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Lesbianarium 18: “De mala leche (entre bastidores)”

… viene del relato anterior…
―¿Te he dicho que la semana pasada envié uno de mis relatos a esa nueva editorial de la que te hablé?
―¿Ah, s� ¿Y qué tal?
―Pues no lo sé, supongo que se pondrán en contacto conmigo por correo electrónico.
―¿Crees que querrán publicar algo tuyo?
―Espero que sÃ. Están empezando, y yo también, asà que quizá nos necesitemos mutuamente.
―Ya verás como sÃ, mujer. Y si te seleccionan, me invitas a cenar a un sitio caro y romántico.
―Vale. ¿Y si no?
―Entonces te invitaré yo, pero estoy casi segura de que eso no va a pasar.
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De: editor@troglodita.comÂ
Enviado: sábado, 17 de enero de 2009 16:55:46
Para: ingenua_de_mi@hotmail.com
Apreciada Ingenua,
Después de haber hecho una segunda lectura de tu relato titulado “De mala lecheâ€, he podido resolver por mà mismo la duda que me habÃa asaltado en un primer momento. Según he entendido, existe dentro de la historia una relación conyugal entre personas del mismo sexo, ¿no es asÃ? Perfecto, a mà me da lo mismo; mi trabajo consiste en fijarme en la calidad literaria de las obras. Quizá no habrÃa estado mal (para facilitar las cosas al lector/a) dar algún tipo de información preliminar, para evitar que la persona que lea el relato se haga un pequeño lÃo en algún momento (como me ocurrió a mà durante la primera lectura). Pero, al mismo tiempo, entiendo que dar informaciones preliminares en esta historia supondrÃa quizá echarla a perder. Por lo tanto, pienso que lo mejor es que no hagas caso de este comentario que yo, como editor, no he podido dejar de hacerte. La historia está bien tal como está, y yo no me atreverÃa a proponer ningún cambio.
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De: editor@troglodita.comÂ
Enviado: domingo, 18 de enero de 2009 15:16:14
Para: ingenua_de_mi@hotmail.com
Hola, Ingenua,
He estado pensando sobre la cuestión de la confusión que puedes causar en el lector cuando usas la expresión “mi mujer” para referirte a la cónyuge de la protagonista. Te propongo lo siguiente (y tú puedes hacer lo que quieras): puedes cambiar esta expresión de “mi mujer” por esta otra: “mi compañera”. No es por nada, solamente porque pienso, sinceramente, que esto ayudará al lector a situarse más rápidamente. Porque, cuando usas “mi mujer”, la persona que lee enseguida piensa que el protagonista es “él” y no “ella”, y por eso después corre peligro de hacerse un pequeño lÃo. Simplemente haciendo este pequeño cambio (”mujer” por “compañera”) creo que se ganarÃa en claridad. Pero se trata sólo de una observación mÃa; te repito que tú puedes hacer lo que quieras, tienes completa libertad.
Â
De: ingenua_de_mi@hotmail.comÂ
Enviado: lunes, 19 de enero de 2009 11:15:38
Para: editor@troglodita.com
Buenos dÃas, Luis,
Si te parece bien, prefiero mantener la expresión “mi mujer” porque implica una relación estable, incluso un grado de unión legal a través del matrimonio civil, que no posee ninguna otra expresión eufemÃstica (”compañera”, “pareja”, etc.). El hecho de que la homosexualidad de la protagonista no sea relevante para el conjunto de la historia no significa que no tengamos que ser precisos al describirla, y en este sentido yo siempre me he imaginado que la protagonista está casada legalmente con su pareja, que en este caso resulta que es una mujer. En otras palabras, “mi mujer” implica igualdad entre las relaciones homosexuales y las heterosexuales, mientras que cualquier otra fórmula no contiene tal carga de significado. Creo que los lectores son extremadamente inteligentes y saben apreciar cualquier reto que se les plantea.
Por mi parte, nada más. Solamente agradeceros que hayáis decidido confiar en mÃ. ¡Gracias y hasta pronto!
Â
De: editor@troglodita.com
Enviado: sábado, 24 de enero de 2009 17:44:17
Para: ingenua_de_mi@hotmail.com
Hola de nuevo, Ingenua,
A ver, no quiero que me malinterpretes, pero tengo que ser claro: serÃa conveniente, para facilitar las cosas al lector, que usaras otro término diferente del que propones. Porque, es que todos nuestros compañeros que han leÃdo tu obra me han dicho lo mismo: que se han hecho un pequeño lÃo en este punto porque no llegaban a entender si el protagonista era un hombre o una mujer. No se trata de debatir qué es polÃticamente correcto o no. Seguramente tienes toda la razón al usar este término, lo que digo es que la persona que hace la lectura queda un poco desconcertada, y solamente entiende que la protagonista es homosexual mucho después. Dices que crees que los lectores son extremadamente inteligentes. Yo pienso que esto es suponer demasiado. Ciertamente, hay lectores muy inteligentes, pero nosotros no tenemos que presentar obras únicamente para ellos sino para todos.
A ver si me explico, Ingenua. Una cosa es lo que a alguien le gustarÃa, y otra bien distinta es la cruda realidad. Quizá a ti te gustarÃa que el término “mujer” pudiera designar con normalidad a un cónyuge de sexo femenino, fuera cual fuera su orientación sexual (es decir, ya fuera heterosexual u homosexual). Y, de hecho, a efectos legales lo designa, ciertamente. La ley actual reconoce a todos los efectos que una mujer puede ser “mujer” de otra. De acuerdo, pero piensa que la gran mayorÃa de la gente todavÃa no se ha habituado a usar este término en el sentido que quieres darle. A lo mejor dentro de cinco, diez, quince, veinte años será completamente normal usar el término “mujer” para referirse a las cónyuges homosexuales, pero actualmente la gente está todavÃa un poco “verde” en este sentido. Te repito que no quiero que me malinterpretes. Lo que yo quiero es que el lector o la lectora disfrute de la lectura sin tener que hacer malabarismos mentales (que muchos, a causa de su ineptitud o de las inercias que arrastran, no podrán llevar a cabo con éxito).
Creo, sinceramente, que serÃa conveniente que utilizaras la expresión “mi compañera”, porque, al ser un término neutro, el lector, a estas alturas del texto, todavÃa no ha decidido si el protagonista es “él” o “ella”. Lo decidirá unas lÃneas más abajo, justamente en la broma que le gasta su mujer, cuando le pregunta qué labios no puede mover. Este punto me parece sencillamente genial, aquà se produce una explosión cargada de comicidad que contiene al mismo tiempo mucho sentido. Pero creo de verdad que este reto solamente queda planteado correctamente si cambias “mi mujer” por “mi compañera”, o por algo por el estilo. Es lo que pienso, sinceramente.
Â
De: ingenua_de_mi@hotmail.com
Enviado: sábado, 24 de enero de 2009 7:59:20
Para: editor@troglodita.com
Apreciado Luis,
Francamente, estaba convencida de que la expresión “mi mujer” ya estaba más que aceptada, al menos asà parecÃan indicarlo vuestros mensajes anteriores y la prueba de imprenta, en la que se mantenÃa la expresión original. Por suerte o por desgracia para mÃ, tengo muy claro en qué puedo transigir y en qué no. Y, lamentablemente, no puedo cambiar “mi mujer” aunque ello implique la no-publicación del relato. Desde mi punto de vista, “mi mujer” es la fórmula más inequÃvoca posible de cara al lector. En cambio, cualquier otro término sà que podrÃa resultar equÃvoco: “mi compañera” (¿compañera de qué? ¿De piso? ¿De trabajo?). Y si utilizáramos “mi pareja”, entonces sà que estarÃamos provocando un equÃvoco de género, al tratarse de una palabra neutra. Por otro lado, ¿de verdad crees que dentro de cinco, diez, quince o veinte años utilizaremos el término “mujer” como sinónimo de cónyuge aplicado a las parejas formadas por dos mujeres si no empezamos a utilizarlo desde ahora?
Por todo esto que te expongo, prefiero que no publiquéis mi relato si ello implica cambiar “mi mujer” por cualquier otra expresión que, para mÃ, resulta del todo inexacta. No pasa nada, de verdad, podemos colaborar más adelante con otros relatos que no planteen este tipo de debate social. Asà vosotros os sentiréis más libres y yo no me veré abocada a traicionar mis convicciones.
Por mi parte, nada más. Muchas gracias a todo el equipo Troglodita, mi enhorabuena por la iniciativa y hasta el próximo intento.
Â
De: editor@troglodita.comÂ
Enviado: domingo, 25 de enero de 2009 15:25:27
Para: ingenua_de_mi@hotmail.com
Hola, Ingenua,
De acuerdo, a veces ocurre esto en el mundo de la edición. En algunas ocasiones la parte autora y la parte editora no llegan a un consenso sobre los puntos discutibles. Nos parece perfecto que quieras mantenerte fiel a tus principios, eso dice mucho de ti misma, pero nosotros tenemos nuestra lÃnea editorial y queremos seguirla. Es una lástima, porque el relato era realmente bueno, y muy divertido. Pero, bueno, ¿qué le vamos a hacer? Sólo espero que no te hayas enfadado y que entiendas nuestra posición.
Sin más, recibe un cordial saludo.
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Â
―¿Lo has leÃdo de principio a fin?
―SÃ, y no tengo palabras. Lo siento mucho, cariño.
―Más lo siento yo… Vamos, salgamos a cenar, y recuerda que pagas tú, que para eso tienes un trabajo fijo, serio y decente.
―Sólo me quieres por mi dinero.
―Y por tus labios carnosos.
―¿Cuáles?
―¡Todos!
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Por desgracia, esta historia no es ficción…

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Lesbianarium 17: “De mala leche”


Acabo de llegar a casa. Vengo del dentista. No puedo hablar, tengo media boca dormida, colgante, pesada, viscosa, surrealista, completamente deformada como un reloj daliniano, con la diferencia de que mi boca nunca pasará a la posteridad como una obra de arte. Asà que, lo mejor que puedo hacer en mis penosas circunstancias es ponerme a trabajar mientras sigo mordiendo la dichosa gasa ensangrentada un rato más. O quizá no, me la voy a quitar, mira tú, hace ya una hora que el doctor Indiferente me arrancó la muela y creo que estoy preparada para enfrentarme al cráter.
Muy bien, ya no hay gasa. Mientras estaba en el cuarto de baño ha sonado el teléfono. Era mi mujer.
-Gariño, ahoda no buedo hablad.
-¿Te duele?
-Un boco, no ziendo loz labioz.
-¿Cuáles?
-Loz de adiba, donda, do me hagaz deÃd, que zangro máz.
-Llámame después, loca, cuando recuperes tu estatus de ser humano.
-ZÃ, pezada, adióz.
La muela era de leche y estaba picada. La leche no, la muela. La leche no se pica, en todo caso se agria. Cuando visité al doctor Indiferente por primera vez, hará más o menos un mes, pensaba que era la única persona del mundo con una muela de leche pasados los treinta y cinco. Pero el doctor, sin mirarme a la cara en ningún momento, me dijo que no, que eso es algo relativamente común, y me preguntó qué querÃa.
-Que me la arranque.
-¿Por qué?
-Porque, aparte de la limpieza bucal, arrancar dientes es casi lo único que el servicio odontológico de la Seguridad Social ofrece gratuitamente a los contribuyentes. Pero, sobre todo, porque tiene caries.
-¿Y qué?
-Pues que no quiero que la cosa vaya a más y se expanda a las muelas sanas. ¿No dicen siempre ustedes, los médicos, que la prevención es la mejor garantÃa para una buena salud? Pues a eso mismo vengo, a prevenir.
Con más resignación que otra cosa, el doctor Indiferente inspeccionó mi muela de leche picada.
-Está empotrada entre dos piezas sanas.
Una conclusión tan obvia me causó preocupación. La alarma llegó justo después, cuando dijo que quizá fuera necesario aplicar cirugÃa.
-¿CirugÃa para una muela de leche que ni siquiera tiene raÃz? ¿De verdad lo cree, doctor?
Haciendo como si no hubiera oÃdo mi queja, el doctor Indiferente imprimió una solicitud de ortopantomografÃa y me envió a otro centro de atención primaria. DebÃa volver a su consulta con la radiografÃa bucal para que él pudiera valorar la conveniencia de extraer la muela. Por lo visto, querÃa saber si cabÃa la posibilidad de que la de repuesto, la misma que en su dÃa renunció a sus derechos molares, quisiera ocupar ahora el vacÃo que su láctea predecesora estaba a punto de dejarle en herencia.
“La foto, doctor. ¿O qué creÃa usted, que se saldrÃa con la suya y conseguirÃa hacerme desistir de mi empeño en sacarme la muela poniéndome una traba tan fácil de superar como hacerme perder una mañana entera de trabajo por una simple radiografÃa? Pues aquà la tiene.â€.
Todo esto pensé mientras alargaba el enorme sobre blanco al doctor Indiferente. Evidentemente, no iba a decirle todo aquello, aunque lo mereciera. A los médicos les pasa un poco como a los clérigos y a los polÃticos, que cuanto más leÃda está la población menos influencia y autoridad tienen. Les está bien empleado por basar su poder en el miedo y la ignorancia. ¿Habéis probado alguna vez a cuestionar las indicaciones de vuestro médico de cabecera, o las de un especialista, lo mismo da, o simplemente a preguntarle las razones de su diagnóstico? Si lo hacéis, veréis que se ofende enseguida, se pone a la defensiva y trata de desautorizaros recordándoos quién de los dos es el médico. Y si os negáis a tomar las medicinas quÃmicas que os receta y le sugerÃs cualquier tipo de tratamiento alternativo, entonces ya podéis ir cambiando de doctor porque éste os considerará poco menos que su enemigo público número uno. Afortunadamente, sin embargo, hay que decir que también existen buenos doctores, lo único que hay que hacer es saber encontrarlos en medio del bosque frondoso, como cuando se buscan setas.
El doctor Indiferente cogió el sobre al vuelo, con energÃa y un punto de rabia contenida, como si se sintiera o sintiese profundamente contrariado porque habÃa osado pasar de puntillas sobre su trampa. Sacó la ortopantomografÃa del interior del sobre y se puso a examinarla a contraluz. Como no decÃa ni pÃo, empecé a preocuparme otra vez. Pasaban los minutos, y cuando estaba a punto de implorarle que por favor me dijera la verdad aunque me quedaran solamente pocas semanas de vida, movió los labios -los de arriba, él no tenÃa otros- casi imperceptiblemente para hacerme una pregunta. SeguÃa sin mirarme.
-Entonces, ¿quieres que te la saque?
Me sentà aliviada y decidà que a partir de aquel momento me tomarÃa la vida más a la ligera, con más alegrÃa. ¡No todos los dÃas le confirman a una que, por el momento, seguirá viva!
-Pues sÃ, doctor, yo casi prefiero que me la arranque, porque está picada. Pero si usted cree que es mejor dejarla como está…
-Échate en el sillón y abre la boca.
Tres pinchazos, ocho o diez tirones y cinco minutos después, la muela láctea estaba sobre la pequeña bandeja plateada de la consulta del doctor Indiferente, picada, maltrecha y ensangrentada. La cogió con unas tenacillas, la alzó a la altura de sus ojos y la miró como el doctor Indiferente lo mira todo, con profundo desprecio.
-¿La quieres?
-Do, docdor, quédezela. Le degalo el último pedazito de mi infanzia. A lo mejod azà decupeda uzted aggo, aunque zea tan zólo una pizca, de aquella iluzión de cuaddo eda niño, ¿ze acuedda? ZÃ, hombre, zÃ, aquella eczitación idexplicable que le hazÃa zoñad cazi cada doche que quedÃa sed médico de bocaz.
Hazta dunga, docdor.
… continuará…

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Lesbianarium 16: “Am-putada”

Cuatro y cuarenta y siete de la mañana. Suena el teléfono. Alejandra responde antes del segundo tono. No está durmiendo, sino sentada frente al ordenador, chateando con una tal Vaden. “Odio los malditos alias, no hay manera de saber con quién hablasâ€, -se lamenta. Ella siempre utiliza su nombre de pila auténtico en la Red, a pesar de ser consciente de los peligros que puede comportar. “No tengo nada que esconderâ€, -piensa.
-¿Intento de asesinato?… ¿En Gracia?… Diles a los de la ambulancia que no toquen nada, aparte de atender a la vÃctima… ¿Está muy mal?… De acuerdo, en media hora estoy allÃ.
Mientras hablaba por teléfono, Vaden le ha dejado muy claras sus intenciones.
Vaden: hoy, a medianoche, en D-Mer. Unas copas y nos vamos. Quiero comerte entera.
Alejandra: vale, pero deja algo para las demás, no seas egoÃsta. Tengo que irme. Adiós.
Treinta y cinco minutos después, al llegar a la dirección indicada, observa el cartel con el nombre de la calle: “carrer del Perillâ€, y no puede evitar pensar que tiene algo de macabra premeditación cometer un intento de asesinato en una calle que se llama Peligro. Anota el nombre en su Moleskine de bolsillo, nunca se sabe qué pistas pueden conducir hacia el culpable.
Frente al domicilio están aparcados dos coches patrulla de los Mossos d’Esquadra y una ambulancia del SEM. Alejandra prepara su placa y llama a la puerta. Enseguida abre un agente.
-Inspectora Juárez, de Investigación.
-Pase, Inspectora. Nadie ha tocado nada.
Alejandra entra en la casa, escudriñando cualquier detalle que pueda parecerle importante a simple vista.
-¿Han llegado ya los de CientÃfica?
-TodavÃa no, no creo que tarden.
-Póngame al corriente, agente.
-La vÃctima es una mujer de 24 años. Se llama Sonia y vive sola. La agresora también es una mujer, un poco mayor, de unos 30 años, según nos ha contado la propia vÃctima. No sabemos su nombre. La agresión ha ocurrido hacia las dos de la madrugada.
-¿Se conocÃan?
-No mucho… Por lo visto, se habÃan conocido esta misma noche…
-¿Una cita sexual?
-Eso parece.
-Hábleme de la agresión. ¿Qué alcance tiene?
-La vÃctima tiene dos dedos de la mano derecha amputados, el corazón y el anular.
-¿Puedo verlos?
-Es que… no están…
-¿Cómo que no están? ¿Quiere decir que no los han encontrado?
-No, pero estamos buscándolos por toda la casa.
-Está bien, pero busquen también fuera, por los alrededores. Tenemos que contemplar la posibilidad de que la agresora se los haya llevado y los haya tirado por ahÃ. ¿Sabemos cómo fueron cortados los dedos?
-Bueno… verá… de momento, la vÃctima no quiere hablar de ello. Dice que sólo lo hablará con una mujer. Por eso la hemos avisado a usted, Inspectora.
-¿A qué viene tanto misterio? Lléveme con ella, agente, y no perdamos más tiempo. Para mÃ, es un caso claro de fetichismo.
-La encontrará en el salón, tras esa puerta. Vaya con cuidado al interrogarla, está siendo atendida por un psicólogo.
-¿Un psicólogo?
-SÃ, el personal sanitario la encontró en estado de shock.
Antes de entrar en el salón, la Inspectora Juárez deja su casaca y su mochila en el diván del recibidor, apaga su móvil e indica al agente que no quiere que nadie la moleste mientras esté con la vÃctima, a menos que se trate de un tema de máxima relevancia para el caso. El agente asiente y le abre la puerta del salón.
-Buenos dÃas. Soy la Inspectora Alejandra Juárez y me gustarÃa hablar a solas con la vÃctima.
El psicólogo cierra su bloc de notas, se levanta de la silla y abandona la sala sin mediar palabra. Sonia está sentada, con la mano derecha vendada. Parece tranquila, seguramente por efecto de los sedantes. Tiene la mirada fija en el suelo. Al levantarla para mirar a la Inspectora, queda claro que ha estado un buen rato llorando, a juzgar por sus ojos hinchados y enrojecidos.
-Hola, Sonia.
-Hola.
La voz de Sonia suena muy frágil y entrecortada.
-¿Te duele?
-SÃ, pero menos que antes. Los de la ambulancia me han dopado hasta las cejas. Casi no puedo ni hablar.
-¿Quieres contarme qué ha pasado?
Sonia sigue balbuceando.
-¿Qué quiere que le diga? Esa zorra me ha arrancado los dedos, y ya está.
-¿Cómo ha sido? ¿Con un cuchillo?
-No.
-¿Con alguna otra herramienta? ¿Tienes objetos cortantes en casa?
-No.
-¿Con la boca?
-No.
-Entonces… ¿con qué, Sonia?
Sonia se tapa la boca con la mano izquierda, se agita y duda antes de contestar.
-Da igual, no me creerÃa.
La Inspectora trata de tranquilizarla y crear cierta empatÃa.
-Mira, Sonia, te aseguro que en mi trabajo he visto casos rarÃsimos y he vivido situaciones increÃbles, historias que, aunque parezcan irreales, ocurren cada dÃa, en todas partes…
-Con la vagina.
-¿Perdón?
-No voy a repetirlo.
De todas las absurdidades que ha oÃdo la Inspectora Juárez, ésta es, sin duda alguna, la más inverosÃmil de todas.
-¿Me estás diciendo que la vagina de esa mujer te ha amputado dos dedos de una mano?
-Ya le he dicho que no me creerÃa… ¿Y sabe qué? Que me da igual, no importa cómo ha ocurrido, sino qué ha ocurrido. Y lo que ha pasado es que me he quedado sin dedos. Mi vida sexual ha terminado, hoy y aquÃ.
Antes de que la Inspectora pueda consolarla, se abre la puerta del salón y uno de los agentes asoma la cabeza para llamarla.
-Inspectora, tenemos noticias.
-Ahora mismo voy, agente. Sonia, no te preocupes. Vuelvo en unos minutos.
La Inspectora Juárez cierra la puerta tras de sÃ, pensativa, en el mismo momento en que un agente le muestra una bolsa de plástico transparente con dos dedos en su interior.
-¿Dónde los habéis encontrado?
-En el contenedor de orgánica del final de la calle. FÃjese en los bordes de los cortes, son muy irregulares, parece como si hubieran arrancado los dedos con los dientes. Desde luego, con un cuchillo no ha sido. ¿Ha podido avanzar con el interrogatorio, Inspectora?
-No mucho, estoy en ello. Diga a los de CientÃfica que busquen huellas, y que los de la Central revisen todos los casos de violencia sexual de los últimos años cometidos por mujeres. Que busquen especialmente entre los casos de amputación de órganos.
-Entendido.
Al entrar de nuevo en el salón, Sonia está de pie junto a la ventana, fumando. Parece más entera y enfadada que antes.
-¿Lo ve, Inspectora? Ni siquiera sé fumar con la mano izquierda… ¿Cómo se supone que voy a ganarme la vida ahora? Soy, quiero decir que era, programadora informática. Me pasaba el dÃa aporreando el teclado del ordenador.
-Podrás seguir tecleando, con un poco más de calma.
-Me temo que mi jefe no estará nada conforme con eso. ¿Y qué me dice del sexo? Ni siquiera podré masturbarme dignamente… Y no hablemos de follar… ¿Qué mujer querrá acostarse conmigo? ¡Qué putada!
-Te queda la mano izquierda… y la lengua… y el resto de tu cuerpo…
-Soy muy patosa con la mano izquierda, Inspectora Juárez.
-Sólo es cuestión de práctica. ¿Has oÃdo hablar de la ALS?
-No.
-La Asociación de Lesbianas Siniestras está especializada en terapias y tratamientos de rehabilitación para lesbianas diestras que han sufrido accidentes severos y necesitan ejercitar la mano izquierda. Conozco muchos casos de éxito en los que las pacientes han podido seguir con su vida sexual de manera plena y satisfactoria, tras unas pocas semanas de reeducación. Recuérdame que te pase el teléfono de la asociación.
-Gracias.
-¿Qué puedes contarme de la mujer que te atacó?
-Poca cosa, apenas la conocÃa. Coincidimos en un chat hace un par de dÃas. Ayer por la noche quedamos en vernos en D-Mer. Tomamos un par de copas y nos vinimos aquÃ. El resto, ya lo sabe. “Quiero comerte enteraâ€, -me habÃa dicho en el chat, y ahora sé que no bromeaba, la muy cabrona… ¿Qué le ocurre, Inspectora? Está usted lÃvida…
La Inspectora no puede disimular el escalofrÃo que acaba de recorrer todo su cuerpo hace un momento, al reconocer en la tragedia de Sonia las mismas palabras que Vaden, su cita de esta noche, le ha escrito pocas horas antes a través del chat. Antes de poder articular palabra, otro agente interrumpe para pedirle que salga de nuevo.
-¿Se encuentra bien, Inspectora? Está usted un poco pálida. ¿Quiere que le traigan un poco de agua?
-SÃ, por favor, gracias. ¿Qué hay de nuevo?
-Las huellas dactilares que hemos encontrado en los dedos amputados se corresponden con las de Virginia DomÃnguez, una peligrosa agresora sexual que se hace llamar Vagina Dentata y es sospechosa de haber amputado los penes de, al menos, seis hombres en los últimos tres meses. Cuatro de ellos murieron desangrados, y los otros dos están en tratamiento psiquiátrico. Ambos aseguran que esa mujer les cortó el pene con… ¡la vagina! Si se trata de la misma agresora, podrÃamos estar ante el primer caso de ataque a una mujer.
-¿Conocemos el móvil?
-No, pero sà el modus operandi. En todos los casos, ha contactado con sus vÃctimas chateando en Internet. Supongo que en este caso también ha sido asÃ, ¿verdad?
-SÃ, agente.
-Quizá no haya móvil y ataque por el mero hecho de agredir, de causar daño. En mi opinión, es una psicópata. Y lo peor de todo es que anda suelta por ahÃ.
-Gracias. He terminado con la vÃctima. Voy a despedirme de ella y a iniciar la investigación.
Sonia está llorando de nuevo.
-Sonia, no te preocupes, la detendremos.
-Hágalo, Inspectora, meta a esa hija de puta entre rejas.
-Sólo dime una cosa más: su nick es Vaden, ¿verdad?
Al oÃr el alias, Sonia clava sus ojos en los de la Inspectora, y su mirada se endurece.
-¿Cómo lo sabe?
-Ya te he dicho que voy a encontrarla, y muy pronto. Adiós, Sonia.
Lo primero que hace la Inspectora Juárez al salir del domicilio de la vÃctima es buscar un bar para desayunar y tomarse un café bien cargado, asà que entra en una cafeterÃa del barrio de Gracia. Un bocadillo de jamón de york y queso brie y un café doble, sin azúcar, la reconfortan. No era consciente de que tenÃa tanta hambre. Son las nueve y veintiocho minutos de la mañana, y ahora se da cuenta de que ha pasado la noche en blanco. Mientras come, planifica una jornada que se aventura larga y difÃcil. Vaden… Vaden… Vagina Dentata en versión abreviada, claro… todo cuadra…
Después de pagar la cuenta, se dirige a su casa para dormir hasta primera hora de la tarde. Si pretende detener a Vaden la noche siguiente, tendrá que estar muy despierta.
Suena el despertador. Las cuatro en punto. Alejandra salta de la cama y entra en la ducha. Ha soñado con cucarachas y saltamontes, como siempre que está preocupada por algo. Se viste y llama a la comisarÃa para indicar los próximos pasos a seguir en la investigación. Después, llama a Mer.
-Hola, Mer, soy Alejandra.
-¿Qué hay, guapa? ¡Cuánto tiempo! ¿Es que no piensas venir nunca más a mi local?
-Últimamente salgo muy poco, el trabajo me absorbe… Pero, mira, esta noche nos veremos.
-Perfecto, búscame y tomamos algo mientras nos ponemos al dÃa.
-Escúchame, necesitaré que hagas algo por mÃ.
-Lo que quieras, ya lo sabes.
-Quiero que cierres todas las salidas del local a las doce y media de la noche.
-Me estás asustando, Alejandra. ¿Qué ocurre?
-No puedo decirte más, forma parte de una investigación. Tranquila, no va contigo.
-De acuerdo, cuenta con ello.
-Una cosa más: habrá policÃas de incógnito infiltradas.
-¡Coño, Alejandra, me vas a arruinar la noche!
-Te compensaré. Además, un poco de acción siempre es una buena publicidad, ¿no crees?
-Eso espero. En cualquier caso, no te preocupes, me hago cargo de la situación. Nos vemos esta noche.
La Inspectora Juárez está de pie, apoyada en la barra, bebiendo un gin-tonic y esperando a su cita. Son las doce y cuarto de la noche. De momento, Vaden llega tarde.
-¿Eres Alejandra?
La voz que acaba de sonar a su espalda es profunda y bien timbrada, no parece la voz de una asesina. Al volverse, la Inspectora descubre a una mujer de piel morena, pelo oscuro y rizado, esbelta, bien parecida y bien vestida.
-SÃ, ¿y tú eres Vaden?
-La misma. ¿Cómo estás?
-Bien. Empezaba a pensar que no vendrÃas. ¿Un gin-tonic?
-¡Venga!
-Y, dime, Vaden, ¿cuál es tu nombre verdadero?
-Virginia.
-Y Vaden, ¿qué significa?
-Es la abreviatura de Vagina Dentata.
La Inspectora no esperaba tanta sinceridad, de entrada.
-Veo que conoces el mito.
-No es un mito, es real.
-¿En serio lo crees? ¿Conoces a alguna mujer con vagina dentata?
-Pues sÃ, yo.
-Vaya… ¿y con qué fines la utilizas?
-Mutilo a mis amantes.
-¿De verdad piensas ligar conmigo diciéndome estas cosas?
-SÃ, porque confÃo en que quizá no me creerás y querrás comprobarlo por ti misma. ¿Vamos?
-Espera, no tan rápido, sólo son las doce y media.
La Inspectora busca a Mer con la mirada, y ésta le hace la señal convenida que le indica que los accesos están cerrados.
-Como quieras, pero no pienso pasarme la noche aquÃ. Busco sexo, y si no es contigo será con otra.
-¿Sales con hombres, también?
-Ya no, me aburrÃan soberanamente con sus movimientos espasmódicos y repetitivos. Sólo me divertÃa en el momento de cortarles la polla y ver su cara descompuesta.
-Más que una cita, esto parece una confesión…
-¿Y si lo fuera?
-Entonces te dirÃa que quedas detenida, Virginia DomÃnguez, por el asesinato de Jorge González, Sergio Antúnez, Flavio Santini y Miguel Torres, y por el intento de asesinato de Jesús PavÃa, Ramón Alpena y Sonia DÃaz.
Con otro movimiento de cabeza, la Inspectora indica a dos agentes de incógnito que se acerquen para llevarse a la detenida. Mientras la esposan, observa el rostro impertérrito de Virginia.
-No pareces muy sorprendida.
-No lo estoy, Inspectora Juárez.
-Veo que te has informado sobre mÃ.
-Si iba a entregarme, ¿a quién mejor que a una policÃa lesbiana?
-Vaya, gracias por el regalo. Agentes, llévensela. Pero antes, me gustarÃa saber por qué.
-Bueno, teniendo la herramienta, ¿por qué no iba a usarla? No hay nada más absurdo que renunciar a lo que nos viene dado por naturaleza.
-Y lo de entregarte, ¿por qué razón?
Virginia se acerca lentamente a la Inspectora para contestarle la pregunta al oÃdo con la voz más dulce que es capaz de modular.
-¿Y por qué no?… Buena suerte, Inspectora.

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Lesbianarium 15: “Abducción fatal”


Siempre he sido de las que se abstraen a la mÃnima ocasión. Recuerdo que cuando era niña y caminaba por la calle de la mano de mi madre, me soltaba de improviso para correr hasta el cristal de los escaparates de las tiendas de ropa y allà me quedaba, absorta, mirando las maniquÃs. En aquellos dÃas, las maniquÃs me fascinaban por encima de todas las cosas, tan bien puestas, impecablemente vestidas, guapas, impersonales y frÃas, altivas, perfectas. Me parecÃan habitantes de un planeta desconocido, mucho más avanzado, que se dedicaban a vigilarnos a nosotros, los humanos, desde las tiendas de moda de todas las ciudades de la Tierra. Por eso, al pasar por delante de una boutique y creerme atentamente observada, una de dos, o trataba de comportarme como una mujer tan adulta y sofisticada como aquellas modelos inmóviles, o corrÃa hacia ellas y me quedaba un rato mirándolas, como hipnotizada, tratando de descubrir el más mÃnimo movimiento o atisbo de vida que se les pudiera escapar. Pero al cabo de nada venÃa mi madre tras de mà y me despegaba de la inmensa luna, devolviéndome a la Tierra de un zarpazo y gritándome que hiciera el favor de no escaparme de su lado de aquella manera tan inesperada, porque si no, algún dÃa tendrÃamos un disgusto.
Que yo recuerde, mi madre no tuvo nunca ningún disgusto por culpa de mi afición a mirar maniquÃs. Yo, en cambio, llegaba a casa profundamente disgustada cada vez que ella me impedÃa contemplar, extasiada, el objeto de mi adoración. TendrÃa alrededor de cuatro años, y un dÃa, después de otra violenta incursión de mi madre justo cuando estaba a punto de ver parpadear a la maniquà de la lencerÃa de la esquina, con sus medias de rejilla y su collar de perlas cultivadas, juré que de mayor descubrirÃa toda la verdad sobre las modelos extraterrestres.
Pero ocurrió que, hacia los doce años, dejé de admirar maniquÃs. Sencillamente, empezaron a interesarme más las mujeres de carne y hueso. El problema es que también me quedaba mirándolas fijamente, empezando por mi abuela, que se pasaba las tardes cosiendo al lado de su vieja radio, y acabando por mis compañeras de clase, pasando por toda mujer que se cruzara en mi camino, fuera cual fuera su edad, aspecto y condición. “¿Qué miras, niña?â€, -solÃa preguntarme mi abuela cada vez que levantaba la vista de su labor y me veÃa de pie en medio del pasillo, observándola embobada. A veces, tardaba en contestarle porque no era capaz de oÃrla, solamente la miraba fijamente, y cuando me hablaba veÃa su boca moverse, pero no oÃa su voz, mis cinco sentidos se concentraban en uno solo, la vista, todos los demás estaban desconectados.
En el instituto lo pasé mal, ya se sabe, la edad difÃcil, los pájaros en la cabeza, los granos en la cara, el descubrimiento del otro sexo… Aunque yo no mostraba ningún interés en descubrir a los chicos de mi clase, la mayorÃa me parecÃan muy básicos, demasiado terrenales, sentÃa que no tenÃan nada que ofrecerme, no captaban ni un ápice de mi atención. Mi indiferencia hacia ellos era tal que, al final de cada curso, apenas sabÃa quiénes habÃan compartido el aula conmigo, pero, en cambio, era capaz de recitar de carretilla, por orden alfabético, los nombres de todas las chicas, con sus apellidos, describiendo su color de pelo y el de sus ojos. Claro, las habÃa estado observando concienzudamente durante meses. “¿Y tú, qué coño estás mirando?â€, -me gritó una en el gimnasio una tarde, mientras nos cambiábamos de ropa después de un partido de voleibol, y añadió -“para mà que, o eres miope, o eres bolleraâ€. Las demás se rieron, y yo, sin decir nada, terminé de cambiarme a toda prisa, procurando mirar al suelo.
La universidad no me trató mucho mejor. A los pocos novios que me eché, los dejé por aburrimiento, y las pocas novias que tuve me dejaron porque decÃan que las miraba demasiado y que se sentÃan intimidadas. Al final, harta de tanto dejar y ser dejada, opté por seguir mi camino por libre, a mi aire, sin estar pendiente de nadie.
Y asà hasta hoy, que parece un dÃa normal, aunque no lo sea en absoluto. Por mi trabajo como fotógrafa de prensa, me envÃan al Salón de LencerÃa de Barcelona. Llego, desenfundo mi cámara y me preparo, esperando los desfiles. Enseguida salen las modelos a la pasarela, una tras otra, y yo les hago fotos, orgullosa de haber hecho profesión de mi obsesión por mirar. Todo va bien hasta el tercer pase, en el que no puedo dejar de fijarme en una de las modelos. Me recuerda mucho a alguien, pero no sé a quién. La sigo a través del objetivo de la cámara. Ese conjunto de ropa interior, esas medias de rejilla, ese collar de perlas cultivadas… De repente, en un flashback perfecto, me remonto a mi niñez y me veo a mà misma frente al escaparate de la lencerÃa de la esquina de mi calle, observando ese mismo conjunto, esas mismas medias y esas mismas perlas sobre una maniquÃ. Aunque entonces estaba inmóvil y ahora no para de moverse, es la misma, no hay duda. Tengo que hablar con ella como sea, asà que, al terminar la jornada de desfiles, la espero en la calle, junto a la puerta de salida del personal. Ahà viene.
-Hola.
-¡Ah! ¡Qué susto me has dado! ¿Quién eres tú?
-Lo sabes de sobra. ¿De dónde vienes? ¿De Venus, quizá?
-¿Cómo dices?
-Sé que me vigilas desde que era una niña. ¿Por qué has tardado tantos años en venir a buscarme?
-Perdona, pero no sé de qué me hablas, y además, tengo mucha prisa. Adiós.
Para evitar que se marche, la sujeto por el brazo.
-¡Eh, tú, loca! ¡Suéltame!
-Abdúceme.
-¿Qué?
-Llévame contigo, aquà no pinto nada… ¿Qué haces?
-Llamo a la policÃa, estoy harta de obsesos y desquiciadas como tú viniendo a molestarme después de cada pase. ¿Te vas, o marco el último número?
Por un momento, tengo dudas de que sea realmente ella. Si lo fuera y hubiera venido a por mÃ, no se mostrarÃa tan hostil conmigo. Mientras lo pienso, me doy cuenta de que la estoy mirando fijamente.
-¿PolicÃa? Estoy en la calle…
-¡No! –grito, mientras le arranco el teléfono de la mano y le doy al botón de colgar la llamada.
-¡Devuélvemelo ahora mismo, psicópata!
-Vale, pero dame tu número.
-¿Mi número?
-SÃ, tengo que hacer una comprobación y no puedo dejar que te vayas sin estar segura de poder localizarte.
Después de pensárselo durante unos segundos, saca un boli de su bolso y garabatea un número sobre la palma de mi mano, muy nerviosa y enfadada.
-Aquà tienes mi teléfono, ¿contenta? Ahora, devuélveme mi móvil.
-Toma, y perdona.
-¡Déjame en paz!
Me quedo allÃ, de pie, viendo cómo se aleja calle abajo. Camina tan deprisa como sus tacones de vértigo le permiten. Al cabo de nada, se funde con la multitud. Sin perder tiempo, subo a un taxi y le pido que me lleve a mi antiguo barrio, donde vivÃa de pequeña. Desde que murió mi madre, hace ya diez años, no he vuelto a pisar esas calles. Durante el trayecto, tengo escalofrÃos y siento el corazón palpitándome en las sienes.
-Es por aquÃ, ¿no?, -pregunta el taxista.
-SÃ… en esa esquina…. aquÃ… pare aquÃ. Tenga, quédese con el cambio.
El taxista deberÃa haberme dejado justo enfrente de la lencerÃa donde tantas veces habÃa contemplado siendo niña a la maniquà que hoy se ha cruzado en mi vida, una de tantas alienÃgenas que me espiaban desde cualquier escaparate. Pero no, el lugar de aquel mágico establecimiento de ropa Ãntima femenina lo ocupa ahora un restaurante japonés. Me pongo loca de contenta.
-¡Lo sabÃa! ¡No está aquà porque estaba desfilando! Es ella, aunque no me haya reconocido. Es normal, yo era muy niña…
Saco el móvil del bolsillo de la chaqueta y marco el número escrito en la palma de mi mano. Tengo que convencerla de que soy esa niña, convertida en mujer, y de que estoy preparada para irme con ella a su galaxia. Está sonando…
-PizzerÃa Pisa, le atiende Manolo. ¿Es para un pedido a domicilio?

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Lesbianarium 14: “Infiltradas”


-Berta, soy yo. ¿Estás lista? Te espero abajo, en el coche. Estoy aparcada en la acera de enfrente.
-Pues claro, ¿dónde vas a estar, si no es en la acera de enfrente?
-Muy graciosa. Baja ya, que llegamos tarde.
-Dame cinco minutos, colocarme bien la toca me está costando más de lo que imaginaba. ¡Vaya cruz, tener que ponerse esto cada dÃa en la cabeza! Cuanto más me acerco a su mundo, más pena me dan las monjas…
-Deja de perder el tiempo al teléfono y termina de una vez. Te cuelgo.
La idea de infiltrarnos en la misa por la familia tradicional surgió en plena sesión de caipiriñas, cuando Berta y yo, presas de la euforia etÃlica, juramos defender los modelos familiares alternativos y vengar los desplantes de la Iglesia católica. El problema es que lo prometimos en público, y claro, al dÃa siguiente todo el mundo se acordaba menos nosotras, y cuando quisimos echarnos atrás ya era tarde, asà que aquà estamos hoy, llegado el gran dÃa, vestidas con nuestras mejores galas, Berta disfrazada de monja, y yo, de madre de familia católica y multiparturienta.
-Ya estoy aquÃ.
-Ave MarÃa PurÃsima.
-Sin pecado concebida.
-A ver, deja que te mire bien… Dios mÃo, pareces una monja de verdad. Y si te depilaras las cejas, estarÃas cañón.
-Y si tú te depilaras las piernas, quizá te parecerÃas más a una madre de familia católica, apostólica y romana. ¿Tú te has visto esos pelos? Ni las cabras tienen tanto vello en las rodillas. Para una vez que te pones falda, coño, aplÃcate un poco más.
-Tienes razón, asà no doy la talla. Abre la guantera y dame la cuchilla. Y deja ya de darme la vara. ¿Lo traes todo?
-Creo que sÃ. ¿Con qué querrás empezar?
-No lo sé, te lo diré cuando lleguemos y pueda ver las caras de las posibles vÃctimas.
-Pues entonces, tira, que vamos tarde.
El viaje hasta el lugar de concentración católica es corto y rápido. Si algo tiene de bueno llegar tarde a este tipo de aglomeraciones humanas es que te ahorras las largas colas que se forman a la hora en que llega todo el mundo.
-¿Dónde aparco?
-AllÃ, detrás del furgón de las Esclavas de MarÃa.
-Creo que ellas podrÃan ser nuestras primeras vÃctimas.
-¿Las Esclavas de MarÃa?
-SÃ, son perfectas, ¿no crees?
-¿Para cuál de las tres misiones?
-Para la número 2: “hacer que una monja grite ‘lesbiana’ con fervorâ€.
-De acuerdo, creo que, por atuendo, me toca a mà actuar. SÃgueme, te necesito como sparring.
-Será un placer.
-Buenos dÃas, hermanas. Perdonad nuestra tardanza. Soy Sor Tija, y la buena mujer que me acompaña se llama Ana.
-Hola, Sor Tija. Hola, Ana. Soy la Hermana Caridad, Madre Superiora de las Esclavas de MarÃa. ¿A qué orden pertenecéis vosotras?
-Somos Hijas de Ana.
-Ana, la madre de MarÃa, claro.
-La misma, patrona de las mujeres trabajadoras, de los mineros y de las embarazadas a la hora del parto. Curiosa trilogÃa, ¿no os parece, Madre?
-¿Y cuál es la función de las Hijas de Ana, exactamente?
-Ante todo, venerar a Ana y devolverle el puesto que se merece en las Sagradas Escrituras. La adoración a la Virgen MarÃa no admite discusión y está muy generalizada entre la mayorÃa de comunidades religiosas, pero, ¿quién se acuerda de Ana, la madre de nuestra madre, nuestra abuela en realidad?
-Tenéis mucha razón, hermana, Santa Ana no está reconocida como deberÃa. Y, decidme, ¿cómo hacéis para rendirle culto?
-Observando dos reglas básicas: cada una de nosotras se hace acompañar toda su vida por una mujer que se llame Ana. Esta Ana que os he presentado es, precisamente, “mi†Ana. Va siempre conmigo a todas partes, comparte mi celda, incluso dormimos juntas para fortalecer aún más el vÃnculo que nos une. Para nosotras, tener siempre cerca a una mujer llamada Ana nos recuerda lo mal que ha sido tratada la figura de la Santa y nos anima a adorarla en cuerpo y alma. Una de mis tareas principales es preparar a Ana cada noche antes de acostarnos. La desvisto poco a poco, procurando que las yemas de mis dedos rocen su piel con cada movimiento, para hacerme recordar que Ana existe a pesar de la terrible negación que ha sufrido por parte de la comunidad de fieles. Luego la baño delicadamente, dejando que mis manos se deslicen por su cuerpo, escondiéndose en sus cuevas, perdiéndose en sus curvas… Hermana Caridad, ¿estáis bien? Me parecéis un tanto sofocada…
-Estoy bien… Seguid, os lo ruego…
-Después de bañarla, acompaño a Ana hasta la cama y no empiezo a ocuparme de mà hasta haberme asegurado de que ella se siente del todo confortable.
-Perdonad que os interrumpa, Sor Tija, pero necesito que me aclaréis una duda: ¿en qué momento le ponéis el camisón a Ana, al salir de la bañera o antes de que la hagáis entrar en la cama?
-No, Hermana Caridad, ningún camisón ni nada que haya sido hecho por la mano humana puede mancillar el cuerpo de Ana después del baño purificador.
-¿Estáis diciendo, entonces, que dormÃs con Ana estando ella desnuda?
La Hermana Caridad formula la pregunta clavando sus ojos en Ana, mientras ésta le devuelve la mejor de sus sonrisas antes de contestar por ella misma.
-Asà es, nada puede interponerse entre mi cuerpo y el de Sor Tija, como nada debe interponerse entre el cuerpo del resto de las siervas de la orden y el de sus respectivas Anas de compañÃa.
La Madre Superiora, visiblemente azorada y con las mejillas ardiendo, no acaba de dar crédito a lo que está oyendo.
-Entonces, Sor Tija, ¿vos también os acostáis completamente desnuda?
-Por supuesto. La pureza de la desnudez es del todo necesaria para que la virtud de la Santa fluya a través del cuerpo de Ana hacia el mÃo, inundándome con su beatitud en forma de fuertes oleadas de deleite que sacuden mis sentidos. Cuanto más cerca nuestros cuerpos, tanto mayor es el santo goce, y si se da el caso de amanecer enroscadas la una a la otra, eso es señal inequÃvoca de que la Santa nos ha querido unidas, fundidas, totalmente abandonadas a su voluntad durante la noche.
-Vaya… una experiencia… realmente mÃstica… sin duda… y… ¿cuál es la segunda regla de vuestra orden?…
-La segunda regla de las Hijas de Ana consiste en reconocer la importancia capital de Santa Ana en nuestra fe.
-¿Y cómo hacéis tal cosa?
-Teniéndola siempre presente en nuestros rezos, por medio de un epÃlogo que añadimos a todas nuestras oraciones. Es lo que llamamos “EpÃlogo Analâ€, entendiéndose por “anal†que está dedicado a Santa Ana y a todas las mujeres que se llaman Ana.
-¿Debo entender que añadÃs una coletilla a vuestras oraciones, dedicada exclusivamente a Santa Ana?
-Exactamente. El EpÃlogo Anal es una expresión de etimologÃa latina formada por tres partÃculas que adquieren significado al pronunciarse conjuntamente. Con él queremos expresar, por una parte, que dirigimos nuestra oración a todas las Anas, y por eso utilizamos el pronombre “les-â€, que significa “a ellasâ€. La segunda partÃcula del epÃlogo está formada por el infijo “-bi-â€, que significa “dos vecesâ€. Con él queremos indicar que, aunque recemos la oración una única vez, al añadir el epÃlogo es como si la pronunciáramos por duplicado para dedicársela a Santa Ana. Por último, la tercera partÃcula es el nombre de nuestra patrona, “Anaâ€.
-“Les-Bi-Anaâ€: “A ellas, dos veces, en nombre de Anaâ€. ¿Es asÃ?
-Eso es, Hermana Caridad, pero debéis pronunciar el epÃlogo con mayor cadencia y con contundencia, como si fuera una sola palabra, en ningún caso de manera entrecortada. AsÃ: lesbiana. ¿Queréis probar?
-Por supuesto, a ver cómo me sale: lesbiana.
-¡Muy bien, Madre Superiora! Aprendéis deprisa, sin duda. Ahora, si os parece bien, vamos a practicar la aplicación del EpÃlogo Anal, pongamos por caso, al Padre Nuestro. Si os parece, yo recito las últimas lÃneas de la oración, y vos añadÃs la coletilla. ¿SÃ?
-¡SÃ, Sor Tija, sÃ!
-Allá vamos, pues: “… no nos dejes caer en la tentación, y lÃbranos del mal. Amén.â€.
-Lesbiana.
-¡Por Dios de los Cielos! ¡Es perfecto! Probemos ahora con el Ave MarÃa: “… ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.â€
-¡Lesbiana!
-Hermana Caridad, dejadme deciros que nadie habÃa pronunciado hasta ahora el EpÃlogo Anal con tanta devoción. Mi Ana y yo os estamos muy agradecidas por habernos escuchado y por haber contribuido a extender el conocimiento de nuestra orden. Estaréis siempre presente en nuestras oraciones.
-Y vosotras, queridÃsimas Hijas de Ana, podéis dar por seguro que estaréis en las nuestras. Es más, a partir de hoy mismo voy a instaurar la regla del EpÃlogo Anal en nuestra comunidad, y quién sabe si en un futuro próximo será incluso posible aplicar la regla de vuestras Anas de compañÃa a nuestras MarÃas vÃrgenes, por ser nosotras sus esclavas. Os doy las gracias por tan preclaras explicaciones y os invito a seguir con nosotras el desarrollo de la jornada.
-Os lo agradecemos, Madre, pero debemos seguir nuestro camino y encontrarnos con el resto de nuestras hermanas y sus Anas. Lo entendéis, ¿verdad?
-Perfectamente. Id con Dios.
-Por cierto, Madre, ¿por qué hablamos de esta guisa vos y yo?
-No lo sé, Sor Tija, seguramente para que nuestro diálogo parezca más anacrónico, pero quizá deberÃais preguntárselo a la autora de este sinsentido.
-Tenéis razón. Que Dios os bendiga, Madre.
Al alejarnos del grupo de Esclavas de MarÃa, no puedo evitar mostrar mi absoluta admiración por lo que Berta y su hábito de alquiler acaban de hacer.
-Nena, esta vez te has superado a ti misma. Nunca creà que pudieras hacer que una monja dijera “lesbiana†con tanto fervor.
-¿Has visto? Ya lo dice Almodóvar en su pelÃcula Todo sobre mi madre, cuando el personaje interpretado por Cecilia Roth confiesa que todas las mujeres son un poco bolleras. En fin, está hecho, misión cumplida. ¿Qué viene ahora?
-A ver… lo tengo todo aquà anotado… Si quieres, vamos a por la misión número 1: “hacer que una madre católica con más de ocho hijos se tome una pÃldora anticonceptivaâ€.
-Me temo que es tu turno, guapa, que para eso te has depilado las rodillas. ¿Has traÃdo la foto de los niños?
-SÃ, mÃralos, qué guapos. Estamos todos los crÃos de la familia: yo, mis hermanos, mis primos, mis primos segundos… ¡Todos! La foto es de hace unos años, pero yo creo que servirá. ¿Crees que darán el pego como hijos mÃos?
-Mujer, son muchos… Uno, dos, tres… siete, ocho, nueve… ¡Por lo menos hay veinte crÃos!
-Diecisiete. Es que, cuando me pongo a criar, soy una verdadera coneja.
-¿Y las pastillas?
-Aquà están, compradas ayer mismo en la farmacia de mi barrio. Las he sacado del blÃster y las he puesto en un bote, para que parezcan compradas a granel.
-Todo preparado, entonces. ¿A quién quieres atacar?
-No sé… ¿Qué te parece aquella mujer de ahÃ, rodeada de niños por todas partes? Digo yo que serán suyos, por lo menos la mitad…
-Buena elección. Te sigo. Seré tu consejera espiritual. Y mi primer consejo es que, para llamar su atención, te coloques a su lado sujetando la foto de los niños contra tu pecho, de manera que ella pueda verla lo más claramente posible, y pongas cara de carnero degollado.
-Vale. Y ahora, cállate, que te va a oÃr…
Berta y yo nos colocamos estratégicamente junto a la mujer, rodeada por chiquillos de todas las edades. La mayor debe tener unos dieciséis años, y el más pequeño es todavÃa un bebé en brazos de su madre. La mujer no tarda en reparar en la foto que sujeto.
-¡Qué ricura de criaturas! ¿Son todas suyas?
-SÃ, diecisiete hijos como diecisiete soles, mi mayor tesoro.
-¿Diecisiete? Vaya, eso sà que es cumplir con los dictados del Señor. ¿Algún parto múltiple?
-Los cuatro primeros vinieron por separado. Después, si no recuerdo mal, los ocho siguientes llegaron de dos en dos. Luego trillizos, y los dos últimos vinieron solos otra vez.
-PermÃtame que la felicite, nadie dirÃa que ha sido madre tantas veces, tiene usted una figura estupenda.
-Gracias, pero no es todo mérito mÃo, también he contado con la ayuda de Flexy Complex.
-¿Flexy Complex?
-SÃ, comprimidos a base de extracto de bambú. ¿No los conoce? Son milagrosos para ayudar a recuperar la silueta después de cada parto.
-¡No me diga!
-Claro, mujer, si algo tiene de bueno la ciencia es que también puede ponerse al servicio de la fe.
-Cierto. Y… dÃgame… ¿cree usted que estas pastillas podrÃan ayudarme también a mÃ? Es que estoy intentando quedarme embarazada de nuevo, si lo consigo serÃan ya nueve partos, y claro, mi figura se va resintiendo…
-Por supuesto, no hay problema. Precisamente, se recomienda empezar a tomar Flexy Complex antes de la gestación, para preparar el organismo de cara al esfuerzo de elasticidad que suponen los nueve meses de embarazo. Está usted en el momento más oportuno para iniciar el tratamiento.
-¡Qué bien! ¿Y cómo puedo conseguir Flexy Complex?
-Verá, se trata de un medicamento exclusivo que sólo se fabrica en los laboratorios secretos del Vaticano. Comprenda que, siendo sus efectos tan prodigiosos en aumentar la elasticidad del cuerpo humano, podrÃa resultar muy peligroso que estos comprimidos cayeran en manos de ciertos colectivos de reconocida promiscuidad, tales como divorciados o, peor aún, homosexuales. ¿Se imagina lo que podrÃa llegar a ocurrir si estas personas de vida descarriada descubrieran las ventajas de la flexibilidad orgánica?
-No quiero ni pensarlo, por Dios.
-Por eso, Flexy Complex se fabrica y se vende únicamente en el Vaticano, y sólo unas pocas personas estamos autorizadas a distribuirlas entre los fieles de todo el mundo. A primeros de mes hago el pedido correspondiente a las necesidades de mis clientas, y hacia finales me llega la nueva remesa de pÃldoras directamente desde el Vaticano, debidamente bendecida por el Papa.
-Entonces, ¿tengo que esperar hasta el próximo mes?
-Normalmente, sÃ. Pero, por lo visto, la providencia ha hecho que usted y yo nos conozcamos hoy aquÃ, y que este mes una de mis clientas haya dejado el tratamiento. Ha muerto de repente, la pobrecilla.
-No me diga que las pastillas tienen efectos secundarios graves…
-¡Qué va! No se preocupe, nada que ver con Flexy Complex. Sencillamente, no pudo superar su parto número veinticinco, y eso que, a partir del decimoctavo, se habÃa puesto un velcro en los bajos para facilitar la expulsión de los bebés siguientes y evitar asà más costuras innecesarias en el futuro. Pero, ya ve, a veces el remedio es peor que la enfermedad, y el chiquillo número veinticinco se ahogó con el velcro al nacer. La madre murió de pena. Una tragedia.
-SÃ que es triste, sÃ.
-Entonces, ¿quiere las pastillas o no?
-Por supuesto que sÃ.
-Si quiere, puedo enviárselas a casa mañana, pero en ese caso deberÃa empezar hoy mismo, tomándose el llamado “comprimido-0â€, cuya función es preparar el organismo para el tratamiento posterior. ¿Quiere?
-SÃ, pero no veo cómo…
-Tranquila, siempre llevo comprimidos-0 en el bolso. ¿Tiene agua?
-Yo no, pero alguno de mis hijos seguro que sÃ… ¡Carlitos, dale un traguito de agua a mamá!… Gracias, cariño, ya puedes seguir jugando con el crucifijo, pero sobre todo, no lo pongas nunca cabeza abajo, ¿me oyes? Anda, ve con tus hermanos…
-Aquà tiene su pÃldora.
-Es pequeñita.
-SÃ, pero su efecto es grandioso, ya verá. Venga, asÃ, de un trago, ya está, perfecto. Ahora, si es tan amable de darme su dirección, mañana le llegarán las pÃldoras para el resto del mes.
-Aquà tiene mi tarjeta. Y gracias.
¡Lesbiaaaaaaaaaaaaaanaaaaaaaaaaaaaaa!
-¿Qué ha sido eso? ¿Ha oÃdo ese grito horripilante?
-Son las Esclavas de MarÃa, están practicando un nuevo ritual de rezo. Hoy es un gran dÃa para ellas, créame si le digo que se les han abierto las puertas del Cielo.
-La gloria del Señor es infinita.
-Sin duda. Que tenga unos embarazos felices y flexibles. Adiós.
-Adiós, y gracias de nuevo.
Dejamos atrás a la mujer y a su prole desternillándonos de risa, aunque disimuladamente, para no levantar sospechas en nuestra última vÃctima.
-Tengo que reconocer que has estado genial.
-Gracias, Sor Tija.
-¿Vas a enviarle las pastillas?
-Creo que no, eso serÃa excedernos. La misión consistÃa en hacer que se tomara una pÃldora anticonceptiva, y lo hemos hecho. Aquà termina nuestro cometido, aunque debo reconocer que me encantarÃa seguir con esto impidiendo que esa coneja vuelva a quedarse embarazada durante un perÃodo de tiempo considerable. Pero no, creo que ya hemos jugado bastante con ella, dejemos que la mujer viva su vida a su manera y tenga tantos hijos como le dé la gana. Eso se llama respeto, algo que estos sectarios parecen incapaces de entender.
-¿Vamos a por la última vÃctima, entonces?
-Vamos. Buscamos a un cura, ¿verdad?
-Correcto. Tengo el Popper preparado, pero no sé si seremos capaces de hacer que lo inhale, parece una misión bastante más complicada.
-No hay nada imposible para dos lesbianas locas y cabreadas infiltradas entre miles de sectarios.
-¡Mira! ¡Ese novicio es perfecto!
-Y guapo. Qué pena que un material genético tan bueno se eche a perder bajo un hábito. Y qué poco durarÃa intacto este chico en un bar de ositos… A por él.
-Quieta, no te muevas. ¿Me lo parece a mÃ, o el novicio viene derechito hacia nosotras?
-Sà que viene, sÃ… De hecho, ya está aquÃ…
-Hola, chicas, ¿cómo estáis?
-Muy bien, hermano, ¿y tú?
-No me vengáis con monsergas, os llevo observando toda la mañana, a mà no me engañáis. Ni tú eres monja, ni tú una mojigata. Más bien parecéis dos bolleras empeñadas en reventar la jornada con cuatro travesuras ridÃculas. ¿Me equivoco?
-¡Por fin alguien normal en este circo de los horrores! TÃo, eres genial. Incluso me voy a quitar la toca en tu honor, no veas el calor que estoy pasando. Hala, fuera, ya no soy monja ni sirvo a ningún señor. Vuelvo a ser yo, la que sólo sirve a señoras. Ana, quÃtate esa falda ridÃcula y ponte tus vaqueros sucios y raÃdos. Se acabó la función. ¡Qué alivio, joder!
-Pues sÃ, la verdad, esto de ir con las rodillas al aire no es para mÃ… Pero, vamos a ver, ¿quién eres tú?
-Me llamo Manuel y soy novicio.
-¿Novicio de verdad?
-De verdad.
-¿Y qué quieres?
-Depende. ¿Qué tenéis para m�
-¿Cómo dices?
-Venga ya, que os he visto repartiendo pastillas y poniendo cachondas a las Esclavas de MarÃa. Seguro que tenéis algo que pueda interesarme.
-Hombre, nos queda esta ampollita, una especie de elixir de la felicidad…
-¿Popper?
-¿Lo conoces?
-¿Me estáis vacilando? ¿No tenéis nada más fuerte?
-¡Joder, con el novicio!
-Pues no, no tenemos nada más. Anda, toma, todo para ti. ¿Conocen tus jefes tus aficiones?
-Por supuesto, y muchos de ellos las comparten conmigo. ¿En qué mundo vivÃs?
-Pues nada, chico, que lo disfrutes.
-No dudéis ni por un momento que lo haré. Y ahora, largaos, ya habéis merodeado bastante por aquÃ. Y si me entero de que habláis por ahà de mÃ, mando que os rompan las piernas. Conozco a muchos dispuestos a hacerlo por muy poco dinero, ¿entendido?
-Entendido, entendido…
-Adiós, hermanas, que Dios os tenga en su gloria.
Perplejas y asustadas, caminamos hacia el coche sin mediar palabra y sin mirar atrás, por miedo a que alguien pueda seguirnos. Entrar en el vehÃculo y asegurar el cierre de las puertas desde dentro nos da una tregua para respirar aliviadas. Sin perder tiempo, arranco y salimos pitando de allÃ.
-Qué mal rollo me ha dado este tÃo…
-Esto nos pasa por idiotas, por no prever todas las posibilidades antes de actuar.
-Y por hablar demasiado delante de testigos. La próxima vez que salgamos de fiesta, nada de caipiriñas.
-Nada, sólo zumo de kiwi sin alcohol.
-Y encima, me pican las rodillas un horror.
-Pues ráscate, pero sigue acelerando, creo que nos sigue un Papamóvil.

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Lesbianarium 13: “Las Santas Inocentes”


-Otro año se acaba, cariño.
-SÃ, nuestro noveno año juntas… ¡Cómo pasa el tiempo!
-¡Y qué raro está el mundo!
-¿Por qué lo dices?
-Por todo en general. Muchas veces, no entiendo nada de lo que ocurre a mi alrededor.
-¿Qué quieres decir, exactamente?
-Pues mira, el otro dÃa, sin ir más lejos y para ponerte un ejemplo, cuando le dieron a Berlusconi en los morros con el Duomo, los medios de comunicación empezaron a apuntar enseguida hacia un supuesto perturbado mental, y yo, francamente, en algunos momentos no sabÃa exactamente a cuál de los dos se referÃan, si al agresor o a la vÃctima.
-Es verdad, a mà me pasó lo mismo, hay que ver lo mal que nos explicamos los humanos a veces. Porque, a ver, ¿tú te crees eso de que hayan aprobado el matrimonio homosexual en México? No digo que no pueda ser perfectamente posible, pero, ¿quién nos asegura que no es una trampa, una mera estrategia diseñada al milÃmetro, para que los homosexuales mexicanos se hagan visibles y asà poderles rebanar mejor el pescuezo? A todo aquel que levante la cabeza, ¡ñaca!, uno menos. Yo, de ellos, no me fiarÃa mucho… ¡Hermanas mexicanas, sed cautas! Y, sobre todo, velad para que no mueran más mujeres en Ciudad Juárez.
-Oye, que en nuestro paÃs también siguen muriendo mujeres cada dÃa.
-Cierto, hay cosas que se mantienen en el tiempo y son comunes a todas las culturas, y no hay duda de que la violencia contra las mujeres es una de ellas. Lástima que con otros comportamientos, como la solidaridad, no ocurra lo mismo, seguramente por eso la última reunión sobre el clima en Copenhague ha ido como ha ido.
-Volviendo a México, si tu teorÃa fuera cierta, la ley del matrimonio homosexual en España, y en los demás paÃses donde se ha aprobado, también podrÃa tratarse de una trampa, ¿no?
-Claro, y quizá algún dÃa la suframos en nuestras carnes y seamos vÃctimas de una conspiración en toda regla. Quién sabe si esta ley no será un arma de doble filo que puede volverse en nuestra contra cuando la derecha vuelva al poder. Porque, tarde o temprano, los conservadores mandarán de nuevo, con toda seguridad.
-¿Y nos obligarán a llevar bandas identificativas de color violeta en el brazo?
-Por supuesto.
-¿Y construirán muros en las calles para que los de la acera de enfrente no nos mezclemos con las personas “normales�
-Claro.
-Y, digo yo, ¿cómo se sabe cuál es la acera de enfrente? Porque eso depende de dónde se ubique cada uno, ¿no?
-Ten por seguro que la de enfrente siempre será la tuya, asà que resÃgnate a vivir constantemente enfrentada a “ellosâ€.
-¿Y nos deportarán hacia destinos sin retorno en convoyes especiales?
-Seguro.
-¿Sabes qué te digo?
-¿Qué?
-Que estás un poco paranoica.
-SÃ, sÃ, tú rÃete, pero, por si no lo sabÃas, en algunos paÃses del llamado “primer mundo†todavÃa no podemos ser donantes de sangre. Estoy hablando, por ejemplo, de Andorra, una nación que pretende ser plenamente europea y que mantiene relaciones diplomáticas totalmente normalizadas con los estados de su entorno, entre ellos España.
-¡Pero bueno! ¿Qué pasa, que lo nuestro se contagia? ¿Tú has oÃdo alguna vez que alguien haya muerto de lesbianitis?
-No, pero si es necesario se inventarán lo que sea con tal de seguir tratando a gais y lesbianas como ciudadanos y ciudadanas de segunda clase.
-Mujer, no puede ser todo malo, algo habrá ido bien este año.
-Pues sÃ, tenemos, entre otras cosas, la guÃa para padres y madres de la AMPGYL, y también nos queda la alegrÃa de vivir que nos caracteriza como colectivo. Me temo que sin ella ya habrÃamos desaparecido de la faz de la tierra en alguna etapa de la evolución humana.
-Visto el panorama, ¿qué le pides al año nuevo?
-Ante todo, que no me falte esa alegrÃa de vivir, y después, que no me faltes tú.
-Y humedad, mucha humedad.
-Eso. Y camisas de franela.
-A cuadros.
-Y más pantalones llenos de cremalleras y bolsillos.
-Y que salgan del armario más lesbianas famosas que intervienen en la vida pública, para que contribuyan a la normalización definitiva.
-Por supuesto, que ya está bien de dobles vidas y de no preguntar para no tener que dar explicaciones.
-¿Qué más deseas?
-Que los ginecólogos y las ginecólogas, y el resto de médicos en general, hagan las preguntas correctas y en el orden preciso en sus consultas, sin dar por sentado que todos sus pacientes son heterosexuales. En mi última revisión, la ginecóloga me preguntó si mantenÃa relaciones sexuales, y yo le dije que sÃ. Acto seguido me preguntó si tomaba medidas anticonceptivas, a lo que yo respondà que no. En la siguiente pregunta quiso saber si deseaba quedarme embarazada, y al negar yo con la cabeza, va y me suelta, con cara de sorpresa y de no entender nada: “¿Y entonces?â€.
-¿Y qué hiciste?
-¿Qué iba a hacer? Decirle amablemente que se habÃa saltado una cuestión ligeramente importante, justo después de preguntarme si mantenÃa relaciones, y que la próxima vez hiciera el favor de seguir el orden correcto del cuestionario, a saber: pregunta 1. “¿Mantienes relaciones sexuales?†En caso afirmativo, pregunta 2. “¿De qué tipo?†Y a partir de aquÃ, sólo es necesario seguir según las circunstancias de cada paciente.
-Pues claro, no es tan difÃcil, creo yo.
-En fin, mejor lo dejamos… ¿Brindamos ya por el nuevo año?
-Brindo porque cada uno tenga lo que merece.
-SÃ, y porque le sigan tocando la cara a Berlusconi con reproducciones de todos los monumentos de su paÃs.
-¡SÃ! ¡Con la cúpula del Vaticano!
-Y con la Torre de Pisa.
-Y con una góndola, que es más puntiaguda.
-Eso.
-Y, sobre todo, larga vida a Fanny Ardant y a todas las bellezas de su misma especie.
-Por supuesto. ¡Salud!
Que la vida os sonrÃa y que se cumplan todos vuestros anhelos a lo largo del nuevo año . Feliz 2010.

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Lesbianarium 12: “Lo malo de ser buena”


Jacinta es una mujer buena, con todo lo malo que implica ser una persona buena. A ver si me explico, no es que ser bueno sea malo en sÃ, todo lo contrario, pero a veces, y para según qué individuos, ser demasiado amable con los demás supone dejar de serlo con uno mismo en una relación inversamente proporcional. Y eso es precisamente lo que le ocurre a Jacinta, que proyecta tanta sensibilidad hacia los demás que no le queda ni una pizca para ella. Y lo peor es que no se da cuenta de nada, ni de los excesos de bondad que comete con su prójimo, ni de lo mal que se porta consigo misma por culpa de tales derroches.
Jacinta se maltrata sin saberlo desde niña, cuando accedÃa a ayudar a su madre en las tareas de la casa mientras su hermano y su padre miraban la tele espachurrados en el sofá. No entendÃa por qué su madre le pedÃa ayuda a ella solamente, pero a pesar de todo intentaba echarle una mano barriendo o sacando el polvo. SentÃa una especie de solidaridad hacia su madre que la impulsaba a hacerlo, aunque ello implicara perderse la serie de televisión de los sábados por la tarde que tanto le gustaba. Después, su hermano le hacÃa un resumen, y a Jacinta ya le valÃa.
También ayudaba a su padre a lavar el coche en la calle, con esponjas y cubos de agua, porque Jacinta sentÃa que debÃa atender a su padre y a su madre por igual. SolÃan hacerlo cada sábado por la mañana. Uno de esos sábados, cuando Jacinta debÃa tener diez o doce años, llegó con su padre a casa después del lavado, y su madre le pidió que pusiera la mesa. Y Jacinta, desde la ingenuidad y el sentido de la justicia propios de la infancia, preguntó a la madre por qué el padre nunca ponÃa la mesa, a lo que él respondió inmediatamente: “Mal vamos si un hombre tiene que poner la mesa en casa.â€. Jacinta no entendió la respuesta en aquel momento, pero a partir de ese dÃa jamás volvió a ayudar a su padre a lavar el coche. Y no es que no lo intentara con todas sus fuerzas, pero se le revolvÃan las tripas cada vez que le veÃa con el cubo y las esponjas. Simplemente, no podÃa. “Soy malaâ€, se dijo.
“Qué mala soyâ€, se repitió una y otra vez durante muchos años después, siempre que veÃa a su madre fregar, lavar, barrer, coser o planchar los sábados por la tarde, mientras ella se dedicaba a leer, a ver la serie en la tele o a salir con sus amigas en vez de ayudarla. Asà lo habÃa decidido alrededor de los catorce años, cuando, en uno de esos sábados, al pedirle ayuda su madre, ella le respondió que no volverÃa a barrer ni a sacar el polvo si no lo hacÃan también los demás. No habÃa premeditado su respuesta, le salió asÃ, y punto. Su madre, lejos de enfadarse, no dijo nada, siguió con lo que hacÃa y no volvió a pedÃrselo nunca, pero desde ese mismo dÃa dejó de tararear coplas mientras mantenÃa la casa en orden.
“¿Por qué soy tan mala?â€, se preguntó Jacinta el dÃa que dejó a su novio de toda la vida. Le habÃa querido mucho, o al menos eso creÃa, pero se habÃa cansado de ayudarle sin recibir ningún tipo de apoyo por parte de él. Se habÃa dado cuenta, además, de que no se habÃan hecho novios por amor sino más bien por la presión del entorno, por no estar solos, por encajar, por salir con un grupo de amigos en el que todos tenÃan pareja… Y además, habÃa conocido a Soledad.
Con Soledad todo era distinto. Estaban a gusto la una con la otra y permanecÃan juntas porque ambas querÃan, por ninguna otra razón. Se ayudaban mutuamente, se querÃan, se apoyaban, se amaban, se entendÃan, se compenetraban perfectamente dentro y fuera de la cama. La vida siempre era fácil y feliz con ella, menos cuando iban de visita a casa de los padres de Jacinta, y coincidÃa que era sábado, y veÃa a su madre, ya casi anciana, hacer lo mismo de siempre. Y a su padre, que seguÃa sin poner la mesa, también.
-¿Soy mala?, -le preguntó Jacinta a Soledad una tarde de sábado, al volver de casa de sus padres. Y Soledad, sorprendida y conmovida por una pregunta que parecÃa más bien una acusación, la abrazó con todo su cuerpo, como abrazan las mujeres a las mujeres que aman, y después de besarla, le contestó.
-¿Cómo vas a ser mala, si eres lo mejor que me ha pasado?
Y, colorÃn colorada, asà se puso Jacinta al sentirse, por primera vez en su vida, una mujer buena.
Y, colorÃn colorada, esta historia está acabada.

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Lesbianarium 11: “Franca Navidad”


-Hola, mamá. Un beso. Feliz Navidad. Toma, para ti.
-¿Para m� ¿Qué es?
-Nuestro regalo, una sesión completa para dos personas en el spa que escojas de la lista del dorso de la caja.
-Te lo agradezco, hija, pero ya sabes que a tu padre no le gustan estas cosas…
-Bueno, pero, a ti sÃ, ¿no? Además, yo no he dicho que tengas que ir con papá.
-¿Y con quién voy a ir, entonces?
-No lo sé, mamá, depende de las ganas que tengas de relajarte. ¿Con la tÃa Emilia? No, mejor que no, no para de hablar y te aguarÃa el dÃa de relax… ¿Y con tu hermana Yolanda?
-¿Yolanda? ¿La monja? ¿Estás loca? ¿Cuándo has visto tú a una monja en un spa?
-Alguna habrá que quiera relajarse, digo yo, para olvidarse de tanto rezo… Seguro que a la hermana Forcades, tan moderna y concienzuda, sà que le molan los spas…
-¡Que no, que Yolanda no querrá venir!
-Pues entonces ve con el señor Gabriel, el panadero de la esquina. Hace más de veinte años que no te quita ojo, y me juego lo que quieras a que te dice que sÃ. O con Paquita, la vecina solterona, que tampoco te quita ojo y siempre te regala cosas.
-Eso, me los llevo a los dos al spa, al panadero y a la vecina tortillera, y de paso nos arrimamos los tres en la sauna, ¿qué te parece?
-Eso serÃa genial, madre, y que conste que lo has dicho tú. ¿Cuánto tiempo hace que no te tiemblan las piernas?
-Déjame, niña, que me lÃas. Creo que cederé el regalo a tu hermano y a su mujer, ellos lo aprovecharán más que yo.
-Haz lo que quieras, ya eres mayorcita.
-En eso sà que tienes razón. Ven, ayúdame en la cocina. ¿Por qué has llegado tan tarde? ¿Es que no sabes que necesito todas las manos posibles en un dÃa como hoy?
-Pues en el salón veo muchas manos que no están haciendo nada para ayudarte. FÃjate, están papá, Manuel, su mujer, la tÃa Emilia, sus dos hijos, el primo Juan con su novia Julia, las primas mellizas y los niños. ¿Les llamamos a todos para que vengan a echar una mano?
-Si quieres, avisa a Emilia, a Julia y a las primas.
-He dicho “a todosâ€, y eso incluye también la parte masculina de la familia.
-Déjalo, por favor, no empieces otra vez y dime si vas a ayudarme o no.
-SÃ, claro, Candela y yo serviremos la comida, como cada Navidad. Un año más, seremos las únicas en levantarnos de la mesa para traer un plato tras otro.
-Eres imposible, niña. Por cierto, ¿dónde está tu amiga?
-Como acabo de decir, y aunque lo sabes de sobra, se llama Candela y no es mi amiga, es mi mujer, con quien llevo casada legalmente más de tres años. Vendrá dentro de un rato, tenÃa un encargo que hacer.
-¿Un encargo? ¿En Navidad? ¿Qué clase de encargos se hacen en un dÃa como hoy?
-Ya lo verás.
-¿Os quedáis a dormir?
-Depende. ¿Nos has preparado la habitación de matrimonio este año?
-Ya sabes que eso no puede ser.
-Ya… Pero sà que puede ser cada vez que se quedan Manuel y su mujer, ¿verdad?
-No es lo mismo.
-Pues entonces nos iremos después de llevar la comida a la mesa y dejarte la cocina como los chorros del oro. Y te aseguro que eso será pronto.
-¿Por qué lo dices?
-Por nada, por nada. ¿Puedo ver el pavo? Porque, hay pavo, ¿no?
-Pues claro. MÃralo, qué hermoso. En cinco minutos lo sacas del horno y lo vas sirviendo.
-¡Qué pena de animal, madre!
-Qué pena de ti, que no respetas las tradiciones y te lo pasas todo por el forro de la chaqueta.
-Por el arco del triunfo.
-¿Cómo?
-Que me lo paso por el arco del triunfo, pero todo no, solamente lo que no tiene sentido, lo que se hace por hacer y ya está, lo que no se cambia por desidia, por comodidad, como la Navidad. Por ejemplo, ¿dónde está escrito que se tenga que comer pavo el 25 de diciembre? Por mucho que me fije en el calendario, no veo que ponga “San Pavo†debajo de esa fecha. ¿Y quién ha establecido que tú te pases el dÃa cocinando como una esclava, mientras los demás miramos?
-Lo hago por amor.
-¡Menudo concepto tienes tú del amor! Que no, madre, que el amor es otra cosa, es compartir, es sumar ilusiones y esfuerzos en la misma dirección, es tratarse con respeto de igual a igual. ¿Entiendes lo que te digo?
-Eso será en tu mundo, niña. En el mÃo, el amor es esto que ves.
-Entonces, prefiero no verlo.
-¿Qué quieres decir?
-Mamá, me temo que esta es la última Navidad que pasamos juntas. No quiero seguir con esto. Asà no.
-¿Tan insoportables te resultamos?
-Tranquila, lo he dispuesto todo para que parezca un atentado al buen gusto y al honor de la familia. Sólo yo saldré perjudicada, bueno, Candela también, ambas asumimos nuestro papel de malas en esta pelÃcula.
-Hija, no te entiendo, pero me estás dando miedo.
-Aquà estoy, por fin. Hola, Miranda. Hola, señora Engracia. Por favor, perdóneme por lo que va a pasar hoy aquÃ.
-Hola, Candela, cariño. ¿Lo has traÃdo todo? Ni se te ocurra disculparte, ¿me oyes?
-¿Qué es todo esto? ¿Y por qué me pides perdón, Candela?
-¿Tienes el megáfono?
-SÃ.
-Dámelo. ¿Preparada?
-No lo sé, Miranda. ¿Tú crees que es buena idea? ¿Y si dejamos las cosas tal como están?
-¿Y comer pavo otra vez? ¿Y repetir exactamente la misma Navidad de los últimos cuarenta años? ¡Ni hablar! Abre el horno, saca al bicho y échaselo a Boby, que estará en su caseta del patio y ni se imagina el festÃn que le espera.
-¿Os habéis vuelto locas? ¡A la primera que toque mi pavo la echo ahora mismo de casa!
-A eso mismo hemos venido, mamá, a que nos echéis para que no tengamos que volver nunca más por Navidad.
-SÃ, señora Engracia, por eso le pedÃa perdón, ¿lo entiende ahora?
-Madre, quÃtate el delantal, vete al salón y siéntate a la mesa con los demás. Os traeremos la comida enseguida. Candela, ¿puedes acompañarla, por favor? Si es necesario, arrástrala. Cuando llegues al salón, haz que me escuchen todos… ¿Cómo se enciende el megáfono?
-Apretando aquÃ, donde pone “ONâ€, ¿ves? Vamos, señora Engracia, venga conmigo a la mesa, no se resista, que su hija está muy loca y es capaz de cualquier cosa.
-¡ATENCIÓN TODA LA FAMILIA! OS HABLA MIRANDA DESDE LA COCINA. HACED EL FAVOR DE SENTAROS A LA MESA ENSEGUIDA, PORQUE VAMOS A COMER. OBEDECED A CANDELA Y NO OS PASARà NADA. REPITO, HACED TODO LO QUE OS DIGA CANDELA. YO VOY AHORA MISMO.
-Candela… pero… ¿qué es este escándalo en mi casa?
-Hola, señor Alfonso. No se preocupe, todo está controlado. Le traigo a su señora para que se siente con ella a la mesa, junto al resto de la familia.
-Pero… ella tiene que estar en la cocina… como siempre… ¿no?
-Me temo que este año no va a ser asÃ, señor Alfonso.
-Ay, Alfonso, nos están destrozando la Navidad… ¡Le han dado mi pavo al perro!
-Pero… ¿qué demonios…?
-Señor Alfonso, le recomiendo que se siente y que todos hagan lo mismo. Su hija está en la cocina, muy cabreada, y yo, de usted, procurarÃa que no se enfadara más todavÃa.
-De acuerdo, vamos a mantener la calma y a sentarnos todos. Por favor, haced lo que dice Candela y veamos adónde nos lleva todo esto.
-CANDELA, ¿ESTà LA MESA PUESTA?
-SÃ, el mantel de la abuela Remedios, con sus bordados, la vajilla de porcelana, las copas de cristal de Bohemia y los cubiertos de plata…
-¡GRITA UN POCO MÃS, QUE NO TE OIGO!
-¡Que sÃ, que está todo en su sitio!
-PUES QUE LO QUITEN, RÃPIDO…
-Engracia, ¿me puedes decir qué está pasando aqu�
-Lo que te decÃa, Alfonso, que nos quieren aspar la Navidad… ¡Ay, qué disgusto tengo!…
-COMO VENGA YO, QUITO LA MESA A PATADAS… ¡VAMOS!
-Por favor, hagan lo que dice Miranda. Yo les ayudo. Lo guardamos todo bien guardado para que no se rompa nada, ¿ven?, asÃ… ¡Ya está, Miranda! ¡La mesa está limpia!
-¡OK! PRIMERA FASE COMPLETADA. AHORA, PONED EL MANTEL DE PAPEL, LOS PLATOS Y LOS VASOS DE PLÃSTICO BLANCO QUE HA TRAÃDO CANDELA.
-Por Dios, Candela, ¿tú crees que todo esto es necesario?
-TÃa Emilia, por favor, cállese y obedezca… ¡Segunda fase en proceso, Miranda! ¿Vienes ya?
-Ya estoy aquÃ, cariño. Traigo la primera bandeja. ¿Puedes ir a por la segunda? Niños, vosotros traed la tercera.
-¿Se puede saber qué es esto?
-Esto, papá, es maki sushi de gambas. Lo que trae Candela es nigiri de salmón, y los niños vienen con una bandeja de tempura de langostinos. Ya sabéis, querida familia, que las lesbianas somos más de pescado, ¿verdad? Aquà tenéis vuestros chopsticks de usar y tirar. Este año no se friegan platos ni cubiertos. Claro que, pensándolo bien, la mayorÃa de vosotros tampoco habéis fregado nunca nada hasta hoy, ¿me equivoco? Hala, pues, os dejamos para que disfrutéis del festÃn y os deseamos una feliz Navidad. Sintiéndolo mucho, Candela y yo tenemos que marcharnos, nos esperan para celebrar la Navidad de una manera que a vosotros os parecerÃa escandalosa por poco ortodoxa. Y tú, mamá, piénsate lo del spa, ¿vale? Hay un mundo ahà afuera que quizá te sorprenda, pero tienes que dar el primer paso.
-Hija, si me hubieras advertido, habrÃa hecho canelones…
-SÃ, claro, rellenos de pavo, ¿no? ¡Basta ya de pavo y sus derivados, coño! Lo dicho, que os aproveche la comida. Ahora, Miranda y yo saldremos del salón muy lentamente y nos marcharemos. Que a nadie se le ocurra moverse hasta que nos hayáis oÃdo cerrar la puerta de la calle.
-¿Puedo venir con vosotras?
-No, Carlitos, hoy no, cuando seas mayor ya veremos, según cómo evoluciones.
-Y entonces, ¿a partir de ahora, qué?
-Pues nada, papá, a partir de hoy seguimos siendo tan familia como siempre. Nos llamaremos a menudo y vendremos a visitaros de vez en cuando a lo largo del año, pero no nos esperéis el dÃa de Navidad a menos que estéis dispuestos a cambiar algunas cosas, empezando por el menú, continuando por contribuir todos a prepararlo y a servirlo y acabando por instalarnos a Candela y a mà en una habitación con cama de matrimonio si queréis que nos quedemos a pasar la noche. Tenéis un año entero para pensar en ello, creo que es suficiente tiempo.
-No respetas nada, Miranda.
-Lo mismo os digo. Hasta la próxima, familia.

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Lesbianarium 10: “La señora de la casa”

Relato finalista del XIV Concurso “Todos somos diferentesâ€, organizado por la Asamblea Juvenil de la Fundación de Derechos Civiles Civilia. La ceremonia de entrega de premios se lleva a cabo el viernes 11 de diciembre, en el Ateneo de Madrid.
-Buenos dÃas. Mi nombre es Jennifer. Llamo de la empresa de productos infantiles Maternal Womb. Estamos realizando una encuesta entre las consumidoras para mejorar nuestros productos. ¿Es usted la señora de la casa?
Son las nueve y doce minutos. Tanta información a primera hora de la mañana, cuando ni siquiera he tomado mi tazón de café con leche sin azúcar, me parece, simplemente, imposible de asimilar. Mi cerebro no funciona, y mi persona todavÃa no es humana. Me pregunto de dónde habrá sacado mi teléfono la teleoperadora, y también me gustarÃa tener dos palabras con la persona que la obliga a llamar a la gente a horas intempestivas utilizando un discurso que, de entrada, resulta avasallador.
-Mire, Jennifer, lo siento, pero ahora no tengo tiempo. Si quiere, llámeme por la tarde, a partir de las seis.
-Sólo serán unos minutos, señora. Son preguntas muy sencillas y rápidas de contestar.
-No lo dudo, pero es que ahora no puedo. Le prometo que si me llama a última hora de la tarde la atenderé con mucho gusto.
-Pero… es que… por la tarde yo no voy a estar, esta semana me toca de mañanas, y si usted habla con otra compañera, entonces será ella quien…
-… Quien cobrará la encuesta, ¿verdad?
Su tono de voz se ha vuelto más personal y es ahora mucho menos mecánico que el del primer mensaje de presentación. Para mà ya no es una mera teleoperadora sino una mujer angustiada tratando de mantener su empleo en plena crisis. Asà que me remonto a mis raÃces proletarias y decido ayudarla dentro de mis posibilidades.
-Ya veo. En ese caso será mejor que hablemos ahora. ¿Le importa si voy preparando el desayuno mientras hablo con usted? Pongo el “manos libres†y ya está.
-No, claro que no, señora. Le agradezco mucho su comprensión.
-Perdone que le haga una pregunta antes de empezar, Jennifer. Usted no es española, ¿verdad?
-No, soy de Colombia, recién llegada a España, señora.
-De acuerdo. Empecemos, pues. Y, por favor, no me llame señora.
-Bien, como usted diga. ¿Es usted la señora de la casa?
-Vamos mal, Jennifer. ¿No le acabo de decir que no me llame señora?
-Perdone, pero es la primera pregunta de la encuesta. Las normas lo dicen muy claro: “Es imprescindible empezar todos los cuestionarios preguntando a la interlocutora si es la señora de la casaâ€.
-¿Y si no lo soy, qué dicen las normas?
-Entonces tengo que preguntarle por la señora. ¿Está su madre en casa? ¿Puede ponerse al teléfono?
-¿Mi madre? Mi madre murió el año pasado, de vieja.
-Perdone, pero no la entiendo. ¿Es usted mayor de edad?
-SÃ, hace ya un rato.
-¿Vive sola?
-No.
-¿Con su pareja?
-SÃ.
-¿Y no es usted la señora de la casa?
-¿Puede definir “señora de la casaâ€, por favor?
-Pues… ¿qué quiere que le diga? La encargada de llevar la casa, ya sabe, de cuidar a los niños, de hacer la compra… Todo eso.
-Ah… Entonces creo que soy la mitad de todo eso.
-No entiendo, ¿qué quiere decir?
-Ya veo que no entiende. Le digo que soy una de las dos “señoras†de esta casa.
-¿Cómo que dos señoras?
Yo, la verdad, no sé por qué sigo metiéndome en semejantes berenjenales a mi edad. Estoy muy cansada de andar educando a ciertas personas que ni siquiera se toman la molestia de plantearse la posibilidad de que exista más de una manera de vivir la vida. La teleoperadora ya no me da pena, su estatus ha vuelto a cambiar, ha dejado de ser una inmigrante con un trabajo precario para convertirse en una posible lesbófoba. Tengo que andarme con mucho cuidado, y si es necesario, pasar al ataque.
-Vamos a ver, Jennifer, usted ha llamado a una mujer que vive en su casa con su pareja, que es otra mujer. ¿Supone eso algún problema para contestar la encuesta? Si es asÃ, dÃgamelo, la damos por terminada y me concentro en mi desayuno.
-Pues… la verdad… no lo sé, señora… ¡Perdón!
Pobrecilla, no es lesbófoba ni nada, es que ni siquiera se le habÃa pasado por la cabeza la situación en la que se encuentra ahora mismo. Tampoco a sus jefes. Sin embargo, tengo que reconocer que la siguiente pregunta me exaspera sobremanera, no porque no la haya oÃdo antes sino precisamente por todo lo contrario. Quien diga que los roles sexuales han desaparecido, miente o se engaña.
-Entonces, ¿pongo que usted hace de mujer?
-Y usted, ¿de qué hace? ¿De conejita Duracell?
-¿Qué?
Muy a pesar mÃo, decido seguir.
-Nada, que ponga, si quiere, que sà soy la señora de la casa. Al fin y al cabo creo que lo soy, y además nadie tiene que saber si estoy sola o si somos la legión, ¿verdad?
-¿Le parece que lo hagamos as�
-SÃ, mujer. Ande, siga.
-Bueno. ¿Tiene usted hijos?
-No.
-¿Quiere tenerlos?
-No.
-(Claro, cómo va a tenerlos…).
-La he oÃdo, Jennifer, y le aseguro que si quisiera tener hijos se me ocurren varias maneras de conseguirlo. Asà que, por favor, marque la casilla del “no†y sigamos con esto. ¿Falta mucho?
-No, enseguida terminamos. Lo siento, pero la siguiente pregunta también se refiere a los hijos.
-Qué le vamos a hacer, Jennifer. Dispare.
-¿Por qué no quiere tener hijos?
A estas alturas, mi capacidad de empatizar con el enemigo se ha agotado por completo, asà que decido aferrarme al sarcasmo. Si tengo que lidiar con esta conversación absurda, por lo menos quiero otorgarme el derecho de divertirme un poco.
-Pues mire, Jennifer, es muy sencillo, no quiero tener hijos porque quiero ser inmortal.
-…
-¿Jennifer? ¿Sigue usted ah�
-SÃ, sÃ, por supuesto. Estaba anotando su respuesta.
-¿De verdad? No me lo puedo creer… ¿Acaba de anotar que no quiero tener hijos porque quiero ser inmortal?
-SÃ, ¿no es eso lo que ha dicho?
-Claro, claro…
-Entonces, creo que hemos terminado. Los productos Maternal Womb son para mujeres con hijos o que quieran tenerlos, y usted no pertenece al target. Muchas gracias por atenderme.
-¡Espere!
-¿Qué?
-¿Cómo que qué? No puede dejarme asÃ, sin más.
-Pero, es que ya no tengo más preguntas para usted y todavÃa tengo que hacer veintinueve encuestas más esta mañana.
-… ¿Y si le dijera que sà quiero tener hijos?…
-En ese caso podrÃamos seguir con la segunda parte del cuestionario.
-¿En serio? Entonces ponga que estoy embarazada de siete meses. Es una niña y se llamará Milagros.
-Qué nombre tan bonito. Una sobrina mÃa, allá en Colombia, se llama igual y es un amor.
-Seguro que sÃ. ¿Podemos seguir?
-Por supuesto. ¿Cómo ha pensado dar a luz?
-A ver… deje que lo piense… ¿con las piernas abiertas?
-Esta pregunta se refiere a si es usted partidaria del parto natural.
-¡Ah! No, no, el parto, cuanto más artificial, mejor.
-Marcamos “parto asistido y monitorizadoâ€.
-SÃ, eso mismo.
-¿Le dará el pecho?
-El pecho… el pecho… Creo que no. Lo tengo muy pequeño y no quiero castigarlo más. El biberón me parece una alternativa igual de sana y, sobre todo, más cómoda. Siempre que la leche sea de calidad, claro está… ¿Y esa música?
-Es la música que indica que usted acaba de dar la respuesta que buscábamos con nuestra encuesta. El hecho de que las usuarias reconozcan la importancia de criar a sus hijos con una leche materno-infantil de calidad refuerza el prestigio de Mum Lactum, nuestro producto estrella y, sin duda, la leche de primera infancia de mayor calidad del mercado, tal como lo demuestran estudios recientes.
-Vaya, estoy anonadada. ¿Y ahora qué?
-Nada, hemos terminado.
-¿Tan pronto? Empezaba a gustarme hablar con usted.
-En unos dÃas recibirá en su casa una completa canastilla para su bebé con productos Maternal Womb, y su nombre será incluido en nuestra base de datos para asesorarla y ayudarla durante las diferentes etapas de crecimiento de la criatura. ¿Está contenta?
-¡Mucho!
-Bien, pues, muchas gracias por su colaboración.
-De nada, mujer, a mandar. Adiós.
-Perdone…
-¿Qué quiere ahora?
-¿Puedo hacerle una pregunta?
-¿Otra?
-SÃ, pero esta vez se la hago yo, como curiosidad. ¿Por qué ha dicho antes que no querÃa tener hijos porque querÃa ser inmortal?
-¿Le gustan las cucarachas, Jennifer?
-¿Las cucarachas? ¡Puaj! No. Me dan mucho asco.
-A mà también, pero nos van a servir para ilustrar lo que quiero explicarle. No sé si en la televisión de su paÃs llegaron a emitir hace años aquel anuncio de Cucal que decÃa “Las cucarachas nacen, crecen, se reproducen y muerenâ€.
-¡SÃ! ¡Sà lo vimos allá en Colombia, sÃ! ¡Lo recuerdo!
-Bien. Siempre he pensado que los humanos nos parecemos mucho a las cucarachas. Nacemos, crecemos, nos reproducimos y morimos. Yo sólo quiero romper esta cadena, porque tengo la esperanza de que, si no me reproduzco, no moriré.
-Eso es una tonterÃa.
-¡Vaya con nuestra Jennifer! ¿Qué ha pasado con la encuestadora solÃcita?
-MuchÃsimas personas que no han tenido hijos mueren cada dÃa en el mundo.
-Ya lo sé, pero también albergo otra esperanza, la de ser diferente. No existe en el mundo una persona exactamente igual a mÃ, por lo tanto, no tiene por qué ocurrirme lo mismo que a los demás. Jennifer, ¿no se imagina a veces que usted es única y especial? ¿No se cree capaz de cambiar las reglas de juego? ¿De verdad piensa que el mundo serÃa igual sin usted?
-Clic.

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Lesbianarium 9: “Espejito, espejito trágico”

Se equivoca otra vez, pero ¿qué puedo hacer yo? No me es posible ir más allá de la tarea que me ha sido encomendada: devolverle su imagen reflejada, para que sea testiga (“Aviso: la palabra ‘testiga’ no está en el Diccionarioâ€. Real Academia Española © Todos los derechos reservados), para que sea testiga, repito, de sus errores por sà misma. Lo malo es que sólo ve lo que quiere ver, pero no la culpo, no es la única, la mayorÃa de los humanos no ven más allá de sus deseos.
Se equivoca hoy igual que lo hizo aquel dÃa, tan lejano ya, de su Primera Comunión, cuando permitió que su madre la vistiera como una coliflor y la llevara al altar para escenificar un ritual absurdo, casi obsceno, de obediencia ciega a un patriarcado feroz. Aquel dÃa vino a mà queriendo verse preciosa, y yo la reflejé tal como ella deseaba, no traicioné su voluntad. Eran sus propios ojos, sin embargo, como espejos de su alma maltratada, los que no reflejaban más que ignorancia, ingenuidad infantil y rendición.
En la mirada de esta mujer de hoy no queda rastro de la ignorancia ni de la ingenuidad de aquella niña de ayer, pero la rendición sigue ahÃ, acaso más acusada y agravada por la desilusión y la infelicidad. DeberÃa ser el dÃa más importante de su vida, o eso dicen las voces patriarcales, pero ella sabe bien en su fuero interno que el matrimonio no es una salida, por muy bella que quiera verse en mÃ, enfundada en otra coliflor.
Llegarán dÃas, no muy lejanos, de mirada nÃtida y feliz, dÃas en que querrá verse reflejada solamente en los ojos de otra mujer, que sabrán mirarla como se merece para devolverle su propia imagen embellecida, enriquecida, fortalecida… En esos dÃas ya no me necesitará para sentirse hermosa, porque será hermosa de verdad, y todo el mundo será testigo.
Ella aún no lo sabe, pero el primero de esos dÃas será el último de su infelicidad, de su desilusión, de su rendición. Ése, y no otro, será el dÃa más importante de su vida.

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