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Lesbianarium 20: “Gay friendly”

¡Mierda! Otra vez no, por favor. ¿Cómo es posible que haya vuelto a sentarme justo enfrente de esta tÃa? Esto es de locos, parece hecho a propósito. Al final voy a pensar que me tiene controlado, eso si a ella no le da por creer que la estoy acosando… Sólo espero que no sea una psicópata que me persigue dÃa tras dÃa mientras va urdiendo un plan para asesinarme.
No, no tiene pinta de psicópata, aunque un poco desequilibrada sà que parece. Muy bien peinada no va, desde luego, y tampoco veo que se maquille. No sé de dónde sale ni adónde va, lo único que sé es que siempre acabamos sentados frente a frente, y con ésta ya van por lo menos veinte veces en el último año y medio, que yo sepa. Quién sabe si me vigila desde antes, apostada en otra posición, o incluso desde un vagón contiguo.
De momento, creo que no me ha visto. Mejor, con un poco de suerte, el periodicucho que me han endosado en la boca del metro me tapará la cara hasta que ella se baje y podré seguir tranquilo. Parece muy enfrascada en su libro, asà que quizá no me vea esta vez. ¿Y qué lee? ¿A ver? Ah, sÃ, el best-seller del sueco ese. Qué poca personalidad, los éxitos de ventas son para personas sin carácter que se dejan arrastrar por la masa porque carecen de criterio propio. Seguro que lo ha comprado en un centro comercial, con el pan y la leche. Veamos qué nos dice ese punto de lectura que asoma por la parte de arriba… Mmm… “Compli…†“Cómplices. LibrerÃa Gay Lesbianaâ€. ¡Hombre, lo que faltaba!
¡Joder! Me ha pillado mirándola otra vez. Tengo que ser más sutil, no puede ser que me quede embobado con una tÃa que ni siquiera me gusta. Y ella, ¿por qué me mirará? ¿Querrá ligar conmigo? Pero, ¿qué estoy diciendo? ¿Cómo va a querer ligar si resulta que le van las tÃas? Y entonces, ¿a qué vienen tantas miraditas? Una de dos: o no se aclara, o el libro no es suyo sino de alguna amiga suya comecoños que se lo ha prestado, con punto de lectura incluido. Al final va a ser cierto eso de que las lesbianas se pasan el dÃa leyendo, aunque, bien mirado, más del ochenta por ciento de las mujeres de este vagón están leyendo ahora mismo. ¿Eso quiere decir que son todas lesbianas? Espero que no, ¡qué horror! Se acaba el mundo, vamos… En cambio, veo a pocos hombres leyendo, la mayorÃa están mirando a las mujeres, algunos con la indiferencia de quien mira hacia una pared mientras piensa en la hipoteca, en las notas del niño o en qué se yo; casi todos, sin embargo, lo hacen con lascivia, como diciendo “si te dejaras, te magreaba aquà mismoâ€.
¿Y yo? ¿Cómo la miro a ella? ¿Con indiferencia o con lascivia? ¿Existe alguna opción intermedia? Pero, sobre todo, ¿por qué la miro? Estoy seguro de que lo ha notado más de una vez, y de dos, como ahora mismo. Incluso hemos cruzado las miradas en varias ocasiones. Atención. Se mueve. Abre el libro. ¿Qué buscará? ¿Y ese anillo? Parece de plata y tiene unos grabados que no alcanzo a distinguir. Lo lleva en el dedo de la alianza, pero no es una alianza, al menos no como la mÃa. ¿Será su anillo de casada? Ni lo sé, ni me importa.
Aunque, tengo que reconocer que, para ser lesbiana, si es que lo es, no está mal. Quiero decir que no se parece en nada al tipo de mujer que me viene a la cabeza cuando pienso en una lesbiana. No es hombruna, ni se mueve rudamente, ni va vestida al estilo andrógino, a pesar de esos zapatos, que bien podrÃan formar parte de mi ropero. Y, ahora que me fijo, ese reloj que lleva también podrÃa estar en mi muñeca.
En fin, nadie es perfecto, y si le ha tocado a ella qué se le va a hacer… Me da un poco de pena, seguro que no conoce la sensación de tener a un hombre a su lado que la proteja, que la cuide y la mime, que la lleve al cine, a cenar o a bailar y que le regale flores por su cumpleaños. Por cierto, ahora que lo recuerdo, se acerca San ValentÃn y tengo que encargar el ramo de cada año para mi Elvira. A ver si consigo llevarla a cenar y no me pone ninguna excusa esta vez. Siempre me sale con que está cansada. Cuando no es su trabajo son los niños, y si no, la casa. ¿Y yo? ¿Es que no tiene tiempo para mÃ, que soy su marido? Si este año pretende darme largas va lista, porque pienso decirle que la noche de San ValentÃn bañe a los niños, les dé la cena y los meta en la cama más temprano que de costumbre, que deje los platos en el fregadero, que ya los lavará al dÃa siguiente, y que salga conmigo a cenar. Un dÃa es un dÃa, y el de los enamorados hay que celebrarlo por todo lo alto.
Y esta tÃa, que se olvide de mà de una vez, que ya está bien. Estoy cansado de toparme con ella en el metro y de jugar a las miraditas. Total, ¿para qué? Por lo que parece, nunca llegaré a tirármela. Que deje ya de mirarme, no tiene ninguna gracia ponerme cachondo y bajarse después en Passeig de Grà cia dejándome con un dolor de huevos insoportable.
¿Sabes qué, zorra? Que si no te lo digo nunca te enterarás, asà que allá voy.
―Oye, tú, a ver si dejamos ya el jueguecito de las miraditas, que me tienes más que harto. Eres una auténtica calientapollas. Tú y las que son como tú me dais pena, porque en el fondo os acostáis unas con otras porque sois unas frustradas.
Ella me mira atónita, con la boca abierta de puro asombro, mientras completo mi discurso.
―Pero, mira, te voy a dar una oportunidad y espero que la aproveches. Toma mi tarjeta, y si alguna vez decides comportarte como una mujer de verdad, llámame.

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Lesbianarium 18: “De mala leche (entre bastidores)”

… viene del relato anterior…
―¿Te he dicho que la semana pasada envié uno de mis relatos a esa nueva editorial de la que te hablé?
―¿Ah, s� ¿Y qué tal?
―Pues no lo sé, supongo que se pondrán en contacto conmigo por correo electrónico.
―¿Crees que querrán publicar algo tuyo?
―Espero que sÃ. Están empezando, y yo también, asà que quizá nos necesitemos mutuamente.
―Ya verás como sÃ, mujer. Y si te seleccionan, me invitas a cenar a un sitio caro y romántico.
―Vale. ¿Y si no?
―Entonces te invitaré yo, pero estoy casi segura de que eso no va a pasar.
Â
De: editor@troglodita.comÂ
Enviado: sábado, 17 de enero de 2009 16:55:46
Para: ingenua_de_mi@hotmail.com
Apreciada Ingenua,
Después de haber hecho una segunda lectura de tu relato titulado “De mala lecheâ€, he podido resolver por mà mismo la duda que me habÃa asaltado en un primer momento. Según he entendido, existe dentro de la historia una relación conyugal entre personas del mismo sexo, ¿no es asÃ? Perfecto, a mà me da lo mismo; mi trabajo consiste en fijarme en la calidad literaria de las obras. Quizá no habrÃa estado mal (para facilitar las cosas al lector/a) dar algún tipo de información preliminar, para evitar que la persona que lea el relato se haga un pequeño lÃo en algún momento (como me ocurrió a mà durante la primera lectura). Pero, al mismo tiempo, entiendo que dar informaciones preliminares en esta historia supondrÃa quizá echarla a perder. Por lo tanto, pienso que lo mejor es que no hagas caso de este comentario que yo, como editor, no he podido dejar de hacerte. La historia está bien tal como está, y yo no me atreverÃa a proponer ningún cambio.
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De: editor@troglodita.comÂ
Enviado: domingo, 18 de enero de 2009 15:16:14
Para: ingenua_de_mi@hotmail.com
Hola, Ingenua,
He estado pensando sobre la cuestión de la confusión que puedes causar en el lector cuando usas la expresión “mi mujer” para referirte a la cónyuge de la protagonista. Te propongo lo siguiente (y tú puedes hacer lo que quieras): puedes cambiar esta expresión de “mi mujer” por esta otra: “mi compañera”. No es por nada, solamente porque pienso, sinceramente, que esto ayudará al lector a situarse más rápidamente. Porque, cuando usas “mi mujer”, la persona que lee enseguida piensa que el protagonista es “él” y no “ella”, y por eso después corre peligro de hacerse un pequeño lÃo. Simplemente haciendo este pequeño cambio (”mujer” por “compañera”) creo que se ganarÃa en claridad. Pero se trata sólo de una observación mÃa; te repito que tú puedes hacer lo que quieras, tienes completa libertad.
Â
De: ingenua_de_mi@hotmail.comÂ
Enviado: lunes, 19 de enero de 2009 11:15:38
Para: editor@troglodita.com
Buenos dÃas, Luis,
Si te parece bien, prefiero mantener la expresión “mi mujer” porque implica una relación estable, incluso un grado de unión legal a través del matrimonio civil, que no posee ninguna otra expresión eufemÃstica (”compañera”, “pareja”, etc.). El hecho de que la homosexualidad de la protagonista no sea relevante para el conjunto de la historia no significa que no tengamos que ser precisos al describirla, y en este sentido yo siempre me he imaginado que la protagonista está casada legalmente con su pareja, que en este caso resulta que es una mujer. En otras palabras, “mi mujer” implica igualdad entre las relaciones homosexuales y las heterosexuales, mientras que cualquier otra fórmula no contiene tal carga de significado. Creo que los lectores son extremadamente inteligentes y saben apreciar cualquier reto que se les plantea.
Por mi parte, nada más. Solamente agradeceros que hayáis decidido confiar en mÃ. ¡Gracias y hasta pronto!
Â
De: editor@troglodita.com
Enviado: sábado, 24 de enero de 2009 17:44:17
Para: ingenua_de_mi@hotmail.com
Hola de nuevo, Ingenua,
A ver, no quiero que me malinterpretes, pero tengo que ser claro: serÃa conveniente, para facilitar las cosas al lector, que usaras otro término diferente del que propones. Porque, es que todos nuestros compañeros que han leÃdo tu obra me han dicho lo mismo: que se han hecho un pequeño lÃo en este punto porque no llegaban a entender si el protagonista era un hombre o una mujer. No se trata de debatir qué es polÃticamente correcto o no. Seguramente tienes toda la razón al usar este término, lo que digo es que la persona que hace la lectura queda un poco desconcertada, y solamente entiende que la protagonista es homosexual mucho después. Dices que crees que los lectores son extremadamente inteligentes. Yo pienso que esto es suponer demasiado. Ciertamente, hay lectores muy inteligentes, pero nosotros no tenemos que presentar obras únicamente para ellos sino para todos.
A ver si me explico, Ingenua. Una cosa es lo que a alguien le gustarÃa, y otra bien distinta es la cruda realidad. Quizá a ti te gustarÃa que el término “mujer” pudiera designar con normalidad a un cónyuge de sexo femenino, fuera cual fuera su orientación sexual (es decir, ya fuera heterosexual u homosexual). Y, de hecho, a efectos legales lo designa, ciertamente. La ley actual reconoce a todos los efectos que una mujer puede ser “mujer” de otra. De acuerdo, pero piensa que la gran mayorÃa de la gente todavÃa no se ha habituado a usar este término en el sentido que quieres darle. A lo mejor dentro de cinco, diez, quince, veinte años será completamente normal usar el término “mujer” para referirse a las cónyuges homosexuales, pero actualmente la gente está todavÃa un poco “verde” en este sentido. Te repito que no quiero que me malinterpretes. Lo que yo quiero es que el lector o la lectora disfrute de la lectura sin tener que hacer malabarismos mentales (que muchos, a causa de su ineptitud o de las inercias que arrastran, no podrán llevar a cabo con éxito).
Creo, sinceramente, que serÃa conveniente que utilizaras la expresión “mi compañera”, porque, al ser un término neutro, el lector, a estas alturas del texto, todavÃa no ha decidido si el protagonista es “él” o “ella”. Lo decidirá unas lÃneas más abajo, justamente en la broma que le gasta su mujer, cuando le pregunta qué labios no puede mover. Este punto me parece sencillamente genial, aquà se produce una explosión cargada de comicidad que contiene al mismo tiempo mucho sentido. Pero creo de verdad que este reto solamente queda planteado correctamente si cambias “mi mujer” por “mi compañera”, o por algo por el estilo. Es lo que pienso, sinceramente.
Â
De: ingenua_de_mi@hotmail.com
Enviado: sábado, 24 de enero de 2009 7:59:20
Para: editor@troglodita.com
Apreciado Luis,
Francamente, estaba convencida de que la expresión “mi mujer” ya estaba más que aceptada, al menos asà parecÃan indicarlo vuestros mensajes anteriores y la prueba de imprenta, en la que se mantenÃa la expresión original. Por suerte o por desgracia para mÃ, tengo muy claro en qué puedo transigir y en qué no. Y, lamentablemente, no puedo cambiar “mi mujer” aunque ello implique la no-publicación del relato. Desde mi punto de vista, “mi mujer” es la fórmula más inequÃvoca posible de cara al lector. En cambio, cualquier otro término sà que podrÃa resultar equÃvoco: “mi compañera” (¿compañera de qué? ¿De piso? ¿De trabajo?). Y si utilizáramos “mi pareja”, entonces sà que estarÃamos provocando un equÃvoco de género, al tratarse de una palabra neutra. Por otro lado, ¿de verdad crees que dentro de cinco, diez, quince o veinte años utilizaremos el término “mujer” como sinónimo de cónyuge aplicado a las parejas formadas por dos mujeres si no empezamos a utilizarlo desde ahora?
Por todo esto que te expongo, prefiero que no publiquéis mi relato si ello implica cambiar “mi mujer” por cualquier otra expresión que, para mÃ, resulta del todo inexacta. No pasa nada, de verdad, podemos colaborar más adelante con otros relatos que no planteen este tipo de debate social. Asà vosotros os sentiréis más libres y yo no me veré abocada a traicionar mis convicciones.
Por mi parte, nada más. Muchas gracias a todo el equipo Troglodita, mi enhorabuena por la iniciativa y hasta el próximo intento.
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De: editor@troglodita.comÂ
Enviado: domingo, 25 de enero de 2009 15:25:27
Para: ingenua_de_mi@hotmail.com
Hola, Ingenua,
De acuerdo, a veces ocurre esto en el mundo de la edición. En algunas ocasiones la parte autora y la parte editora no llegan a un consenso sobre los puntos discutibles. Nos parece perfecto que quieras mantenerte fiel a tus principios, eso dice mucho de ti misma, pero nosotros tenemos nuestra lÃnea editorial y queremos seguirla. Es una lástima, porque el relato era realmente bueno, y muy divertido. Pero, bueno, ¿qué le vamos a hacer? Sólo espero que no te hayas enfadado y que entiendas nuestra posición.
Sin más, recibe un cordial saludo.
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―¿Lo has leÃdo de principio a fin?
―SÃ, y no tengo palabras. Lo siento mucho, cariño.
―Más lo siento yo… Vamos, salgamos a cenar, y recuerda que pagas tú, que para eso tienes un trabajo fijo, serio y decente.
―Sólo me quieres por mi dinero.
―Y por tus labios carnosos.
―¿Cuáles?
―¡Todos!
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Por desgracia, esta historia no es ficción…

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Lesbianarium 17: “De mala leche”


Acabo de llegar a casa. Vengo del dentista. No puedo hablar, tengo media boca dormida, colgante, pesada, viscosa, surrealista, completamente deformada como un reloj daliniano, con la diferencia de que mi boca nunca pasará a la posteridad como una obra de arte. Asà que, lo mejor que puedo hacer en mis penosas circunstancias es ponerme a trabajar mientras sigo mordiendo la dichosa gasa ensangrentada un rato más. O quizá no, me la voy a quitar, mira tú, hace ya una hora que el doctor Indiferente me arrancó la muela y creo que estoy preparada para enfrentarme al cráter.
Muy bien, ya no hay gasa. Mientras estaba en el cuarto de baño ha sonado el teléfono. Era mi mujer.
-Gariño, ahoda no buedo hablad.
-¿Te duele?
-Un boco, no ziendo loz labioz.
-¿Cuáles?
-Loz de adiba, donda, do me hagaz deÃd, que zangro máz.
-Llámame después, loca, cuando recuperes tu estatus de ser humano.
-ZÃ, pezada, adióz.
La muela era de leche y estaba picada. La leche no, la muela. La leche no se pica, en todo caso se agria. Cuando visité al doctor Indiferente por primera vez, hará más o menos un mes, pensaba que era la única persona del mundo con una muela de leche pasados los treinta y cinco. Pero el doctor, sin mirarme a la cara en ningún momento, me dijo que no, que eso es algo relativamente común, y me preguntó qué querÃa.
-Que me la arranque.
-¿Por qué?
-Porque, aparte de la limpieza bucal, arrancar dientes es casi lo único que el servicio odontológico de la Seguridad Social ofrece gratuitamente a los contribuyentes. Pero, sobre todo, porque tiene caries.
-¿Y qué?
-Pues que no quiero que la cosa vaya a más y se expanda a las muelas sanas. ¿No dicen siempre ustedes, los médicos, que la prevención es la mejor garantÃa para una buena salud? Pues a eso mismo vengo, a prevenir.
Con más resignación que otra cosa, el doctor Indiferente inspeccionó mi muela de leche picada.
-Está empotrada entre dos piezas sanas.
Una conclusión tan obvia me causó preocupación. La alarma llegó justo después, cuando dijo que quizá fuera necesario aplicar cirugÃa.
-¿CirugÃa para una muela de leche que ni siquiera tiene raÃz? ¿De verdad lo cree, doctor?
Haciendo como si no hubiera oÃdo mi queja, el doctor Indiferente imprimió una solicitud de ortopantomografÃa y me envió a otro centro de atención primaria. DebÃa volver a su consulta con la radiografÃa bucal para que él pudiera valorar la conveniencia de extraer la muela. Por lo visto, querÃa saber si cabÃa la posibilidad de que la de repuesto, la misma que en su dÃa renunció a sus derechos molares, quisiera ocupar ahora el vacÃo que su láctea predecesora estaba a punto de dejarle en herencia.
“La foto, doctor. ¿O qué creÃa usted, que se saldrÃa con la suya y conseguirÃa hacerme desistir de mi empeño en sacarme la muela poniéndome una traba tan fácil de superar como hacerme perder una mañana entera de trabajo por una simple radiografÃa? Pues aquà la tiene.â€.
Todo esto pensé mientras alargaba el enorme sobre blanco al doctor Indiferente. Evidentemente, no iba a decirle todo aquello, aunque lo mereciera. A los médicos les pasa un poco como a los clérigos y a los polÃticos, que cuanto más leÃda está la población menos influencia y autoridad tienen. Les está bien empleado por basar su poder en el miedo y la ignorancia. ¿Habéis probado alguna vez a cuestionar las indicaciones de vuestro médico de cabecera, o las de un especialista, lo mismo da, o simplemente a preguntarle las razones de su diagnóstico? Si lo hacéis, veréis que se ofende enseguida, se pone a la defensiva y trata de desautorizaros recordándoos quién de los dos es el médico. Y si os negáis a tomar las medicinas quÃmicas que os receta y le sugerÃs cualquier tipo de tratamiento alternativo, entonces ya podéis ir cambiando de doctor porque éste os considerará poco menos que su enemigo público número uno. Afortunadamente, sin embargo, hay que decir que también existen buenos doctores, lo único que hay que hacer es saber encontrarlos en medio del bosque frondoso, como cuando se buscan setas.
El doctor Indiferente cogió el sobre al vuelo, con energÃa y un punto de rabia contenida, como si se sintiera o sintiese profundamente contrariado porque habÃa osado pasar de puntillas sobre su trampa. Sacó la ortopantomografÃa del interior del sobre y se puso a examinarla a contraluz. Como no decÃa ni pÃo, empecé a preocuparme otra vez. Pasaban los minutos, y cuando estaba a punto de implorarle que por favor me dijera la verdad aunque me quedaran solamente pocas semanas de vida, movió los labios -los de arriba, él no tenÃa otros- casi imperceptiblemente para hacerme una pregunta. SeguÃa sin mirarme.
-Entonces, ¿quieres que te la saque?
Me sentà aliviada y decidà que a partir de aquel momento me tomarÃa la vida más a la ligera, con más alegrÃa. ¡No todos los dÃas le confirman a una que, por el momento, seguirá viva!
-Pues sÃ, doctor, yo casi prefiero que me la arranque, porque está picada. Pero si usted cree que es mejor dejarla como está…
-Échate en el sillón y abre la boca.
Tres pinchazos, ocho o diez tirones y cinco minutos después, la muela láctea estaba sobre la pequeña bandeja plateada de la consulta del doctor Indiferente, picada, maltrecha y ensangrentada. La cogió con unas tenacillas, la alzó a la altura de sus ojos y la miró como el doctor Indiferente lo mira todo, con profundo desprecio.
-¿La quieres?
-Do, docdor, quédezela. Le degalo el último pedazito de mi infanzia. A lo mejod azà decupeda uzted aggo, aunque zea tan zólo una pizca, de aquella iluzión de cuaddo eda niño, ¿ze acuedda? ZÃ, hombre, zÃ, aquella eczitación idexplicable que le hazÃa zoñad cazi cada doche que quedÃa sed médico de bocaz.
Hazta dunga, docdor.
… continuará…

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Lesbianarium 16: “Am-putada”

Cuatro y cuarenta y siete de la mañana. Suena el teléfono. Alejandra responde antes del segundo tono. No está durmiendo, sino sentada frente al ordenador, chateando con una tal Vaden. “Odio los malditos alias, no hay manera de saber con quién hablasâ€, -se lamenta. Ella siempre utiliza su nombre de pila auténtico en la Red, a pesar de ser consciente de los peligros que puede comportar. “No tengo nada que esconderâ€, -piensa.
-¿Intento de asesinato?… ¿En Gracia?… Diles a los de la ambulancia que no toquen nada, aparte de atender a la vÃctima… ¿Está muy mal?… De acuerdo, en media hora estoy allÃ.
Mientras hablaba por teléfono, Vaden le ha dejado muy claras sus intenciones.
Vaden: hoy, a medianoche, en D-Mer. Unas copas y nos vamos. Quiero comerte entera.
Alejandra: vale, pero deja algo para las demás, no seas egoÃsta. Tengo que irme. Adiós.
Treinta y cinco minutos después, al llegar a la dirección indicada, observa el cartel con el nombre de la calle: “carrer del Perillâ€, y no puede evitar pensar que tiene algo de macabra premeditación cometer un intento de asesinato en una calle que se llama Peligro. Anota el nombre en su Moleskine de bolsillo, nunca se sabe qué pistas pueden conducir hacia el culpable.
Frente al domicilio están aparcados dos coches patrulla de los Mossos d’Esquadra y una ambulancia del SEM. Alejandra prepara su placa y llama a la puerta. Enseguida abre un agente.
-Inspectora Juárez, de Investigación.
-Pase, Inspectora. Nadie ha tocado nada.
Alejandra entra en la casa, escudriñando cualquier detalle que pueda parecerle importante a simple vista.
-¿Han llegado ya los de CientÃfica?
-TodavÃa no, no creo que tarden.
-Póngame al corriente, agente.
-La vÃctima es una mujer de 24 años. Se llama Sonia y vive sola. La agresora también es una mujer, un poco mayor, de unos 30 años, según nos ha contado la propia vÃctima. No sabemos su nombre. La agresión ha ocurrido hacia las dos de la madrugada.
-¿Se conocÃan?
-No mucho… Por lo visto, se habÃan conocido esta misma noche…
-¿Una cita sexual?
-Eso parece.
-Hábleme de la agresión. ¿Qué alcance tiene?
-La vÃctima tiene dos dedos de la mano derecha amputados, el corazón y el anular.
-¿Puedo verlos?
-Es que… no están…
-¿Cómo que no están? ¿Quiere decir que no los han encontrado?
-No, pero estamos buscándolos por toda la casa.
-Está bien, pero busquen también fuera, por los alrededores. Tenemos que contemplar la posibilidad de que la agresora se los haya llevado y los haya tirado por ahÃ. ¿Sabemos cómo fueron cortados los dedos?
-Bueno… verá… de momento, la vÃctima no quiere hablar de ello. Dice que sólo lo hablará con una mujer. Por eso la hemos avisado a usted, Inspectora.
-¿A qué viene tanto misterio? Lléveme con ella, agente, y no perdamos más tiempo. Para mÃ, es un caso claro de fetichismo.
-La encontrará en el salón, tras esa puerta. Vaya con cuidado al interrogarla, está siendo atendida por un psicólogo.
-¿Un psicólogo?
-SÃ, el personal sanitario la encontró en estado de shock.
Antes de entrar en el salón, la Inspectora Juárez deja su casaca y su mochila en el diván del recibidor, apaga su móvil e indica al agente que no quiere que nadie la moleste mientras esté con la vÃctima, a menos que se trate de un tema de máxima relevancia para el caso. El agente asiente y le abre la puerta del salón.
-Buenos dÃas. Soy la Inspectora Alejandra Juárez y me gustarÃa hablar a solas con la vÃctima.
El psicólogo cierra su bloc de notas, se levanta de la silla y abandona la sala sin mediar palabra. Sonia está sentada, con la mano derecha vendada. Parece tranquila, seguramente por efecto de los sedantes. Tiene la mirada fija en el suelo. Al levantarla para mirar a la Inspectora, queda claro que ha estado un buen rato llorando, a juzgar por sus ojos hinchados y enrojecidos.
-Hola, Sonia.
-Hola.
La voz de Sonia suena muy frágil y entrecortada.
-¿Te duele?
-SÃ, pero menos que antes. Los de la ambulancia me han dopado hasta las cejas. Casi no puedo ni hablar.
-¿Quieres contarme qué ha pasado?
Sonia sigue balbuceando.
-¿Qué quiere que le diga? Esa zorra me ha arrancado los dedos, y ya está.
-¿Cómo ha sido? ¿Con un cuchillo?
-No.
-¿Con alguna otra herramienta? ¿Tienes objetos cortantes en casa?
-No.
-¿Con la boca?
-No.
-Entonces… ¿con qué, Sonia?
Sonia se tapa la boca con la mano izquierda, se agita y duda antes de contestar.
-Da igual, no me creerÃa.
La Inspectora trata de tranquilizarla y crear cierta empatÃa.
-Mira, Sonia, te aseguro que en mi trabajo he visto casos rarÃsimos y he vivido situaciones increÃbles, historias que, aunque parezcan irreales, ocurren cada dÃa, en todas partes…
-Con la vagina.
-¿Perdón?
-No voy a repetirlo.
De todas las absurdidades que ha oÃdo la Inspectora Juárez, ésta es, sin duda alguna, la más inverosÃmil de todas.
-¿Me estás diciendo que la vagina de esa mujer te ha amputado dos dedos de una mano?
-Ya le he dicho que no me creerÃa… ¿Y sabe qué? Que me da igual, no importa cómo ha ocurrido, sino qué ha ocurrido. Y lo que ha pasado es que me he quedado sin dedos. Mi vida sexual ha terminado, hoy y aquÃ.
Antes de que la Inspectora pueda consolarla, se abre la puerta del salón y uno de los agentes asoma la cabeza para llamarla.
-Inspectora, tenemos noticias.
-Ahora mismo voy, agente. Sonia, no te preocupes. Vuelvo en unos minutos.
La Inspectora Juárez cierra la puerta tras de sÃ, pensativa, en el mismo momento en que un agente le muestra una bolsa de plástico transparente con dos dedos en su interior.
-¿Dónde los habéis encontrado?
-En el contenedor de orgánica del final de la calle. FÃjese en los bordes de los cortes, son muy irregulares, parece como si hubieran arrancado los dedos con los dientes. Desde luego, con un cuchillo no ha sido. ¿Ha podido avanzar con el interrogatorio, Inspectora?
-No mucho, estoy en ello. Diga a los de CientÃfica que busquen huellas, y que los de la Central revisen todos los casos de violencia sexual de los últimos años cometidos por mujeres. Que busquen especialmente entre los casos de amputación de órganos.
-Entendido.
Al entrar de nuevo en el salón, Sonia está de pie junto a la ventana, fumando. Parece más entera y enfadada que antes.
-¿Lo ve, Inspectora? Ni siquiera sé fumar con la mano izquierda… ¿Cómo se supone que voy a ganarme la vida ahora? Soy, quiero decir que era, programadora informática. Me pasaba el dÃa aporreando el teclado del ordenador.
-Podrás seguir tecleando, con un poco más de calma.
-Me temo que mi jefe no estará nada conforme con eso. ¿Y qué me dice del sexo? Ni siquiera podré masturbarme dignamente… Y no hablemos de follar… ¿Qué mujer querrá acostarse conmigo? ¡Qué putada!
-Te queda la mano izquierda… y la lengua… y el resto de tu cuerpo…
-Soy muy patosa con la mano izquierda, Inspectora Juárez.
-Sólo es cuestión de práctica. ¿Has oÃdo hablar de la ALS?
-No.
-La Asociación de Lesbianas Siniestras está especializada en terapias y tratamientos de rehabilitación para lesbianas diestras que han sufrido accidentes severos y necesitan ejercitar la mano izquierda. Conozco muchos casos de éxito en los que las pacientes han podido seguir con su vida sexual de manera plena y satisfactoria, tras unas pocas semanas de reeducación. Recuérdame que te pase el teléfono de la asociación.
-Gracias.
-¿Qué puedes contarme de la mujer que te atacó?
-Poca cosa, apenas la conocÃa. Coincidimos en un chat hace un par de dÃas. Ayer por la noche quedamos en vernos en D-Mer. Tomamos un par de copas y nos vinimos aquÃ. El resto, ya lo sabe. “Quiero comerte enteraâ€, -me habÃa dicho en el chat, y ahora sé que no bromeaba, la muy cabrona… ¿Qué le ocurre, Inspectora? Está usted lÃvida…
La Inspectora no puede disimular el escalofrÃo que acaba de recorrer todo su cuerpo hace un momento, al reconocer en la tragedia de Sonia las mismas palabras que Vaden, su cita de esta noche, le ha escrito pocas horas antes a través del chat. Antes de poder articular palabra, otro agente interrumpe para pedirle que salga de nuevo.
-¿Se encuentra bien, Inspectora? Está usted un poco pálida. ¿Quiere que le traigan un poco de agua?
-SÃ, por favor, gracias. ¿Qué hay de nuevo?
-Las huellas dactilares que hemos encontrado en los dedos amputados se corresponden con las de Virginia DomÃnguez, una peligrosa agresora sexual que se hace llamar Vagina Dentata y es sospechosa de haber amputado los penes de, al menos, seis hombres en los últimos tres meses. Cuatro de ellos murieron desangrados, y los otros dos están en tratamiento psiquiátrico. Ambos aseguran que esa mujer les cortó el pene con… ¡la vagina! Si se trata de la misma agresora, podrÃamos estar ante el primer caso de ataque a una mujer.
-¿Conocemos el móvil?
-No, pero sà el modus operandi. En todos los casos, ha contactado con sus vÃctimas chateando en Internet. Supongo que en este caso también ha sido asÃ, ¿verdad?
-SÃ, agente.
-Quizá no haya móvil y ataque por el mero hecho de agredir, de causar daño. En mi opinión, es una psicópata. Y lo peor de todo es que anda suelta por ahÃ.
-Gracias. He terminado con la vÃctima. Voy a despedirme de ella y a iniciar la investigación.
Sonia está llorando de nuevo.
-Sonia, no te preocupes, la detendremos.
-Hágalo, Inspectora, meta a esa hija de puta entre rejas.
-Sólo dime una cosa más: su nick es Vaden, ¿verdad?
Al oÃr el alias, Sonia clava sus ojos en los de la Inspectora, y su mirada se endurece.
-¿Cómo lo sabe?
-Ya te he dicho que voy a encontrarla, y muy pronto. Adiós, Sonia.
Lo primero que hace la Inspectora Juárez al salir del domicilio de la vÃctima es buscar un bar para desayunar y tomarse un café bien cargado, asà que entra en una cafeterÃa del barrio de Gracia. Un bocadillo de jamón de york y queso brie y un café doble, sin azúcar, la reconfortan. No era consciente de que tenÃa tanta hambre. Son las nueve y veintiocho minutos de la mañana, y ahora se da cuenta de que ha pasado la noche en blanco. Mientras come, planifica una jornada que se aventura larga y difÃcil. Vaden… Vaden… Vagina Dentata en versión abreviada, claro… todo cuadra…
Después de pagar la cuenta, se dirige a su casa para dormir hasta primera hora de la tarde. Si pretende detener a Vaden la noche siguiente, tendrá que estar muy despierta.
Suena el despertador. Las cuatro en punto. Alejandra salta de la cama y entra en la ducha. Ha soñado con cucarachas y saltamontes, como siempre que está preocupada por algo. Se viste y llama a la comisarÃa para indicar los próximos pasos a seguir en la investigación. Después, llama a Mer.
-Hola, Mer, soy Alejandra.
-¿Qué hay, guapa? ¡Cuánto tiempo! ¿Es que no piensas venir nunca más a mi local?
-Últimamente salgo muy poco, el trabajo me absorbe… Pero, mira, esta noche nos veremos.
-Perfecto, búscame y tomamos algo mientras nos ponemos al dÃa.
-Escúchame, necesitaré que hagas algo por mÃ.
-Lo que quieras, ya lo sabes.
-Quiero que cierres todas las salidas del local a las doce y media de la noche.
-Me estás asustando, Alejandra. ¿Qué ocurre?
-No puedo decirte más, forma parte de una investigación. Tranquila, no va contigo.
-De acuerdo, cuenta con ello.
-Una cosa más: habrá policÃas de incógnito infiltradas.
-¡Coño, Alejandra, me vas a arruinar la noche!
-Te compensaré. Además, un poco de acción siempre es una buena publicidad, ¿no crees?
-Eso espero. En cualquier caso, no te preocupes, me hago cargo de la situación. Nos vemos esta noche.
La Inspectora Juárez está de pie, apoyada en la barra, bebiendo un gin-tonic y esperando a su cita. Son las doce y cuarto de la noche. De momento, Vaden llega tarde.
-¿Eres Alejandra?
La voz que acaba de sonar a su espalda es profunda y bien timbrada, no parece la voz de una asesina. Al volverse, la Inspectora descubre a una mujer de piel morena, pelo oscuro y rizado, esbelta, bien parecida y bien vestida.
-SÃ, ¿y tú eres Vaden?
-La misma. ¿Cómo estás?
-Bien. Empezaba a pensar que no vendrÃas. ¿Un gin-tonic?
-¡Venga!
-Y, dime, Vaden, ¿cuál es tu nombre verdadero?
-Virginia.
-Y Vaden, ¿qué significa?
-Es la abreviatura de Vagina Dentata.
La Inspectora no esperaba tanta sinceridad, de entrada.
-Veo que conoces el mito.
-No es un mito, es real.
-¿En serio lo crees? ¿Conoces a alguna mujer con vagina dentata?
-Pues sÃ, yo.
-Vaya… ¿y con qué fines la utilizas?
-Mutilo a mis amantes.
-¿De verdad piensas ligar conmigo diciéndome estas cosas?
-SÃ, porque confÃo en que quizá no me creerás y querrás comprobarlo por ti misma. ¿Vamos?
-Espera, no tan rápido, sólo son las doce y media.
La Inspectora busca a Mer con la mirada, y ésta le hace la señal convenida que le indica que los accesos están cerrados.
-Como quieras, pero no pienso pasarme la noche aquÃ. Busco sexo, y si no es contigo será con otra.
-¿Sales con hombres, también?
-Ya no, me aburrÃan soberanamente con sus movimientos espasmódicos y repetitivos. Sólo me divertÃa en el momento de cortarles la polla y ver su cara descompuesta.
-Más que una cita, esto parece una confesión…
-¿Y si lo fuera?
-Entonces te dirÃa que quedas detenida, Virginia DomÃnguez, por el asesinato de Jorge González, Sergio Antúnez, Flavio Santini y Miguel Torres, y por el intento de asesinato de Jesús PavÃa, Ramón Alpena y Sonia DÃaz.
Con otro movimiento de cabeza, la Inspectora indica a dos agentes de incógnito que se acerquen para llevarse a la detenida. Mientras la esposan, observa el rostro impertérrito de Virginia.
-No pareces muy sorprendida.
-No lo estoy, Inspectora Juárez.
-Veo que te has informado sobre mÃ.
-Si iba a entregarme, ¿a quién mejor que a una policÃa lesbiana?
-Vaya, gracias por el regalo. Agentes, llévensela. Pero antes, me gustarÃa saber por qué.
-Bueno, teniendo la herramienta, ¿por qué no iba a usarla? No hay nada más absurdo que renunciar a lo que nos viene dado por naturaleza.
-Y lo de entregarte, ¿por qué razón?
Virginia se acerca lentamente a la Inspectora para contestarle la pregunta al oÃdo con la voz más dulce que es capaz de modular.
-¿Y por qué no?… Buena suerte, Inspectora.

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Lesbianarium 15: “Abducción fatal”


Siempre he sido de las que se abstraen a la mÃnima ocasión. Recuerdo que cuando era niña y caminaba por la calle de la mano de mi madre, me soltaba de improviso para correr hasta el cristal de los escaparates de las tiendas de ropa y allà me quedaba, absorta, mirando las maniquÃs. En aquellos dÃas, las maniquÃs me fascinaban por encima de todas las cosas, tan bien puestas, impecablemente vestidas, guapas, impersonales y frÃas, altivas, perfectas. Me parecÃan habitantes de un planeta desconocido, mucho más avanzado, que se dedicaban a vigilarnos a nosotros, los humanos, desde las tiendas de moda de todas las ciudades de la Tierra. Por eso, al pasar por delante de una boutique y creerme atentamente observada, una de dos, o trataba de comportarme como una mujer tan adulta y sofisticada como aquellas modelos inmóviles, o corrÃa hacia ellas y me quedaba un rato mirándolas, como hipnotizada, tratando de descubrir el más mÃnimo movimiento o atisbo de vida que se les pudiera escapar. Pero al cabo de nada venÃa mi madre tras de mà y me despegaba de la inmensa luna, devolviéndome a la Tierra de un zarpazo y gritándome que hiciera el favor de no escaparme de su lado de aquella manera tan inesperada, porque si no, algún dÃa tendrÃamos un disgusto.
Que yo recuerde, mi madre no tuvo nunca ningún disgusto por culpa de mi afición a mirar maniquÃs. Yo, en cambio, llegaba a casa profundamente disgustada cada vez que ella me impedÃa contemplar, extasiada, el objeto de mi adoración. TendrÃa alrededor de cuatro años, y un dÃa, después de otra violenta incursión de mi madre justo cuando estaba a punto de ver parpadear a la maniquà de la lencerÃa de la esquina, con sus medias de rejilla y su collar de perlas cultivadas, juré que de mayor descubrirÃa toda la verdad sobre las modelos extraterrestres.
Pero ocurrió que, hacia los doce años, dejé de admirar maniquÃs. Sencillamente, empezaron a interesarme más las mujeres de carne y hueso. El problema es que también me quedaba mirándolas fijamente, empezando por mi abuela, que se pasaba las tardes cosiendo al lado de su vieja radio, y acabando por mis compañeras de clase, pasando por toda mujer que se cruzara en mi camino, fuera cual fuera su edad, aspecto y condición. “¿Qué miras, niña?â€, -solÃa preguntarme mi abuela cada vez que levantaba la vista de su labor y me veÃa de pie en medio del pasillo, observándola embobada. A veces, tardaba en contestarle porque no era capaz de oÃrla, solamente la miraba fijamente, y cuando me hablaba veÃa su boca moverse, pero no oÃa su voz, mis cinco sentidos se concentraban en uno solo, la vista, todos los demás estaban desconectados.
En el instituto lo pasé mal, ya se sabe, la edad difÃcil, los pájaros en la cabeza, los granos en la cara, el descubrimiento del otro sexo… Aunque yo no mostraba ningún interés en descubrir a los chicos de mi clase, la mayorÃa me parecÃan muy básicos, demasiado terrenales, sentÃa que no tenÃan nada que ofrecerme, no captaban ni un ápice de mi atención. Mi indiferencia hacia ellos era tal que, al final de cada curso, apenas sabÃa quiénes habÃan compartido el aula conmigo, pero, en cambio, era capaz de recitar de carretilla, por orden alfabético, los nombres de todas las chicas, con sus apellidos, describiendo su color de pelo y el de sus ojos. Claro, las habÃa estado observando concienzudamente durante meses. “¿Y tú, qué coño estás mirando?â€, -me gritó una en el gimnasio una tarde, mientras nos cambiábamos de ropa después de un partido de voleibol, y añadió -“para mà que, o eres miope, o eres bolleraâ€. Las demás se rieron, y yo, sin decir nada, terminé de cambiarme a toda prisa, procurando mirar al suelo.
La universidad no me trató mucho mejor. A los pocos novios que me eché, los dejé por aburrimiento, y las pocas novias que tuve me dejaron porque decÃan que las miraba demasiado y que se sentÃan intimidadas. Al final, harta de tanto dejar y ser dejada, opté por seguir mi camino por libre, a mi aire, sin estar pendiente de nadie.
Y asà hasta hoy, que parece un dÃa normal, aunque no lo sea en absoluto. Por mi trabajo como fotógrafa de prensa, me envÃan al Salón de LencerÃa de Barcelona. Llego, desenfundo mi cámara y me preparo, esperando los desfiles. Enseguida salen las modelos a la pasarela, una tras otra, y yo les hago fotos, orgullosa de haber hecho profesión de mi obsesión por mirar. Todo va bien hasta el tercer pase, en el que no puedo dejar de fijarme en una de las modelos. Me recuerda mucho a alguien, pero no sé a quién. La sigo a través del objetivo de la cámara. Ese conjunto de ropa interior, esas medias de rejilla, ese collar de perlas cultivadas… De repente, en un flashback perfecto, me remonto a mi niñez y me veo a mà misma frente al escaparate de la lencerÃa de la esquina de mi calle, observando ese mismo conjunto, esas mismas medias y esas mismas perlas sobre una maniquÃ. Aunque entonces estaba inmóvil y ahora no para de moverse, es la misma, no hay duda. Tengo que hablar con ella como sea, asà que, al terminar la jornada de desfiles, la espero en la calle, junto a la puerta de salida del personal. Ahà viene.
-Hola.
-¡Ah! ¡Qué susto me has dado! ¿Quién eres tú?
-Lo sabes de sobra. ¿De dónde vienes? ¿De Venus, quizá?
-¿Cómo dices?
-Sé que me vigilas desde que era una niña. ¿Por qué has tardado tantos años en venir a buscarme?
-Perdona, pero no sé de qué me hablas, y además, tengo mucha prisa. Adiós.
Para evitar que se marche, la sujeto por el brazo.
-¡Eh, tú, loca! ¡Suéltame!
-Abdúceme.
-¿Qué?
-Llévame contigo, aquà no pinto nada… ¿Qué haces?
-Llamo a la policÃa, estoy harta de obsesos y desquiciadas como tú viniendo a molestarme después de cada pase. ¿Te vas, o marco el último número?
Por un momento, tengo dudas de que sea realmente ella. Si lo fuera y hubiera venido a por mÃ, no se mostrarÃa tan hostil conmigo. Mientras lo pienso, me doy cuenta de que la estoy mirando fijamente.
-¿PolicÃa? Estoy en la calle…
-¡No! –grito, mientras le arranco el teléfono de la mano y le doy al botón de colgar la llamada.
-¡Devuélvemelo ahora mismo, psicópata!
-Vale, pero dame tu número.
-¿Mi número?
-SÃ, tengo que hacer una comprobación y no puedo dejar que te vayas sin estar segura de poder localizarte.
Después de pensárselo durante unos segundos, saca un boli de su bolso y garabatea un número sobre la palma de mi mano, muy nerviosa y enfadada.
-Aquà tienes mi teléfono, ¿contenta? Ahora, devuélveme mi móvil.
-Toma, y perdona.
-¡Déjame en paz!
Me quedo allÃ, de pie, viendo cómo se aleja calle abajo. Camina tan deprisa como sus tacones de vértigo le permiten. Al cabo de nada, se funde con la multitud. Sin perder tiempo, subo a un taxi y le pido que me lleve a mi antiguo barrio, donde vivÃa de pequeña. Desde que murió mi madre, hace ya diez años, no he vuelto a pisar esas calles. Durante el trayecto, tengo escalofrÃos y siento el corazón palpitándome en las sienes.
-Es por aquÃ, ¿no?, -pregunta el taxista.
-SÃ… en esa esquina…. aquÃ… pare aquÃ. Tenga, quédese con el cambio.
El taxista deberÃa haberme dejado justo enfrente de la lencerÃa donde tantas veces habÃa contemplado siendo niña a la maniquà que hoy se ha cruzado en mi vida, una de tantas alienÃgenas que me espiaban desde cualquier escaparate. Pero no, el lugar de aquel mágico establecimiento de ropa Ãntima femenina lo ocupa ahora un restaurante japonés. Me pongo loca de contenta.
-¡Lo sabÃa! ¡No está aquà porque estaba desfilando! Es ella, aunque no me haya reconocido. Es normal, yo era muy niña…
Saco el móvil del bolsillo de la chaqueta y marco el número escrito en la palma de mi mano. Tengo que convencerla de que soy esa niña, convertida en mujer, y de que estoy preparada para irme con ella a su galaxia. Está sonando…
-PizzerÃa Pisa, le atiende Manolo. ¿Es para un pedido a domicilio?

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Lesbianarium 12: “Lo malo de ser buena”


Jacinta es una mujer buena, con todo lo malo que implica ser una persona buena. A ver si me explico, no es que ser bueno sea malo en sÃ, todo lo contrario, pero a veces, y para según qué individuos, ser demasiado amable con los demás supone dejar de serlo con uno mismo en una relación inversamente proporcional. Y eso es precisamente lo que le ocurre a Jacinta, que proyecta tanta sensibilidad hacia los demás que no le queda ni una pizca para ella. Y lo peor es que no se da cuenta de nada, ni de los excesos de bondad que comete con su prójimo, ni de lo mal que se porta consigo misma por culpa de tales derroches.
Jacinta se maltrata sin saberlo desde niña, cuando accedÃa a ayudar a su madre en las tareas de la casa mientras su hermano y su padre miraban la tele espachurrados en el sofá. No entendÃa por qué su madre le pedÃa ayuda a ella solamente, pero a pesar de todo intentaba echarle una mano barriendo o sacando el polvo. SentÃa una especie de solidaridad hacia su madre que la impulsaba a hacerlo, aunque ello implicara perderse la serie de televisión de los sábados por la tarde que tanto le gustaba. Después, su hermano le hacÃa un resumen, y a Jacinta ya le valÃa.
También ayudaba a su padre a lavar el coche en la calle, con esponjas y cubos de agua, porque Jacinta sentÃa que debÃa atender a su padre y a su madre por igual. SolÃan hacerlo cada sábado por la mañana. Uno de esos sábados, cuando Jacinta debÃa tener diez o doce años, llegó con su padre a casa después del lavado, y su madre le pidió que pusiera la mesa. Y Jacinta, desde la ingenuidad y el sentido de la justicia propios de la infancia, preguntó a la madre por qué el padre nunca ponÃa la mesa, a lo que él respondió inmediatamente: “Mal vamos si un hombre tiene que poner la mesa en casa.â€. Jacinta no entendió la respuesta en aquel momento, pero a partir de ese dÃa jamás volvió a ayudar a su padre a lavar el coche. Y no es que no lo intentara con todas sus fuerzas, pero se le revolvÃan las tripas cada vez que le veÃa con el cubo y las esponjas. Simplemente, no podÃa. “Soy malaâ€, se dijo.
“Qué mala soyâ€, se repitió una y otra vez durante muchos años después, siempre que veÃa a su madre fregar, lavar, barrer, coser o planchar los sábados por la tarde, mientras ella se dedicaba a leer, a ver la serie en la tele o a salir con sus amigas en vez de ayudarla. Asà lo habÃa decidido alrededor de los catorce años, cuando, en uno de esos sábados, al pedirle ayuda su madre, ella le respondió que no volverÃa a barrer ni a sacar el polvo si no lo hacÃan también los demás. No habÃa premeditado su respuesta, le salió asÃ, y punto. Su madre, lejos de enfadarse, no dijo nada, siguió con lo que hacÃa y no volvió a pedÃrselo nunca, pero desde ese mismo dÃa dejó de tararear coplas mientras mantenÃa la casa en orden.
“¿Por qué soy tan mala?â€, se preguntó Jacinta el dÃa que dejó a su novio de toda la vida. Le habÃa querido mucho, o al menos eso creÃa, pero se habÃa cansado de ayudarle sin recibir ningún tipo de apoyo por parte de él. Se habÃa dado cuenta, además, de que no se habÃan hecho novios por amor sino más bien por la presión del entorno, por no estar solos, por encajar, por salir con un grupo de amigos en el que todos tenÃan pareja… Y además, habÃa conocido a Soledad.
Con Soledad todo era distinto. Estaban a gusto la una con la otra y permanecÃan juntas porque ambas querÃan, por ninguna otra razón. Se ayudaban mutuamente, se querÃan, se apoyaban, se amaban, se entendÃan, se compenetraban perfectamente dentro y fuera de la cama. La vida siempre era fácil y feliz con ella, menos cuando iban de visita a casa de los padres de Jacinta, y coincidÃa que era sábado, y veÃa a su madre, ya casi anciana, hacer lo mismo de siempre. Y a su padre, que seguÃa sin poner la mesa, también.
-¿Soy mala?, -le preguntó Jacinta a Soledad una tarde de sábado, al volver de casa de sus padres. Y Soledad, sorprendida y conmovida por una pregunta que parecÃa más bien una acusación, la abrazó con todo su cuerpo, como abrazan las mujeres a las mujeres que aman, y después de besarla, le contestó.
-¿Cómo vas a ser mala, si eres lo mejor que me ha pasado?
Y, colorÃn colorada, asà se puso Jacinta al sentirse, por primera vez en su vida, una mujer buena.
Y, colorÃn colorada, esta historia está acabada.

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Lesbianarium 10: “La señora de la casa”

Relato finalista del XIV Concurso “Todos somos diferentesâ€, organizado por la Asamblea Juvenil de la Fundación de Derechos Civiles Civilia. La ceremonia de entrega de premios se lleva a cabo el viernes 11 de diciembre, en el Ateneo de Madrid.
-Buenos dÃas. Mi nombre es Jennifer. Llamo de la empresa de productos infantiles Maternal Womb. Estamos realizando una encuesta entre las consumidoras para mejorar nuestros productos. ¿Es usted la señora de la casa?
Son las nueve y doce minutos. Tanta información a primera hora de la mañana, cuando ni siquiera he tomado mi tazón de café con leche sin azúcar, me parece, simplemente, imposible de asimilar. Mi cerebro no funciona, y mi persona todavÃa no es humana. Me pregunto de dónde habrá sacado mi teléfono la teleoperadora, y también me gustarÃa tener dos palabras con la persona que la obliga a llamar a la gente a horas intempestivas utilizando un discurso que, de entrada, resulta avasallador.
-Mire, Jennifer, lo siento, pero ahora no tengo tiempo. Si quiere, llámeme por la tarde, a partir de las seis.
-Sólo serán unos minutos, señora. Son preguntas muy sencillas y rápidas de contestar.
-No lo dudo, pero es que ahora no puedo. Le prometo que si me llama a última hora de la tarde la atenderé con mucho gusto.
-Pero… es que… por la tarde yo no voy a estar, esta semana me toca de mañanas, y si usted habla con otra compañera, entonces será ella quien…
-… Quien cobrará la encuesta, ¿verdad?
Su tono de voz se ha vuelto más personal y es ahora mucho menos mecánico que el del primer mensaje de presentación. Para mà ya no es una mera teleoperadora sino una mujer angustiada tratando de mantener su empleo en plena crisis. Asà que me remonto a mis raÃces proletarias y decido ayudarla dentro de mis posibilidades.
-Ya veo. En ese caso será mejor que hablemos ahora. ¿Le importa si voy preparando el desayuno mientras hablo con usted? Pongo el “manos libres†y ya está.
-No, claro que no, señora. Le agradezco mucho su comprensión.
-Perdone que le haga una pregunta antes de empezar, Jennifer. Usted no es española, ¿verdad?
-No, soy de Colombia, recién llegada a España, señora.
-De acuerdo. Empecemos, pues. Y, por favor, no me llame señora.
-Bien, como usted diga. ¿Es usted la señora de la casa?
-Vamos mal, Jennifer. ¿No le acabo de decir que no me llame señora?
-Perdone, pero es la primera pregunta de la encuesta. Las normas lo dicen muy claro: “Es imprescindible empezar todos los cuestionarios preguntando a la interlocutora si es la señora de la casaâ€.
-¿Y si no lo soy, qué dicen las normas?
-Entonces tengo que preguntarle por la señora. ¿Está su madre en casa? ¿Puede ponerse al teléfono?
-¿Mi madre? Mi madre murió el año pasado, de vieja.
-Perdone, pero no la entiendo. ¿Es usted mayor de edad?
-SÃ, hace ya un rato.
-¿Vive sola?
-No.
-¿Con su pareja?
-SÃ.
-¿Y no es usted la señora de la casa?
-¿Puede definir “señora de la casaâ€, por favor?
-Pues… ¿qué quiere que le diga? La encargada de llevar la casa, ya sabe, de cuidar a los niños, de hacer la compra… Todo eso.
-Ah… Entonces creo que soy la mitad de todo eso.
-No entiendo, ¿qué quiere decir?
-Ya veo que no entiende. Le digo que soy una de las dos “señoras†de esta casa.
-¿Cómo que dos señoras?
Yo, la verdad, no sé por qué sigo metiéndome en semejantes berenjenales a mi edad. Estoy muy cansada de andar educando a ciertas personas que ni siquiera se toman la molestia de plantearse la posibilidad de que exista más de una manera de vivir la vida. La teleoperadora ya no me da pena, su estatus ha vuelto a cambiar, ha dejado de ser una inmigrante con un trabajo precario para convertirse en una posible lesbófoba. Tengo que andarme con mucho cuidado, y si es necesario, pasar al ataque.
-Vamos a ver, Jennifer, usted ha llamado a una mujer que vive en su casa con su pareja, que es otra mujer. ¿Supone eso algún problema para contestar la encuesta? Si es asÃ, dÃgamelo, la damos por terminada y me concentro en mi desayuno.
-Pues… la verdad… no lo sé, señora… ¡Perdón!
Pobrecilla, no es lesbófoba ni nada, es que ni siquiera se le habÃa pasado por la cabeza la situación en la que se encuentra ahora mismo. Tampoco a sus jefes. Sin embargo, tengo que reconocer que la siguiente pregunta me exaspera sobremanera, no porque no la haya oÃdo antes sino precisamente por todo lo contrario. Quien diga que los roles sexuales han desaparecido, miente o se engaña.
-Entonces, ¿pongo que usted hace de mujer?
-Y usted, ¿de qué hace? ¿De conejita Duracell?
-¿Qué?
Muy a pesar mÃo, decido seguir.
-Nada, que ponga, si quiere, que sà soy la señora de la casa. Al fin y al cabo creo que lo soy, y además nadie tiene que saber si estoy sola o si somos la legión, ¿verdad?
-¿Le parece que lo hagamos as�
-SÃ, mujer. Ande, siga.
-Bueno. ¿Tiene usted hijos?
-No.
-¿Quiere tenerlos?
-No.
-(Claro, cómo va a tenerlos…).
-La he oÃdo, Jennifer, y le aseguro que si quisiera tener hijos se me ocurren varias maneras de conseguirlo. Asà que, por favor, marque la casilla del “no†y sigamos con esto. ¿Falta mucho?
-No, enseguida terminamos. Lo siento, pero la siguiente pregunta también se refiere a los hijos.
-Qué le vamos a hacer, Jennifer. Dispare.
-¿Por qué no quiere tener hijos?
A estas alturas, mi capacidad de empatizar con el enemigo se ha agotado por completo, asà que decido aferrarme al sarcasmo. Si tengo que lidiar con esta conversación absurda, por lo menos quiero otorgarme el derecho de divertirme un poco.
-Pues mire, Jennifer, es muy sencillo, no quiero tener hijos porque quiero ser inmortal.
-…
-¿Jennifer? ¿Sigue usted ah�
-SÃ, sÃ, por supuesto. Estaba anotando su respuesta.
-¿De verdad? No me lo puedo creer… ¿Acaba de anotar que no quiero tener hijos porque quiero ser inmortal?
-SÃ, ¿no es eso lo que ha dicho?
-Claro, claro…
-Entonces, creo que hemos terminado. Los productos Maternal Womb son para mujeres con hijos o que quieran tenerlos, y usted no pertenece al target. Muchas gracias por atenderme.
-¡Espere!
-¿Qué?
-¿Cómo que qué? No puede dejarme asÃ, sin más.
-Pero, es que ya no tengo más preguntas para usted y todavÃa tengo que hacer veintinueve encuestas más esta mañana.
-… ¿Y si le dijera que sà quiero tener hijos?…
-En ese caso podrÃamos seguir con la segunda parte del cuestionario.
-¿En serio? Entonces ponga que estoy embarazada de siete meses. Es una niña y se llamará Milagros.
-Qué nombre tan bonito. Una sobrina mÃa, allá en Colombia, se llama igual y es un amor.
-Seguro que sÃ. ¿Podemos seguir?
-Por supuesto. ¿Cómo ha pensado dar a luz?
-A ver… deje que lo piense… ¿con las piernas abiertas?
-Esta pregunta se refiere a si es usted partidaria del parto natural.
-¡Ah! No, no, el parto, cuanto más artificial, mejor.
-Marcamos “parto asistido y monitorizadoâ€.
-SÃ, eso mismo.
-¿Le dará el pecho?
-El pecho… el pecho… Creo que no. Lo tengo muy pequeño y no quiero castigarlo más. El biberón me parece una alternativa igual de sana y, sobre todo, más cómoda. Siempre que la leche sea de calidad, claro está… ¿Y esa música?
-Es la música que indica que usted acaba de dar la respuesta que buscábamos con nuestra encuesta. El hecho de que las usuarias reconozcan la importancia de criar a sus hijos con una leche materno-infantil de calidad refuerza el prestigio de Mum Lactum, nuestro producto estrella y, sin duda, la leche de primera infancia de mayor calidad del mercado, tal como lo demuestran estudios recientes.
-Vaya, estoy anonadada. ¿Y ahora qué?
-Nada, hemos terminado.
-¿Tan pronto? Empezaba a gustarme hablar con usted.
-En unos dÃas recibirá en su casa una completa canastilla para su bebé con productos Maternal Womb, y su nombre será incluido en nuestra base de datos para asesorarla y ayudarla durante las diferentes etapas de crecimiento de la criatura. ¿Está contenta?
-¡Mucho!
-Bien, pues, muchas gracias por su colaboración.
-De nada, mujer, a mandar. Adiós.
-Perdone…
-¿Qué quiere ahora?
-¿Puedo hacerle una pregunta?
-¿Otra?
-SÃ, pero esta vez se la hago yo, como curiosidad. ¿Por qué ha dicho antes que no querÃa tener hijos porque querÃa ser inmortal?
-¿Le gustan las cucarachas, Jennifer?
-¿Las cucarachas? ¡Puaj! No. Me dan mucho asco.
-A mà también, pero nos van a servir para ilustrar lo que quiero explicarle. No sé si en la televisión de su paÃs llegaron a emitir hace años aquel anuncio de Cucal que decÃa “Las cucarachas nacen, crecen, se reproducen y muerenâ€.
-¡SÃ! ¡Sà lo vimos allá en Colombia, sÃ! ¡Lo recuerdo!
-Bien. Siempre he pensado que los humanos nos parecemos mucho a las cucarachas. Nacemos, crecemos, nos reproducimos y morimos. Yo sólo quiero romper esta cadena, porque tengo la esperanza de que, si no me reproduzco, no moriré.
-Eso es una tonterÃa.
-¡Vaya con nuestra Jennifer! ¿Qué ha pasado con la encuestadora solÃcita?
-MuchÃsimas personas que no han tenido hijos mueren cada dÃa en el mundo.
-Ya lo sé, pero también albergo otra esperanza, la de ser diferente. No existe en el mundo una persona exactamente igual a mÃ, por lo tanto, no tiene por qué ocurrirme lo mismo que a los demás. Jennifer, ¿no se imagina a veces que usted es única y especial? ¿No se cree capaz de cambiar las reglas de juego? ¿De verdad piensa que el mundo serÃa igual sin usted?
-Clic.

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Lesbianarium 5: “Bacalao de Islandia”


-¿Qué haces?
Miranda acababa de entrar en la habitación sigilosamente y le susurró la pregunta al oÃdo mientras abrazaba desde atrás a Candela, que estaba sentada frente al ordenador, completamente absorta y ajena a lo que se le venÃa encima. Al oÃr la voz de Miranda, Candela expulsó el corazón por la boca, y la onda expansiva a punto estuvo de hacer añicos los cristales del ventanal.
-¡Qué susto me has dado, zorra!
-Eso era justamente lo que querÃa. –Miranda hizo girar la silla de escritorio con un movimiento brusco, se agachó a la altura de Candela y le plantó un beso húmedo entre mejilla y mejilla. Candela seguÃa tratando de reponerse.
-¿De dónde sales? ¿No habÃas ido a comprar?
-SÃ, pero ya he vuelto. Traigo de todo, y ahora que ya he comprobado que no aprovechas mis ausencias para montártelo con la amante de turno voy a la cocina a preparar la cena. Me voy tranquila, pero que sepas que no bajaré la guardia. Si alguna vez me engañas te arrancaré el clÃtoris con mis propios dientes y lo echaré a los gatos del callejón.
-Te creo. Eres muy capaz. Por eso, si alguna vez decido revolcarme con otra, una de dos, o lo haré a miles de kilómetros de aquÃ, o aguantaré mi castigo con valentÃa y resignación. Si millones de mujeres en el mundo pierden su clÃtoris sin haber hecho nada, ¿cómo voy a quejarme yo en el caso de hallarme culpable de un crimen tan abominable como repartir mi amor entre dos mujeres?
-Eres honesta, por eso me enamoré de ti. Por cierto, ¿qué haces? ¿Quién es esa vieja que tienes en pantalla?
-Esa “vieja†es la nueva primera ministra de Islandia, se llama Johanna Sigurdardottir y pasará tristemente a la historia como la primera gobernante de un paÃs abiertamente lesbiana. Mira cómo han titulado la noticia: “Islandia tendrá el primer Gobierno dirigido por una persona homosexualâ€.
-¡No! ¡Me niego! Ese honor tenÃa que haber correspondido algún dÃa a nuestro paÃs. ¿Qué será de nuestra querida vice ahora? Esa mujer parece condenada a ser la eterna segundona.
-He dicho “abiertamente lesbianaâ€.
-Es verdad… Centrémonos en Islandia. HabÃa oÃdo hablar de Sigurdardottir, pero todavÃa no le habÃa puesto cara. ¿Tú crees que durará, con la crisis que tienen ahora mismo ahà arriba?
-No lo sé, pero me temo que cada paso que dé será examinado con lupa por el resto del mundo. Más de uno y de una estarán deseando pillar en falta a la lesbiana para mandarla a casa.
-Oye, tan mal no lo hará, tengo entendido que ya ha ocupado cargos polÃticos de peso en su paÃs. Además, es imposible que pueda hacerlo peor que su antecesor, de quien, por cierto, nada sabemos acerca de su vida de alcoba, ¿verdad?
-La presunción de heterosexualidad, según la cual todo el mundo es heterosexual hasta que se demuestra lo contrario, se aplica sin excepción.
-Muy cierto. ¿Hay comentarios en la Red sobre la Sigurdardottir?
-Por supuesto, querida. Pero, ¿tú no te ibas a la cocina?
-SÃ, pero eso era antes. Ahora quiero que me leas qué opina la gente sobre nuestra Johanna.
-Hay de todo un poco. Afortunadamente, ganan en número los que apoyan el nombramiento o los que no se preocupan en absoluto por la orientación sexual de la mandataria, al menos en esta web. Pero, si te parece, empezaremos por los fundamentalistas, que también los hay. Por ejemplo, el amigo Alberto dice: “Qué asco… Sodoma y Gomorra en el gobierno. Los pueblos están retrocediendo 5.000 anos antes de avanzar.â€.
-¿â€Anosâ€? Vaya, sà que se ha puesto en situación…
-Ya ves, si se habla de homosexuales hay que hacerlo con propiedad. El tal Alberto sigue: “La perversión humana en su más alta expresión. El planeta Tierra administrado por el hombre fracasó en todas las áreas, ni siquiera pudo mantener el clima en un nivel mÃnimo para la supervivencia humana. Todo hombre que no tiene a Dios es un excremento. Poner a esta lesbiana en el gobierno es signo inequÃvoco de que estamos en el último tiempo. Dios tenga misericordia.â€.
-¡Uf! ¿Hay muchos as�
-Pocos, pero contundentes. Mira lo que dice Laura, una especie de monja esperando turno a las puertas del Cielo: “No es ya raro en estos tiempos, pues todo lo que está escrito en la Biblia se está cumpliendo. No tengo nada en contra de los homosexuales, pero tampoco los apoyo, pues sus prácticas son abominación a los ojos de Jehová. Sólo puedo decir que Cristo los ama, y si se arrepienten también de ellos puede tener misericordia, como la tuvo un dÃa de mÃ. Dios los bendiga.â€.
-(…) “como la tuvo un dÃa de mÃ.†(…). A mà me da que ésta era de las nuestras y se ha estado flagelando hasta que ha conseguido meterse en la cama con un hombre sin vomitar, ¿no te parece? ¿Qué más tenemos?
-Una tal Británica, un poco más moderada en lo religioso pero igual de hostil: “Pues yo creo que el ser homosexual o no sà que importa. (…) A mà me gustarÃa tener un presidente de gobierno (hombre o mujer) inteligente y capaz, pero no me hace ninguna ilusión el que sea homosexual. No creo que un 5% de la población deba de ostentar la representación de todos los demás. Por cierto, en el Reino Unido, de donde proviene la palabra GAY, también existe la palabra “straight†(que significa derecho o recto). En este paÃs, tan moderno, aún no la he oÃdo.â€.
-Amiga Británica, sólo dos cosas te diré. Primera, los homosexuales también podemos ser inteligentes. Y segunda, somos muchos más del 5% de la población. Yo de ti no dormirÃa tranquila, porque cada dÃa que pasa llegan reclutas a nuestra legión y nuestro credo celebra nuevos ritos. Asà que, ya sabes, cierra bien las ventanas de tu cuarto. “Uno, dos, Safo viene a por ti…â€.
-Estás completamente loca, pero tienes razón.
-Anda, léeme algo diferente, si es que lo hay.
-¡Marchando una tanda de rumores y leyendas urbanas!
“Por favor, tengan cuidado al titular las noticias. Realmente no es la “primera†jefe de estado homosexual, pues Chávez en Venezuela, el PrÃncipe Alberto de Mónaco y, hace unos años, César Gaviria en Colombia han representado brillantemente a la comunidad gay.â€. Yositoko.
-Si alguna vez Chávez lee esto, estalla la Tercera Guerra Mundial.
-Espera, que hay más, y mejor.
“Tengo entendido que si ganara el PP también tendrÃamos un presidente homosexual…â€. Mario.
“¿Será una premonición de que el PP va a ganar las próximas elecciones?â€. Juan.
“Mariano, ya ves, sal del armario y gana las presidenciales.â€. Javier.
-¡Qué caña! No queda tÃtere con cabeza.
-Ni que lo digas. Mira éste, de un tal Francisco: “Pues no entiendo la noticia. Ya Franco era homosexual, también.â€.
-Estamos alcanzando las cotas más altas. A ver el siguiente.
“Aquà tenemos a uno de presidente de la Conferencia Episcopal y no por ello presumimos.â€. Alcarreño.
-Genial. Creo que me quedo con éste. Me encanta la rumorologÃa, porque muchas veces es la ciencia más exacta.
-Uno más, mi preferido. Es de un tal José, que vive en Islandia: “Aunque El PaÃs ha titulado el cambio de primer ministro de esta manera, aquà ni se ha comentado el hecho de que sea homosexual. Simplemente están contentos de cambiar, pues el anterior gobierno no lo ha hecho bien. El cambio ha sido posible porque el pueblo lo ha pedido, y eso pasa en muy pocos lugares del mundo. Saludos desde Islandia.â€.
Miranda continuaba de pie detrás de Candela. El comentario de José la habÃa dejado sin palabras.
-Una vez más, los nórdicos nos han dado una lección. Me quito el sombrero, me arrodillo y me arrastro a sus pies. Reconozco que estamos a años luz y que nunca les daremos alcance. En mi próxima vida quiero ser sueca, cantar canciones de Abba y trabajar en Ikea.
-De acuerdo, pero, mientras tanto, ¿qué hay de esa cena?
-En veinte minutos te llamo a la mesa, cariño.
-¿Y qué comemos?
-Bacalao fresco, recién comprado. De Islandia, por supuesto.
FUENTE: EL PaÃs.

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Lesbianarium 4. “Cita en Fnac”


Hay dÃas en que te levantas y sabes que va a ocurrir algo, percibes que los planetas están a punto de alinearse y que flota en el aire una sensación de calma previa a un acontecimiento que afectará a tu vida de alguna manera. No sabes el qué ni el cómo ni el porqué, pero sà sabes con toda certeza que lo que tiene que pasar pasará antes de que termine la jornada. No sirve de nada asustarte, todavÃa desconoces si será bueno o malo, pero no puedes evitar actuar con precaución y poner los cinco sentidos en todo lo que haces para que “eso†no te pille desprevenida. Suena el teléfono.
-Coño, Berta, que no son ni las nueve…
-Es que tengo que contártelo, es muy fuerte, tÃa.
-¿El qué? ¿Anita Botellón ha sido vista de marcha en Chueca?
-EstarÃa bien, pero ya sabes que su secta se lo prohÃbe.
-¿Entonces?
-Dicen que FNAC es el nuevo punto de encuentro entre lesbianas.
-Pues claro, menuda novedad, todo el mundo sabe que FNAC significa Féminas Naturalmente Amantes de Chichis… A ver, ¿se puede saber de dónde ha salido semejante tonterÃa?
-Muy graciosa, tú, de buena mañana… Me lo ha dicho Clara. Ya sabes que ella se mueve mucho por el ambiente, y se ve que se comenta a todas horas.
-Vale, pero, ¿tú conoces a alguna que haya ligado en FNAC? Para entendernos, ¿tenemos cuerpo del delito o estamos ante otra leyenda urbana de la que todo el mundo habla sin que nadie conozca su origen ni su certeza?
-¡Y yo qué se! Yo sólo querÃa contártelo, mira que llegas a ser complicada, por Dios y la Virgen…
-Amén. Pues ya me lo has contado. Gracias, pero no me lo creo. ¿Me dejas desayunar?
-Vale, pero luego no digas que no te avisé. Esto podrÃa ser algo muy gordo. Adiós.
Algo muy gordo, dice, lo que es muy gordo es que cualquier tÃtulo de literatura lésbica sea enormemente difÃcil de encontrar en FNAC. Sin ir más lejos, mi mujer quiso regalarme por mi último cumpleaños Cuentos y Fábulas de Lola Van Guardia, de Isabel Franc, editado por Egales, y no lo encontró en FNAC Diagonal Mar, cuyo eslogan dice, por cierto, “Todo en tecnologÃa y culturaâ€. ¿Todo? ¿Seguro? Eso sÃ, hizo el encargo y al cabo de una semana tuve el libro en mis manos, pero el dÃa de mi cumpleaños no me quedó otra que “conformarme†con El Cuaderno del genial José Saramago, que es un libro fantástico, como todos los de este hombre inimitable -¿por qué no le clonamos?- pero que, evidentemente, no entra dentro de lo que denominamos literatura de temática lésbica.
Por eso no doy crédito al rumor que acaba de contarme Berta, asà que decido olvidarlo y desayunar mientras abro el correo en mi ordenador portátil. ¿Y qué veo en la bandeja de entrada de Hotmail, entre una pila de mensajes? Nada más y nada menos que dos newsletters, una enviada por FNAC y la otra por la editorial Egales. Parece que la alineación planetaria ha comenzado y que la llamada de Berta también forma parte de la trama. Tengo miedo. ¿Cuál leo primero? Da igual, lo que tenga que sonar sonará, asà que hago clic sobre la de Egales y me doy cuenta con asombro de que se centra precisamente en la falta de distribución y visibilidad de la literatura gay y lésbica fuera de los canales especializados. Transcribo literalmente parte del mensaje: “Durante los últimos catorce años, Egales se ha consolidado como la editorial de referencia en la publicación de literatura gay y lésbica en España y en Latinoamérica. Hemos apostado por la pluralidad y el respeto a las diversas formas de entender y vivir la cultura y la literatura. Much@s de vosotr@s, a través de vuestras librerÃas, habéis apoyado nuestra iniciativa y, por lo tanto, os agradecemos la confianza y el apoyo recibido; otr@s, en cambio, quizá por desconocimiento, quizá por prejuicios, habéis discriminado nuestros libros y, por lo tanto, a nuestros autor@s y lector@s. (…) Los lectores y lectoras de autores y autoras como James Baldwin, Concha GarcÃa, Paul Monette, Roger Peyrefitte, Djuna Barnes, Rita Mae Brown, E. Lynn Harris, Alberto Mira, Isabel Franc, Monique Wittig, Luis Algorri, Patricia Nell Warren, Eduardo Mendicutti, Christopher Rice, Emma Donoghue, Luis Antonio de Villena, John Rechy, Luis Maria Todó, Jorge Marchant Lazcano y much@s otr@s os agradecerán que les facilitéis el acceso a sus textos.â€. Visto.
Ahora voy a por la newsletter de FNAC, cuyo asunto resulta bastante más promocional: “Qerma, en Fnac.es lo último te está esperandoâ€. Vaya, me conocen, o al menos saben mi nombre, y además me venden la promesa de proporcionarme lo más impactante, “todo en tecnologÃa y culturaâ€, insisten, pero ya sé que ese “todo†es restringido, sobre todo después de mi experiencia con Isabel Franc y del mensaje de la editorial, y además no veo que el documento incluya ninguna novedad destacada sobre literatura lésbica. Si de verdad me conocieran, sabrÃan qué temas culturales me interesan, ¿no? Visto.
Visto lo visto, decido dar otra oportunidad a la cadena francesa, y lo primero que hago es averiguar que la sigla FNAC significa Fedération Nationale d’Achat des Cadres (Federación Nacional de Compras para Ejecutivos). No me extraña que hayan reducido un nombre tan feo a sus iniciales, aunque éstas tampoco son ninguna maravilla. Pues nada, que me voy al Centro Comercial Diagonal Mar, entro en FNAC y pregunto directamente a uno de los encargados del establecimiento por la sección de literatura gay y lésbica.
-No tenemos, -me dice, visiblemente nervioso-, antes sà que habÃa, pero la quitaron.
-¿Por qué?
-Por escándalo público.
-¿Perdón?
-Es que venÃan muchas lesbianas.
-¡Pues claro!, ¿no tira la cabra al monte?
-SÃ, pero es que venÃan a hacer cosas… ya sabe…
-A leer y a comprar libros, me imagino.
-No, bueno, algunas sÃ, pero otras, la mayorÃa, venÃan a lo que venÃan, dejaban notas entre los estantes, dibujaban corazones en las solapas de los libros, se recitaban unas a otras poemas de Cristina Peri Rossi y, si la cosa iba a más, incluso llegaban a las manos.
-¿Se pegaban? ¡Qué me dices!
-No, no, más bien lo contrario, se magreaban de lo lindo delante de todo el mundo. Y claro, la sección acabó convirtiéndose en Sodoma y Gomorra, y como la gente no es de piedra y se pirra por el morbo, cada dÃa se montaban corrillos de mirones alrededor de la sección, todos eran hombres, por supuesto, y se pasaban las tardes enteras ahÃ, de pie, mirando y con las manos en los bolsillos del pantalón. Asà que, sintiéndolo mucho, nos vimos obligados a eliminar la sección de literatura Gay y Lésbica, y no crea que fue fácil, a dÃa de hoy todavÃa vienen algunos preguntando por “el rincón de las chicasâ€.
-IncreÃble… ¿Y ahora qué, no tenéis nada de literatura lésbica?
-Pues ahora, si quiere algún libro sobre esta temática tiene que buscarlo por el nombre de la autora, entre el resto de escritores.
En principio, no me parece una mala decisión, incluso me suena a normalidad, pero echo una ojeada y no veo el nombre de ninguna autora de literatura lésbica a la vista. Ya sé que la industria del libro ha cambiado mucho en los últimos años, que los libros son meros productos que compiten por un espacio y un tiempo de permanencia en las librerÃas, pero de ahà a no encontrar a ninguna de mis escritoras de referencia hay un abismo. Al menos una, como muestra, digo yo.
De Diagonal Mar me voy a FNAC El Triangle, en el centro de la ciudad, esperando tener más suerte y que la mayor afluencia de turistas juegue a favor de las letras lésbicas. Pero pronto me doy cuenta de que la situación no es mucho mejor. Después de mucho buscar, doy con el rótulo HOMOSEXUALIDAD ubicado en el departamento de Ciencias Humanas, junto a AntropologÃa, SociologÃa, Estudios de Género y Violencia de Género. Vaya, habrÃa jurado que la violencia de género es más propia de los heterosexuales, pero habrá sido sólo una impresión mÃa, nada más. En cualquier caso, se me cae el alma a los pies al observar que la sección HOMOSEXUALIDAD -¿soy yo o la palabra suena a eso, a Ciencia Humana, más que a literatura?- cuenta, como mucho, con quince tÃtulos diferentes. ¿Y qué son quince tÃtulos en el macro universo FNAC? Una gota en el océano.
Cuando ya me voy, dispuesta a llamar a Berta para decirle que su leyenda urbana no tiene fundamento, al menos a dÃa de hoy, una mujer se planta a mi lado y empieza a rebuscar en HOMOSEXUALIDAD.
-¿Qué buscas?-, le pregunto.
-Algo de Rita Mae Brown. Me encanta.
-A mà también, pero no hay nada.
-Lo imaginaba, aunque nunca pierdo la esperanza de encontrar algo interesante en las librerÃas de supuesto prestigio. La literatura lésbica está perdida, al menos en FNAC El Triangle.
-Pues en FNAC Diagonal Mar, ni te cuento.
-¿Has ido a Illa Diagonal?
-No, ¿para qué?
-Es verdad. ¿Tienes pareja?
-SÃ.
-Yo también. Llámala y nos vamos las cuatro de compras a Cómplices. Allà encontraremos de todo y estaremos como en casa. ¿Qué te parece?
-Elemental, mi querida desconocida.
Esta historia es mitad ficción y mitad realidad, y cualquier parecido con una u otra es mera coincidencia.

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Lesbianarium 3. “A ver, MarÃa”

Llego a mi destino poco antes de las once de la noche. Es lo que tiene volar con compañÃas de bajo coste, que vas y vienes a horas intempestivas e inviertes en desplazamientos lo que te has ahorrado en billetes, o incluso más. Pero esta vez es diferente, para mi sorpresa el pequeño aeropuerto está en las afueras de la misma ciudad, pegado al casco urbano, de manera que podrÃa ir al hotel a pie. Pero no me apetece andar de noche en una ciudad que no conozco, asà que me subo a un taxi del que me bajo al cabo de diez minutos escasos.
He dicho hotel, ¿verdad? QuerÃa decir monasterio, porque en realidad me alojo en un edificio religioso del siglo XIV reconvertido en un hotel gay friendly, para más inri. De entrada, el chico de Recepción sà que me parece muy gay friendly, y eso ya es un buen comienzo.

-Buenas noches. La estábamos esperando. Si le parece bien, le hemos preparado la celda LezDreams, completamente exenta de decoración y con excelentes vistas al claustro. Antiguamente era la celda de la Madre Superiora del convento, y hemos tratado de conservarla tal como ella la dejó.
-Me parece estupendo. ¿A qué hora se sirve el desayuno?
-Entre las siete y las diez de la mañana, en el Refectorio Lila.
-Muy bien, buenas noches.
-Que descanse.
Para llegar a mi celda tengo que cruzar el impresionante claustro, completamente desierto a estas horas de la noche, subir al primer piso y caminar a lo largo de un pasillo que se me hace interminable. Detrás de la puerta con el cartelito LezDreams me encuentro con una habitación de paredes blancas y techo alto, altÃsimo, del que cuelga una bombilla desnuda, con una cama doble en el centro, una mesilla de noche a cada lado y una ventana que da al claustro. El baño es igual de austero pero tiene todo lo necesario. Estoy molida y necesito dormir, pero antes quiero llamar a casa.
-Hola, ¿estabas dormida?
-No, esperaba tu llamada. ¿Has llegado bien?
-SÃ, y el hotel-monasterio no está mal. ¿Y sabes qué?, me han dado la celda de la Madre Superiora.
-Uf, qué morbo, ¿no? ¿Hay juguetitos esparcidos por ah�
-Me parece que has visto demasiadas pelÃculas para adultos últimamente. Aquà no hay juguetes ni nada que se le parezca.
-Oye, si te topas por ahà con alguna monja y está de buen ver, por mà adelante, disfruta de la vida, que son cuatro dÃas. Pero, eso sÃ, después me lo cuentas todo al detalle.
-Estás como una cabra, cariño, pero te quiero. Buenas noches.
-Buenas noches. Llámame mañana antes de subir al avión de vuelta.
Al meterme en la cama me doy cuenta de lo acostumbrada que estoy a dormir en pareja, porque sin pensarlo siquiera me echo en el lado izquierdo, mi lado de siempre, en lugar de ocupar todo el espacio de que dispongo aun a sabiendas de que esta noche nadie dormirá a mi derecha.
¿Me lo ha parecido o alguien ha llamado a la puerta? ¿Qué hora es? ¿Las tres? Nadie puede llamar a estas horas de la madrugada… ¿O sÃ? Acabo de oÃr otra vez dos toques muy suaves. Salto de la cama y me acerco a la puerta, medio dormida. Al preguntar si hay alguien al otro lado me responde una voz de mujer que no sabrÃa definir, ni suave ni dura, ni grave ni fina.
-Son las tres. Llamada a Laudes.
¿Cómo?
-Abre, vengo a auxiliarte en tus rezos de Maitines.
No consigo entender de qué va la historia, asà que decido abrir la puerta y me encuentro con una chica más o menos de mi edad, vestida de negro de pies a cabeza, con la capucha del jersey puesta, botas paramilitares y un piercing en la ceja izquierda. Total, que no sé si ha venido a verme Lisbeth Salander o una de las hijas de Zapatero.
-¿Quién eres? -pregunto en un tono seco y poco amigable.
-Para ti soy Sor Bette, pero no te dejaré lamerme aunque te mueras de ganas. Esto me gusta tan poco como a ti. Por suerte hay pocas huéspedes, asà que terminaré pronto y luego me iré por ahÃ. Vamos, colócate.
Mientras hablaba, ha entrado en la habitación sin que yo la invitara a pasar. Estoy empezando a hartarme.
-¿Que me coloque? ¿Dónde? ¿Por qué? ¿Y para qué?
-SÃ. Arrodillada junto a la cama. Porque vamos a rezar. Para respetar la regla de nuestra orden. Todas las que os alojáis aquà debéis hacerlo una vez al mes, como manda toda buena regla.
-Mira, no sé si echarte a patadas yo misma o llamar a Recepción. ¿Tú qué prefieres?
-Si llego tarde por tu culpa a mi cita en el after seré yo quien te pateará el culo. Asà que, arrodÃllate de una puta vez y reza conmigo. Sólo será un minuto. Y no te molestes en resistirte porque serÃa inútil.
-¿Ah, s� ¿Y cómo vas a obligarme a rezar, si puede saberse?
-AsÃ.
Al señalarme con el dedo Ãndice de su mano izquierda, caigo de rodillas como un saco de patatas. No sé cómo lo ha hecho, pero soy incapaz de levantarme ni de dominar mi cuerpo. Me duelen las dos rótulas.
-Bien, ahora que ya estás en posición, junta las manos y sÃgueme en el rezo. Oremos.
Las dos, una a cada lado de la cama, empezamos a recitar la oración frase por frase, primero ella y después yo. No me reconozco, no soy yo, vivo sin vivir en mÃ, es ella quien doblega mi voluntad para utilizar mi cuerpo y mi mente como le viene en gana. Estoy mojada.
A ver, MarÃa
Safo te salve, lesbiana, llena eres de gracias,
(¡de nada!)
la señora es contigo.
Aunque maldita tú eres entre todas las mujeres,
bendito es el fruto de tu sexo, ¡Dios!
Safo de Lesbos, Madre de todas,
nadie ruega por nosotras, pecadoras,
ni ahora ni en la hora de nuestra muerte.
Vaivén.
-¿Lo ves?, ya está, no ha sido tan difÃcil. Ahora, échate en la cama y sigue durmiendo. Cuando cuente hasta tres volverás a ser dueña de ti. Uno, dos… Aunque, pensándolo bien…
Los primeros rayos de sol entran por la ventana y me dan de lleno en los ojos. Intento abrirlos pero siento que me pesan los párpados como dos losas de mármol del bueno. Cuando por fin consigo realizar la maniobra me doy cuenta de tres cosas: a) el dÃa apenas empieza a clarear; b) la cama está revuelta, más que eso, está completamente deshecha; y c) estoy desnuda, y no lo entiendo, porque recuerdo perfectamente haberme puesto el pijama que ahora está en el suelo.
Al entrar en la ducha me veo dos moratones, uno en cada rodilla, y entonces recuerdo vagamente la imagen de una monja gótica obligándome a rezar. ¿Estoy mojada? No, es la regla. Maldita sea, pero si no tocaba todavÃa… ¡Y qué cansancio!… No puedo con mi alma. A ver si soy capaz de bajar a desayunar y recobro las fuerzas.
Cruzo otra vez el claustro, pero esta vez de dÃa, para llegar al Refectorio Lila, una sala rectangular de estilo gótico con bóveda de crucerÃa llena de mesas dispuestas para los huéspedes. En uno de los extremos hay un mostrador con toda la oferta del desayuno bufet. Me llevo un par de tostadas, un poco de embutido, margarina, mermelada, un huevo duro, un yogur con cereales y un kiwi y me siento en una de las mesas del otro extremo de la nave, lejos de los pocos turistas que están desayunando a esta hora.
Al sentarme veo que se acerca una camarera con una taza en una mano y una jarra con café en la otra. Lleva un uniforme negro y botas paramilitares, también negras. Adivino su nombre escrito en la tarjeta credencial plastificada que cuelga del bolsillo de su blusa, pero no puedo leerlo hasta que llega a mi mesa: Bette. Reconozco ese piercing, no es el único que lleva pero sà el único visible. No puedo moverme ni hablar, pero ella sÃ, ella se mueve muy cerca de mà con precisión y lentitud felinas, como anoche, apoyando su mano en mi hombro mientras vierte café en la taza y rozándome con sus labios para convencerme con un susurro de que no fue un sueño.
-Me enloquece tu vaivén. ¿Volverás?

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