“En La Casa Azul”, de Carolina Heibos. Capítulo 3 (parte 3)
Friday April 11th 2014, 7:51 am
Filed under: Actualidad,En La Casa Azul,Historias de ♀,Relatos by Ingrid

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Olalla se queda callada mientras ambas entran en el salón.

-De todos modos, supongamos que tienes razón y que Lola hubiera conocido a la mujer de su vida, ¿por qué no la incluyó en el testamento?-pregunta Helena.

-No lo sé.

-¿Me puedes decir por qué no vino al entierro?-continúa Helena.

-No tengo ni idea y eso me preocupa. Hace días que pienso en este tema y te juro que no se me ocurre nada.

-Pues a mí no me parece lógico que tú estés saliendo con alguien, que te enteres de que ha muerto y que no aparezcas el día de su entierro-dice Helena sentándose en el sofá junto a Olalla.

-Bueno…a ver, si nadie sabe que existe…nadie la habrá llamado. A mí eso…no me extraña. ¿Cómo iba a venir? ¿Tú la llamaste?, porque yo no. Lo encuentro bastante normal-responde Olalla.

-¿Y ella no la ha llamado en todo este tiempo? Casi hace dos semanas que murió Lola. ¿No te parece extraño que aún no la haya llamado?-pregunta Helena.

-Puede que lo haya hecho-responde Olalla.

-¿Has mirado su móvil?-pregunta Helena.

-Si, pero no puedo acceder. Me lo encontré sin batería. Lo cargué pero no me ha servido de mucho. No sé el pin-responde Olalla.

- Igual hay cientos de llamadas perdidas de ella-contesta Helena.

-Puede.

-De todos modos, ¿Lola no le contesta y se queda tan ancha?, ¿no viene a ver qué pasa?-insiste Helena.

-Ya. Es muy raro-responde Olalla, pensativa.

-¿Has mirado en su cuenta de correo electrónico? Igual con un poco de suerte podemos acceder a su correo directamente y descubrimos algo más.

-No puedo entrar en su ordenador-responde Olalla.

-¿Tan difícil es la contraseña?

-Aparentemente no, pero ayer perdí unas dos horas…y no pude.

-Te ayudo. ¿Qué tenemos que buscar?-pregunta Helena.

-Un nombre de mujer.

-¿Un nombre de mujer?

-Créeme Helena, he puesto todo el santoral y no hay manera.

-¿Diminutivos?, ¿derivados?

-Todo. He puesto Carmen, Carmencita, Carmenchu, Mamen…Dolores, Lola, Lolita…

-¿Loles?-pregunta Helena.

-Todo. María, Marieta, Mari…

-¿Frida? Ya sabes lo que le gustaba Frida Kahlo a Lola-comenta Helena.

-Es el primer nombre que puse y nada.

-¿Y si es un nombre extranjero?-pregunta Helena.

-Es lo que he pensado.

-¿Un mote?

-Eso también lo he pensado.

-Pues mucho me temo que si tienes razón y estaba con alguien, hasta que no sepamos cómo se llama esa mujer con la que se estaba enrollando…no podremos acceder.

-Lo sé-responde Olalla, mientras observa a Helena que de pronto se ha quedado callada y con el rostro muy serio-¿Qué te pasa?

-Lola nunca puso mi nombre como palabra clave de su ordenador.

-¡Es que tú no tienes una 100 de pecho, tonta!-responde Olalla riéndose.

- Ni unas piernas largas ni esbeltas. Un día dejé de crecer y éste es el resultado. Qué lastimica…ni siquiera llego al metro sesenta y encima no me maquillo, llevo camisetas, vaqueros caídos y este pelo pincho. Con esta pinta, ¿cómo iba Lola a usar mi nombre como contraseña?-contesta Helena.

Olalla ríe.

-Al final te has reído, ¿eh? …a mi costa, pero te has reído.

-Sí-responde Olalla.

-Menos mal. Te prefiero riendo, francamente.

De pronto Helena observa un reloj de pared que cuelga en el salón.

-¿Faltan diez minutos para las doce? Tengo que volver a Valencia. Tengo una comida.

-¡Qué pena! Hubieras podido quedarte a pasar el fin de semana- dice Olalla.

- Pues mira, sí que es una pena. Me hubiera quedado contigo para hacerte compañía. Igual, con un poco de suerte, aparecía esa mujer-dice Helena.

-¿Tú crees que vendrá?

-Bueno en algún momento tendrá que venir a buscar sus cosas.

-Sí pero ¿cuándo?-pregunta Olalla.

-No tengo ni idea, pero que venga antes de que vuelvas a Barcelona porque si no…no va a poder recogerlas…a no ser que tenga llave.

-Igual la tiene, pero si no es así, no importa. Yo voy a estar aquí. No voy a volver a Barcelona en unos cuantos meses.

-¿Y eso? ¿Cuándo acabas las vacaciones?

-No estoy de vacaciones. Me han despedido. Así es que creo que me dará tiempo a conocerla.

-¡Ostras! ¿Hace mucho?

-El mismo día que encontraron muerta a Lola. Las malas noticias siempre vienen de dos en dos-responde Olalla.

-¿Y cuándo pensabas decírmelo?

-Yo qué sé. No he encontrado el momento hasta ahora.

-¿Te lo han arreglado todo bien? Oye, si necesitas un abogado, puedo ayudarte. Un amigo mío es laboralista y de los buenos. Está en Valencia pero seguro que conoce algún buen abogado en Barcelona.

-Gracias, pero ya está todo solucionado. No me han recortado ni un céntimo.

-Pues…tal y como están las cosas, puedes darte con un canto en los dientes. ¿Te apetecería trabajar en Valencia?

-No me lo he planteado, pero no me importaría.

-Entonces, si me entero de algo, te lo digo.

-No tengo prisa. No voy a buscar nada por el momento. Voy a quedarme aquí, al pairo, al menos unos cuantos meses.

-¿Y qué vas a hacer aquí?

-Descansar. Creo que me lo merezco. ¡Ah! y esperar a que venga ella.

-Estoy pensando… ¿Y si le ha pasado algo? Eso explicaría bastantes cosas -dice Helena.

-¿Y si está de viaje? Imagínate que está de vacaciones-comenta Olalla.

-Todo es posible.

 

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“En La Casa Azul”, de Carolina Heibos. Capítulo 3 (parte 2)
Friday April 04th 2014, 7:50 am
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-¿Qué más has encontrado? ¿Un pelo rubio y largo en la alfombrilla del baño? ¿Restos de adn en el pomo de la puerta? ¿Llamamos a Stana Katic?

-¡Qué burra eres Helena!

-Dime que te has encontrado con un pelo rubio y largo, por favor. ¡Cómo me gustan las rubias de pelo largo!

-Pues para gustarte…no has dado ni una. Qué poca puntería-dice Olalla.

-Ya. Es que no sé como me lo monto. No tengo suerte en el amor…ni para eso- responde Helena.

Olalla abre una de las puertas que se encuentran en el dormitorio y que desemboca en el vestidor. Helena la sigue. De pronto, se agacha y coge unos zapatos del suelo para después mostrárselos.

-¿Qué hacía Lola en esta casa rodeada de huertos, acantilados, caminos sin asfaltar y en medio de una vía verde, con este pedazo de zapatos de tacón de aguja decorados con cristales de Swarovski? –pregunta Olalla.

-¡Joder! Si yo me pongo eso, se me gangrenan los pies y luego me los tienen que amputar. ¿De qué talla son? –pregunta Helena.

-Una 39.

-Lola tenía un pie más pequeño.

-Lo sé. Una 37. De todos modos, aunque fueran de la misma talla, Lola nunca se hubiera comprado algo así ni borracha. Ni siquiera cuando le dieron el Goya al mejor guión se puso zapatos de tacón.

-Tienes razón. ¿Has hablado con la señora de la limpieza? Ella sabrá algo, ¿no?-continúa Helena.

-A Maya no ha habido manera de sacarle ni una palabra sobre el tema. En principio dice que no sabe nada, que no sabe si estaba con alguien, que nunca vio a nadie mientras estuvo trabajando en la casa, que no recuerda haber visto esos zapatos -dice Olalla saliendo del dormitorio con Helena e irrumpiendo en el pasillo.

-¿No coincidió con nadie que visitara a Lola?

-No. Me juró y perjuró que no.

-¿Nunca se cruzó con alguien?-pregunta Helena.

-Se lo he preguntado cien veces y siempre me ha dicho que no.

-Esa mujer debe de estar aún en estado de shock -responde Helena.

-Igual tienes razón. De todos modos, Maya sólo venía los lunes a limpiar. Tampoco es tan extraño que no viera a nadie.

-Pobre mujer. No me gustaría nada haber vivido esa experiencia. Debe de ser un palo grande-dice Helena.

-Un día de estos iré a verla a ver qué tal está.

-Sí, estaría bien… Bueno, ¿has encontrado algo más?-pregunta Helena.

-Un reloj.

-¿Un reloj?

-Un reloj de oro. Parece una antigüedad-responde Olalla.

-¿Estás segura de que es de oro?

-Sí.

-¿Cómo puedes estar tan segura? A ver…enséñamelo.

Olalla desaparece de nuevo tras la puerta del dormitorio de Lola y vuelve al pasillo llevando un objeto dorado en su mano derecha.

- Lo he llevado a tasar. Me han ofrecido 3.000 euros por él.

- ¡Joder! Que no se te pierda. Igual era de Lola-continúa Helena cogiéndolo con cuidado con dos dedos.

-Nunca se lo vi. Además, he comparado la muñeca del reloj de Lola con la de éste y no son iguales. No era de ella.

-¿Cómo no me has mencionado el reloj antes? ¿Quién se olvida un reloj de oro?-pregunta Helena.

-Ni idea-dice Olalla.

-¿Alguien muy despistado?

-¡Ostras, Helena! Vaya despiste, ¿no?

-O alguien que tenía mucha prisa-responde Helena.

-¿Por qué?, ¿por qué tenía tanta prisa?

-Pues yo qué sé.

-¿Tú qué piensas?-pregunta Olalla.

-No pienso nada. He dicho que igual se lo olvidó alguien que tenía mucha prisa. Igual tuvo una urgencia. Alguien llamó porque había pasado algo.

-¿Cómo qué?-pregunta Olalla mientras desciende por las escaleras seguida de Helena.

-Ni idea.

-¿Qué pudo pasar para que alguien saliera tan aprisa y se olvidara este reloj?

-No lo sé. Olvida lo que te he dicho, de verdad. ¿Has encontrado algo más?

-Unos sujetadores, un vestido, unos vaqueros dos tallas más pequeñas que los de Lola que pertenecen a una mujer muy alta…un tubo de maquillaje de la marca Estée Lauder, un pintalabios, sombra de ojos gris…

-Desde luego, Lola nunca se maquillaba. Por cierto, los sujetadores… ¿qué talla son?

-Una 100.

-¡Qué interesante!-responde Helena con una media sonrisa.

-¿Por qué te lo tomas a guasa?

-Chica, es una pregunta. Además, tú también lo habías mirado, o si no, ¿de qué ibas a saber que eran de la talla 100?

-Te estoy hablando en serio, y tú sigues con tus bromas.

-Ya sabes como soy.

-Sí, y a veces no tienes el don de la oportunidad.

-Olalla, por favor, no te enfades. No era mi intención. Pensaba que te iría bien reírte un poquito-responde Helena.

-Pues no me apetece mucho reírme.

-Ya, ya lo he visto. Perdona. Anda, continúa.

-No importa-responde Olalla.

-Va, no te enfades, venga, que te escucho.

-Pero si me vas a escuchar para responderme en serio.

-Va, venga. Te escucho.

Olalla se queda callada durante unos instantes y luego continúa.

-Bueno, ahora que te he contado todo esto, ¿qué piensas?…. ¿No crees que Lola estaba saliendo con alguien?

-Sí. Tiene toda la pinta-responde Helena.

-¿Y tú no te sentirías con la obligación de decirle que Lola ha muerto? Debería decírselo, ¿no crees?

-Bueno, visto así, estaría bien. Sí, díselo.

-Pero es que estoy totalmente perdida, no sé dónde buscarla, no tengo ninguna pista.

-Sí, la verdad es que lo tienes un poco difícil. Es lo que pasa cuando una no sabe ni el nombre, ni la dirección ni nada…Así es que…no te agobies más, ¿vale? Guarda esas cosas, y cuando venga…se las das y punto.

-No estoy agobiada, es solo que…

-¿Qué?-pregunta Helena.

- No sé. Igual tampoco acabo de entender que Lola tuviera una relación y no me lo dijera…

-Pues, igual porque no tenía nada con nadie en plan serio. ¿Para qué iba a decírtelo?

-Yo creo que era todo lo contrario. No te ofendas, pero creo que Lola estaba viviendo la historia de su vida y no quería que nadie se metiera en ella, ni siquiera yo-dice Olalla.

-Puede. Y no me ofendo. ¿Por qué me tendría que ofender? Lo nuestro empezó y terminó y estuvo bien mientras estuvo bien. De todas maneras, tampoco le des más bola al tema. Ya sabes que solía ser bastante reservada.

-Sí, pero con esta historia…fue más reservada que con las otras y no sé el porqué.

-Pues lo siento pero no puedo ayudarte.

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(Continuará)

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“En La Casa Azul”, de Carolina Heibos. Capítulo 3
Friday March 28th 2014, 10:08 am
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Olalla se ducha mientras la música suena en la radio, mientras el sonido del mar penetra en la casa a través de las ventanas, mientras derrama un poco de jabón líquido de moras en su mano izquierda que le hace recordar a su tía Lola, porque en un segundo todo huele a ella. Sus lágrimas se diluyen entre cientos de gotas de agua, mientras Helena llega a la casa con su escarabajo rojo, sorteando piedras y rozando matojos. Luego detiene su coche frente a la puerta de la entrada y pulsa el timbre varias veces, pero nadie abre. Entonces alza la vista hacia la zona en la que sabe que están las habitaciones y grita.

-¡Eo! ¡Soy Helena!-vocea.

Y entonces Olalla oye gritos que provienen del otro lado de la verja, más allá de los setos. Sale de la ducha y sin apenas secarse, asoma la cabeza por la ventana del baño y contempla a Helena casi a punto de meterse en el coche.

-¡Helena! ¡Estoy aquí! ¡Ahora bajo y te abro!-grita Olalla.

-Chica, tendrás que ir al otorrino. ¡Casi me voy!

-¿Qué?-vocea Olalla.

-¡Nada! Que estás más sorda que una tapia. Anda baja y ábreme-contesta Helena.

Olalla se seca, apaga la radio, se coloca una camiseta encima y baja las escaleras deprisa. Abre el portalón de madera de la casa, sale al jardín, pulsa el mando a distancia y entonces, la puerta metálica de la verja se desplaza hacia la derecha.

-Perdona, estaba en la ducha. Pasa, pasa. Mételo en el garaje, al lado del de Lola-dice Olalla.

Helena entra en su coche, lo pone en marcha y después atraviesa el trozo asfaltado del jardín.

-Pensaba que no estabas- dice Helena a través de la ventanilla de su escarabajo rojo, mientras conduce lentamente hacia el lugar que ella le ha indicado. Aparca y luego baja.

Olalla corre en su búsqueda, en el garaje y se besan.

-Oye…siento lo de Lola….Vaya palo. No he podido venir a verte antes y como que el miércoles me voy de vacaciones, o venía hoy o ya no venía- dice Helena mientras la abraza.

-Gracias. Sí, ha sido un palo de puta madre-responde Olalla.

-¿Fue un accidente no?

-Eso parece. Se cayó por las escaleras.

-Igual fue algo del corazón, igual se mareó…-dice Helena.

-Puede. No lo sé.

-¿Cuándo tendréis los resultados definitivos de la autopsia?

- Más o menos tendremos que esperar unas cuatro semanas, pero…a no ser que encuentren algo raro, las primeras pruebas hablan de muerte accidental. Se cayó por las escaleras y punto. ¡Qué muerte más absurda! ¿No? Lola nunca hubiera imaginado una muerte así ni para los personajes de sus guiones-dice Olalla echándose a llorar.

-Lo siento-responde Helena-¿Cómo anda la señora de la limpieza?

-¿Maya?-pregunta Olalla enjugándose las lágrimas con un pañuelo de papel.

-Sí.

-Pues tú imagínate qué flash venir a trabajar y encontrarte ese panorama.

-Pobre mujer-responde Helena.

-Desde luego, pobre Maya. Tuvo un ataque de ansiedad, ¿sabes?

-No me extraña. Si no llega a ser por ella…

-Si no llega a ser por ella, nos la hubiéramos encontrado mi madre y yo. Habíamos quedado en venir a verla… quería explicarnos algo. Nos hemos quedado sin saber qué quería decirnos-dice Olalla sin poder contener el llanto.

Helena le da un abrazo fuerte.

-Ostras Olalla. Lo siento. Oye, ya sé que te lo he dicho, pero de verdad…no pude venir el día del entierro, me tuve que quedar en Valencia. Había una conferencia sobre diabetes y…no encontré a ningún traductor que pudiera sustituirme y esta semana me ha sido imposible hasta hoy. Me sabe fatal, pero es que no he podido-dice Helena casi en un susurro mientras las lágrimas le descienden por las mejillas.

-Que ya lo sé, mujer, de veras, no te preocupes. Fue tan de repente… Anda, vamos dentro, te hago un café y me pones al día- dice Olalla secándose las lágrimas.

-Un café, me irá cojonudo. Ayer tuve una cena y estoy muerta. Bueno, una cena, y una copa y otra copa…me puse en la cama a las 3.

-No sé cómo aún lo aguantas. Yo salgo un día y tardo dos en volver a ser la misma.

-Y yo.

-Pues lo disimulas bastante bien.

-¿Tú crees? Por cierto, qué puntazo dejarte esta casa. Menos mal que había hecho testamento porque hay familias en las que se lían unos pollos…

-Sí, son esas cosas que parecen hechas con premeditación. Hacía 6 meses que había hecho testamento. A mi madre le ha dejado unas tierras, y a mi tía Rosa un piso en Castellón. Bueno, tampoco creo que hubiera habido mucho lío si no hubiera habido testamento.

-Mira, nunca se sabe. Ahora…tú te has llevado la mejor parte. Esta casa…es una pasada. No hace falta que te diga que te quería un montón.

-A ti también, Helena.

-Yo también la quería mucho, pero no pudo ser. Éramos incompatibles… de convivencia. ¡Ojalá nos hubiera salido bien! Pero…no fue así. Oye, ¿tu madre?

-Fatal. Ya sabes que Lola era como su hija. Piensa que mi abuela la tuvo cuando mi madre tenía 18 años. ¿Te imaginas? Ella la había cuidado, jugado con ella… Está que aún no se lo cree.

-Por favor, dale un beso muy fuerte de mi parte. Conmigo tu madre siempre se portó tan bien que créeme que siento que lo esté pasando mal. Me gustaría llamarla.

-Le encantará que la llames. Ya te daré su número. Anda pasa- dice Olalla cediéndole el paso.

Helena la sigue. Las dos entran en la casa. Atraviesan el recibidor presidido por una reproducción del cuadro de Frida Kahlo, El Venado Herido y por un mueble bajo. Luego entran en el gran salón de amplios ventanales con vistas al mar y se meten en la cocina americana, situada en el margen derecho de la sala. Olalla prepara café mientras Helena se sienta en uno de los dos taburetes de la cocina. Luego toman varias tazas acompañadas de bizcocho mientras recuerdan a Lola y hablan de sus vidas, y por primera vez en muchos días, Olalla consigue sonreír. De repente le pregunta a Helena:

-¿Sabes si estaba con alguien?

-¿Quién? ¿Lola? Que yo sepa no-responde Helena.

-¿Seguro?

- Hacía mucho que no hablaba con ella. Pero bueno, creo que no. ¿Por qué? ¿Te había dicho alguna cosa?-pregunta Helena.

-No.

-Entonces, si a ti no te había explicado nada… ¿cómo quieres que yo lo sepa?-continúa Helena.

-No sé. Te pregunto.

-Ya te he dicho que hacía mucho que no hablaba con ella. De todos modos, ya sabes que para sus parejas siempre era muy reservada. Cuando estaba con alguien no era de salir con más gente. Le gustaba estar a solas… A saber.

-¿En serio que no sabes si estaba con alguien?-insiste Olalla.

-Te lo juro. No tengo ningún motivo para engañarte…y más ahora. ¿Crees que salía con alguien?

-Sí. No estoy segura, pero creo que sí.

-¿No me has dicho que quería explicarte algo?… Igual era eso-dice Helena.

-No, no era eso. No creo que quisiera reunirnos a mi madre, a mi tía y a mí para explicarnos que estaba saliendo con alguien. No era eso. Me pareció muy triste. Algo la angustiaba pero no me lo quiso explicar por teléfono.

-Pues no sé qué decirte. De todos modos, ¿por qué te preocupa ahora si salía con alguien?

-Pues porque igual deberíamos decirle que Lola ha muerto.

-Y, ¿por qué estás tan segura de que estaba saliendo con alguien?-pregunta Helena.

-Ven conmigo.

Olalla coge a Helena de la mano y la hace bajar del taburete. Suben las escaleras que conducen al primer piso en donde se ubican las habitaciones y se meten en una de ellas, la que pertenecía a Lola.

-He encontrado cosas en la casa que no son de Lola.

-¿Cosas? ¿Qué cosas?

Helena ve cómo Olalla rodea la cama y se dirige a una mesilla de noche. La contempla mientras abre uno de los cajones y extrae algo que no acierta a reconocer en un primer momento.

-He encontrado esto-dice Olalla mostrando una prenda negra en su mano.

-¿Unas bragas? ¿Y qué tienen de raro?-pregunta Helena riendo.

-Nada. El caso es que no son de Lola-dice Olalla.

-¿Y tú cómo lo sabes?

-Lola no utilizaba este tipo de ropa interior.

-Lo siento, pero no me acuerdo muy bien de la que usaba.

-Pero sí recordarás que no podía utilizar nada que no fuera de algodón.

-¿Y éstas no son de algodón?

-No. Son unas bragas negras de un tejido sintético. Lola era alérgica a todo tipo de ropa interior que no estuviera hecha de algodón y tú lo sabes. Además, son de otra talla y estaban separadas del resto, en el cajón de abajo.

-Cada día que pasa y cada vez que te encuentro, me flipas más. Te fijas en cada cosa… en cada detalle… Pues vendría alguien un día…y se las olvidaría.

-¿Tú crees? ¿Quién sale de una casa sin las bragas puestas? Si tú llegas con bragas, te vas con bragas-responde Olalla.

- Bueno, sí tú lo dices… Hay gente para todo. De todos modos, no sé porqué motivo, por encontrarte eso, has llegado a la conclusión de que tenía que estar saliendo con alguien. Igual tuvo un rollo con alguna mujer que traía unas bragas de repuesto en el bolso y al cambiárselas, se las olvidó.

-No, yo no lo creo.

-¿Por qué?

-Porque he encontrado más de una. Aquí ha estado viniendo alguien que tenía una relación más o menos estable con Lola. Y si no, ¿por qué dejarías en una casa tus bragas si no fuera porque tuvieras claro que ibas a volver?-pregunta Olalla.

-¿Pero cuántas te has encontrado?

-Por ahora he encontrado cinco. Dos en el cajón y otras tres en el cesto de la ropa sucia.

- Y ¿qué has hecho con ellas?

-Meterlas en la lavadora y lavarlas junto a la ropa de Lola que estaba en el cesto. ¿Qué iba a hacer?

-¿Ya las has lavado?

-Pues claro. No las voy a dejar ahí criando malvas y tampoco tengo porqué tirarlas a la basura. Alguien las echará de menos en algún momento.

- ¿Y tú eres la que quieres saber de quién son estas bragas? Ahora sí que nunca sabremos a quién pertenecen porque te has cargado todo el adn de marras-dice Helena riendo.

-Joder, tómatelo un poco en serio. Te lo estoy contando y te estás descojonando-dice Olalla.

-Me lo estoy tomando en serio, pero me hace gracia que te estés comiendo el tarro por cinco braguitas negras. De todos modos…podrían ser de varias mujeres. Puede que Lola tuviera relaciones esporádicas con personas diferentes-continúa Helena.

-No, son de la misma persona, de la misma talla, de la misma marca…

-Vale, venga.

-Estoy segura de que esa mujer estuvo en esta casa varias veces y también sé que se las dejó a propósito, o bien porque tenía alguna relación estable con Lola y tenía ropa de repuesto en la casa…o porque venía a pasar el fin de semana con ella…o…yo qué sé. Creo que Lola estaba saliendo con esa mujer. Pondría la mano en el fuego-dice Olalla.

-De todos modos, cinco bragas…no prueban nada-continúa Helena interrumpiéndola.

-Acompáñame-dice Olalla.

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“En la CASA AZUL”, de Carolina Heibos. Capítulo 2
Friday March 21st 2014, 9:32 am
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Olalla atraviesa la puerta de la entrada y la recepcionista la saluda casi sin mirar. Atraviesa el pasillo en dirección a su despacho mientras se cruza con algunos compañeros que bajan la vista a su paso. Introduce la llave en la cerradura de su oficina y entra. De repente suena el teléfono.

-¿Olalla?

Es Rosa Martínez, la secretaria del jefe de personal, la que hace esta pregunta a través del auricular y entonces ella responde con un sí escueto y aguarda sus próximas palabras.

-Toni Fernández te espera en su despacho.

Olalla ya imagina lo que viene después. Cuelga el teléfono y piensa en la escena que va a tener que vivir en los próximos minutos. Sabe que tendrá que encontrarse con ese tipo que lleva corbata hasta en agosto, engominado, lleno de cinismo, un personaje sin escrúpulos y estúpido. Respira hondo. Tiene la certeza de que está a punto de asistir a sus últimos días o quizás horas en la empresa en la que ha trabajado durante los últimos quince años de su vida. Sabe que él esgrimirá un motivo que no tendrá fundamento y una disculpa que intentará sonar sincera. Luego hará como que mira unos papeles y dejará caer un adiós que terminará de un plumazo con todos esos años de trabajo. Entonces, ella se irá y al día siguiente llegará alguien más joven que tendrá que desempeñar ese puesto por la mitad del sueldo. El mismo protocolo que se ha estado repitiendo en los últimos meses y que ella ya intuía que algún día viviría.
Olalla recorre el pasillo que une su despacho con el del jefe de personal y se prepara para todo ello, pero cuando se encuentra frente a él y se choca con esa realidad se derrumba sin remedio.

-Joder Olalla, no llores.

-¿Joder Olalla no llores? ¿Qué coño quieres que haga?

- Te vamos a pagar una pasta con la que puedes vivir de puta madre al menos tres años. Ya verás como encontrarás algo pronto y encima con lo que te habremos dado, podrás comprarte algo en la zona de la costa ésa que tanto te gusta.

-Pero oye, tú ¿de qué vas? A ver si al final aún tendré que daros las gracias por despedirme. ¿Eso es lo que me quieres decir?

-Mujer…

-¿Qué?-pregunta Olalla.

-¿No empezabas las vacaciones en unos días?… Descansa. Pásalo bien. Sabes que lo siento de veras y que si puedo te ayudaré.

-Todo un detalle por vuestra parte despedirme antes de las vacaciones…. Voy a disfrutarlas… que te cagas.

- Lo siento. Es esta mierda de crisis.

-Claro. Es esta crisis que sirve como excusa incluso para las empresas que tienen beneficios… como ésta, ¿no?- dice Olalla.

-No creas que todo va tan bien.

-Pero bueno, ¿cómo tienes tanto morro? ¿Tú sabes que estoy en administración, no?

-Créeme. La inversión en la zona centro ha sido un desastre.

-Si tú lo dices…De todos modos… ¿qué importa ya?-responde Olalla.

-En fin… Así son las cosas…Hablemos de tus vacaciones. ¿Dónde piensas ir?

-¿Y qué más da? No sé… ya no si me apetece ir de vacaciones.

-Pues deberías irte…Olalla, de verdad, no te lo tomes así, ahora estás disgustada, pero en unos días verás como tengo razón y entonces te darás cuenta de que las vacaciones te van a ir bien. Además, estoy seguro de que cuando vuelvas no tardarás en encontrar algo.

- Lo tengo difícil. Tengo casi 40 años así es que lo tengo un poco jodido.

- Eres buena en lo tuyo, seguro que algo encontrarás.

-Yo no lo tengo tan claro.

-Si me entero de algo, te lo digo.

-Claro. Llámame-dice ella con un tono irónico.

-Créeme que lo siento.

-Oye Toni, de verdad… ¿por qué no me dejas en paz?

Olalla sale del despacho del jefe de personal y se refugia en el lavabo. Entonces su móvil suena en el bolsillo derecho de su pantalón. Observa la pantalla y lee la palabra iluminada que aparece: MAMÁ.

-Dime mamá.

Pero ella sólo escucha sollozos al otro lado del auricular.

-¿Mamá, qué te pasa?-pregunta Olalla.

-Ay hija, tengo una mala noticia que darte.

-¿Qué ha pasado?

-La tía Lola.

-¿Qué le pasa a la tía?

-Lola ha muerto.

Y entonces Olalla rompe a llorar.

-¿Qué? Pero si hablé con ella el lunes pasado… Le dije que iríamos a verla, tal y como nos había pedido…le comenté que ya habíamos quedado con la tía Rosa. Estaba bien…

-Pues ya ves. Nos hemos quedado sin saber qué quería decirnos.

-¿Qué ha pasado?-pregunta Olalla entre llantos.

-No lo sé. La señora de la limpieza ha ido hoy a la casa y se la ha encontrado muerta en el recibidor.

Olalla continúa llorando y escuchando a su madre que habla casi a trompicones, entre lamentos.

-Aún no sé nada del entierro…Le tienen que hacer la autopsia… Yo salgo ahora mismo hacia allí… Cuando sepa algo te llamo para que te organices.

-Me lo puedo organizar perfectamente. Incluso te voy a acompañar ahora mismo.

-Hija, tal y como están las cosas en tu empresa… ¿No tendrás problemas?

-No, ya no. Me han despedido.

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“En la CASA AZUL”, de Carolina Heibos. Capítulo 1
Friday March 14th 2014, 5:37 pm
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Son las 10 de la mañana y Maya Rudenko está a punto de llegar con su bicicleta a la casa de la playa, la que está pintada de color azul, la que se alza en lo alto de la cala. Recuerda a su marido y su fría despedida en el descansillo del edificio en el que viven, mientras corre con rapidez por el camino, moviéndose entre las piedras a trompicones. Maya Rudenko pedalea, y al hacerlo piensa que tal vez estaría bien preparar la sopa que le gusta a Yuri y entonces recuerda que tiene que comprar patatas y cebollas, algo de queso para el desayuno, cervezas para él… Por fin alcanza su destino. La puerta del jardín está abierta. Ante ella una casa pintada de azul, a su derecha una alfombra verde de césped y casi arrancando de sus pies, un camino de cemento con piedras lisas incrustadas que llega hasta el edificio anexo del garaje. Al principio, cuando empezó a trabajar en la casa, solía aguardar al otro lado de los setos porque la verja siempre estaba cerrada. Maya tocaba el timbre y Lola salía al jardín, pulsaba el mando a distancia y la puerta de la verja se abría. Entonces ella cogía su bicicleta por el manillar, y mientras la empujaba hacia el garaje, Lola la saludaba y la esperaba frente al portalón de la casa.

-Buenos días Maya. ¿Todo bien?

-Bues díes. Siniora. Todo bian.

-¿Qué día dejarás de llamarme señora? –solía preguntarle Lola.

-¿Pir quí?… No sé.

-Ya, ya. Yo sí que no lo sé. Mira que te lo he dicho veces. Llámame Lola, anda.

-Vale siniora Lola.

-En fin. Anda, pasa.

Sin embargo, de un tiempo a esta parte, no es extraño encontrar la puerta de la verja abierta de par en par. No es raro que Lola esté caminando por la playa a primeras horas de la mañana o que esté sentada en una roca frente al mar o que deambule por el jardín o bien que esté paseando por los alrededores. Por eso Maya se comporta como cualquier otro día. La llama. Grita su nombre, pero nadie contesta. Entonces entra en la finca atravesando el camino de piedras que conduce hasta el garaje y vuelve a llamarla.

-Seniora Lola-dice de nuevo sin obtener respuesta.

Maya Rudenko deja la bicicleta recostada sobre la pared del garaje y camina sobre la hierba hasta el portalón de madera de la casa. Busca a Lola en el jardín. Rodea el chalet y se dirige a la playa, pero ni rastro de ella. Entonces, regresa, pulsa el timbre de la puerta de madera y aguarda a que Lola abra, pero tampoco en esta ocasión obtiene respuesta. Maya se da cuenta de que está sola en la casa con la única compañía del sonido del mar y del graznido de algunas gaviotas que sobrevuelan la finca. Una brisa marina se levanta y agita las ramas de los árboles del bosque que rodea la casa emitiendo un sonido parecido al de una maraca repleta de arena. Maya supone que Lola está a punto de regresar de algún lugar que desconoce, se imagina que tal vez ha salido a caminar hasta el castillo como en algunas ocasiones y decide esperarla sentada en el peldaño de piedra, junto al portalón de madera de la casa, pero antes de dejarse caer sobre él, echa un vistazo al interior a través de una de las ventanas de la fachada principal, la que permite divisar el recibidor y parte del salón con su enorme ventanal que da al mar. Coloca sus manos sobre el vidrio para evitar que el sol le impida ver con claridad, luego apoya su cara sobre él y observa detenidamente. De pronto, su respiración se detiene, su corazón se acelera hasta que siente que está a punto de romperle el pecho. Aporrea la ventana…la puerta de madera con todas sus fuerzas. Grita. Vuelve a gritar. Maya gira sobre si misma y encuentra un macetero en el que se insertan unas margaritas anaranjadas. Lo coge con las dos manos y lo lanza con fuerza contra la ventana hasta hacerla añicos. Luego, salta al interior. Lola está en el suelo, inmóvil. Se acerca a ella y coloca la oreja junto a su boca y escucha…Nada. Sólo silencio. Abofetea su cara como ha visto hacer en cientos de películas.

-¡Siniora Lola! ¿Qui li pasa? ¡Pir favor, despierte!- grita.

Pero ella no lo hace. Lola continúa inmóvil en el suelo del recibidor, junto a la escalera, con uno de sus pies estirados, luciendo su pulsera tobillera de campanitas y con la otra pierna formando un ángulo de 45 grados. Las manos de Maya Rudenko tiemblan mientras busca el móvil en su bolso. Da vueltas y más vueltas pero no consigue dar con él. Sus dedos tropiezan con objetos que ella reconoce sin mirar. Un billetero, el llavero de su apartamento, un neceser, un paquete de caramelos, una cajita en la que coloca los Tampax, un tubo de crema… Ni rastro del teléfono. Por ese motivo, termina por dar la vuelta al bolso y desparramar todo el contenido sobre el parquet del recibidor mientras sus lágrimas caen en picado. Entonces todo sale sin orden ni concierto, rebotando unas cosas con otras hasta distribuirse sobre el suelo sin ton ni son. Por fin lo encuentra. Ha ido a parar al lado de un mueble bajo que preside el recibidor. Estira su brazo y lo coge. Piensa. Piensa con rapidez. 112. Tiene que llamar al 112.

-Emergencias, dígame.

-Envíen alguien. Pir favor.

-¿Qué ha pasado?

-Envíen alguien. Pir favor.

-¿Con quién hablo? ¿Cómo se llama?

-Maya. Pir favor, envían médico -responde casi gritando.

-Dígame, ¿de qué se trata?

-Seniora no mueve-insiste gritando-Pir favor. Un ambulancie. Rápido.

-Vamos a ver. Maya, ¿verdad?

-Maya Rudenko. Señora, no mover. Estar suelo-grita.

-Cálmese por favor. ¿Dónde está usted?

-He llegado casa señora. Yo venir limpiar y no abrir. Mirar por ventana y ella en suelo.

-Maya tranquilícese. Dice usted que hay una mujer que no se mueve.

-No. No respirar. No mover. Yo ver pie por ventana. No mover. Casa cierada. No poder abrir.

-De acuerdo Maya, mire si…

-Yo romper ventana y entrar. No respirar.

-Tranquilícese, ¿vale? Necesito que se tranquilice para poder ayudarla. ¿De acuerdo?

-Sí. Compriendo.

-Maya, vamos a enviarle a alguien para que ayude a esa mujer. ¿De acuerdo? …Dígame la dirección.

-No sé nombre.

-¿Qué calle?

-No sé calle. Pir favor, seniora en el suelo. No respirar. Tiene sangre. Venir alguien.

-Maya, por favor, de verdad, tranquilícese y escúcheme. Busque el nombre de la calle. Debe de estar al principio, escrito en una placa.

-No es calle. Es camino al castillo.

-¿A qué castillo?

-A restos castillo en montanita. No sé nombre.

-Maya. Debería decirnos una dirección. No puedo ayudarla con esos datos.

-Pir favor. Hay piedras de castillo en alto montania. Gente va en bici. Junto mar. No sé nombre.

-¿El camino a las ruinas del Castillo de los duques de Cabezol?

-Sí. Coreto. Es camino al castillo. Una casa azul.

-Ya sé dónde es. La casa de la cala. Espérenos ahí. Le enviamos a alguien. Y tranquilícese por favor. Mis compañeros estarán ahí lo más pronto posible.

- Rápido. Pir favor.

Maya se acerca a Lola y aproxima de nuevo la oreja a su boca, pero continúa sin escuchar su respiración. Coge su fría mano y coloca los dedos en la muñeca sin sentir el pulso. Grita su nombre repetidas veces mientras abofetea su cara de nuevo, pero Lola sigue sin moverse. Diez minutos más tarde Maya Rudenko escucha la sirena de una ambulancia y luego contempla cómo se detiene frente a la casa, levantando una nube de polvo. Abre el portalón de madera y sale en busca del personal que baja de la ambulancia.

-Vengan. Es por ahí-dice señalando la puerta con una mano y llorando desconsoladamente.

Los médicos corren sobre el césped, transportando una camilla y cargando con dos bolsas enormes

-Señora tranquilícese. Ya estamos aquí-responde el más alto mientras se enfunda unos guantes de látex.

-Pir favor, vinir aquí.

-Vale. Tranquila. ¿Dónde está?

-Dentro de casa. Ahí. Señora está ahí. Estirada. No respirar. Tener sangre. Ayudar. Pir favor.

(Continuará)




“En la casa Azul”, ¡primera novela de nuestra colaboradora Carolina Heibos!
Tuesday March 11th 2014, 6:30 pm
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Si os han gustado los relatos de Carolina Heibos y os habéis quedado con ganas de un poquito más, estáis de suerte, porque nuestra compañera está a punto de publicar “En la casa azul”, su primera novela, en formato digital. La historia arranca con la aparición del cadáver de la guionista Lola Gumbau al pie de las escaleras de su casa de la playa. A lo largo de las páginas de esta novela iremos descubriendo poco a poco qué se esconde tras esa muerte y qué ocurrió en los últimos días de su vida. Como suele ser habitual en las historias de Carolina, el amor también está presente, de hecho, hay mucho amor en esta novela por la que transitan cuatro mujeres que se encuentran, se distancian, ocultan secretos, dudan, mienten, sufren y que también están asustadas, se aman a veces y, en otras ocasiones, desearían no quererse.

¿Os pica la curiosidad?, ¿Queréis descubrir a Olalla, Helena, Audrey y por supuesto, a Lola?, ¿queréis saber que ocurrió el día en el que la guionista murió? Entonces, apuntad esta fecha: el 24 de abril del 2014. Ese día es el elegido para la publicación de “En la casa azul”, en Amazon. Pero si no queréis esperar tanto, en www.lesbiana.es, vamos a publicar a partir de esta semana y todos los viernes los cuatro primeros capítulos. Si después de leerlos os quedáis con más ganas… todo dependerá de vosotras.

Así pues, el próximo viernes 14 de marzo la puerta de la verja se abrirá. Frente a vosotras una mancha de hierba y al fondo, una casa azul. Azuzad bien el oído y probablemente, escucharéis el graznido de unas gaviotas sobrevolando el tejado en su camino al mar. El viento empezará a soplar y empujará las ramas de los pinos de alrededor de la casa emitiendo un sonido parecido al de una maraca llena de arena. Seguramente, si levantáis la vista y miráis a lo lejos, observaréis un barquito mejillonero siguiendo la línea del horizonte para dirigirse a la batea instalada frente a la costa, kilómetros adentro…

Empieza la cuenta atrás para que en www.lesbiana.es traspasemos el portalón de madera de la entrada y podáis conocer qué ocurrió “En la casa azul”… :)




HISTORIAS DE ♀: “Sayonara Baby” Parte 12 y final
Friday August 23rd 2013, 8:28 am
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El tiempo pasa tan deprisa…tan solo hay que echar la vista atrás a cada una de nuestras pequeñas historias personales para darnos cuenta de ello, para descubrir que un buen día, cuando menos te lo esperas, te encuentras diciendo aquellas palabras que nunca creíste que ibas a pronunciar: parece que fue ayer, y ese día, es el primer día en el que comprendes que el tiempo pasa demasiado deprisa, sin remedio, es el día en el que te das cuenta de que a partir de ese instante, todo te parecerá que fue ayer, porque te parecerá que fue ayer aquel momento, aquel viaje, aquel beso, aquel abrazo, aquel encuentro…y entonces, llegará otro día cualquiera en el que alguien, en una verbena de San Juan cualquiera, mientras sostienes una copa de vino blanco en una mano y un Ducados en la otra, mientras la observas a través de los ventanales que separan ese lugar en el que estás del jardín, mientras la contemplas charlar animadamente con otras amigas a la vez que dispone platos repletos de comida en una mesa…ese día, alguien se te acercará y te dirá:

-Entonces, ¿cuánto hace que estáis juntas?

-A ver, déjame que cuente, ¿estamos en el 2013, no? –dice Carmen.

-Sí-responde Carol.

-Entonces hace 7. Pero hace 26 que nos conocemos.

-¿26?-dice Carol.

-Sí, parece que fue ayer pero ya han pasado 26 años.

-El tiempo pasa demasiado rápido a partir de un determinado momento-continúa Carol.

-¿Me lo dices o me lo cuentas?-responde Carmen.

Natalia irrumpe en la sala mientras se desata un delantal rojo que le llega hasta los pies.

-Todos a la mesa-dice.

Y entonces la gente abandona sus rincones tomando sus copas para acercarlas a la larga mesa dispuesta en el jardín, rodeada de antorchas de leds.

-¿Dónde está Miguel? –pregunta Natalia

-Mirando “Terminator” con Joan en el piso de arriba- responde alguien.

-Cómo si no la hubieran visto antes, ¡vaya dos!-dice Natalia

-¡Es verdad! En la Sexta3 están haciendo un ciclo de películas de los 80 y los 90. Un día de éstos hacen “Armas de mujer”-contesta Carol.

-¡Miguel! ¡Joan!-grita Natalia, pero ellos no vienen.

-Estos tíos no se enteran-dice Carmen.

-Voy a buscarlos- contesta Natalia y desaparece mientras la gente se ubica en su silla, alrededor de la mesa.

Ona se sienta entre Carmen y Carol.

-Me estaba explicando Carmen lo vuestro.

-¿Lo de nuestros encuentros y desencuentros?-responde Ona.

-Más o menos- responde Carol- Una vez escuché en una entrevista a alguien que exponía una teoría un tanto absurda si queréis, pero que da un poco de sentido a lo vuestro. No recuerdo muy bien…

-¿La teoría de las trayectorias elípticas vitales?-pregunta Carmen.

-Sí… algo así. ¿La conoces?-pregunta Carol.

-Sí, y también creo que a lo mejor, no es tan absurda como parece.-responde Ona.

-Bueno, al menos, le da sentido a todo esto. ¿En algún momento creísteis que no acabaríais juntas?-pregunta Carol.

-Yo siempre pensé que no acabaría con ella. Yo nunca creía que hoy estaría con Ona en esta fiesta… por ejemplo. Nunca me imaginé viviendo con ella y mucho menos casada con ella-dice Carmen.

-No sabía que estabais casadas, no me ha dicho nada Natalia- responde Carol.

-No lo estamos aún-dice Ona- Nos casaremos en septiembre, si a este gobierno no le da por derogar la ley… porque como se lo está cargando todo….

Natalia irrumpe en el jardín con Miguel y Joan.

-Ya podemos empezar-dice Natalia.

En la larga mesa empiezan a aparecer brazos que cogen montaditos, que untan paté, que pinchan anchoas y aceitunas, que pasan bandejas repletas de comida, que acercan botellas de vino… En uno de los extremos, un grupo charla del próximo viaje que preparan a Islandia. En otra parte de la mesa, Miguel y Joan toman asiento junto a Ona, Carmen, Carol y Natalia y junto a una chica rubia que no para de engullir aceitunas sin hueso y que se ha quedado a medio camino entre las dos conversaciones.

-¿No os hemos dejado terminar la película?-dice Ona

-No os preocupéis, creo que la he visto 100 veces-responde Miguel.

-Y yo 200-dice Joan

-Yo también la he visto tantas veces que me sé fragmentos enteros-comenta la chica rubia mientras se acerca una aceituna a la boca.

-Yo la he visto un montón de veces. Siempre asocio Terminator con Sayonara Baby. Y creo que no dice esa frase hasta la segunda parte-dice Carol.

Carmen y Ona asienten.

-Si, no lo dice hasta la segunda parte y además sólo la dice en la versión española. En realidad Schwarzenegger decía: hasta la vista, baby-dice Ona y luego, sonríen.

-¿De qué os reís?-pregunta Natalia.

-De nada, cosas nuestras-responde Carmen.

-¡Cómo que cosas vuestras!-dice Natalia.

-De veras, cosas nuestras sin importancia. Chorradas-dice Ona.

-Ah, no. No nos podéis dejar a medias. Eso no se hace-dice Carol.

Ona se ríe de nuevo y responde.

-Terminator me recuerda a Carmen, al día que nos conocimos y a todo lo que vino después.

-¿Ah sí? ¿Y eso?-pregunta la chica rubia, acercándose a la boca tres aceitunas sin hueso a la vez y sorbiendo un Martíni.

-Es un poco largo de explicar- dice Ona.

-Tenemos toda la noche por delante y además, mis padres se han quedado con Óscar, así que no sufras- responde Natalia.

-¿Y para un día que no tienes al niño quieres que te pegue este rollo que además ya has escuchado mil veces?-pregunta Ona.

-Sí, no me importa. A mí también me toca explicarle el cuento de los Tres Cerditos cada noche, y el tío está encantado-dice Natalia.

-Por mí, encantada-dice Carol-Me chifla que me expliquen historias.

-Andad con cuidado con Carol que igual le da por escribir algo sobre vosotras-dice Natalia- y encima publicarlo en esa web en la que colabora.

-De todos modos, tampoco os esperéis la gran historia. Es una historia cualquiera. Bueno para mí, fue un flechazo- dice Carmen.

-¿Fue un flechazo? –pregunta Carol.

-Para Ona no, pero para mí sí-responde Carmen- Por eso la miré así la primera vez que la vi.

-¿Cómo es “así”?-pregunta la chica rubia.

-Como Schwarzenegger observando humanos y objetos terrícolas-responde Ona.

Todos ríen.

-Vamos, que le hiciste una fotografía para enmarcar la primera vez que la viste-dice Miguel.

-La verdad es que sí. Me recreé un poco, es cierto. Si no llega a ser porque Mr. Haddon nos cortó el rollo…-responde Carmen.

-¿Mr. Haddon?-pregunta Carol.

-El antiguo propietario del colegio en donde nos conocimos. Se pasaba el día persiguiendo a todo aquél que pronunciara una palabra que no fuera inglés-dice Carmen.

-¿Qué hace ahora Mr. Haddon?-pregunta la chica rubia llevándose a la boca la última aceituna del plato.

-Mr. Haddon murió hace muchos años, supongo. En aquella época ya era un abuelito encantador y cascarrabias.-responde Carmen.

-¿Sabéis que conoció a la protagonista de Memorias de África?-dice Ona.

-¿A Isak Dinesen?-pregunta Joan.

-Isak Dinesen era un pseudónimo-dice Natalia-En realidad se llamaba Karen Christenze Dinesen.

-¿No era Karen Blixen?-pregunta Miguel.

-¿Conoció a la de “Yo tenía una granja en África al pie de las colinas del Ngong?-pregunta la rubia.

-¡A ver que os distraéis con una mosca! Como no centremos el tema, nos vamos a perder, las historias siempre se tienen que empezar por el principio. De hecho, siempre es mejor así-dice Carol.

-Tienes razón.-dice Natalia.

-Venga, empezad por el principio o vamos a acabar chalados perdidos- afirma Carol.

-Es que en esta historia hay varios principios-dice Carmen.

-Es verdad, cuando todo parecía empezar entre nosotras, en realidad todo se acababa y nos daba la sensación de que siempre teníamos que comenzar-continúa Ona.

-Empezad por el principio del principio-les pide Carol.

-Vale. Pero tenéis que retroceder a 1986. Hombreras, pantalones pitillo…náuticos…-dice Ona.

-¿Jerseys marca Privata?-pregunta la chica rubia.

-Es verdad. Jerseys marca Privata-responde Ona riendo.

-¡Qué tiempos! Si esto fuera una película, seguro que fundirían a negro y en la pantalla podríamos leer: Unos años antes-dice Carol.

-No sé a vosotros, pero a mí siempre me han encantado esas historias que empiezan con: Unos años antes- continúa Carmen.

-Y a mí. En fin, imaginadme mucho más joven, mirando un paisaje alucinantemente verde por la ventanilla de un avión de la British. A mí lado estaba sentado un señor que leía La Vanguardia. Era el 14 de Septiembre de 1986-recuerda Ona.

-Para eso el cine es fantástico, porque en el momento en el que aparecieras en pantalla, seguro que la cámara haría un travelling lateral y se detendría en ese señor de al lado que estaría leyendo La Vanguardia y entonces enfocaría el margen derecho y observaríamos la fecha de aquel día, 14 de Septiembre de 1986. No te haría falta nada más para situar a la peña-dice Carol.

-Tienes razón. Bueno, el caso es que ése día, cuando aterricé y puse mis pies en el finger, me dio la sensación de que había dado un gran paso en mi vida, como si fuera Armstrong pisando la luna y tuve la certeza de que mi futuro estaba a punto de comenzar y ¿sabéis una cosa? Tenía razón, porque ese día empezó todo.

FIN
SAYONARA BABIES

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