Lesbianarium 78: “BaiLES”
—No, gracias, no sé bailar.
Isadora habÃa repetido esa misma frase miles de veces desde que entró en la adolescencia, y por eso ahora, a sus treinta y tres, ni siquiera era consciente de que la estaba pronunciado de nuevo para quitarse de encima a un chico en el pub de moda. Nunca se le dio bien bailar, a pesar de los intentos de su padre por enseñarle cuando era niña. Le resultaba fácil y divertido poner los piececitos sobre los de su padre y tratar de seguir el ritmo de la música abrazada a su cintura. Pero eso no era bailar. Hacia los catorce empezó a salir los sábados con algunas amigas, pero pronto dejó de hacerlo porque a todas les encantaba bailar, y además lo hacÃan de maravilla. Y no es que Isadora no lo intentara, animada por sus compañeras, para tratar de contentarlas y sentirse más integrada en el grupo. Una y otra vez, se agarraba lo mejor que podÃa al primero que se le acercaba y ponÃa todo su empeño en seguir el ritmo, pero siempre era un desastre. A los cinco segundos ya le habÃa pisado; a los diez, el chico le decÃa que no estuviera tan tensa, que se dejara llevar; hasta que, a media canción, se daba por vencido y la dejaba plantada en la pista con cualquier excusa. Entonces, Isadora volvÃa a su rincón y pedÃa una cerveza tras otra hasta que sus amigas se cansaban de mover el esqueleto y se reunÃan con ella para marcharse juntas a casa. Y asà muchas noches, hasta que un dÃa decidió dejar de sentirse ridÃcula y tomó la determinación de no volver a intentarlo. De ahà lo de rechazar cualquier invitación, tal como acababa de hacer ahora mismo.
Desde su rincón, Isadora observaba bailar a las parejas con una cerveza en la mano y un destello de envidia en la mirada. HabÃa venido sola, porque sus amigas de siempre se habÃan ido casando y ya no salÃan los sábados por la noche. Por suerte, faltaba poco para la hora del cierre y pronto podrÃa marcharse a casa. Entre sorbo y sorbo se preguntaba por qué seguÃa empeñada en acudir a locales donde pocas cosas pueden hacerse aparte de bailar. Miró el reloj. Las dos y media. Al levantar de nuevo la vista, sus ojos se toparon con los de una chica, de pie frente a ella.
—Hola, soy Natalia —se presentó—. Hace rato que te observo. Es fácil fijarse en ti, no te has movido de sitio en toda la noche. ¿Cómo te llamas tú?
—Me llamo Isadora. Yo también te he visto, bailas muy bien.
—Me defiendo, nada más. ¿Quieres que bailemos?
—SÃ, claro —respondió Isadora sin dudar, pero enseguida se dio cuenta de que habÃa aceptado una invitación por primera vez desde hacÃa muchos años, y no lo entendÃa. Intentó echarse atrás, muerta de miedo.
—Quiero decir que no, gracias, no sé bailar, harÃa el ridÃculo a tu lado.
Natalia insistió sin dejar de mirarla a los ojos.
—Tienes nombre de bailarina, como la Duncan, es imposible que hagas el ridÃculo. Y no estarás a mi lado, estarás frente a mà —sentenció Natalia sonriendo y arrastrando a Isadora hacia la zona de baile.
Aquella noche, Isadora no pasó por casa. Estuvo bailando con Natalia hasta el amanecer, en el pub repleto de gente, por las calles de la ciudad dormida y sobre la arena de la playa desierta. Hasta donde era capaz de recordar, jamás se habÃa sentido tan ligera.
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Lesbianarium 77: “Corazón robado”
Su madre se lo habÃa advertido muchas veces; sus amigas, también. “Te entregas demasiado, vas a sufrir mucho en esta vidaâ€, le decÃan cada vez que Ãngela les contaba su último fracaso amoroso. Pero Ãngela entendÃa el amor como una experiencia profunda y global en la que solo cabÃa la entrega absoluta. El problema era que, la mayorÃa de las veces, solo se entregaba ella, mientras que la otra lo hacÃa a medias, muy poco o casi nada.
Total, que todavÃa no habÃa cumplido los treinta y ya le faltaban dedos en las manos para contar sus múltiples desengaños. Siempre lo mismo, la historia empezaba bien, muy bien, pero al cabo de nada, cuando Ãngela estaba convencida de haber encontrado a su media lesbiana, la otra se arrugaba y desaparecÃa sin más. Y todas le decÃan lo mismo, que se sentÃan demasiado comprometidas en la relación y que no querÃan renunciar a su libertad.
Esta vez no habÃa sido diferente. Juana se fue la mañana del 23 de abril, después de una noche de pasión y ternura como tantas otras. Cuando salió de la ducha, Juana le dijo que lo suyo habÃa terminado y que se iba. Ãngela no tuvo tiempo de regalarle el libro y la rosa que habÃa comprado para ella y que habÃa escondido en el segundo cajón de la cómoda. Desayunó sola por primera vez en tres meses, y el zumo de naranja diluido en lágrimas le supo mucho más ácido que de costumbre.
A media mañana, se vistió y salió a la calle para hacer lo de siempre. Por suerte, vivÃa a escasas manzanas de la comisarÃa de Mossos d’Esquadra de su distrito. La agente apostada en la puerta la saludó con familiaridad y cierta tristeza en la mirada.
—Buenos dÃas, Ãngela, ¿de nuevo por aquÃ? Otra denuncia, supongo…
—Hola, agente. Pues sÃ, ya lo ve. ¿Puedo hablar con la Sargenta Godall?
—Por supuesto, la tercera puerta a la derecha. Entre sin llamar, ahora mismo no está atendiendo a nadie, hoy el dÃa está tranquilo.
Ãngela encontró a la Sargenta sentada a su mesa detrás de la tercera puerta a la derecha. Miriam Godall la saludó con la vista y la invitó a sentarse. ConocÃa de sobra el motivo de su visita, pero aún asà debÃa preguntárselo.
—Pues nada, Sargenta, que han vuelto a robarme el corazón.
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Lesbianarium 76: “Cochinas”
—Aláncame la lopa, Losa!
A Rosa le cuesta lo suyo, pero al cabo de unos segundos, cuando su cerebro consigue procesar la información recibida, por fin comprende lo que Xiaomei intenta decirle entre suspiros y se pone manos a la obra, o quizá deberÃa decir “manos a la chinaâ€. Es la primera vez que Rosa se relaciona Ãntimamente con una mujer oriental; no le resulta nada fácil, pero lo encuentra tan excitante que cualquier barrera idiomática o cultural le parece anecdótica, un pequeño peaje que debe pagar para conseguir el premio: sentir entre sus brazos el calor que emana el cuerpecito de Xiaomei, que no es poco. Algunas amigas le habÃan hablado de la fogosidad de las mujeres chinas, y ahora Rosa está a punto de comprobarla por sà misma. Se siente tan ansiosa y excitada que no atina con los botones de la blusa de Xiaomei, asà que decide arrancársela de cuajo en un ataque de lujuria, y parece que a Xiaomei le va el rollo arrebato, porque pide más.
—Oh, sÃ… ¿Vas a lompelme las blagas también? —susurra Xiaomei al oÃdo de Rosa.
—Claro que sÃ, chinita loca —contesta Rosa con voz entrecortada por la excitación. A Rosa le faltan manos para cumplir los deseos de Xiaomei, que no se corta a la hora de expresar sus fantasÃas y sus preferencias. Le gusta Xiaomei, jamás habrÃa imaginado que tras ese rostro angelical de mirada rasgada se escondÃa una fiera indomable y exigente que no para de dar órdenes. “Arráncame estoâ€, “rómpeme aquelloâ€â€¦ Y Rosa obedece sin rechistar hasta quedar ambas desnudas sobre la cama. Rosa está encima, y Xiaomei se retuerce como una anguila entre sus brazos mientras sigue ordenando.
—AcalÃciame el potolo, caliño…
—¿El potolo? ¿Qué coño es eso? —se pregunta Rosa con un pezón de Xiaomei en la boca. Pero enseguida cae y desliza la mano hacia el terciopelo, buscando el clÃtoris erguido de la china. La manita de Xiaomei entre sus piernas enloquece a Rosa.
—¿Te gusta que te penetle as�
—Me encanta, Xiaomei —responde Rosa entre gemidos—. Y a ti, ¿te gusta esto?
—Me vuelves loca, Losa. Eles una guala…
Rosa y Xiaomei se dejan llevar por el delicioso vaivén de sus cuerpos, acompañado por una sinfonÃa perfecta de gritos, suspiros y gemidos que desemboca en un festival pirotécnico sin precedentes.
—¡Que me colo! ¡Que me colo! —grita Xiaomei justo antes del clÃmax. Rosa, más comedida en sus expresiones de placer, se corre casi en silencio y se deja caer sobre la cama, al lado de su amante. La escena de las dos chicas tumbadas boca arriba dura poco, porque Xiaomei se incorpora al cabo de pocos segundos y empieza a vestirse.
—¿Adónde vas? —pregunta Rosa.
—Tengo mucho culo —responde Xiaomei.
—Qué va, tienes un culito respingón y perfecto que me pone muy cachonda. Pero, ¿adónde vas?
—Tengo culo, mucho tlabajo en el lestaulante, ¿complendes?
Xiaomei, ya vestida de pies a cabeza, junta las manos para hacer una reverencia y se va. Y Rosa, desconcertada y excitada todavÃa, se desploma de nuevo sobre la cama, pensando en la mejor manera de contar a sus amigas su primera experiencia oriental.
Relato dedicado al gobierno chino, que prohÃbe los relatos eróticos lésbicos http://noticias.universogay.com/prohibidos-los-relatos-eroticos-lesbicos__21032011.html
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¡Celebra la diada de Sant Jordi con Lesbianarium!
LadyM y yo, si todo va bien, haremos una breve escapadita estos cuatro dÃas de fiesta que tenemos por delante y lamentablemente por una vez en la vida -sÃ, creo que va a ser la primera vez que esto ocurre-no vamos a estar en nuestra tierra para celebrar como se merece la diad a de Sant Jordi . Pero quien sà va a estar por aquÃ, y más al pie del cañón que nadie, será nuestra compañera y amiga Carme Pollina , aka Qerma Palloni. Carme estará de 18:00 a 20:00 en un lugar más que apropiado -los jardines de Safo- para presentaros en directo su exitoso “Lesbianarium “, ya sabéis, esa divertidÃsima recopilación de relatos cortos de temática lésbica que Carme ha ido compartiendo con todas nosotras lunes a lunes desde lesbiana.es y que ya está disponible en internet y en muchas librerÃas de toda Spain. Si aún no tenéis vuestro ejemplar, si queréis que os lo dedique o, simplemente, si queréis pasaros a charlar, conocer o saludar a Carme, aquà tenéis una nueva oportunidad.
La cita es de 18:00 a 20:00 horas el sábado 23 de abril, dÃa de Sant Jordi y dÃa del libro, en els Jardins de Safo, en la calle Llançà con Avenida de Roma , muy cerquita de la estació de Sants.
Ah, y una cosa más: Carme regalará tres ejemplares de su “Lesbianarium ” a las 3 primeras personas que se presenten en los Jardines de Safo durante esas dos horitas. La autora estará bajo la pérgola de los jardines rodeada de libros, claro. ¡¡¡Mucha suerte y feliz diada a todas!!!
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Lesbianarium 75: “El huerto de MarÃa”
MarÃa sabÃa que iba para santa desde que era niña. Nació en el seno de una familia acomodada de Pamplona. Su madre era supernumeraria; su padre, supercabrón. TenÃa tantos hermanos y hermanas que le resultaba difÃcil acordarse de todos sus nombres y edades. Pero sà se acordaba de lo que le decÃa su madre cada dÃa antes de acostarse:
—MarÃa, tú eres diferente, mi niña, tú estás llamada a servir a Dios. Serás una buena esposa, una madre ejemplar y servirás a la Prelatura con amor y humildad, como mami.
Y MarÃa respondÃa que sÃ, aunque no tenÃa ni idea de lo que podÃa suponer para ella ser madre, esposa y supernumeraria. Solo tenÃa diez años, y lo más cercano al amor que conocÃa era Virginia, su compañera de pupitre, a quien no podÃa dejar de mirar. Pero era humilde, eso sÃ.
A los dieciocho la pusieron de largo y le buscaron un novio engominado. SalÃan juntos a cenar y a bailar por la parte noble de la ciudad. Después, Borja la acompañaba hasta la puerta de casa, le daba un beso en los labios y esperaba hasta verla entrar. Una vez que MarÃa desaparecÃa de su campo visual, el coche de Borja se dirigÃa derrapando hacia los suburbios. Allà le esperaba su amiga Leticia, quien le preparaba para el matrimonio con sus clases de dominatriz.
MarÃa se tocaba de vez en cuando, pero poco, porque le habÃan dicho que aquello era malo, aunque a MarÃa no se lo parecÃa. Cuando se acariciaba rozaba el cielo y veÃa una cara entre las nubes, siempre la misma: la de su amiga Virginia, de quien nada habÃa vuelto a saber desde que terminaron la Secundaria. También le habÃan dicho que, al matrimonio, se llega virgen o no se llega, pero eso no era problema para MarÃa, sabÃa que podrÃa aguantar porque, entre otras cosas, nunca veÃa la cara de Borja entre las nubes.
Una tarde, al salir de la facultad de Derecho, sonó el móvil de MarÃa. Número desconocido. Pensó que serÃa alguna encuesta y a punto estuvo de no contestar, pero al final aceptó la llamada.
—¿MarÃa? ¿Eres tú? Soy Virginia.
A MarÃa le costó recordar.
—¿Virginia? ¿La del instituto?
—La misma. ¿Cómo te va, nena?
Era una tarde nublada, y entre nube y nube, la cara de Virginia.
—Pues… Creo que bien —contestó MarÃa— ¿Y a ti?
—Estupendo. Tenemos que vernos, MarÃa, quiero contarte muchas cosas. Este sábado hay fiesta en El Huerto. ¿Te vienes?
MarÃa no conoce El Huerto.
—Claro, aunque no sé dónde está. Le preguntaré a Borja, mi novio. Seguro que le encantará venir conmigo, y asÃ, de paso, te lo presento.
Virginia se toma su tiempo antes de continuar la conversación.
—MarÃa, cariño, no creo que dejen entrar a Borja en El Huerto…
—¿Ah, no? —pregunta MarÃa con candidez infantil.
—No —responde Virginia—. El Huerto es solo para chicas, ¿entiendes?
Y MarÃa hace como que sÃ, pero no termina de entender.
—Claro, claro, como una hermandad universitaria, ¿no? De acuerdo, vendré yo sola, no creo que a Borja le importe. Además, hace tiempo que no sale con sus amigos.
—Muy bien, nena, asà se habla. Nos vemos allà hacia medianoche. Un beso, guapa.
Después de hablar con Virginia, MarÃa se sintió muy rara. Era martes, y MarÃa siguió igual de rara hasta el sábado.
A las doce en punto de la noche, MarÃa estaba frente a la puerta del local, mirando el letrero luminoso donde se leÃa con claridad “El Huertoâ€. Su trabajo le habÃa costado encontrarlo entre las callejuelas más estrechas y antiguas de Pamplona. Cuando se disponÃa a entrar, una mano en el hombro se lo impidió. Era Virginia, quien tuvo que insistir hasta tres veces para que MarÃa se detuviera y se diera la vuelta.
—Espera, chica, espera —dijo Virginia, sonriendo—, ¿adónde vas tan decidida?
Por suerte para MarÃa, la noche disimulaba su rubor.
—Hola, Virginia. Pues adentro, ¿no? Estás muy guapa… Quiero decir que… Estás igual… Bueno…
—Tú también estás estupenda, MarÃa. ¿No vas a darme dos besos?
MarÃa se los dio, y durante el cambio de mejilla sus miradas se cruzaron. En el segundo beso, Virginia aprovechó para abrazar a MarÃa y explicarle entre susurros el motivo de su llamada.
—Nunca he dejado de pensar en ti, MarÃa. Vámonos, mi casa está a dos manzanas de aquÃ.
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Lesbianarium 74: “Lesbianas de alquiler”
—Bienvenida a “Lesbianas por horasâ€. Le habla Charo. ¿Qué necesita?
Al otro lado del teléfono, Olga vacila unos segundos antes de contestar.
—Hola. Verá, yo… Me siento sola.
—¡Ay, cariño! —responde Charo con desparpajo— eso les pasa a todas las que llaman aquÃ. Es tu primera vez, ¿verdad?
—SÃ…
—Entonces no sabes cómo funciona esto, pero no te preocupes, yo te explico lo básico. A ver, ¿qué presupuesto tienes?
—¿Presupuesto?… Pues… No sé… ¿De qué depende eso? ¿Hay algún tipo de tarifas?
—Claro, un momento, por favor, tienen que estar por aquÃ.
Ruido de papeles y girar de hojas.
—¿Prefieres cantidad o eres más bien de calidad? —pregunta Charo. Olga se desconcierta más aún.
—No sé, en principio valoro más la calidad, pero ¿qué me recomienda usted?
—Lo siento, yo no puedo decantarme por ninguno de nuestros servicios, nuestras normas no lo permiten. Son las clientas quienes deben escoger —contesta Charo en tono corporativo—. Yo solo puedo explicarte las caracterÃsticas, para que puedas decidir con conocimiento de causa. Vamos a ver, las chicas de cantidad son de complexión fuerte, algunas incluso obesas, porque a muchas mujeres les gusta sentirse muy envueltas, rodeadas de carne por todas partes. Estas chicas cobran por peso. En cambio, las chicas de calidad son más bien bajitas y delgadas, poquita cosa, pero también son muy buenas porque saben meterse por todos los rincones con gran habilidad, y sus tarifas se valoran por tiempo. ¿Qué prefieres tú?
—No tengo ni idea —balbucea Olga— ¿tenéis alguna opción intermedia?
—SÃ, tenemos a las TT, pero son bastante más caras.
—¿Las TT? ¿Y eso? —interroga Olga, que no sale de su asombro.
—Las Todo Terreno, nuestras chicas más adaptables y con más experiencia, capaces de satisfacer cualquier necesidad, por muy especÃfica que sea. Pero esas no bajan de los trescientos euros por hora.
—¡Coño! ¡Pues sà que deben ser buenas! —se queja Olga.
—Las mejores —sentencia Charo—. Bueno, ¿te has decidido ya?
Olga inspira hondo antes de hacer su elección.
—Creo que sÃ, voy a ser fiel a mis principios. La calidad ante todo. Además, soy de complexión frágil, asà que mejor una chiquitina, ¿no?
—Lo que tú digas, cariño. ¿Será para esta noche?
—SÃ.
—¿Solo unas horas o toda la noche?
—Depende de lo que cueste.
—Dos horas, doscientos euros. Es la tarifa mÃnima. Y toda la noche, de nueve a nueve, son trescientos.
—Lo encuentro un poco caro, pero, por la diferencia de precio, me la quedo toda la noche. Será tierna por lo menos, ¿no?
—No tendrás ninguna queja.
—Eso espero. Si por trescientos euros encuentro novia de una vez, los doy por bien empleados.
Charo se echa a reÃr al escuchar el comentario de Olga.
—¿Qué pasa? —pregunta Olga.
—Que me parece que te has equivocado, cariño. Aquà no vas a encontrar novia, solo sexo. No te engañes, yo alquilo cuerpos. Si lo que buscas es amor, no gastes tu dinero en vano. El corazón no se compra ni se vende, el corazón se regala.
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Lesbianarium 73: Premio para “Leña de otro hogar”
El relato titulado “Leña de otro hogar â€, que podéis encontrar en la sección “Lesbianariumâ€, ha sido finalista en el IV Premio Ediciones Beta de Relato Corto, convocado por Ediciones Beta (Bilbao). Junto con el resto de relatos seleccionados por el jurado, formará parte del libro “A los cuarenta y otros relatos en crisisâ€, que se publicará en euskera y en castellano.
La temática del concurso era la crisis en cualquiera de sus posibles manifestaciones (económica, emocional, personal, amorosa…), aunque en las bases de participación se especificaba con claridad que la palabra “crisis†no debÃa aparecer en el tÃtulo de los relatos.
“Leña de otro hogar†plantea la crisis de una pareja de lesbianas, provocada por su deseo de ser madres, contada por sus propias protagonistas a través de un programa de televisión de testimonios personales. Esta historia formará parte de mi segundo libro de relatos, que seguirá fiel al estilo del primero, titulado Lesbianarium. Historias afiladas de mujeres agudas , y que se publicará a lo largo de 2011.
Me siento muy orgullosa del reconocimiento obtenido por “Leña de otro hogarâ€, y aprovecho la ocasión para agradecer a www.lesbiana.es su confianza. También quiero dar las gracias a todas las personas que seguÃs “Lesbianarium†semana tras semana, por interesaros por mis relatos.
Un abrazo.
Carme Pollina (Qerma)
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LEÑA DE OTRO HOGAR
La regidora de plató indica a la conductora que estarán en el aire dentro de tres segundos. Lo hace manteniendo tres dedos de la mano derecha alzados y bajándolos uno por uno hasta quedarse con el puño cerrado simbolizando el número cero. Al encenderse el piloto rojo de la cámara uno, la conductora muda su expresión, hasta entonces más bien pesarosa, para mostrar a la audiencia su rostro más jovial, dinámico y amigable. Inicia su discurso sin esperar a que se apaguen los aplausos del público, inducidos también por la eficiente regidora, que tiene una increÃble capacidad para estar en todo.
—Muy buenas tardes, amigos y amigas, un dÃa más os hemos preparado un programa repleto de historias que os emocionarán, que os llegarán al alma, que os harán vibrar compartiendo vivencias y sensaciones con nuestros invitados de hoy. ¿Estáis listos para reÃr con nosotros? ¿Para llorar? ¿Para sentir? ¿SÃ? Pues entonces, recibamos a nuestra primera invitada de la tarde. Se llama Nora y viene de Algeciras, tiene treinta y nueve años y dice que se siente traicionada por su novia Juana. Un aplauso para Nora. Bienvenida, Nora.
Nora, una chica más bien tÃmida, de constitución delgada y aspecto frágil, está sentada en una enorme butaca roja escuchando atentamente la presentación de la conductora. Al oÃr los aplausos dirigidos a ella, se siente fuera de lugar y un poco contrariada.
—Hola, Doris —contesta Nora lacónicamente al saludo de la conductora.
—Uy, Nora, —continúa Doris Light, la presentadora— te noto la voz un poco triste, ¿estás bien?
—SÃ, estoy bien, es sólo que no esperaba que me recibieran con un aplauso.
—¿Ah, no? ¿Y por qué no?
—Pues porque se aplauden las cosas felices, y yo he venido aquà a hablar de mi problema, que es más bien triste, Doris.
—Bueno, mujer, pero hay que echarle valor y alegrÃa a la vida, ¿no? A ver, Nora, cuéntanos por qué estás triste. ¿Qué problema tienes con Juana, tu pareja?
Al oÃr el nombre de su mujer, Nora rompe a llorar mientras intenta contestar la pregunta entre sollozos.
—Es que… creo que… se ha acostado con un hombre…
Exclamaciones de sorpresa e indignación entre el público, que la regidora intenta acallar mientras la conductora trata de sacar jugo a la historia de Nora.
—Vaya, Nora, si eso fuera cierto estarÃamos hablando de una infidelidad. ¿Y por qué crees que Juana ha mantenido relaciones sexuales con un hombre?
La invitada contesta ahora con total entereza y con un punto de rabia. Ya no hay lágrimas en sus ojos sino más bien un destello de despecho.
—Porque huele diferente.
—¿Cómo que huele diferente? ¿A qué huele Juana, Nora?
—A leña de otro hogar.
—¿Qué quieres decir con eso, exactamente?
—Que huele a macho.
—¿A macho? —repite la conductora, desconcertada, y Nora, un poco harta de la actitud de la estrella del show, responde ahora categórica haciendo alarde de una autoconfianza que hasta entonces habÃa sido incapaz de mostrar.
—A macho, sÃ. ¿O es que no sabe usted que machos y hembras huelen diferente? Los hombres huelen a madera y a jengibre, y las mujeres, a una mezcla de jazmÃn, canela de Ceilán y cedro de Virginia. Si no lo sabe es porque quizá nunca ha olido a una mujer. ¿Lo ha hecho, Doris?
La conductora, un poco turbada y plenamente consciente de que seguir por esa vÃa puede hacerle perder los papeles, opta por reconducir la situación.
—Bueno, Nora, no creo que eso sea relevante para nuestro programa de hoy. Volvamos al tema que nos interesa. Digamos que Juana te ha sido infiel con un hombre y que esta tarde logramos confirmarlo. ¿Qué estás dispuesta a hacer en ese caso?
—Si Juana confiesa que me ha puesto los cuernos con un hombre, la dejo.
Ante una declaración tan suculenta desde el punto de vista de la telebasura, la conductora se relame mientras se frota las manos y continúa el interrogatorio.
—¿PondrÃas fin a vuestra relación hoy y aquÃ, en vivo y en directo, Nora?
—SÃ.
—De acuerdo. Gracias por tu testimonio. Ahora, si te parece bien, llamaremos a Juana, que ha venido engañada al programa pensando que hablarÃamos con ella sobre los secretos del macramé, para que podáis hablar las dos.
La conductora mira de nuevo a su cámara para anunciar la llegada de Juana, la siguiente invitada, quien no tarda en aparecer por la puerta central del plató. Juana, alta, fuerte y desgarbada, camina con confianza, segura de sà misma, pero se para en seco y a punto está de dar un traspié al ver allà a Nora, sentada en su butaca roja. Superada la primera impresión, Juana sigue andando y se sienta en un butacón verde situado justo al lado de Nora, no sin antes darle un beso en los labios sin demasiada pasión. Antes de que la conductora pueda decir nada, Juana se defiende atacando.
—Perdona, Doris, pero yo no he venido aquà a esto, yo venÃa a hablar de macramé. Si llego a saberlo, me quedo en casa. No deberÃais engañar a la gente de esta manera.
Pero la conductora, que acumula muchas horas de directos, sabe perfectamente cómo dominar de nuevo la situación.
—Juana, cariño, no te enfades, ¿no ves que Nora, tu mujer, te ha traÃdo aquà porque necesita hablar contigo?
Y Juana, todavÃa contrariada, se dirige ahora a Nora para recriminarle el engaño.
—Joder, Nora, ya te vale. ¿No podÃas decirme lo que tengas que decirme en casa?
—No, Juana, mejor aquÃ, delante de toda España. Quiero que me digas si te has tirado a Paco el de la tocinerÃa.
Llegado este punto, la conductora se retira y deja que siga el diálogo entre las dos invitadas, esperando que los Ãndices de audiencia suban más y más a medida que las dos mujeres se enzarcen, como es de esperar, en una acalorada discusión verbal. Juana duda un momento antes de contestar.
—Pues sÃ, he estado con Paco, ¿y qué?
—¿Y me lo dices asÃ, con esa desfachatez? ¿Es que no tienes vergüenza, tú?
—Cálmate, Nora, lo he hecho por nosotras.
Pero, en lugar de calmarla, el comentario de Juana enfurece más todavÃa a Nora.
—¿Cómo que por nosotras? ¿Estás loca, o qué es lo que te pasa? Estas cosas no se hacen por nadie más que por una misma. TenÃas ganas de comerte una polla y lo hiciste, sin pensar que me estabas haciendo daño, al menos ten el valor de admitirlo.
Juana se mantiene serena, y se dirÃa que se adivina una sonrisa en sus labios.
—Nora, pensaba decirte esto en casa, tranquilamente, tomándonos unas cervecitas con unos taquitos de Jabugo, pero ya que me has traÃdo a este circo, vamos a dar el espectáculo que se espera de nosotras, que para eso hemos venido. Estoy embarazada, Nora.
Más exclamaciones de sorpresa entre el público y primer plano de la conductora para que todo el paÃs pueda ver su fingida cara de asombro. Y Nora, desmontada.
—¿Cómo que… estás… embarazada?
—Lo estoy, de tres meses a partir de mañana, que es cuando pensaba decÃrtelo, antes no, por si la cosa se torcÃa. Vamos a tener un bebé, Nora, como siempre quisimos, sobre todo tú. ¿No estás contenta? ¿Entiendes ahora por qué me acosté con Paco el de la tocinerÃa? ¿Crees que lo pasé bien mientras lo hacÃamos? Pues te equivocas, pasé un rato muy malo mientras estaba tumbada debajo de él, y si escogà a Paco fue precisamente porque tiene fama de eyaculador precoz, para procurar que todo ocurriera lo más rápidamente posible. ¿Lo entiendes ahora, cariño?
Por indicación de la regidora de plató, que recibe órdenes desde realización, Doris Light interviene en la trifulca.
—Señoras y señores, esta historia acaba de dar un giro inesperado. Parece que Juana sà ha hecho lo que ha hecho pensando en su mujer, Nora, y en su futuro como madres. Sepamos qué piensa Nora de todo esto. Nora, ¿cómo te sientes en este momento?
Nora está llorando de nuevo, pero no de tristeza sino de risa esta vez, y mientras se seca los lagrimones que le caen por las mejillas trata de responder a la conductora.
—Pues mira, Doris, ahora mismo me siento un poco idiota, pero creo que Juana se sentirá más idiota todavÃa cuando le cuente lo que habÃa venido a decirle también hoy.
—Ah, ¿entonces tú también querÃas confesarle algo a tu pareja, Nora? —pregunta la conductora con curiosidad teñida de morbo. Y Nora, con una mano de Juana entre las suyas y sin poder parar de reÃr, informa a su pareja y al paÃs entero de que también ella está embarazada, le explica que el último intento de fecundación, después de varios fracasos anteriores, ha funcionado y que la semana que viene cumple los tres meses. Después le dice que le parece estúpido lo que ha hecho, que tenÃa que habérselo consultado antes y que le está bien empleado el mal rato que pasó con Paco el de la tocinerÃa.
—Entonces, ¿vamos a tener dos bebés, Nora? —pregunta Juana, descolocada por completo y con los ojos abiertos como platos de puro asombro.
—No —contesta Nora— tú vas a tener el tuyo y yo el mÃo. Aquà se separan nuestras vidas, Juana. Como dice Rosana en su canción, “ojalá que te vaya bonitoâ€.
—Pero… ¿por qué, cariño? —suplica Juana.
—Porque las cosas no se hacen asÃ, Juana. ¿Y sabes qué más te digo, ya que hablamos de lo que hacemos por los demás? Que aquello que te hago con la lengua allà abajo, ya me entiendes, aquello que te gusta tanto y que te vuelve loca de placer, lo aprendà de Reme la pescadera.
—¿La del mercado central?
—La misma, ella me lo enseñó un dÃa después de cerrar su puesto. También lo hice por ti, cariño, para que estuvieras más contenta, y creo que lo conseguÃ, ¿verdad? Adiós, Juana.
Sin decir más, Nora se levanta y se dispone a abandonar el plató. La conductora intenta evitarlo rogándole que se quede, y entonces Nora da media vuelta y se dirige hacia Doris. Se para a su lado, muy cerca de ella, y le olisquea la parte del cuello y los hombros antes de emitir su sentencia y salir por la puerta central del plató.
—Hueles a madera y a jengibre, Doris. No hueles a mujer, hueles a macho.
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Lesbianarium 72: “…¡Y una polla!”
—¿A ver? Deja que te mire… ¿No te parece que te has vestido un poco rara hoy?
Martina abre los brazos en cruz y da una vuelta sobre sà misma para que Antonia la vea bien.
—¿Rara? ¿Por qué lo dices? ¿No te gusta?
—No lo sé, no es tu estilo. No sabÃa que tenÃas ese traje.
—Lo compré ayer, de rebajas.
—¿Con corbata y todo?
—También es nueva, a juego con el traje. Me voy, nena, llego tarde al trabajo. No me esperes para el almuerzo, tengo reunión con Julián, el cliente nuevo. Recuerda que hoy cenamos con Pilar y MarÃa, para celebrar que están embarazadas.
—No lo habÃa olvidado, no te preocupes. A las nueve en DeTaCo… ¿Qué haces?
—Me rasco, ¿no lo ves? Me pica mucho aquÃ, en la entrepierna. ¿No te habrás acostado tú con alguna guarra y me habrás pegado algo malo y sucio? —bromea Martina.
—SÃ, claro, será que me paso el dÃa en la cama con desconocidas —contesta Antonia con sorna entre sorbos de café.
Martina se despide con un beso y se dirige hacia la puerta. Mientras la ve alejarse, Antonia sigue pensando que su mujer ha amanecido rara. Jamás se habÃa vestido asà para asistir a una reunión de trabajo. A Martina le gusta ir femenina y ajustada, al menos hasta hoy. Tampoco reconoce su caminar, mucho más desgarbado de lo habitual, pero no quiere dar más importancia a lo que le parecen detalles banales, fruto quizá del leve distanciamiento de los últimos meses. Desde que Martina empezó a trabajar para ese cliente nuevo, uno de los pocos constructores que ha sabido capear la crisis de su sector, Antonia acusa las ausencias de su pareja. Martina yendo al fútbol con el cliente, Martina acompañándole a la obra, Martina cenando con él y saliendo de copas con sus socios, Martina jugando al golf los sábados por la mañana… Para Antonia, ese tiempo que no pasan juntas es un tiempo perdido e irrecuperable, pero no puede culpar a Martina por los daños colaterales asociados a su trabajo, sabe de sobra que la arquitectura es asÃ, y si hay que hacer la pelota a los clientes, se les hace y punto.
Todo esto piensa Antonia mientras se acaba el desayuno, recoge la mesa y se prepara para un intenso dÃa de trabajo en la floristerÃa. Jamás habrÃa pensado que su negocio, más que sobrevivir a la feroz crisis, incluso incrementarÃa las ventas contra todo pronóstico. Se alegra de que muchas personas deseen aliviar sus sinsabores con el color y el aroma de las flores a pesar de que las cosas les vayan mal, o quizá no tan bien como tiempo atrás. Claro que los precios ajustados, las promociones casi a diario y una gestión precisa de las cuentas también ayudan a la buena marcha del negocio. No, no puede quejarse.
Antonia invierte buena parte de la mañana en preparar unos centros para una boda. Con los años, se ha especializado en creación floral artÃstica, y son muchos los encargos que recibe de particulares, empresas e instituciones que desean adornar sus eventos con flores y plantas que Antonia selecciona con sumo cuidado, adaptándolas a los gustos y las necesidades de cada cliente.
Hacia media mañana, suena el teléfono en la floristerÃa. Es Martina.
—Hola, cariño. Cambio de planes. Julián viene a almorzar a casa con un par de socios. ¿Cómo andas de trabajo? ¿Podrás preparar algo? Nada especial, quizá un plato con sabor casero. ¿Por qué no les agasajas con tu impresionante fideuá? Se chuparán los dedos, seguro.
—Oye, guapa, en primer lugar, podrÃas haber empezado preguntándome cómo estoy, ¿no crees? Y en segundo lugar, me parece muy bien que traigas a tus clientes a comer, pero deberÃas cocinar tú, no yo —contesta Antonia, entre sorprendida y molesta.
—Lo sé, lo sé, pero yo voy a estar reunida hasta última hora de la mañana y tú tienes la floristerÃa al lado de casa. He pensado que podrÃas escaparte hoy un poco antes y hacerme este favor. El contrato con Julián es muy importante para la empresa. Ayúdame un poco, anda.
A Antonia le repatea representar el rol de ama de casa anfitriona, pero desea apoyar a su mujer por encima de todo.
—De acuerdo. A las dos y media en casa. Sed puntuales o la fideuá se echará a perder, y con ella, tu contrato de mierda —refunfuña antes de colgar.
En su despacho, Martina sonrÃe, complacida, se arregla la corbata y sigue hojeando el Anuario de Arquitectura Actual. Ha anulado su próxima reunión; necesita un par de horas para encontrar un buen vino que acompañe como se merece la fideuá de Antonia.
A las dos y media en punto, Martina llega a casa con Julián y dos de sus socios, Pedro y Manuel. Después de las presentaciones, se sientan todos a la mesa, también Martina, esperando que Antonia les sirva la comida. Y Antonia, descolocada pero queriendo quedar bien con sus invitados, pone en práctica sus mejores dotes de anfitriona, aunque, encendida de pura ira, no puede evitar golpear en la mesa con los platos al servir cada ración. Le parece increÃble que Martina no se haya levantado de la mesa en ningún momento para ayudarla, no es propio de ella. ¿O deberÃa decir “de élâ€, a juzgar por su actitud y su indumentaria? Vistos en conjunto, sus invitados no le parecen más que un grupo de hombres machistas, y su mujer, el peor de todos ellos.
Cuando se marchan Julián y sus socios barrigones, Antonia abre las ventanas de la sala de estar. A punto ha estado de ahogarse en medio de la intensa humareda provocada por los habanos que Martina ha compartido con sus clientes durante la sobremesa. Otra señal de que Martina está cambiando, antes jamás habrÃa probado los puros ni habrÃa permitido que nadie los fumara en su casa. Antonia no sabe qué pensar de su mujer.
Después de recoger la sala, Antonia quiere siesta. Está cansada y enfadada. Sabe que tiene que hablar con Martina, pero cree que será mejor hacerlo en otro momento, cuando se sienta más calmada. Al dirigirse a su habitación pasa por delante del aseo de invitados. La puerta está entornada y la luz, encendida. Es Martina, de pie en medio del baño, de espaldas a la puerta. Se pregunta qué estará haciendo, asà que se acerca un poco más a la puerta para intentar descubrirlo, pero da un paso atrás tapándose la boca con una mano para ahogar un grito de angustia. Después de dudar unos segundos, decide entrar, dispuesta a aclarar la situación de una vez por todas.
—¿Qué coño haces meando de pie? —pregunta Antonia, indignada.
Martina, sin inmutarse lo más mÃnimo, se da la vuelta mientras se abrocha la bragueta. El paquete de Martina horroriza a Antonia, que intenta disimular.
—No lo sé, esto es muy nuevo para mà todavÃa —contesta Martina.
Martina se sienta sobre la taza del inodoro. Parece abatida. Con la cabeza entre las manos, explica a su mujer todos los cambios que ha vivido a lo largo de la mañana. Le cuenta que al llegar a la oficina seguÃa escociéndole la entrepierna y que hacia las diez notaba fuertes tirones en la parte afectada. Un par de horas más tarde ya tenÃa polla. Luego se disculpa por su comportamiento frente a los invitados diciendo que no se explica su falta de sensibilidad pero que no ha podido evitarlo, que se siente un poco extraña desde lo de la polla. Confiesa haber pasado buena parte de la mañana mirando culos y tetas de empleadas y pensando en comprarse un coche nuevo, más potente y deportivo. Entre sollozos, pide ayuda a Antonia, quien se muestra comprensiva y preocupada, aunque dolida.
—Necesitas ayuda, Martina —le dice—, no puedes seguir asÃ, comportándote a ratos como una tirana. No te reconozco. Tienes que renunciar a ese cliente, te estás mimetizando con él. Deja de trabajar para Julián y seguro que todo volverá a la normalidad, serás de nuevo la Martina dulce y tierna que tanto me gusta. No pienses más en ello ahora, relajémonos un rato y salgamos a cenar esta noche con Pilar y MarÃa para olvidarnos de todo lo que ha ocurrido hoy.
Martina se levanta de un salto al oÃr los nombres de Pilar y MarÃa.
—¡Y una polla! ¿Cenar yo con esas dos bolleras que pretenden tener un hijo sin contar para nada con el padre? ¡Ni hablar!
Antonia se siente de nuevo desconcertada por la actitud de Martina. La repentina reaparición de esa brusquedad injustificada la asusta.
—Pero… ¿qué estás diciendo, Martina?
—Te digo que no cuentes conmigo esta noche, seguramente iré al fútbol con Julián. Y nada de Martina. Llámame MartÃn.
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