendo con ella el resto de su vida, siempre juntas, inseparables, como dos cerezas.
Le duró poco la ilusión, y eso que durante la cena estuvieron las dos a partir un piñón. La cosa empezó a torcerse a la hora del postre, cuando la chica le dijo que aquella sandía estaba de muerte y que, por el tamaño de la rodaja, se imaginaba que la pieza entera sería, por lo menos, tan grande como su cabeza. Adela no quiso sentirse ofendida y siguió hablando como si nada. Incluso lió un porro con maría de cosecha propia y lo compartió con ella durante el café. Pero nada, ni una pizca de interés sexual por su parte, más bien al contrario. No se sabe si por efecto de la hierba o de la cafeína, a la chica se le soltó la lengua y le contó que todas sus ex, que eran muchas, tenían algo en común: unos melones descomunales. Y Adela se sintió peor aún, porque ella tenía un par de mandarinas.
Como era de esperar, a la chica le entró mucha prisa justo después del café. Dio las gracias a Adela por la cena, recogió sus cosas y se fue. Y Adela se quedó preguntándose qué había salido mal mientras recogía la mesa y la cocina. Quería llorar, pero las lágrimas no saltaban. Necesitaba cebollas. Y así, mientras pelaba y lloraba, se dijo que no era justo, porque ni siquiera le había dado una oportunidad.
—Esa chica no aprecia la comida sana y de calidad —se lamentó entre sollozos y en voz alta, y luego añadió con despecho— ¡que le den morcilla!

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Lesbianarium 79: “La atleta”
Monday May 30th 2011, 11:39 am
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A pesar de que se había retirado muchos años atrás, todavía la llamaban a menudo para entrevistarla. Siempre fue un referente del deporte femenino y uno de los pocos casos de éxito fuera del armario. Beth Lesby Ann nunca se escondió de nada ni de nadie, vivió su vida como quiso, haciendo lo que más le gustaba: deporte. De niña iba al colegio corriendo en lugar de subirse al autobús como hacían todas sus amigas. Llegaba sudando, pero en forma. Se duchaba en el gimnasio de la escuela y empezaba el día con energía. En el instituto capitaneó el equipo femenino de atletismo, y sus dotes físicas le valieron una beca para la mejor universidad estatal. Empezó a competir como profesional siendo adolescente, aunque nunca descuidó sus estudios. Pronto inició una carrera meteórica que combinó diversas disciplinas deportivas y la llevó a subirse a lo más alto del podio en todo tipo de competiciones internacionales.
Hoy, a sus setenta y cinco años, muestra con orgullo sus trofeos a una periodista de Sports Illustrated. Le cuenta que ganó la copa del Campeonato Europeo de velocidad a los veinte años. Nadie llegaba antes que ella a la meta, y la meta era, por lo general, una mujer bellísima que la esperaba en la cama. Una no, muchas. De los veinte a los veinticuatro corrió como una gacela de cama en cama, pero las mieles del triunfo duraban más bien poco y se cansó de tanta promiscuidad sin contenido. Más tarde probó suerte en los 400 metros vallas, quería ver si era capaz de aprender a sortear obstáculos. Fue bronce olímpico, pero no pudo saltar las barreras que se levantaban entre ella y sus amantes una y otra vez y que le impedían llegar a la felicidad. Hacia el final de su carrera deportiva, pasados los treinta, descubrió el maratón. La velocidad y los obstáculos ya no le interesaban, y además, no le habían aportado nada. Como corredora de fondo llegó a lo más alto, pulverizó todos los récords y se mantuvo imbatible hasta los treinta y ocho. Pero tampoco ganó el premio que tanto ansiaba, sus amantes no aguantaban y abandonaban a media carrera, unas veces porque sus condiciones físicas no estaban a la altura, otras por falta de preparación psicológica. Se retiró a los treinta y nueve y abrió una cadena de ropa y complementos deportivos para mujeres.
Al final de la interviú, la periodista la invitó a definir su trayectoria en pocas palabras, y Beth Lesby Ann respondió sin titubear.
—De nada sirve ganar cuando el premio no es el esperado. Y ahora, si me disculpa, es un poco tarde. Tengo que tomar la pastilla para el corazón, y luego, merendar.

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Lesbianarium 78: “BaiLES”
Monday May 23rd 2011, 9:42 am
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—No, gracias, no sé bailar.
Isadora había repetido esa misma frase miles de veces desde que entró en la adolescencia, y por eso ahora, a sus treinta y tres, ni siquiera era consciente de que la estaba pronunciado de nuevo para quitarse de encima a un chico en el pub de moda. Nunca se le dio bien bailar, a pesar de los intentos de su padre por enseñarle cuando era niña. Le resultaba fácil y divertido poner los piececitos sobre los de su padre y tratar de seguir el ritmo de la música abrazada a su cintura. Pero eso no era bailar. Hacia los catorce empezó a salir los sábados con algunas amigas, pero pronto dejó de hacerlo porque a todas les encantaba bailar, y además lo hacían de maravilla. Y no es que Isadora no lo intentara, animada por sus compañeras, para tratar de contentarlas y sentirse más integrada en el grupo. Una y otra vez, se agarraba lo mejor que podía al primero que se le acercaba y ponía todo su empeño en seguir el ritmo, pero siempre era un desastre. A los cinco segundos ya le había pisado; a los diez, el chico le decía que no estuviera tan tensa, que se dejara llevar; hasta que, a media canción, se daba por vencido y la dejaba plantada en la pista con cualquier excusa. Entonces, Isadora volvía a su rincón y pedía una cerveza tras otra hasta que sus amigas se cansaban de mover el esqueleto y se reunían con ella para marcharse juntas a casa. Y así muchas noches, hasta que un día decidió dejar de sentirse ridícula y tomó la determinación de no volver a intentarlo. De ahí lo de rechazar cualquier invitación, tal como acababa de hacer ahora mismo.
Desde su rincón, Isadora observaba bailar a las parejas con una cerveza en la mano y un destello de envidia en la mirada. Había venido sola, porque sus amigas de siempre se habían ido casando y ya no salían los sábados por la noche. Por suerte, faltaba poco para la hora del cierre y pronto podría marcharse a casa. Entre sorbo y sorbo se preguntaba por qué seguía empeñada en acudir a locales donde pocas cosas pueden hacerse aparte de bailar. Miró el reloj. Las dos y media. Al levantar de nuevo la vista, sus ojos se toparon con los de una chica, de pie frente a ella.
—Hola, soy Natalia —se presentó—. Hace rato que te observo. Es fácil fijarse en ti, no te has movido de sitio en toda la noche. ¿Cómo te llamas tú?
—Me llamo Isadora. Yo también te he visto, bailas muy bien.
—Me defiendo, nada más. ¿Quieres que bailemos?
—Sí, claro —respondió Isadora sin dudar, pero enseguida se dio cuenta de que había aceptado una invitación por primera vez desde hacía muchos años, y no lo entendía. Intentó echarse atrás, muerta de miedo.
—Quiero decir que no, gracias, no sé bailar, haría el ridículo a tu lado.
Natalia insistió sin dejar de mirarla a los ojos.
—Tienes nombre de bailarina, como la Duncan, es imposible que hagas el ridículo. Y no estarás a mi lado, estarás frente a mí —sentenció Natalia sonriendo y arrastrando a Isadora hacia la zona de baile.
Aquella noche, Isadora no pasó por casa. Estuvo bailando con Natalia hasta el amanecer, en el pub repleto de gente, por las calles de la ciudad dormida y sobre la arena de la playa desierta. Hasta donde era capaz de recordar, jamás se había sentido tan ligera.

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Lesbianarium 77: “Corazón robado”
Monday May 09th 2011, 9:00 am
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Su madre se lo había advertido muchas veces; sus amigas, también. “Te entregas demasiado, vas a sufrir mucho en esta vida”, le decían cada vez que Ángela les contaba su último fracaso amoroso. Pero Ángela entendía el amor como una experiencia profunda y global en la que solo cabía la entrega absoluta. El problema era que, la mayoría de las veces, solo se entregaba ella, mientras que la otra lo hacía a medias, muy poco o casi nada.
Total, que todavía no había cumplido los treinta y ya le faltaban dedos en las manos para contar sus múltiples desengaños. Siempre lo mismo, la historia empezaba bien, muy bien, pero al cabo de nada, cuando Ángela estaba convencida de haber encontrado a su media lesbiana, la otra se arrugaba y desaparecía sin más. Y todas le decían lo mismo, que se sentían demasiado comprometidas en la relación y que no querían renunciar a su libertad.
Esta vez no había sido diferente. Juana se fue la mañana del 23 de abril, después de una noche de pasión y ternura como tantas otras. Cuando salió de la ducha, Juana le dijo que lo suyo había terminado y que se iba. Ángela no tuvo tiempo de regalarle el libro y la rosa que había comprado para ella y que había escondido en el segundo cajón de la cómoda. Desayunó sola por primera vez en tres meses, y el zumo de naranja diluido en lágrimas le supo mucho más ácido que de costumbre.
A media mañana, se vistió y salió a la calle para hacer lo de siempre. Por suerte, vivía a escasas manzanas de la comisaría de Mossos d’Esquadra de su distrito. La agente apostada en la puerta la saludó con familiaridad y cierta tristeza en la mirada.
—Buenos días, Ángela, ¿de nuevo por aquí? Otra denuncia, supongo…
—Hola, agente. Pues sí, ya lo ve. ¿Puedo hablar con la Sargenta Godall?
—Por supuesto, la tercera puerta a la derecha. Entre sin llamar, ahora mismo no está atendiendo a nadie, hoy el día está tranquilo.
Ángela encontró a la Sargenta sentada a su mesa detrás de la tercera puerta a la derecha. Miriam Godall la saludó con la vista y la invitó a sentarse. Conocía de sobra el motivo de su visita, pero aún así debía preguntárselo.
—Pues nada, Sargenta, que han vuelto a robarme el corazón.

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