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Lesbianarium 31: “Cris Sálida”

—¿Qué nombre queréis poner a la niña?
—Cristina.
—Bien. Yo te bautizo, Cristina, en el nombre del Padre, del Hijo y del EspÃritu Santo.
—Perdone, padre… pero… la madre, que soy yo, ¿no tiene nada que ver en todo esto? Lo digo porque parece que pasamos del padre al hijo y del hijo a una especie de espÃritu, santo, eso sÃ, pero inmaterial y sin personalidad alguna al fin y al cabo. ¿Y la madre, dónde queda?
—Mujer, no blasfemes, acepta el papel que Dios te ha reservado y ten fe en los dogmas de la Iglesia. No cuestiones lo que está escrito y alégrate porque la comunidad cristiana acaba de acoger a tu hija en su seno.
—Fantástico…
Cristina Sálida Fuentes, Cris para la familia y los amigos, recibió el agua bendita del bautizo una nubosa mañana de domingo en la parroquia de un pequeño pueblo de interior donde pasó toda su infancia y adolescencia. VivÃa con su madre en un apartamento minúsculo y veÃa a su padre de vez en cuando, aproximadamente cada mes. Desde que sus padres se habÃan separado, siendo ella muy pequeña, su vida se reducÃa a obedecer a su madre y a aceptar los regalos que su padre le hacÃa para aplacar su sentimiento de culpa por no participar en su crianza. Hizo la Primera Comunión a los ocho años porque no le quedó más remedio, era su madre quien mandaba, pero a los dieciséis, cuando ya podÃa pensar por sà misma y su madre le habló de la Confirmación, Cris se negó en rotundo a continuar adentrándose en una fe que nunca habÃa sentido. Â
—No te entiendo, mamá, ni siquiera pisas la iglesia, no rezas ni eres creyente, pero te empeñas en hacer de mà una cristiana. ¿Por qué?
—No es por la fe, niña, es por costumbre, por el qué dirán. En este pueblo nos conocemos todos, y el que no está bautizado o no se confirma es un apestado. Lo hago por tu bien, ¿lo entiendes?
—Me importa bien poco lo que piensen de mÃ.
—Pues a mà no.
—¿Y no será que lo haces más por ti que por mÃ, mamá? Da igual, no pienso seguir adelante, y te juro que un dÃa de estos apostato.
—Será broma, ¿no?
—No, mamá, hablo muy en serio. Nunca he querido formar parte de este club, pero papá y tú me hicisteis socia cuando no podÃa defenderme. Ahora que puedo decidir, decido irme.
—Haz lo que quieras, pero espera a cumplir los dieciocho.
—Vale, mamá. ¿Hago una tortilla para cenar?
Tortilla de patatas con ensalada verde, y de postres, yogur griego. Cenaron juntas, como siempre, en la mesa de la cocina. Nunca encendÃan la tele mientas comÃan, preferÃan hablar de sus cosas.
—¿Vas a salir hoy?
—SÃ, pero sólo un rato. Iré a tomar una cerveza con las chicas del equipo de voleibol. Tenemos que planificar la liguilla de verano.
—Cris, deberÃas buscarte un novio.
—Eso, y casarme con él y tener hijos, ¿verdad?
—Pues sÃ, ¿qué tiene de malo?
—Nada, sólo que a lo mejor no es eso lo que quiero.
—¿Y qué quieres entonces?
—No lo sé, pero tu plan no me seduce demasiado. Además, a ti no te salió muy bien.
—No metas a tu padre en esto. Que él y yo no nos entendiéramos no significa que tú no puedas encontrar a un hombre con el que formar una familia y vivir feliz para siempre.
—Me voy, mamá, las chicas me esperan.
—¿No me das un beso?
—Claro, mamá, que seas una plasta no quiere decir que no te quiera. Hasta luego.
—Espera, ven.
—¿Qué?
—Llevas un hilo colgando del pantalón. ¿Qué es esto? Parece una telaraña. ¿Has subido al desván?
—No. ¿A ver? Qué raro… Bueno, lo tiramos y ya está. Adiós, mamá.
Cuando Cris llegó al bar donde se reunÃan cada viernes por la noche las chicas del equipo se dio cuenta de que su sitio estaba ocupado. Saludó, pidió una cerveza en la barra y se sentó junto a la nueva.
—Creo que he ocupado tu lugar, —le dijo la chica, entre tÃmida y cordial.
—No te preocupes, con que me hagas un poco de sitio es suficiente.
—Te presento a Marta, nuestro fichaje de refuerzo para la liguilla de verano —aclaró Gloria, la capitana.
—¿Eres de por aquÃ? —preguntó Cris— tu cara no me suena de nada. ¿Cómo te apellidas?
—Saldaña, me llamo Marta Saldaña. Soy del norte, llegué al pueblo hace un mes, necesitaba cambiar de aires. ¿Y tú, cómo te llamas?
—Cris Sálida. Encantada de conocerte, Marta.
Mientras se saludaban con un beso en cada mejilla, Cris sintió la mano de Marta en su cintura, atrayéndola ligeramente hacia sÃ. La nueva no pudo reprimir el impulso de hacer la misma broma que Cris habÃa tenido que soportar desde que tenÃa uso de razón.
—¿Salida? Vaya, espero que hagas honor a tu apellido…
—No, no es Salida, es Sálida, con acento en la primera sÃlaba.
Isabel, otra de las chicas del equipo, remató la faena.
—Claro, es que Cris no tiene nada de “salidaâ€, es más bien recatada. No se le conoce novio, ni novia, ni ningún otro ser vivo con derecho a roce. Ya la irás conociendo, Marta.
—A lo mejor es que no se ha cruzado aún con la persona adecuada, —dijo Marta mirando a Cris a los ojos, y añadió— yo tampoco tengo a nadie especial en mi vida ahora mismo, mi novia me dejó hace un par de meses sin previo aviso. Me levanté una mañana y ya no estaba. Ni rastro de ella, ni de su ropa, ni de sus cosas… Nada de nada.
—Bueno, chicas, vamos a lo que vamos, —por suerte para Cris, la capitana intervino para cambiar el tema de conversación, —tenemos que entrenar más si queremos ganar la liguilla. Propongo un mÃnimo de tres dÃas por semana, lunes, miércoles y viernes. Quien esté de acuerdo, que levante la mano.
Todas las chicas aprobaron el plan de Gloria, que para eso era la capitana. Cris, medio ruborizada todavÃa por el comentario de Marta, se levantó para ir al baño justo después de la votación.
—Es la cerveza, que me da pis. Ahora vuelvo.
Cuando Cris se dio media vuelta para dirigirse al aseo, todas las chicas pudieron ver, con asombro, que llevaba en la espalda una extraña sustancia blanca, una fina capa de aspecto fibroso que cubrÃa la parte trasera de su jersey. Isabel se echó a reÃr.
—¿Qué coño es eso que llevas en la espalda, Cris? ¿Te has revolcado con alguien en algún establo, o qué?
Cris volvió la cabeza hacia atrás para intentar verse la espalda, pero no alcanzaba a hacerlo y no tenÃa ni idea de lo que estaban hablando sus amigas. Marta, sin decir palabra, se levantó de su asiento y corrió hacia Cris. Se pegó a su espalda para tapar la enorme mancha blanca del jersey y, empujándola suavemente con las manos en su cintura, le susurró al oÃdo.
—Vamos, yo te ayudo a limpiarlo.
Entraron las dos en el baño y Marta cerró la puerta con pestillo.
—No hace falta que te quites el jersey —le dijo— creo que podré limpiarlo con las manos. ¿Desde cuándo te ocurre esto?
—¿El qué?
Marta se dio cuenta de que Cris aún no sabÃa a lo que se enfrentaba, asà que decidió cambiar su táctica.
—¿Te encuentras bien, Cris? ¿Has notado mareos o cansancio últimamente?
—No… Bueno, sÃ, hace semanas que tengo muchÃsimo sueño y casi no como. ¿Me puedes decir qué tengo en la espalda?
—Creo que es tejido orgánico, como el que generan algunas larvas para hacer sus capullos.
—Ah, entonces es normal, siempre he sido un poco capulla.
A pesar de que Cris intentaba ser graciosa, Marta mantenÃa un semblante serio y parecÃa preocupada. Se puso frente a Cris, la cogió por los hombros y, mirándola fijamente a los ojos, le dio varios consejos.
—Escúchame, tienes que irte a casa, meterte en la cama y dormir, dormir mucho, durante unos dÃas, quizá semanas. Cuando despiertes, todo será diferente. Hazme caso, por favor, yo también he pasado por esto. Vamos, te acompaño.
Al salir del baño y volver a la mesa, Marta no dudó en hablar por boca de Cris.
—Chicas, Cris no se encuentra muy bien, asà que voy a acompañarla a su casa. Necesita descansar.
—Cris, cariño, cuÃdate, ¿vale? —dijo Isabel.
—Hace dÃas que corre por el pueblo una epidemia de gastroenteritis. Duerme un poco y mañana estarás como nueva, ya lo verás —añadió Gloria. Las demás hicieron corro alrededor de Cris y la despidieron con besos y abrazos.
De camino a su casa, Cris sentÃa que perdÃa las fuerzas por momentos. Dejó que Marta la abrazara para ayudarla a caminar. Frente al portal, ésta se despidió.
—¿Podrás subir tú sola, guapa?
—Creo que sÃ. Gracias, Marta.
—De nada. Mira, aquà tienes mi teléfono. Cuando todo esto haya terminado, si quieres, llámame y hablamos.
La madre de Cris se sorprendió al verla llegar tan pronto aquel viernes. Por lo general, su hija volvÃa a casa cuando ella ya estaba durmiendo. Miró el reloj. No era ni siquiera medianoche.
—Hija, ¿qué pasa?
—Nada, mamá, tranquila, no me encuentro muy bien. Me voy a la cama.
—¿Te duele algo?
—Me duele todo, no puedo con mi alma. Tengo muchas ganas de dormir.
—¿Aviso al doctor?
—No hace falta, mamá, no te preocupes, creo que sólo necesito descansar. Por favor, no me despiertes mañana.
La madre de Cris hizo lo que le pidió su hija y no la despertó al dÃa siguiente, tampoco al otro, ni al otro, ni al otro… De tres a cuatro veces al dÃa subÃa a su habitación para llevarle comida y bebida, pero Cris no probaba nada, permanecÃa dormida en un profundo letargo, envuelta en un tupido ovillo hecho de sábanas y de una rara sustancia blanca y pegajosa que parecÃa salir del interior mismo del ovillo. Su madre, preocupadÃsima, conseguÃa meter la mano dentro de la madeja de vez en cuando para tomarle el pulso. QuerÃa comprobar que el corazón de su hija continuaba latiendo.
En la mañana del noveno dÃa, Cris apareció súbitamente en la cocina mientras su madre desayunaba. La mujer no la esperaba.
—¡Cristina, por Dios, qué susto!
—Buenos dÃas, mamá. Tengo muchÃsima hambre…
—¿Y ya está? ¿Eso es todo lo que tienes que decirme?
—¿Qué más quieres que te diga? Ya te he dado los buenos dÃas, ¿no?
Cris no parecÃa ser consciente de lo que habÃa ocurrido.
—Niña, has estado ocho dÃas, con sus noches, encerrada en tu habitación, envuelta en un revoltillo de sábanas. Estabas como muerta, sin moverte, sin comer, sin beber… ¿Tú crees que es normal? ¡He estado a punto de llamar a Protección Civil!
A pesar de la preocupación y la incomprensión que mostraba su madre, Cris no se inmutaba. Se sentÃa otra, una persona nueva, más fuerte y feliz que nunca
—¿En serio? Bueno, mamá, ya pasó. Estoy bien, más que bien, estoy fenomenal. ¿Has visto qué dÃa tan precioso hace hoy? Ven, baila conmigo.
Sin darle tiempo a reaccionar, Cris tiró de la mano de su madre hasta hacerla levantar de la silla, le ciñó la cintura con la otra mano y empezó a bailar con ella. La mujer miraba a su hija extrañada, como si estuviera viendo a una persona totalmente ajena a su hija. Al cabo de pocos segundos, las dos volvieron a sentarse a la mesa.
—¡Qué hambre tengo, por Dios, mamá! Trae acá los cereales, que me los zampo enteros. Y creo que me comeré también un bocata de jamón y queso, y un yogur, y un plátano, y…
—¡Para, niña, para! ¿Quieres empacharte? ¿Qué te ocurre? Estás tan rara que no te reconozco.
—Me siento genial, mamá, como nunca antes. ¿Te he dicho que he conocido a una chica fantástica? Se llama Marta y es nueva en el equipo de voleibol. Voy a verla muy a menudo, porque Gloria ha decidido que entrenemos tres veces por semana a partir de ahora. Me encanta Marta. Anoche soñé con ella.
—Hablando de amigas, durante tu “letargo†han llamado todas cada dÃa preguntando por ti, y yo, la verdad, no sabÃa muy bien qué decirles. Será mejor que las llames tú, ahora que ya estás mejor… ¿Seguro que no quieres que vayamos al médico?
Su madre acababa de hacerle recordar que tenÃa una llamada pendiente. Cris rebuscó en el bolsillo de su pantalón y sacó un papel con el número de Marta. Salió disparada hacia su habitación, dejando a su madre en la cocina.
—¿Marta? Soy Cris.
—Hola, Cris, ¿cómo estás?
—¡Estoy genial! TenÃas razón, me encuentro mejor que nunca, como si fuera otra persona. La verdad es que me siento extraña. ¿Y sabes qué? He soñado mucho contigo.
—¿Ah, s� ¿Y qué has soñado?
El tono de voz de Cris se volvió en ese momento más pausado y profundo, como si hubiera estado meditando durante dÃas lo que iba a decir a Marta.
—No quiero contarte lo que he soñado, quiero hacerlo contigo.
—¡Vaya! Pero… ¿tú no eras la recatada del grupo?
—Eso era antes. ¿Nos vemos esta noche?
—Vale, Cristina Salida. ¿O era con acento en la primera sÃlaba?
—Lo era, pero ya no.

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Después vino el parto. Me habÃan advertido que serÃa un momento muy delicado y doloroso, y la verdad es que lo fue. ¡Nunca antes habÃa sufrido tantos dolores de cabeza! En cambio, tuve solamente dos contracciones: “al†y “delâ€. Y asà fue como llegó Lesbianarium a mi vida, después de muchas cefaleas y pocas contracciones.
Ahora que lo tengo en casa, mi vida ha cambiado. Los primeros dÃas me pasaba largas horas mirándolo fijamente, como hipnotizada, preguntándome si de verdad es tan guapo como me parece o si, por el contrario, es más feo que Picio y lo que pasa es que soy una vÃctima más del amor de madre, el más ciego de todos.
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Carme Pollina
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Lesbianarium 30: “Caperu-cita”


Era la tercera vez que su madre la echaba de casa aquel dÃa con la excusa de que tenÃa que visitar a La Abuela (de ahora en adelante, LA). No querÃa que su hija estuviera cerca mientras trabajaba.
—Vamos, vete, Bob está a punto de llegar —le habÃa dicho su madre—, y no vuelvas antes de una hora, ya sabes que le gusta tomarse su tiempo.
—Estoy harta de tener que hacer esto, mamá. ¿Cuándo vas a buscar un trabajo normal?
—Una madre soltera sin recursos y sin estudios no tiene demasiadas opciones de acceder a un trabajo “normal†en este pueblo de mala muerte. Y no te quejes. ¿De dónde crees que sale el dinero para pagar tus estudios? ¡De mi coño! ¡El dinero sale de mi coño!
—¿Has vuelto a beber, mamá?
—Sólo un poco, más que nada para olvidar que bebo… ¡Mierda! Bob ya está aquÃ… Te dije que te fueras antes de que viniera…
—Hola, señoritas, es un placer veros a las dos… ¿Acaso habrá sesión doble hoy? Me alegra que hayas decidido entrar en el negocio de tu madre, Caperucita.
—¡A mi hija, ni tocarla, cerdo! Entra en la casa y dúchate, ahora voy yo.
—Como quieras, pero que sepas que estarÃa dispuesto a pagar más por un trÃo… Te espero en la cama. No tardes, vengo muy cargado y te voy a reventar, preciosa.
—¡Como le hagas daño a mi madre, te corto los huevos, cabrón!
—Me encanta tu genio, muchachita, y me gustarÃa disfrutarlo en la cama algún dÃa —dijo Bob, mientras entraba en la casa, que conocÃa perfectamente. Caperucita y su madre hablaron todavÃa unos minutos en el porche.
—Mamá, no tienes por qué hacer esto, podemos buscar una manera mejor de vivir, lejos de aquÃ, empezar de nuevo donde no nos conozca nadie.
—Vete, mi niña, hazme caso. Y acuérdate de caminar por el bosque dando saltitos, de quitarte el piercing de la nariz y de taparte el tatuaje del brazo. Si a algún niño se le ocurriera ponerse a leer el cuento de repente y te viera asÃ, perderÃamos toda credibilidad, se acabarÃa la magia y, lo que es peor, nos quedarÃamos sin la subvención estatal. No es que sea mucho, pero por lo menos nos alcanza para la comida.
—Te quiero, mamá.
—Yo también, hija. Mucho. Eres la luz de mi vida.
De camino a la cabaña de LA, Caperucita pensaba en su situación y se imaginaba viviendo con su madre en una casa grande en un barrio elegante, disfrutando de todas las comodidades. Su madre tendrÃa una tienda de ultramarinos, y ella trabajarÃa de corresponsal para la CNN. Llevaba la mochila casi vacÃa, porque ya habÃa abastecido a LA con todo lo necesario en los dos viajes que habÃa hecho aquel mismo dÃa. Por su papel de anciana, LA no podÃa moverse de la cama, asà que tenÃan que llevarle la comida y lo que pidiera, que tampoco era mucho. LA sabÃa que era una carga añadida para Caperucita y su madre, y no querÃa abusar.
Al cruzar el espeso bosque de robles y encinas, Caperucita oyó unos gemidos intensos detrás de unos matorrales. “Ya están otra vez esos dos†—pensó, mientras se acercaba para descubrir al Leñador con los pantalones y los calzoncillos en los tobillos. El Lobo estaba a cuatro patas.
—Hola, papá.
El Leñador, profundamente avergonzado, se apartó del Lobo y empezó a balbucear mientras intentaba taparse.
—Caperucita, por Dios… ¿Qué haces aqu�
—Ya ves, intentar representar mi papel lo más dignamente posible, dadas las circunstancias. En cambio, tú…
—No es lo que parece, mi niña…
—No, claro que no, es mucho peor de lo que parece. No tuviste suficiente con abandonarnos, tenÃas que quedarte en el cuento para seguir jodiéndonos la vida.
—Ya sabes que necesito este trabajo, cariño…
—Y a ti, Lobo, ¿no te da vergüenza?
—No puedo evitarlo, Caperucita, he comido tanto pollo adulterado a lo largo de mi vida que me he convertido en esto que ves. Soy una sombra de lo que fui, me he amariconado sin remedio, y además, creo que estoy perdiendo pelo.
—Haced lo que queráis, me importa bien poco en el fondo. Pero no quiero veros. Si vuelvo a pillaros in fraganti, os denunciaré al Tribunal Superior de Cuentos.
—Por favor, no hagas eso, hija.
—Entonces, ya sabes lo que tienes que hacer.
—Te prometo que no volverás a encontrarnos en el bosque.
—Eso, largaos a follar a otra parte. Adiós, papá. Que te den, Lobo, nunca mejor dicho.
Caperucita siguió su camino y, al llegar a casa de LA, llamó a la puerta, entró directamente y saludó con la voz quebrada por la angustia.
—Hola, LA.
—¿Otra vez aquÃ, cariño? Eso sólo puede significar que tu madre tiene mucho trabajo hoy, y no sé si alegrarme o apenarme.
Sin decir nada más, Caperucita dejó caer la mochila en el suelo y se sentó sobre la cama.
—Abrázame, LA, por favor.
—Claro que sÃ, mi amor, ven aquÃ. ¿Estás bien?
—No, no estoy bien. Todo esto es una mierda, y lo peor de todo es que no sé si va a cambiar algún dÃa.
—Por supuesto que va a cambiar, y muy pronto, al menos para ti. El año que viene irás a la Universidad y te olvidarás de esta pesadilla, saldrás por fin de este agujero. ¿No te alegra pensar en eso?
—No quiero dejar aquà a mi madre. Y a ti tampoco. Ven conmigo.
—No puedo, mi contrato es vitalicio. Seguiré aquà hasta que sea vieja de verdad. Pero estaré bien, tu sustituta me cuidará, como has hecho tú todos estos años.
—¿Y si te enamoras de ella?
—Eso, cariño mÃo, es imposible. Yo sólo te quiero a ti, ya lo sabes. Además, recuerda que soy una anciana. ¿Quién se va a enamorar de mÃ?
—No eres vieja, es el maquillaje. Eres la mujer más hermosa del mundo. ¿Qué voy a hacer sin ti?
—Vendrás a verme de vez en cuando, ¿no? Anda, bésame.
Caperucita y LA se fundieron en un beso apasionado e hicieron el amor, como tantas otras veces. Nunca fueron felices ni comieron perdices, pero se tuvieron la una a la otra hasta que Caperucita se fue a la ciudad para estudiar Periodismo. Al principio, volvÃa al pueblo cada semana para ver a su madre y estar con su amada, pero poco a poco fue espaciando sus visitas. Hizo amistades en la gran ciudad y se movió en cÃrculos nuevos que consiguieron hacerle olvidar su pasado.
Al cabo de un par de años, un dÃa, estando en la cafeterÃa de la facultad, leyó con asombro la noticia en el periódico: “Suspensión cautelar de Caperucita. Abierto expediente del Tribunal de Cuentos por presuntos delitos de esclavitud, prostitución y zoofilia. Liberadas Madre, Hija y Abuela. Orden de busca y captura para Leñador. Lobo se defiende: ‘toda la culpa es del pollo’â€.
—Bueno, —pensó Caperucita, no sin cierta tristeza—, ya era hora de que las cosas empezaran a cambiar.

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Lesbianarium 29: “Camino al Infierno”


Al abrir los ojos, lo primero que ve es un avión dando vueltas sobre su cabeza. Le sigue una estrella amarilla de cinco puntas, y después, un cohete. Las tres figuras giran en cÃrculo, equidistantes, como persiguiéndose, pero sin darse nunca alcance, pendientes de finÃsimos hilos atados a una estructura ligera de madera que cuelga del techo de la habitación. “¿Qué coño es eso?†—se pregunta, mientras gira la cabeza a uno y otro lado para intentar ubicarse. No tiene noción del tiempo ni del espacio, no recuerda cómo ha llegado hasta aquà ni tiene la menor idea de por qué está en este lugar desconocido. Sólo sabe que se encuentra tumbada boca arriba en una cama enorme y mullida, adosada a la pared por un lado y protegida por barrotes de madera por el otro. Los barrotes son tan altos que, desde su perspectiva, le recuerdan vivamente a los rascacielos de Manhattan, que la dejaron boquiabierta y con un doloroso tortÃcolis, de tanto mirar hacia arriba, en el primer viaje a los Estados Unidos de América que hizo con Úrsula, su novia por aquel entonces. Piensa que, aunque supiera escalar, no podrÃa llegar hasta la barandilla superior que une los barrotes, y al mirar al frente se da cuenta de que la cama continúa mucho más allá de sus pies y de que también tiene barrotes al final. Más que un catre, aquella estructura maciza y descomunal le parece un enorme campo de fútbol, o más bien una prisión, un inmenso campo de concentración donde ella es la única prisionera. Se siente tan diminuta como Alicia en el PaÃs de las Maravillas y piensa que tiene que escapar, pero, ¿cómo?
Resuelta a liberarse, decide levantarse para inspeccionar mejor el terreno y valorar sus posibilidades de huÃda, pero, al intentar ponerse en pie, le flaquean las fuerzas. Insiste, trata de incorporarse usando manos y pies, que no le responden, y su cuerpo vuelve a caer sobre el colchón una y otra vez hasta que, agotada por el esfuerzo, se queda tumbada de espaldas y empieza a gritar y a llorar, enfurecida, completamente fuera de sÃ, esperando que, tal vez, alguien acuda en su ayuda. A los pocos segundos, oye claramente una voz de mujer, tierna y serena, que se acerca, tratando de calmarla.
—¿Qué le ocurre a mi niña, a ver? ¿Por qué llora? No pasa nada, cariño, ya viene mami…
“¿Mami?†¬—piensa— “¿Cómo que mami?â€. Si antes no sabÃa a qué atenerse, ahora está completamente desconcertada, más aún al mirar hacia arriba y ver asomarse por encima de los barrotes la cara inmensa de una mujer guapa y joven. No le echa más de treinta años, sus ojos son claros como el mar, y su pelo, de un negro azabache. Antes de que pueda reaccionar, dos enormes brazos, como imponentes grúas de construcción, la levantan del suelo.
—Hola, guapÃsima. ¿Qué te pasa? ¿Es que no te gusta el móvil que te compró ayer papá? Pero si tiene una estrellita y todo…
—Señora, ¿qué hace? ¡Suélteme! —grita, pero se da cuenta de que su voz no es su voz sino un mero sollozo confuso. Mientras patalea para tratar de liberarse de las dos inmensas tenazas que la mantienen aferrada, siente cómo la mujer atrae su delicado cuerpecito hacia el suyo, colocándole la cabecita sobre su hombro y sujetándola con una mano en la espalda y otra en el pañal.
—¡Oiga, haga el favor de no tocarme el culo!, ¿me oye? Y bájeme inmediatamente, que me está entrando vértigo. ¡Socorro! ¡Que alguien me ayude, por favor!
A pesar de seguir pataleando y gritando, su llanto no hace más que confundir a la mujer.
—Ya, ya… Lorena, por favor, tranquilÃzate, todavÃa no te toca comer, niñita.
—¡No me llamo Lorena! Mi nombre es Patricia, Patricia Ortigosa Sánchez. Tengo treinta y ocho años y vivo en Valencia con mi novia Raquel. ¿Le ha quedado claro?
—¿No te habrás hecho caca otra vez, marrana? A ver, déjame oler ese culito…
—¡Que me deje ya, joder!
—No te muevas tanto, que te vas a caer, traviesilla… Hay que ver lo nerviosa que nos ha salido la niña, tiene razón el pediatra al llamarla “Lorenita la nerviosaâ€.
—DÃgale al médico ese que se meta en sus cosas…
—Pues no, no se ha hecho caca ni pipÃ, el pañal está limpio… Entonces, ¿qué te pasa, ratoncita?
—¿Y si dejamos ya de hablar en diminutivo? ¿No le parece un poco ridÃculo, señora? —No hay manera, esta tÃa no me oye, y además, está como un cencerro.
—Yo creo que tiene hambre, voy a darle el pecho, aunque no sea su hora, a ver si come un poco y se calma.
La mujer se sienta en un sillón, al lado de la cuna, y mientras sujeta a Patricia con una mano, con la otra se desabrocha la blusa y el sujetador especial de lactancia para dejar a la vista su pecho izquierdo. Después, coloca a Patricia mirando hacia ella y la aproxima hacia su pezón, para alimentarla. TodavÃa sin entender de qué va aquello, Patricia se queda boquiabierta al observar el seno de la mujer tan de cerca, tan enorme e inconmensurable…
¬—¡Oh! Tiene usted una teta muy bonita, señora. ¿La otra es igual de hermosa? Espere… ¿qué hace?… no se acerque tanto, que no puedo… ¡mmmmfffff!
Con el pezón de la mujer en su boca, Patricia, desconcertada y con los ojos abiertos de par en par, no puede hacer otra cosa que agarrarse a la ubre con sus pequeñas manos y empezar a sorber. Aquel néctar le parece lo más delicioso que ha probado en su vida, un auténtico maná divino de una tibieza exquisita. A los pocos minutos, se siente tan llena y saciada que, sin quererlo, sus ojos se van cerrando poco a poco mientras nota que un hilillo de leche se escapa entre sus labios y se desliza hacia su barbilla. Sin previo aviso, siente cómo los brazos de la mujer vuelven a izarla para colocarle de nuevo la cabeza sobre su hombro. Ahora, una mano la sujeta por debajo del pañal, y la otra le da pequeños golpecitos en la espalda.
—Vamos, niñita, después de comer hay que eructar. Demuéstrale a mami que la toma ha ido bien, venga…
—¡Eeeeercgk! ¡Perdón, señora!
—Muy bien, cariñito. Ahora, un buen baño y a dormir otra vez.
Al colocarla boca arriba sobre el cambiador y retirarle el pañal, Patricia levanta un momento la cabeza para descubrir con horror que: a) no tiene pechos, y b) tampoco tiene vello púbico, y es ahora cuando se da cuenta de su situación.
—¡Dios mÃo, soy un bebé! ¡Soy un jodido bebé! ¿Qué ha pasado con mi vida? ¿Dónde está mi casa? ¿Qué ha sido de mi Raquel? ¿De verdad me llamo Lorena? ¿Por qué esta mujer es mi madre? ¿Y por qué, si soy un bebé, puedo pensar como una mujer? ¿Por qué sigo anclada en mi vida adulta?
Todo esto se pregunta Patricia mientras la mujer lava su pequeño cuerpo en una bañera para bebés instalada en la misma habitación, junto a la cuna con barrotes de madera adosada a la pared para mayor seguridad. Después del baño, la mujer le pone un pañal nuevo y le aplica loción Nenuco antes de devolverla a la cuna, donde los mismos brazos que antes la han levantado la dejan caer suavemente. Antes de irse, la mujer le da un beso en la frente, y Patricia no tarda en dejarse vencer por el sueño, mientras se repite una y otra vez: “¿dónde está mi vida? Que me devuelvan mi vida, por favor, esto es una pesadilla, quiero morirme antes que seguir asÃ…â€. De repente, una voz profunda la arranca de su sopor.
—Hola, Patricia.
Al abrir los ojos, sobresaltada, puede distinguir claramente a una mujer a los pies de su cuna. Lleva una túnica blanca, y su melena rubia le llega casi a la cintura.
—¿En qué quedamos? ¿Soy Patricia o soy Lorena? ¿Y quién eres tú?
—Tú te llamas Patricia, y yo soy Ãngela.
—¿Ãngela? ¿Qué Ãngela? ¿Y qué es eso blanco que te asoma por ahÃ?
—Ah, eso… No te preocupes, son mis alas blancas, patrocinadas por Ausonia. Cada vez las hacen más grandes, y lo cierto es que van de coña para volar. Soy tu Ãngela de la Guarda, Patricia.
—SÃ, claro, y qué más… ¿Puedo despertarme ya de este estúpido sueño? Vamos, pellÃzcame, por favor.
—No es un sueño, Patricia, estás aquà porque tú lo pediste. Dijiste que no querÃas morir, que preferÃas reencarnarte. Pero, por lo que veo, has cambiado de opinión. Acabas de desear tu muerte, por eso estoy aquÃ.
Patricia, sin dejar de mirar fijamente a Ãngela, empieza a recordar, por fin.
—Es cierto… Recuerdo una luz blanca que me atraÃa, pero yo no quise ir, no querÃa dejar sola a mi Raquel. Entonces, es verdad que estoy muerta…
—Bueno, ahora no, ahora eres un bebé de seis meses. ¿No estás contenta?
—¿Con una mujer sobándome todo el dÃa y metiéndome la teta en la boca? PodrÃa parecer que sÃ, que deberÃa estar contenta, pero resulta que no, porque yo no estoy a la altura, ¿me comprendes? Asà que, mejor no preguntes… Oye, Ãngela, ¿y cómo morÃ?
—Te mató tu novia.
—¿Raquel? Pero, ¿qué dices? Mira, Ãngela de pacotilla, no te permito que hables asà de mi amada. Raquel nunca me harÃa daño. A ver si voy a tener que enfadarme de verdad contigo…
—Moriste de placer.
—¿Cómo que de placer? Nadie muere de placer, no seas ridÃcula…
—En pleno orgasmo.
—¿En serio? Ah… entonces… la cosa cambia… He muerto de placer, ¡qué guay! Es que mi Raquel es la mejor, siempre lo ha sido. Yo, en cambio, me he comportado como una cabrona dejándola sola, pobrecilla, ¿qué será de ella ahora?
—Tiene una nueva novia.
—¡Joder! ¿Tan rápido?
—Siempre le dijiste que, si a ti te ocurrÃa algo, esperabas que ella siguiera adelante con su vida, ¿no?
—SÃ, pero nunca imaginé que iba a hacerlo tan rápidamente… En fin, lo mismo da, mejor para ella. ¿Y ahora, qué? ¿Qué pasará conmigo?
—Depende de ti. Puedes quedarte aquà o volver a tu destino inicial, la muerte.
—Bueno, aquà ya sé lo que hay, de doce a catorce años de suplicio, según la edad a la que llegue a la pubertad, antes de poder empezar a pensar en el sexo. ¿Qué me espera all�
—También depende de ti. Vamos, te lo mostraré.
Sin decir nada más, Ãngela toma de la mano a Patricia, y en ese mismo instante, Patricia se siente tan ligera como el viento, mientras nota que empieza a elevarse de cuerpo y de espÃritu por el simple contacto de Ãngela. En milésimas de segundo, su habitación de bebé se transforma en un escenario completamente nuevo, un espacio etéreo, sin principio ni final, donde todo, absolutamente todo, es de un blanco inmaculado.
—Estamos en el Cielo, ¿verdad, Ãngela? —pregunta Patricia.
—Exactamente. Si quieres, te das una vuelta por aquà y luego me cuentas cómo lo ves. Te espero en esa columna, junto a la tienda de liras y arpas.
Patricia, sin saber muy bien por dónde empezar ni qué dirección tomar, comienza a caminar sin rumbo fijo, cruzándose con todo tipo de personas a su paso, todas vestidas con túnicas blancas, muy anchas y vaporosas. Al cabo de unos minutos caminando, se da cuenta de que reina un silencio total, casi glacial, y de que, desde que ha llegado al Cielo, no ha hablado con nadie, aparte de Ãngela. Decidida a entablar su primera conversación con los lugareños, se dirige a un grupo de hombres y mujeres que están recogiendo rosas blancas en un jardÃn de rosales y césped albinos.
—Hola —les dice, sin mucho interés, y para su sorpresa, su saludo no le es devuelto. En lugar de eso, una de las mujeres del grupo corre hacia ella con el dedo Ãndice sobre sus labios, como mandándole callar.
—Pero… ¿qué pasa? —insiste Patricia—, ¿os ha comido la lengua un gato, o qué?
La mujer, que sigue sin hablar y parece contrariada por la insistencia de Patricia en utilizar la voz, saca una pequeña pizarra de debajo de su túnica, donde escribe un breve mensaje con una tiza.
“SILENCIO, INSENSATA, AQUà NO SE HABLAâ€. Y, acto seguido, le pasa la pizarra y la tiza a Patricia para que, si lo desea, se exprese por escrito. Pero Patricia, sorprendida por la reacción airada de la mujer y creyendo que se trata de una novatada, de una especie de bienvenida de mal gusto, sigue hablando todavÃa.
—Vamos, tÃa, no me jodas, ¿de qué va esto?
Sin inmutarse, pero con una intensa mirada de desaprobación en sus ojos, la mujer borra lo que habÃa escrito antes y vuelve a llenar la pizarra.
“HE DICHO SILENCIO, EN EL CIELO NO SE HABLA, Y MUCHO MENOS AÚN SE BLASFEMAâ€.
Llegado este punto, Patricia arrebata los bártulos a la mujer con un punto de rabia contenida y escribe en la pizarra lo que habrÃa preferido decirle de viva voz.
“ENTONCES, DE BEBER CERVEZA O DE FOLLAR, YA NI HABLAMOS, ¬—QUIERO DECIR ‘NI ESCRIBIMOS’—, ¿VERDAD?
Negando con la cabeza y con una actitud altiva, la mujer de túnica blanca vuelve con su grupo, dejando a Patricia sola, con la pizarra en una mano y la tiza en la otra. Y Patricia, que ya tiene clara su decisión, vuelve sobre sus pasos para encontrarse con Ãngela.
—Ãngela, sácame de aquà ahora mismo.
—¿No te gusta el Cielo?
—No es que no me guste, es que me parece un lugar horrible. Vámonos.
—Como quieras. Dame la mano, en un abrir y cerrar de ojos nos plantamos Abajo, pero, si no te importa, yo no voy a entrar, te esperaré a cincuenta metros de la entrada.
“Abajo†es el argot que utilizan los ángeles para referirse al Infierno, a cuyas puertas se halla ahora Patricia. Al contrario que “Arribaâ€, donde todo era blanco, aquà todo es rojo y negro. También al contrario que en el Cielo, donde ningún interno acudió a recibirla, aquÃ, en el Infierno, la espera una mujer junto a la puerta. Es alta, esbelta, de pelo corto y rubio y ojos claros. Viste traje pantalón con chaleco negro ceñido y corbata roja, y parece risueña.
—Tú debes ser Patricia —le dice.
—SÃ, ¿cómo lo sabes?
—Me han llamado diciéndome que bajabas.
—¿Quién te ha llamado?
—Mis contactos por ahà arriba, no te preocupes, todo está bien. ¿Quieres una copa, o algo de comer?
—Una cerveza, gracias… Y tú, ¿quién eres? Perdona, pero tu cara me suena.
—Soy Ellen, y mi show está a punto de empezar. ¿Vienes?
—¡Claro, eres Ellen! ¡Soy una gran admiradora tuya!
—Gracias, pero tendrÃamos que ir entrando, quedan pocos minutos para que suene la sintonÃa de inicio del programa.
—¿A quién has invitado hoy?
—A ti. Vamos, corre, que nos pilla el toro…
Casi a empujones, Ellen consigue que Patricia entre en el Infierno, un plató de televisión inmenso con gradas repletas de un público entregado y un set central con dos butacones, hacia donde se dirigen Ellen y Patricia. Mientras el regidor coloca el micrófono a Patricia y una estilista le da unos toques de maquillaje, la asistente personal de Ellen controla que su imagen esté perfecta. Al sentarse en uno de los sillones, medio cegada por los potentes focos, Patricia se acuerda de repente de Ãngela. TodavÃa le debe una respuesta.
—Ellen, tengo que salir un momento, he olvidado hablar con alguien que está esperándome.
—¿Te refieres a Ãngela? No te preocupes, ya he enviado a una compañera del equipo para decirle que no siga esperando, que te quedas aquÃ.
—¿Por qué estás tan segura, si ni yo misma sé si quiero quedarme?
—Porque a ti te va la diversión, lo dicen tus ojos, y aquà te divertirás como nunca, querida. ¿Todo a punto en realización? ¿Todo el mundo preparado? ¡Vamos allá!
Cuando el regidor inicia la cuenta atrás, Patricia siente que le tiemblan las rodillas y piensa que, afortunadamente, está sentada, porque si no, ya se habrÃa desplomado.
—“Tres… dos… uno… ¡dentro!â€
—Buenas noches, querido público, soy Ellen y os doy la bienvenida a mi show. Tenemos muchas sorpresas preparadas, pero hoy quiero empezar hablando con Patricia, nuestra primera invitada, quien nos desvelará algunos misterios de la vida y la muerte, ¿no es asÃ, Patricia?
—Bueno… yo…
—¡Un fuerte aplauso para Patricia! Se lo merece, porque acaba de llegar de Arriba y, pese al cansancio del viaje, ha accedido muy amablemente a estar con nosotros esta noche para compartir sus experiencias paranormales. ¿Se puede morir de placer? ¿Qué se siente al volar de la mano de una Ãngela con alas Ausonia? ¿A qué sabe la leche materna? Éstas y otras incógnitas, después de la publicidad. No os mováis, volvemos enseguida…

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Lesbianarium, el libro

El 23 de abril es el DÃa del Libro, ¿verdad? Entonces, ¡hablemos de libros! Si me lo permitÃs, os voy a hablar del mÃo, Lesbianarium. Much@s de vosotr@s ya lo conocéis a través de la sección del mismo nombre en este portal. En primer lugar, quiero dar las gracias a todas las personas que seguÃs Lesbianarium y que comentáis a menudo la jugada conmigo. Y, en segundo lugar, me complace anunciaros que ya está a la venta el libro recopilatorio con 20 relatos titulado Lesbianarium. Historias afiladas de mujeres agudas. Lo encontraréis en formato ebook (PDF/ePUB) en la LibrerÃa Bubok, y próximamente también estará disponible en formato papel.
Las historias de Lesbianarium son afiladas para confirmar que, muchas veces, la mejor defensa es un buen ataque. Son relatos que nos hablan de mujeres que han tenido que aprender a sobrevivir a ciertas situaciones utilizando toda la agudeza de que son capaces y añadiéndole dosis considerables de ironÃa, sarcasmo y buen humor.
En este contexto, Lesbianarium es ese lugar del que todas venimos y al que todas acudimos, un espacio donde podemos ser nosotras mismas, en el que compartimos nuestras alegrÃas y lloramos nuestras penas, un universo imaginario que a menudo se vuelve real, para bien o para mal.
En Lesbianarium somos más visibles que nunca para opinar sobre el mundo que nos rodea y, por qué no, para reÃrnos un poco de él ―y también de nosotras mismas― desde nuestra particular sensibilidad.Â
Â

Todo se inició en el verano de 2009, cuando www.lesbiana.es, en colaboración con Girlie Circuit Festival, organizó un concurso de lesbirrelatos. Y yo, que habÃa empezado a escribir historias como una loca pocos meses atrás, decidà participar y, para mi sorpresa, me encontré entre las ganadoras. Casi inmediatamente, www.lesbiana.es me propuso colaborar con el portal con mis relatos, y asà empezó todo este tinglado de escribir una historia cada semana.
Al cabo de unos meses, sin embargo, me di cuenta de que no tenÃa suficiente. QuerÃa más. Y por eso pensé en la posibilidad de editar un libro de relatos. Y hoy, cuando el libro ya es una realidad, me estoy dando cuenta de que tampoco es suficiente, que todavÃa quiero más, asà que ya estoy trabajando en el segundo libro.
De momento, queda presentado Lesbianarium, y tengo que deciros que cuenta con una “madrina†excepcional: la escritora y empresaria Neus Arqués, quien, muy generosamente, ha accedido a escribir el prólogo, a pesar de estar atareadÃsima con sus libros y novelas sobre marketing y visibilidad. Valoro mucho su aportación, más aún teniendo en cuenta su condición heterosexual. En mi opinión, su colaboración contribuye a eliminar las barreras que, demasiado a menudo, separan su mundo del mÃo, del nuestro.
A través del libro y de este portal, espero que sigáis disfrutando tanto leyendo Lesbianarium como yo disfruto escribiéndolo.
 También podéis seguir Lesbianarium en Facebook.
 Saludos.
 Carme Pollina (Qerma)

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Lesbianarium 28: “El frotar se va a acabar”


—Ya está. Por favor, repase su declaración y, si está conforme, firme aquà para que su denuncia se curse de manera inmediata.
—Gracias. ¿Usted cree que lo encontrarán, agente?
—Yo, de usted, no me harÃa demasiadas ilusiones. Según nuestras estadÃsticas, el porcentaje de objetos robados o extraviados en extrañas circunstancias que son encontrados y devueltos a sus dueños es muy bajo. Aunque, claro, su caso es un poco atÃpico. No sé qué decirle, a lo mejor una de nuestras patrullas lo encuentra dentro de cinco minutos, tirado en algún contenedor, o quizá no vuelva a verlo nunca más, quién sabe. Por nuestra parte, quiero que sepa que haremos todo lo posible por devolvérselo. Peinaremos todos los lugares donde estuvo usted ayer y la mantendremos informada sobre cualquier novedad. Mientras tanto, si recuerda cualquier nuevo detalle, por pequeño que sea, háganoslo saber, porque puede ser relevante para la investigación. De todas maneras, a mà me sigue quedando una duda…
—¿Cuál?
—¿Está completamente segura de que se lo robaron? Quiero decir, y sin ánimo de ofender, ¿existe alguna posibilidad de que lo perdiera?
—Agente, a estas alturas ya no estoy segura de casi nada, sólo sé que mi clÃtoris ha desaparecido y que nadie sabe cómo ha sido. La última vez que tuve contacto con él fue anteayer por la noche, mientras me masturbaba. No noté nada raro. Todo fue normal y placentero, como siempre, pero, cuando desperté a la mañana siguiente, mi clÃtoris ya no estaba en su sitio. Lo busqué por toda la casa, revolviéndolo todo, cajones, armarios, alfombras… Nada. Ni rastro. Si se me hubiera caÃdo, lo habrÃa encontrado en algún rincón de mi habitación, ¿no?
—No necesariamente, también puede haber ocurrido que, al quitarse el pijama y vestirse, se le enganchara en alguna prenda y que, al salir a la calle, lo perdiera en cualquier parte mientras iba andando. No serÃa el primer caso en que una persona pierde algo y cree que se lo han robado. Por eso le decÃa que registraremos minuciosamente todos los lugares donde estuvo usted a lo largo del dÃa de ayer. Según su declaración, por la mañana fue a la universidad, ¿es correcto?
—SÃ, tenÃa clase de Semiótica y de SociologÃa. Ya les he indicado las aulas en las que estuve. Aunque, si se me cayó allÃ, me temo que la brigada de limpieza del centro habrá dado buena cuenta de él.
—No avancemos acontecimientos, solamente estamos lanzando hipótesis. Luego almorzó con su novia en un restaurante del puerto. ¿Comentaron su pérdida?
—Por supuesto, fue lo primero que le conté, porque, como usted comprenderá, ella también pierde mucho con esto.
—¿Cómo se lo tomó?
—Me dio todo su apoyo y me dijo que, si mi clÃtoris no aparecÃa, que no me preocupara, que ella se encargarÃa de buscar nuevas maneras de darme placer, a pesar de que yo siempre he sido mucho más clitoriana que vaginal, pero que ya se las apañarÃa. Es tan maja… La quiero muchÃsimo.
—¿Podemos descartar a su novia como sospechosa?
—Sin ninguna duda. Ella nunca harÃa nada que pudiera perjudicarme.
—Bien. Por la tarde fue usted a su entrenamiento semanal de rugby, según ha declarado.
—SÃ. Después de un calentamiento breve, jugamos un partido amistoso contra el equipo femenino de la facultad de medicina. Ganamos. ¿Usted cree que mi clÃtoris podrÃa estar todavÃa en el campo?
—PodrÃa ser, aunque, si el personal de mantenimiento ha pasado la máquina cortacésped después del partido que disputaron, dudo mucho que lo encontremos jamás, al menos entero. ¿Entiende lo que quiero decirle?
—Dios mÃo… ¿Qué voy a hacer sin mi botoncito de la felicidad?
—No se preocupe todavÃa, no todo está perdido. Después de hacer deporte, ¿volvió a casa directamente?
—SÃ, no estaba de humor para nada. Mi novia querÃa venirse a casa conmigo, pero le dije que no, que me diera un poco de tiempo, que no me sentÃa preparada todavÃa para hacer el amor con ella estando yo incompleta.
—Claro, es comprensible. Tranquila, como le he dicho, no pasaremos nada por alto, tanto si se lo han robado como si lo ha perdido. Volvamos por un momento a la hipótesis del robo. Cuando se despertó ayer por la mañana, ¿notó algo raro en su casa? Algún objeto fuera de lugar, alguna puerta o ventana abierta cuando deberÃa estar cerrada… no sé…
—No, agente, todo estaba bien y en su sitio, excepto mi clÃtoris. Pero no podemos descartar el robo, he oÃdo que han aumentado últimamente los casos de bandas organizadas paramilitares que entran en domicilios por la noche y, después de inmovilizar a las vÃctimas con sprays adormecedores, se llevan todo lo que quieren sin que nadie pueda impedÃrselo. ¿Y si es eso lo que me ha ocurrido a mÃ? No hay manera de saberlo.
—Tiene usted razón, los robos en domicilios y establecimientos comerciales han aumentado muchÃsimo desde que empezó la crisis. En su caso, además, hay que tener en cuenta el mercado negro de órganos, en el que la demanda de clÃtoris es cada vez más fuerte por parte de personas adineradas que quieren someterse a operaciones de reasignación de sexo. El tejido del clÃtoris, por ser el más sensible que se conoce, se utiliza en este tipo de intervenciones para reconstruir todo tipo de genitales, ya sea implantándolo en hombres que desean ser mujeres o bien injertándolo en los penes que se construyen para mujeres que pasan a ser hombres.
—Entonces… ¿es posible que alguien esté usando mi clÃtoris por ahÃ?
—Cabe esa posibilidad, no voy a engañarla.
—Y yo, ¿qué voy a hacer ahora?
—De momento, calmarse y esperar unos dÃas. Nosotros hemos terminado con la denuncia, pero recuerde que antes de abandonar las instalaciones de la comisarÃa debe usted someterse a un reconocimiento médico, como prueba principal de su declaración. Si sigue por ese pasillo, encontrará una puerta verde a mano izquierda. Entre sin llamar, la doctora la está esperando.
—Gracias, agente, ha sido usted muy amable.
—A su servicio, señora.
En la sala de atención médica, la recibe la doctora Vázquez, quien le indica que se desvista de cintura hacia abajo y se tumbe en la camilla.
—Separe un poco las piernas, por favor, tengo que examinarla. AsÃ. Perfecto. A ver, ¿le duele cuando toco aquÃ, donde deberÃa estar su clÃtoris?
—No, doctora, no siento nada de nada, ése es el problema.
—Ya veo. Qué caso más curioso. Necesito un poco más de información. Si no le importa, voy a hacerle unas preguntas de tipo personal.
—De acuerdo.
—¿Mantiene usted relaciones sexuales? Quiero decir, ¿las mantenÃa antes del suceso?
—SÃ.
—¿De qué tipo, heterosexuales u homosexuales?
—Homosexuales.
—¿Con qué frecuencia, aproximadamente?
—Prácticamente cada dÃa, unas veces en casa de mi novia, otras veces en mi casa.
—En cada encuentro sexual, ¿cuántos orgasmos solÃa alcanzar?
—No sabrÃa decÃrselo con exactitud, pero bastantes, alrededor de ocho o diez.
—¿Le importarÃa precisar qué tipo de prácticas realizaban?
—Mayoritariamente, no penetrativas.
—¿Rubbing?
—Mucho de eso, sÃ. Es que soy, quiero decir que era, mucho más clitoriana que vaginal.
—Aparte del sexo en pareja, ¿se masturbaba?
—También. De cinco a seis veces al dÃa.
—¿Tanto?
—SÃ… Qué quiere que le diga…No hacÃa daño a nadie…
—Por supuesto que no, estaba usted en su derecho. Siendo una persona tan activa sexualmente, supongo que haber perdido su clÃtoris habrá supuesto una verdadera tragedia para usted.
—No puede ni imaginárselo, doctora, vivo en un infierno asexuado y no sé cuánto tiempo seré capaz de soportar esta situación.
—¿Y si le dijera que no tiene por qué preocuparse, que ya puede retirar la denuncia y que en pocos dÃas, siguiendo unas sencillas indicaciones, recuperará usted su clÃtoris?
—¿En serio? Por favor, no se rÃa usted de mÃ, comprenda que me hallo en estado de shock.
—En mi opinión, nadie ha robado su clÃtoris, y tampoco lo ha perdido.
—¿Qué ha ocurrido, entonces, doctora?
—Sencillamente, lo ha borrado.
—¿Cómo dice?
—Usted misma ha hecho desaparecer su clÃtoris, de tanto frotarlo. Con el uso, todo se desgasta, ¿verdad? Pues eso.
—Pero… ¿es posible?
—Perfectamente, aunque no es usual. Si no recuerdo mal, el suyo es el segundo caso de clitoris borratus que se da en España. El primero lo protagonizó en 2002 una novicia de un convento de clausura perdido en la sierra de Guadarrama, pero la Iglesia se encargó de silenciarlo y expulsó a la novicia. Hoy es una actriz de peep show muy cotizada que se hace llamar No-Clit. El punto culminante de su espectáculo consiste precisamente en un movimiento de piernas que realiza al final, en el que se ve perfectamente que no tiene clÃtoris. Su fama es tal que van a verla personalidades de todos los rincones del mundo, principalmente jeques árabes, jefes de gobierno y cardenales. Ya ve, la novicia decidió que no querÃa recuperar su clÃtoris, y parece que no le ha ido mal del todo. ¿Qué quiere hacer usted?
—Yo quiero tener mi clÃtoris otra vez, por supuesto, no puedo vivir sin él. ¿Cómo puedo recuperarlo?
—Es más sencillo de lo que parece, sólo hay que dibujarlo de nuevo.
—¿Dibujarlo?
—Claro, todo lo que puede borrarse también puede dibujarse, y su clÃtoris no es ninguna excepción. Tenga esta tarjeta, es de una colega mÃa, la doctora Truelove, especializada en reconstrucción y diseño anatómico. En una hora, como mucho, le redibujará el órgano borrado. Incluso podrá escoger entre varios modelos, tamaños y colores.
—Yo lo quiero tal como era.
—¿Tiene alguna foto de su clÃtoris? Si es asÃ, muéstrela a la doctora para que pueda utilizarla como modelo y usted pueda recuperarlo como era originalmente.
—¿Y ya está? ¿Eso es todo?
—La verdad es que no, no basta con que le redibujen el clÃtoris, también será necesario un perÃodo de reposo. Tenga en cuenta que, una vez perfilado, el clÃtoris se regenerará por sà mismo siguiendo las lÃneas trazadas por la doctora. Para que eso suceda tendrá usted que guardar un mes de abstinencia sexual, como mÃnimo. Comprenda que, si empieza usted a masturbarse y a mantener relaciones a un ritmo frenético, como hacÃa antes del incidente, lo borrará de nuevo. Si eso ocurriera sin haber dado tiempo de regenerarse al nuevo clÃtoris, podrÃa ser muy peligroso, porque podrÃa suponer la pérdida permanente del órgano. ¿Comprende?
—¿Quiere decir que podrÃa quedarme sin clÃtoris para siempre?
—Exactamente. No querrá correr ese riesgo, ¿verdad que no?
—No, no, para nada. Tenga por seguro que me abstendré de tocarlo, ni siquiera lo miraré mientras se regenera. Y, dÃgame, ¿cómo sabré que el proceso de reconstrucción ha terminado?
—Primero sentirá unas leves punzadas intermitentes, y al cabo de una hora, más o menos, disfrutará del orgasmo espontáneo más intenso que jamás haya experimentado. Ésa será la señal. Le recomiendo que, en cuanto note las primeras punzadas, intente llegar a casa lo antes posible. Si el macro orgasmo de fin de proceso le sobreviene en la calle, en el trabajo o en cualquier otro lugar público, podrÃa montar usted un escándalo de máximo nivel.
—Lo tendré en cuenta, doctora. Muchas gracias, acaba de salvarme la vida con su diagnóstico.
—No me dé las gracias, ayudar y curar a la gente es mi trabajo. Y ya sabe, olvÃdese de su clÃtoris durante un mes, aunque eso no significa que no pueda disfrutar del sexo. Quién sabe, a lo mejor es momento de sacar más partido a su vagina, ¿no cree?
—SÃ, doctora, y además, mi novia estará encantada con la idea de penetrarme. Creo que nos vamos a divertir.

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Lesbianarium 27: “Amoristad”


—¿Asà está bien?
—Un poco más.
—¿Más? ¡Si me desabrocho otro botón, se me va a ver todo!
—De eso se trata, a los hombres les gusta mirar.
—Pues que miren hacia otra parte.
—A ver, Rosana, ¿tú quieres ligar esta noche, o no?
—Yo sÃ, pero no con un hombre. Lucrecia, por favor, llevo semanas diciéndote que soy lesbiana.
—Y yo te digo que no me lo creo. Nos conocemos de toda la vida. Si fueras lesbiana, lo habrÃa sabido, no habrÃas tenido que decÃrmelo.
—Eso no funciona asÃ, Lucrecia. Siento no habértelo dicho hasta ahora, pero es cierto, me gustan las mujeres, y si te soy sincera, estuve enamorada de ti durante mucho tiempo.
—¡Que no!
—Y dale con la negación. ¿Te va a durar mucho esta fase? La mayorÃa de chicas que no pueden soportar una noticia asÃ, cuando sus mejores amigas les dicen que son lesbianas se limitan a dejar de hablarles, rompen la amistad y ya está. Pero tú no, tú tienes que empeñarte en negar la evidencia. Y no sé por qué te sigo la corriente. Llevo una semana saliendo contigo dÃa sà y dÃa también. Me dejo arrastrar a lo que, para mÃ, son los peores locales de la ciudad, llenos de babosos que no hacen otra cosa más que intentar meterme la mano en el culo, la lengua en la boca y la polla un poco más abajo. Tú te has llevado a uno a la cama cada noche, y yo no. ¿No te dice nada eso?
—Que no pones empeño.
—Pues claro que no. Soy lesbiana, les-bia-na. Mientras tú te ligas a tÃos en esos sitios, yo estoy en otro ambiente haciendo lo mismo con mujeres. Por eso nunca hemos salido juntas antes. ¡Pero si incluso te he presentado a algunas novias!
—Siempre me dijiste que eran amigas.
—Y cuando nos quedábamos en tu casa dormÃa con ellas… ¿Me puedes decir cuántas veces he dormido contigo?
—Ninguna, y eso que hemos tenido algunas ocasiones de dormir juntas. Como amigas, quiero decir.
—Claro, como amigas, pero resulta que en esa época yo estaba bastante pillada contigo, asà que lo último que querÃa era arrimarme a ti. ¿Lo ves ahora?
—Termina de vestirte y maquÃllate. Salimos dentro de media hora, como mucho.
—Lucrecia, ¿tú me escuchas cuando te hablo?
—Cuando dices tonterÃas, no.
—Mira, vamos a hacer un trato: esta noche es la última que salgo contigo, y si no me ligo a ningún tÃo, me dejas en paz, te convences de que soy como soy y, si quieres, no nos vemos nunca más, pero, por favor, déjame vivir mi vida, no puedo vivir la tuya.
—De acuerdo, pero si veo que no pones interés, la noche quedará anulada y tendrás que salir conmigo otra semana.
—¿Y qué es para ti “poner interés�
—Pues… no sé… estar predispuesta a coquetear, dejarte llevar, conversar…
—¿Conversar? ¿Sobre qué?
—Tú sabrás.
—Hablaré de mi perra.
—Como quieras, pero asà no vas a ligarte a ninguno.
—Entonces, ¿qué les digo?
—Diles lo guapos e inteligentes que son, que te hacen sentir segura…
—¡Jamás!
—Era broma, mujer. Anda, tira, que me tienes contenta.
—¡Tú sà que me tienes contenta a mÃ!
Una vez acordado el pacto, las dos amigas salen de casa y se dirigen a un local de la zona alta. Al llegar, toman la primera copa de pie, junto a la barra. No tarda en acercárseles un chico de unos treinta años que no ha dejado de mirar a Lucrecia desde el otro lado de la sala.
—Hola, me llamo Ramón. ¿Y tú?
—Yo soy Lucrecia, y ella es mi amiga Rosana.
—Si no te importa, prefiero concentrarme en ti. Dejemos a tu amiga que haga su vida.
—Eso mismo le digo yo, que me deje hacer mi vida, pero no me hace ni caso. Por cierto, yo también estoy encantada de conocerte, Ramón. ¿Lo ves, Lucrecia? No tengo feeling con los hombres, ni lo quiero tener. ¿Puedo irme ya?
—¡Quieta! Tú no te mueves de aquÃ. Por ahà viene uno que no te ha quitado ojo desde que hemos entrado. Yo me voy con Ramón, pero te estaré vigilando. Si la cagas, te espera otra semana más conmigo.
Al mismo tiempo que Lucrecia se aleja con Ramón, llega el chico y se acoda en la barra, junto a Rosana. Sin decirle nada, se dirige al barman para pedir dos gin-tonics. Rosana duda entre seguirle el juego para contentar a su amiga o echarlo todo a rodar para terminar de una vez con semejante farsa. Decide que no vale la pena perder más el tiempo. Si Lucrecia no la acepta como es, es su problema. Total, ¿qué es lo peor que puede ocurrir? ¿Que deje de ser su amiga? Si eso ocurre, le dolerá, no puede negarlo, pero sobrevivirá.
—¿Te vas a tomar dos de golpe? ¬—le pregunta. Y él, un poco desconcertado, le contesta con una sonrisa.
—No, mujer, uno es para ti.
—¿Para m� Va a ser que no…
—¿Cómo?
—Yo no bebo gin-tonic. La próxima vez que quieras invitar a una chica a una copa, harÃas bien en preguntarle primero qué quiere tomar. De buen rollo, te lo digo como amiga.
—Ah…lo tendré en cuenta. ¿Entonces, qué quieres?
—De momento, terminaré mi cerveza, y cuando quiera algo más, lo pediré y lo pagaré yo misma, si no te importa.
—Vale… ¿Vienes a menudo por aquÃ? No te habÃa visto hasta hoy.
—No.
—Me llamo Roberto, ¿y tú?
—Rosana.
—¿Quieres que nos vayamos?
—¿Adónde?
—Chica, no sé, a un lugar más tranquilo… ¿Tengo que explicártelo? Mi coche está ahà enfrente, un Tiguan negro, acabo de comprarlo.
—Vaya, asà que tú eres el capullo que ha aparcado en la zona reservada para motos. ¿Ves? Por eso he tenido que dejar la mÃa dos calles más abajo. Es una Triumph 2300. Seguro que corre más que tu coche. Si quieres, te dejo un casco y te llevo a dar una vuelta.
—Mejor que no. Oye, ¿siempre eres asà de arisca con los hombres?
—La verdad es que no, es la primera vez que me comporto asÃ.
—¿Y por qué? ¿Es por m�
—No, tranquilo… Bueno, un poco sÃ. Es que, verás, para mi gusto te sobra barba y te faltan tetas, ¿entiendes?
—Para nada, pero me mola lo que dices. Eres diferente.
—No lo sabes tú bien…
—Pues vayamos adonde tú quieras.
—Es que no quiero ir a ningún sitio contigo.
—Pero, vamos a ver, ¿tú a qué has venido aqu�
—¿Yo? A acompañar a mi amiga. Está ahÃ, con el pesado ese.
—Ya la veo, me he fijado en ella desde que habéis entrado. De hecho, si te soy sincero era a ella a quien querÃa ligarme, pero se me ha adelantado el maricón ese.
—Ahora sà que te has lucido, chico. A cada minuto que pasa, vas perdiendo más puntos, y no lo digo porque yo sea tu plan B, créeme. Puestos a ser sinceros, te diré que tú, para mÃ, eres tan invisible ahora como antes de que te acercaras a hacer el gilipollas.
—Joder, vaya nochecita.
—Eso digo yo.
Durante unos minutos, ambos permanecen en silencio, tomando pequeños sorbos, sin hablar ni mirarse siquiera, hasta que, al cruzar sus miradas por un instante, de repente se dan cuenta de lo ridÃculo de la situación y no pueden evitar reÃrse a carcajada limpia. Su risa es franca y sana, como la que sólo los mejores amigos pueden compartir. Y Lucrecia, que les está viendo desde el otro lado de la sala sentada en el regazo de Ramón, que se está poniendo ciego, se alegra de que la cita de su amiga parezca ir en la buena dirección.
Muerta de risa y sin poder apenas articular palabra, Rosana acaba de decidir que quiere proponerle algo a Roberto. Si todo sale como espera, esta noche terminará su calvario y podrá volver a su vida de lesbiana.
—Amigo, lo que se dice follar, tú y yo no vamos a follar esta noche, eso está claro.
—¡ClarÃsimo! ¿Tienes un kleenex? Estoy moqueando de tanto reÃrme. Por Dios, hacÃa tiempo que no me desternillaba asà con una tÃa…
—Toma, suénate, hombre. Oye, si quieres, puedo ayudarte con mi amiga.
—¿Ah, s� ¿Cómo? Por lo que veo, esta noche ya tiene el corazón y la cama ocupados…
—¿Lo dices por ese tÃo? No te preocupes, no llegarán a nada más allá del revolcón de hoy, mañana mismo mi amiga volverá a estar disponible.
—¿Qué me propones?
—Puedo hacer que vuelva mañana por la noche, más que eso, puedo conseguir que mañana se te eche encima antes incluso de que abras la boca.
—¿Estás hablando en serio?
—Por la cuenta que me trae, te aseguro que sÃ.
—Por mÃ, encantado. ¿Qué quieres a cambio? Porque, algo querrás, ¿me equivoco?
—No te equivocas. Quiero que ahora mismo salgamos juntos de aquÃ, muy acaramelados, como si nos fuéramos a tu casa o a la mÃa. Pero, primero, me besas con pasión, quiero que parezca que estás loco por mÃ.
—¿Sólo eso?
—No. También quiero que, cuando os encontréis mañana y ella te pregunte por nosotros, le digas que hemos tenido una noche de sexo magnÃfica. Por mi parte, yo le diré que eres un tigre en la cama y que tú y yo no volveremos a vernos porque estás interesado en ella.
—¡Hecho!
—Venga, pues, empecemos. Bésame, pero como se te ocurra meter la lengua te corto algo que, con toda seguridad, necesitarás mañana.
—Sin lengua, sin lengua…
Lucrecia no puede creer lo que ven sus ojos. Su amiga Rosana, besándose con un hombre y saliendo con él por la puerta. Y eso que se creÃa bollera. ¡Qué sabrá ella! Ahora que lo ha conseguido, ya puede dejar de fingir. Se levanta y, sin mediar palabra, deja a Ramón allà sentado, perplejo y tan excitado que tiene que ponerse un cojÃn en la entrepierna para tapar la evidencia. Antes de abandonar el local, espera unos minutos, el tiempo justo para asegurarse de que no va a encontrarse con la feliz pareja al salir a la calle. Se toma una cerveza bien frÃa para hacer tiempo mientras llama por el móvil a Esther.
—¿Cariño? Ya puedes venir a buscarme.
—Estoy aquà desde hace un rato. Verás el coche nada más salir. Tras pagar sus copas y dejar algo de propina, Lucrecia sale a la calle y sube al coche de Esther, quien la recibe con un beso de tornillo antes de expresarle su opinión por enésima vez.
—Cariño, sabes que te quiero mucho y que no me importa montar estos numeritos por ti de vez en cuando, pero, sinceramente, ¿no serÃa mejor que hablaras con tu amiga? ¿Cuándo vas a decirle que te mueres por sus huesos, que no puedes vivir sin ella, que no tenerla te está matando?
—Nunca se lo diré, ya lo sabes.
—Pero, ¿por qué? No lo entiendo…
—Te lo he dicho mil veces. La pifié hace años, ella me querÃa y yo no supe darme cuenta. Ahora, Rosana tiene su vida, y yo, la mÃa.
—TodavÃa te quiere, y tú a ella, no hay más que veros juntas.
—Déjalo ya, por favor. ¿Por qué te importa tanto?
—Porque “el amor, cuando no muere, mata. Porque amores que matan nunca muerenâ€. No lo digo yo, lo dice JoaquÃn Sabina.
—Te he dicho que lo dejes ya.
—No se puede vivir asÃ, Lucrecia.
—Sà que se puede, te lo aseguro.

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Lesbianarium 26: “La pasión de Krista”


Krista y Heather se amaron con pasión hasta ayer. Compartieron sus vidas durante ocho años, tres meses y veinte dÃas. Se conocieron en su primer dÃa de universidad, y en el tercero Heather se mudó al piso de Krista, que era más espacioso. Lo que estuvieron haciendo durante las veinticuatro horas del segundo dÃa, es fácil de imaginar. Su vida en común fue de todo menos monótona. Fue intensa, porque su relación no resultó siempre fácil. Fue sincera, porque jamás se traicionaron la una a la otra. Y, sobre todo, fue divertida, porque utilizaron la fortaleza de su amor para reÃrse de todo y de todos. Hasta ayer.
Hoy, Heather no sabe qué hacer con las cosas de Krista. Está de pie en el vestidor, mirando sus camisas, sus trajes, sus zapatos, toda su ropa, y no tiene ni idea de qué hacer con todo aquello. Sólo sabe que le duele mucho la cabeza porque no ha podido pegar ojo, y además, el cansancio, la tristeza y la tensión acumulados durante los últimos meses le están pasando factura. Piensa que lo peor de perder a la persona amada no es quedarse sin ella sino tener que presenciar su muerte después de una atroz enfermedad que, en el caso de Krista, la consumió en tan sólo tres meses, durante los cuales la vio adelgazar, palidecer, languidecer sin remedio dÃa tras dÃa. Y Krista, que conocÃa el final de todo aquello y era consciente de que su vida ya no daba más de sÃ, nunca perdió la sonrisa, ni siquiera en los momentos de mayor dolor psÃquico, como cuando le dijeron que la quimioterapia no habÃa dado resultado, y fÃsico, como cuando suplicó que le administraran morfina. “Métame un buen chute y acabemos con estoâ€, —le dijo al doctor. Y mientras la droga empezaba a invadir su organismo y a aletargar sus sentidos, hizo todavÃa un último esfuerzo para hablar con Heather. Le dijo que no estuviera triste, que morirse no era tan malo, que ya podÃa ver la luz blanca y que no le daba ningún miedo sino todo lo contrario, que se sentÃa más tranquila y feliz que nunca. También le dijo que hiciera el favor de rehacer su vida pero que, sobre todo, no se obsesionara con encontrar a otra como ella, porque, como ella la amaba… Y aquà terminó el discurso de Krista, en el preciso instante en que su voz se apagó con su último suspiro.
A partir de ese momento, todo fue muy rápido, Heather no tuvo que ocuparse de nada. Krista habÃa donado su cuerpo a la ciencia años atrás, asà que el hospital donde pasó sus últimos dÃas se hizo cargo de todo. Heather se despidió de ella en la misma habitación, la 033, antes de que se la llevaran. Después, el vacÃo lo llenó todo.
Mañana, Heather se despertará pronto, a pesar de que será domingo. Como cada dÃa, y ya será el tercero sin Krista, pondrá la radio mientras prepara el desayuno y volverá a equivocarse al colocar dos servilletas en la mesa, una a cada lado. No podrá evitar llorar al darse cuenta de su error y recordar con impotencia la frase inacabada con la que Krista se despidió de ella. En un intento desesperado por apagar su propio llanto, subirá el volumen de la radio en el preciso instante en que la locutora leerá la dedicatoria de la próxima canción: “’para Heather, de Krista, deseándole que rehaga su vida muy pronto’. Bueno, Heather, si nos estás oyendo, te dejamos con la canción que Krista nos ha pedido para ti, esperando que te guste. Feliz Domingo de Resurección a todos y a todas, estáis escuchando Radio Copla 33â€.
Heather dejará su desayuno a medio preparar, tomará la pequeña y vieja radio en sus brazos y se dejará caer de rodillas en medio de la cocina. Al oÃr los primeros compases de la canción, interpretada por La Más Grande, sentirá a Krista más cerca que nunca. Cerrará los ojos y, frase a frase, podrá escuchar por fin el mensaje completo: “Como yo te amo, como yo te amo, convéncete, convéncete, nadie te amará. Como yo te amo, como yo te amo, olvÃdate, olvÃdate, nadie te amará, nadie te amará, nadie, porque yo te amo con la fuerza de los mares, yo te amo con el Ãmpetu del viento, yo te amo en la distancia y en el tiempo, yo te amo con mi alma y con mi carne, yo te amo como el niño a su mañana, yo te amo como el hombre a su recuerdo, yo te amo a puro grito y en silencio, yo te amo de una forma sobrehumana…â€.

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Lesbianarium 25: “Aunque la hetero se vista de bollo”


—¿Lola?
—Hola, Pilar…
—¿Qué hay? Me llamas justo cuando estaba saliendo por la puerta, he quedado con las chicas para cenar y tomar unas copas en el nuevo local del Eixample.
—…
—¿Estás bien, Lola?
—La verdad es que… no mucho…
La voz de Lola suena triste y apagada a través del móvil. Conociéndola, Pilar teme lo peor.
—¿Va todo bien con Luis?
—Lo hemos dejado.
—¡Joder, Lola! ¡Qué poco te duran a ti los novios! ¿Qué ha pasado?
—Me ha dicho que querÃa más libertad, que no estaba preparado para una relación seria.
—Vaya, otro con lo mismo. En mi opinión, habrÃa que revisar el concepto de “relación seriaâ€, porque no hay dos personas en el mundo que coincidan en su significado. Y, de paso, a ver si dejamos de utilizarlo como excusa para romper. Pero, ¿sabes lo que te digo? Que él se lo pierde. Oye, ¿estás en casa?
—SÃ, claro, llorando como una Magdalena.
—Voy con tiempo, asà que me paso a verte, te abrazo un rato y, si es necesario, lloramos juntas todo lo que haga falta, pero después sales con nosotras a divertirte. En otras palabras, no quiero que tu duelo dure más de treinta minutos a partir del momento en que ponga los pies en tu casa. Lamentarse no sirve de nada, Lola, y yo quiero verte feliz, ¿me oyes?
—No sé si podré hacer borrón y cuenta nueva en media hora, Pilar…
—Quien dice media hora, dice treinta y cinco minutos, pero no más. Ve llorando mientras llego, asà avanzas.
—No seas burra, y no me hagas reÃr, que no tengo ganas…
—Sà que tienes ganas, lo que pasa es que no quieres permitÃrtelo, porque crees que cuando se rompe con alguien hay que llorar. Yo no digo que no tenga que ser asÃ, pero sin pasarse, porque, a ver, ¿desde cuándo estás llorando?
—Desde ayer.
—¿Ayer? ¡Madre del amor hermoso! ¿Llevas un dÃa entero soltando agua por los ojos y moqueando? Supongo que estarás bebiendo mucho lÃquido, ¿o es que estás intentando suicidarte por deshidratación?
—¿Qué harÃa yo sin ti, Pilar? Llevo hablando contigo un par de minutos y ya me siento mejor. Ojalá fuera lesbiana, para tomarme la vida como te la tomas tú.
—¡Eh! Que las lesbianas también tenemos problemas, no vayas a creerte que todo es felicidad y buen rollo. Si yo te contara todas las veces que me han partido el corazón… Hasta que un dÃa decidà que se habÃa acabado y que, puestas a romperme algo, prefiero que me rompan las bragas. Desde ese dÃa me va bastante mejor. ¿Cómo lo ves?
—Qué bruta eres a veces, pero tienes parte de razón.
—Piensa en ello mientras llego. Hasta ahora mismo, guapa.
—Te espero. Adiós.
Pilar cuelga su móvil y entra en la boca del metro. Al cabo de veinte minutos, sale a la superficie de nuevo, y después de caminar un poco, llega a casa de Lola. Llama al interfono, y Lola abre sin preguntar. Como vive en el bajo, enseguida la ve asomarse a la puerta para darle la bienvenida. Con los ojos enrojecidos aún por el llanto, pero con un atisbo de sonrisa en los labios, Lola le toma la mano y tira de Pilar hacia dentro. La abraza muy fuerte y no para de darle besos muy cerca de la oreja, mientras le susurra una y otra vez: “gracias por venir, gracias por venir, gracias por venir…â€.
—Lola, por favor, deja de hablarme asÃ, que me estás poniendo loca, y yo he venido aquà a consolar a mi amiga heterosexual, no a aprovecharme de ella.
Lola se separa de Pilar y le muestra una sonrisa abierta y relajada.
—¿Lo ves, Pilar? Lo has vuelto a hacer, me haces reÃr otra vez. Por eso te quiero tanto… Y por eso acabo de tomar una gran decisión.
—Ya lo veo, has decidido poner cachondas a lesbianas pervertidas como yo. Pues que sepas que no se te da nada mal, me lo has dejado todo de punta, jodida.
—Que no, que no es eso, aunque te agradezco el cumplido.
—Pues entonces, ¿qué?
—Hoy y aquÃ, Lola Santos de la Fe, que soy yo, he decidido…
—¿Necesitas un redoble de tambores? ¡Vamos, suéltalo ya!
—¡Que me hago lesbiana!
—…
—SÃ, lesbiana, como tú, ¿no te hace ilusión? Estoy harta de los malos rollos con los tÃos y quiero ver si me va mejor con las mujeres.
—…
—Bueno, ¿no piensas decir nada? ¡Te digo que me hago lesbiana!
Pilar no deja de mirar a Lola con los ojos abiertos como platos, inspeccionándola de arriba abajo con una mezcla de sorpresa, incredulidad y expectación. Por fin, se decide a expresarle su opinión.
—Mira, Lola, no quiero decepcionarte, y menos ahora que empiezas a superar la ruptura, pero…
—¿Pero qué? No hay pero que valga. Quiero ser lesbiana, y espero que tú me ayudes.
—¿Yo? Lola, esto es lo más descabellado que he oÃdo en mi vida.
—¿Por qué?
—Pues porque ser lesbiana no es algo que se decida asÃ, en media hora. Ni siquiera es algo que pueda decidirse. Las lesbianas no “nos hacemosâ€, Lola, nacemos lesbianas. Es asÃ, y no importa si lo sabemos desde que tenemos uso de razón o si lo aceptamos a los sesenta.
—Bobadas. Si me lo propongo, puedo ser tan lesbiana como tú, o incluso más. Sólo necesito saber lo básico, y tú me lo vas a enseñar.
Resignada y dispuesta a demostrarle a Lola que está equivocada, Pilar acepta el reto y reconoce que siente curiosidad por saber hasta dónde será capaz de llegar su amiga para intentar olvidar a su último novio.
—Como quieras, pero te advierto que no te va a resultar fácil, porque tú tienes tanto de lesbiana como yo de monja.
—Entonces, ¿vas a enseñarme?
—Esto no se enseña, es lo que estoy tratando de decirte, pero, ya que te empeñas en ello, haré lo que pueda.
—¿Cuánto tiempo tenemos?
—He quedado con las chicas a las once, y son las nueve y media pasadas. Tenemos, como mucho, una hora.
—Suficiente.
—Estás como una cabra, Lola.
—SÃ, pero me encanta.
—Antes de empezar, quiero que sepas que hay una cosa que me molesta, aparte de que creas que puedes ser lesbiana con sólo proponértelo, y es que hayas llegado a esto después de romper con tu novio. A las lesbianas no nos gustan las mujeres porque seamos unas amargadas que no han encontrado al hombre adecuado. Me gustarÃa que esto te quedara muy claro.
Llegadas a este punto, y viendo que Pilar parece un poco enojada, Lola se pone seria antes de responderle con la sinceridad que sólo las mejores amigas pueden compartir.
—Está claro como el agua, y lo que dices nunca se me ha pasado por la cabeza. Pilar, yo te respeto y te quiero mucho, eres mi mejor amiga. En el fondo, esto es parte de mi duelo. Quiero divertirme esta noche para olvidarme de lo mal que lo he pasado, y me gustarÃa hacerlo desde otra perspectiva, sin que ello signifique que me esté riendo de ti. Ya sé que no soy lesbiana, pero déjame engañarme un poco esta noche, ¿vale? Deja que haga el ridÃculo por ahà y que todas las lesbianas de la ciudad se rÃan de mÃ, te lo pido por favor.
La declaración de Lola desarma a Pilar, no sabe si por sincera o por desesperada.
—¿Sabes lo que te digo, loca de los cojones? Que ninguna bollera se va a reÃr de ti mientras yo pueda impedirlo. Cuando salgas de casa esta noche, vas a parecer más lesbiana que Martina Navratilova y Tracy Chapman y juntas.
—¿Tanto?
—¡Y mucho más! Venga, empecemos. ¿Quieres ser algún tipo de lesbiana en especial?
—Ah, pero… ¿se puede escoger?
—Más o menos, aunque, conociéndote, no te veo de deportista ni de camionera, y tampoco de hippy feminista ni de rata de biblioteca. Para mà que vas a ser una lipstick de tomo y lomo. Y además, asà podrás seguir maquillándote y te sentirás más tú misma.
—¡Venga esa lipstick!
—Enséñame tu armario.
Lola lleva a Pilar a su habitación y, después de cruzarla, entran en un vestidor tan espacioso como el mismo dormitorio. Pilar se queda asombrada.
—¡Madre de Dios! Le faltan dÃas al año para poder ponerse todo esto… ¿Tienes algo que no sea rosa? Lo que yo te decÃa, lipstick total. Ponte lo que quieras, todo lo que hay aquà es sexy. Vas a dejarlas locas a todas. Pero no te vistas todavÃa, vamos a la cocina.
—¿A la cocina?
—¿Tienes algún melón por ah�
—¿Un melón? Creo que sÃ, ¿para qué lo quieres?
—No es para mÃ, es para ti.
—Aquà está. ¿Qué tengo que hacer con él?
—Pártelo por la mitad, longitudinalmente, y sácale las pepitas. Cuando termines, me lo das. Mientras tanto, voy a sentarme en esa silla de ahÃ.
En un par de minutos, Lola tiene el medio melón listo y sin pepitas. Se acerca a Pilar para dárselo, y Pilar, que está sentada, se lo coloca entre las piernas antes de dar la siguiente orden a Lola.
—ArrodÃllate y lámelo.
—¿Qué?
—¿Quieres ser lesbiana o no?
—SÃ…
—Pues haz lo que te digo. Lame el melón con ganas, en el centro, de abajo arriba y de arriba abajo, hundiendo la cara en él. De vez en cuando mueve la lengua en cÃrculos, eso les encanta a muchas chicas y, además, ayuda a hacer cambios de ritmo.
Lola obedece.
—Me eztoy bringando doda…
—Peor lo estoy pasando yo, que me estás poniendo otra vez. Además, nadie dijo que ser lesbiana fuera fácil. Chupa.
Al cabo de unos diez minutos, Pilar le dice a Lola que pare.
—Vale ya. Si la tÃa no se ha corrido a estas alturas, con la de lametazos que le has dado, es que tiene un problema, mental o fÃsico, pero un problema. ¿A ver cómo ha quedado el melón? ¡Joder, pero si te has comido la mitad de la pulpa!
—Es que me ha entrado hambre…
—Lola, por favor te lo pido, mucho cuidado con morder, porque puedes causar una desgracia. Una cosa son los mordisquitos, que a todas nos gustan, pero esto que has hecho aquà es una escabechina.
—Entendido. ¿Puedo lavarme ya?
—Toma mis pañuelos de papel. Quédatelos y llévalos siempre contigo, nunca se sabe dónde puedes encontrar un melón maduro. Entiendes lo que te digo, ¿no?
—Perfectamente.
—Ya puedes vestirte y maquillarte, pero no te pases con los tacones ni con el colorete. Yo te espero en el salón.
Lola aparece un cuarto de hora después, impecablemente vestida y perfectamente maquillada, ni mucho ni poco, lo justo para no perder la naturalidad.
—Estás despampanante, como siempre, pero hoy más todavÃa.
—Gracias. ¿Nos vamos ya?
—Sólo una cosa más: a ver esas uñas.
—Siempre las llevo limpias, Pilar.
—Además de limpias, tienen que estar cortas y sin aristas, a menos que quieras provocar un accidente.
—Comprendo, ¿cómo están las mÃas?
—Pasables, pero para hoy servirán. Podemos irnos. ¿Preparada para una velada lésbica?
—Estoy muy nerviosa, pero contenta. Gracias, Pilar.
—No me las des todavÃa. Te sugiero que esperes hasta ver cómo te va la noche, y después hablamos.
Lola y Pilar se reúnen media hora más tarde con dos amigas de Pilar, Carla y Lorena, en uno de los bares de ambiente de la ciudad, donde han quedado para tomarse unas tapas con unas cañas de cerveza. Mientras comen, las tres amigas intentan dar algunos consejos de última hora a Lola.
—Recuerda que, si alguna te mira tres veces seguidas, es que le gustas.
—SÃ, y si se humedece los labios mientras habla contigo, quiere rollo seguro.
—Chicas, chicas, no atosiguéis a Lola, por favor. A ver si se va a poner nerviosa y se va a echar atrás.
—No te preocupes, Pilar, estoy bien. Carla, Lorena, agradezco vuestros consejos.
—Nenas, vámonos.
Pasada la medianoche, las cuatro amigas entran por la puerta del local nocturno, atiborrado de mujeres de todas las edades. Suena música de los ochenta. Después de inspeccionar la sala durante unos minutos, Pilar propone la estrategia a seguir.
—Si vamos las cuatro en un pack, ninguna de nosotras pillará cacho, y esta noche queremos que Lola se estrene, ¿verdad?
Carla y Lorena contestan al unÃsono.
—¡Verdad!
—Entonces, propongo que nos separemos ahora y que cada una se espabile por su lado. Dentro de un par de horas nos encontramos aquà mismo, y la que no aparezca será porque habrá triunfado. ¿Os parece bien?
—SÃ.
—¿A ti también, Lola?
—También.
—¿Tienes alguna duda?
—Creo que no.
—Muy bien. Mucha suerte, y sobre todo, tened mucho cuidado ahà fuera.
Tras despedirse con dos besos, se separan, tal como acaban de acordar, para ver qué les depara la noche. Al cabo de dos horas, Pilar, Carla y Lorena se encuentran de nuevo en el punto de partida. Contra todo pronóstico, Lola no aparece.
—No me lo puedo creer. ¿Cómo es posible que la más novata, la que ni siquiera es lesbiana, se haya llevado el gato al agua? —se lamenta Carla.
—Pues no lo sé, será la suerte de la principiante, —contesta Lorena.
—Chicas, no seáis egoÃstas, tenemos que alegrarnos por la suerte ajena. A mÃ, en cambio, me ha ido fatal. Me he topado con mi ex y se me han quitado las ganas de ligar con nadie. ¿Qué tal vosotras?
—A mà se me ha arrimado una rubia que no estaba mal, pero como era rubia de bote y no me gusta que me engañen, le he dado puerta. ¿Y tú, Carla?
—¿Yo? Igual de mal. He recorrido el local de punta a punta un par de veces y he charlado con algunos de mis últimos rollos. Me he dado cuenta de que esta ciudad es muy pequeña y de que quizá deberÃa seleccionar más a mis ligues para no encontrármelas constantemente por todas partes. Asà que he decidido dejar la pesca por hoy.
—Pues nada, espero que, al menos, Lola lo esté pasando bien. Mañana la llamo para que me lo cuente. Chicas, os dejo, me voy a dormir.
—Yo me quedo un rato más, para terminarme la copa. Buenas noches, Pilar.
—Yo también me quedo. Adiós.
Después de despedirse, Pilar se va a casa, y lo primero que hace al dÃa siguiente, mientras desayuna, es llamar a Lola. Antes del tercer tono, Lola contesta.
—Hola, Pilar.
—Hola, estrella de la noche lésbica. ¿Qué tal? Bien, ¿no? Que sepas que fuiste la única que no apareció. Nosotras tres nos fuimos de vacÃo anoche, pero tú… Venga, cuenta, quiero detalles.
—Ay, Pilar, ¡muy mal!
—¿Cómo que muy mal? Si no apareciste fue porque encontraste a alguien, digo yo…
—SÃ, una chica morena, alta y de ojos claros como el mar, muy guapa y agradable.
—Y entonces, ¿qué fue mal?
—El problema vino cuando llegamos a su casa y empezamos a liarnos.
—¡Pero si eso es siempre lo mejor! ¿Cómo va a ser eso un problema? Como no te expliques un poco más…
—No sé qué pasó exactamente, quizá hablé demasiado…
—Madre mÃa, madre mÃa… ¿Qué le dijiste?
—Primero, cuando estábamos en la cama y ella se puso un momento encima de mÃ, le dije que llevaba las uñas cortas para no hacerle daño cuando le arañara la espalda.
—¡No jodas! ¿Eso le dijiste? ¿Y no se te ocurrió soltarle nada más heterosexual?
—¿Eso es heterosexual?
—No sé, tú misma… ¡Jesús, qué lÃo! En el fondo, la culpa es mÃa, por no haberte explicado el tema de las uñas con más detalle. Sinceramente, creà que lo habÃas pillado… En fin, entiendo que le cortaras el rollo, pobrecilla. Bueno, no te preocupes, seguiremos practicando…
—… Después le pregunté por el melón.
—¿El melón? ¿Qué melón?
—Eso fue lo mismo que me preguntó ella. Y yo le dije que, si se ponÃa el melón entre las piernas, yo lo lamerÃa con gusto y procurarÃa no hacer escabechina.
—¡Hala, venga! ¡Suma y sigue! ¿Y qué te dijo ella?
—Me miró raro y me dio una bolsita de Peta Zetas® que sacó del cajón de su mesilla de noche.
—Dios mÃo… Se me olvidó contarte lo de los Peta Zetas®… ¿Y qué hiciste?
—¿Qué querÃas que hiciera? Darle las gracias y tragarme la bolsa entera de una vez. Me encantan los Peta Zetas®. ¿Qué habrÃas hecho tú?
—Otro dÃa te lo cuento, Lola.

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Lesbianarium 24: “Génesis 2.0″


Al principio era el verbo, y el verbo era Dea, y cuando Dea y Lilith se ponÃan a hablar, aquello, más que un verbo, era pura verborrea.
―A ver, Dea, haz el favor de decirme qué tengo que hacer para divertirme un poco, porque esto del ParaÃso, de momento, me está pareciendo de lo más soso. Me gustarÃa saber por qué coño me has metido aquÃ, ¿para matarme de aburrimiento?
―Lilith, te exijo más respeto, y sobre todo, no blasfemes. El ParaÃso es, ante todo, paz y armonÃa, meditación y espiritualidad.
―O sea, lo que te estoy diciendo, aburrimiento mayúsculo. Yo necesito un poco más de acción, compréndelo. Y además, con Eva no hay nada que hacer. Por muchos años que viva, creo que nunca conoceré a una tÃa más pasiva que ella. Eso sÃ, está buena, pero no se deja, no hay manera. Cada vez que me acerco a ella con ganas de lÃo me sale con cualquier tonterÃa, y yo me quedo siempre a dos velas. Si no nos vas a dejar follar como perras, por lo menos tápanos, danos algo de ropa para que no tenga que ver su cuerpo desnudo todo el dÃa. No sé, pregunta a Cáritas o a Cruz Roja, a ver si tienen algo de nuestra talla. Con unos tejanos y una camisa me apaño. Faldas no, por favor, que no me veo con ellas. Y para Eva, quizá un conjunto de lencerÃa transparente, una minifalda y un top ajustado… ¡Uf! Me pongo mala sólo de imaginármela asÃ… ¿Lo ves? ¿Te das cuenta de cómo me tienes? ¡Pues asà toda la Eternidad! Esto no es vida ni es nada…
―¿Has acabado ya de quejarte?
―SÃ. Total, para el caso que me haces…
―Toma.
―¿Qué es esto?
―Cómetela.
―¿Esto se come? ¿Cómo?
―La coges con una mano y la muerdes. Está rica, y además, es muy sana.
―Dámela.
Lilith toma la fruta que le ofrece Dea y, sin pensárselo dos veces, la prueba de un mordisco. Con la boca medio llena, continúa hablando con la Creadora.
―Pues sà que está rica, sÃ. ¿Tiene nombre, o todavÃa no se lo has puesto?
―Llámala como tú quieras.
―¿En serio?… ¡Qué ilusión!… Vamos a ver… Pues mira, como se come con la mano y además es sana, la llamaré “mansanaâ€. ¿Qué te parece?
―Muy bien.
―Vale, ¿qué más?
―Nada más. Vuelve con Eva y muéstrale la mansana. A cien metros de vuestra choza hay un árbol de donde podéis tomar tantas como queráis.
―¿Y ya está? ¿Qué hay de la ropa? ¿Y de lo de follar con Eva?… ¿Dea?… ¿Dónde estás?… No me lo puedo creer, lo ha vuelto a hacer, me ha dejado otra vez con la palabra en la boca. Cualquier dÃa me cabreo y me largo de aquÃ, no aguanto más esta situación.
De vuelta a casa, Lilith se detiene un momento bajo el árbol que le ha indicado Dea y recoge algunas mansanas para Eva. Al llegar a su choza, encuentra a Eva jugando con un tronco. Lo sujeta con sus brazos, meciéndolo, besándolo y acariciándolo con ternura.
―No te emociones, Eva, ―le dice―, Nancy no se ha inventado todavÃa, no es hora de jugar con muñecas.
―¿Qué es Nancy?
―Cómo te lo explicarÃa yo…
―¿Por qué sabes tantas cosas, Lilith, que yo no sé?
―Porque tú eres buena y solamente vas al Cielo, pero yo, que soy mala, voy a todas partes. Por eso estoy más al dÃa y me entero de más cosas. No me entiendes, ¿verdad que no?
―No mucho.
―Da igual, no importa, hace tiempo que tengo muy claro que tú y yo somos incompatibles del todo.
―¿Por qué dices eso? Con lo bien que lo pasamos aquÃ, las dos juntas…
―Me temo que tu concepto de pasarlo bien no coincide en absoluto con el mÃo.
―¿Qué llevas ah�
―Ah, sÃ, se me olvidaba… Es una cosa nueva que me ha enseñado Dea. Se llama mansana y está deliciosa. Toma, prueba una.
―¿Manzana?
―No, manzana no, mansana.
―Pues eso he dicho, manzana.
―No, si, ahora va a resultar que, encima, ceceas. ¿Tienes familia en AndalucÃa, o algo?
―¿Cómo?
―Nada, come y calla, anda. ¿Te gusta?
―No demasiado, pero gracias, Lilith. Quiero que sepas que, aunque la mayorÃa de veces no te entienda, yo te quiero mucho, como una hermana.
―Es bueno saberlo, Eva… ¿Qué es eso de ah�
Mientras habla con Eva, Lilith descubre en el horizonte una figura extraña que se acerca andando.
―No lo sé, pero, sea lo que sea, viene directo hacia nosotras.
Al cabo de unos minutos, el extraño animal, que también camina sobre dos patas, llega hasta la choza y se presenta.
―Hola, me llamo Adán. Dea me ha dicho que viniera. ¿Quién de vosotras es Eva?
―Yo.
―Hola, Eva. Encantado de conocerte. ¿Vienes mucho por aquÃ? ¿Estudias o trabajas? Eres más guapa de lo que habÃa imaginado y tienes un cuerpo de vértigo, chata. A ver, que se muevan esas caderas…
Sin mediar palabra, Eva se pone a bailar, sin música, claro, todavÃa faltan algunos años para eso. Lilith no puede creer lo que ve.
―Pero, ¿cómo? ¿A mà no me haces ni caso, y aparece éste y te pones a bailar para él de buenas a primeras? No sabemos nada de Adán. ¿Y si es un depredador?
―Tú debes ser Lilith, ¿verdad? Dea me ha hablado de ti. Tranquila, esto no va contigo. De hecho, espero que te des cuenta de que estás fuera de lugar.
―Eva, ¿de verdad vas a seguir el rollo a este impresentable? ¡Pero si ni siquiera tiene tetas! Y eso que lleva ahÃ, colgando, ¿qué es?
―A lo mejor también se come, como la manzana, ―contesta Eva, totalmente encandilada y ligeramente excitada. Adán, por supuesto, aprovecha el momento.
―Claro que se come, Eva. ¿Quieres probarlo? Vamos a tu choza, me has puesto tontorrón. Trae ese tronco también, será nuestro hijo mientras no te quedes embarazada. Encantado de haberte conocido, Lilith. Por cierto, ahà te dejo unas naranjas de regalo, espero que te gusten.
―¡No quiero naranjas, tÃo! ¿Es que no sabes que las naranjas son homófobas?
―Homo… ¿qué?
―Nada, por mucho que intentara explicártelo, no lo entenderÃas, te falta un rato todavÃa para llegar a Homo sapiens. Anda, ve con Eva, está claro que estáis hechos el uno para la otra… Por cierto, ¿puedo mirar?… Es broma…
Antes de entrar en la choza con Adán, Eva se abalanza sobre Lilith y, llorando, le da un beso de despedida en la mejilla. Lilith no quiere llorar, pero no puede evitar que se le humedezcan los ojos.
―Vamos, tonta, vete, y no te preocupes por mÃ, estaré bien.
―¿Qué vas a hacer?
―Lo que tenÃa que haber hecho hace tiempo, largarme de aquÃ, pero no podÃa dejarte sola. Ahora que ya tienes la compañÃa que necesitabas, me voy, es hora de que encuentre mi lugar.
Lilith recoge sus escasas pertenencias mientras dialoga otra vez con Dea.
―¡Coño, Dea! ¿Para eso me has traÃdo aquÃ? ¿Para ver cómo Eva se va con Adán?
―Eva ha tenido la oportunidad de escoger, y lo ha hecho. Espero que sepa asumir las consecuencias.
―¿Y yo?
―Voy a recompensarte por tu paciencia. ¿Qué quieres?
―En primer lugar, salir de aquÃ. Y después, conocer a mujeres como yo, que disfruten con mi compañÃa y a las que les gusten las mansanas. Quiero demostrar que dos mansanas pueden entenderse a la perfección, contrariamente a lo que piensan algunos y algunas.
―Concedido.
En menos de lo que se tarda en pestañear, Lilith se despierta a bordo de un avión, y lo siguiente que oye es la voz de la comandante: “Señoras y señores, dentro de veinte minutos aterrizaremos en el Aeropuerto Nacional de Micoños, donde son las cuatro y media de la tarde y la temperatura en estos momentos es de veintiocho grados centÃgrados. La comandante y toda la tripulación esperamos que su estancia en la isla les resulte placentera. Les esperamos a bordo en una próxima ocasiónâ€.
Lilith mira por la ventanilla, satisfecha de que Dea haya empezado a cumplir sus deseos. Mientras su vista se pierde entre las nubes bajas y la silueta de la isla dibujada sobre el mar, la voz de un asistente de vuelo la devuelve al interior del avión.
―Perdone, señorita.
―¿S�
―La mujer del asiento 27D me ha dado esta manzana para usted. Bueno, ella ha dicho “mansanaâ€, pero creo que se ha equivocado.
―No, no se ha equivocado. ¿Hay alguien sentado al lado de esa mujer?
―No, el asiento 27E está libre.
―Gracias.
Tan pronto como el asistente continúa su recorrido para seguir atendiendo al resto de pasajeros, Lilith se levanta, dispuesta a conocer a la mujer del asiento 27D y a sentarse a su lado. Mientras camina por el pasillo del avión, levanta un momento la cabeza para lanzar un guiño al aire mientras sonrÃe.
―Gracias, Dea. Tú sà que eres una diosa con todas las de la ley, justa y misericordiosa. No como otros, que se creen dioses y lo único que saben hacer es el ridÃculo.

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