Lesbianarium 25: "Aunque la hetero se vista de bollo"

—¿Lola?
—Hola, Pilar…
—¿Qué hay? Me llamas justo cuando estaba saliendo por la puerta, he quedado con las chicas para cenar y tomar unas copas en el nuevo local del Eixample.
—…
—¿Estás bien, Lola?
—La verdad es que… no mucho…
La voz de Lola suena triste y apagada a través del móvil. Conociéndola, Pilar teme lo peor.
—¿Va todo bien con Luis?
—Lo hemos dejado.
—¡Joder, Lola! ¡Qué poco te duran a ti los novios! ¿Qué ha pasado?
—Me ha dicho que quería más libertad, que no estaba preparado para una relación seria.
—Vaya, otro con lo mismo. En mi opinión, habría que revisar el concepto de “relación seria”, porque no hay dos personas en el mundo que coincidan en su significado. Y, de paso, a ver si dejamos de utilizarlo como excusa para romper. Pero, ¿sabes lo que te digo? Que él se lo pierde. Oye, ¿estás en casa?
—Sí, claro, llorando como una Magdalena.
—Voy con tiempo, así que me paso a verte, te abrazo un rato y, si es necesario, lloramos juntas todo lo que haga falta, pero después sales con nosotras a divertirte. En otras palabras, no quiero que tu duelo dure más de treinta minutos a partir del momento en que ponga los pies en tu casa. Lamentarse no sirve de nada, Lola, y yo quiero verte feliz, ¿me oyes?
—No sé si podré hacer borrón y cuenta nueva en media hora, Pilar…
—Quien dice media hora, dice treinta y cinco minutos, pero no más. Ve llorando mientras llego, así avanzas.
—No seas burra, y no me hagas reír, que no tengo ganas…
—Sí que tienes ganas, lo que pasa es que no quieres permitírtelo, porque crees que cuando se rompe con alguien hay que llorar. Yo no digo que no tenga que ser así, pero sin pasarse, porque, a ver, ¿desde cuándo estás llorando?
—Desde ayer.
—¿Ayer? ¡Madre del amor hermoso! ¿Llevas un día entero soltando agua por los ojos y moqueando? Supongo que estarás bebiendo mucho líquido, ¿o es que estás intentando suicidarte por deshidratación?
—¿Qué haría yo sin ti, Pilar? Llevo hablando contigo un par de minutos y ya me siento mejor. Ojalá fuera lesbiana, para tomarme la vida como te la tomas tú.
—¡Eh! Que las lesbianas también tenemos problemas, no vayas a creerte que todo es felicidad y buen rollo. Si yo te contara todas las veces que me han partido el corazón… Hasta que un día decidí que se había acabado y que, puestas a romperme algo, prefiero que me rompan las bragas. Desde ese día me va bastante mejor. ¿Cómo lo ves?
—Qué bruta eres a veces, pero tienes parte de razón.
—Piensa en ello mientras llego. Hasta ahora mismo, guapa.
—Te espero. Adiós.
Pilar cuelga su móvil y entra en la boca del metro. Al cabo de veinte minutos, sale a la superficie de nuevo, y después de caminar un poco, llega a casa de Lola. Llama al interfono, y Lola abre sin preguntar. Como vive en el bajo, enseguida la ve asomarse a la puerta para darle la bienvenida. Con los ojos enrojecidos aún por el llanto, pero con un atisbo de sonrisa en los labios, Lola le toma la mano y tira de Pilar hacia dentro. La abraza muy fuerte y no para de darle besos muy cerca de la oreja, mientras le susurra una y otra vez: “gracias por venir, gracias por venir, gracias por venir…”.
—Lola, por favor, deja de hablarme así, que me estás poniendo loca, y yo he venido aquí a consolar a mi amiga heterosexual, no a aprovecharme de ella.
Lola se separa de Pilar y le muestra una sonrisa abierta y relajada.
—¿Lo ves, Pilar? Lo has vuelto a hacer, me haces reír otra vez. Por eso te quiero tanto… Y por eso acabo de tomar una gran decisión.
—Ya lo veo, has decidido poner cachondas a lesbianas pervertidas como yo. Pues que sepas que no se te da nada mal, me lo has dejado todo de punta, jodida.
—Que no, que no es eso, aunque te agradezco el cumplido.
—Pues entonces, ¿qué?
—Hoy y aquí, Lola Santos de la Fe, que soy yo, he decidido…
—¿Necesitas un redoble de tambores? ¡Vamos, suéltalo ya!
—¡Que me hago lesbiana!
—…
—Sí, lesbiana, como tú, ¿no te hace ilusión? Estoy harta de los malos rollos con los tíos y quiero ver si me va mejor con las mujeres.
—…
—Bueno, ¿no piensas decir nada? ¡Te digo que me hago lesbiana!
Pilar no deja de mirar a Lola con los ojos abiertos como platos, inspeccionándola de arriba abajo con una mezcla de sorpresa, incredulidad y expectación. Por fin, se decide a expresarle su opinión.
—Mira, Lola, no quiero decepcionarte, y menos ahora que empiezas a superar la ruptura, pero…
—¿Pero qué? No hay pero que valga. Quiero ser lesbiana, y espero que tú me ayudes.
—¿Yo? Lola, esto es lo más descabellado que he oído en mi vida.
—¿Por qué?
—Pues porque ser lesbiana no es algo que se decida así, en media hora. Ni siquiera es algo que pueda decidirse. Las lesbianas no “nos hacemos”, Lola, nacemos lesbianas. Es así, y no importa si lo sabemos desde que tenemos uso de razón o si lo aceptamos a los sesenta.
—Bobadas. Si me lo propongo, puedo ser tan lesbiana como tú, o incluso más. Sólo necesito saber lo básico, y tú me lo vas a enseñar.
Resignada y dispuesta a demostrarle a Lola que está equivocada, Pilar acepta el reto y reconoce que siente curiosidad por saber hasta dónde será capaz de llegar su amiga para intentar olvidar a su último novio.
—Como quieras, pero te advierto que no te va a resultar fácil, porque tú tienes tanto de lesbiana como yo de monja.
—Entonces, ¿vas a enseñarme?
—Esto no se enseña, es lo que estoy tratando de decirte, pero, ya que te empeñas en ello, haré lo que pueda.
—¿Cuánto tiempo tenemos?
—He quedado con las chicas a las once, y son las nueve y media pasadas. Tenemos, como mucho, una hora.
—Suficiente.
—Estás como una cabra, Lola.
—Sí, pero me encanta.
—Antes de empezar, quiero que sepas que hay una cosa que me molesta, aparte de que creas que puedes ser lesbiana con sólo proponértelo, y es que hayas llegado a esto después de romper con tu novio. A las lesbianas no nos gustan las mujeres porque seamos unas amargadas que no han encontrado al hombre adecuado. Me gustaría que esto te quedara muy claro.
Llegadas a este punto, y viendo que Pilar parece un poco enojada, Lola se pone seria antes de responderle con la sinceridad que sólo las mejores amigas pueden compartir.
—Está claro como el agua, y lo que dices nunca se me ha pasado por la cabeza. Pilar, yo te respeto y te quiero mucho, eres mi mejor amiga. En el fondo, esto es parte de mi duelo. Quiero divertirme esta noche para olvidarme de lo mal que lo he pasado, y me gustaría hacerlo desde otra perspectiva, sin que ello signifique que me esté riendo de ti. Ya sé que no soy lesbiana, pero déjame engañarme un poco esta noche, ¿vale? Deja que haga el ridículo por ahí y que todas las lesbianas de la ciudad se rían de mí, te lo pido por favor.
La declaración de Lola desarma a Pilar, no sabe si por sincera o por desesperada.
—¿Sabes lo que te digo, loca de los cojones? Que ninguna bollera se va a reír de ti mientras yo pueda impedirlo. Cuando salgas de casa esta noche, vas a parecer más lesbiana que Martina Navratilova y Tracy Chapman y juntas.
—¿Tanto?
—¡Y mucho más! Venga, empecemos. ¿Quieres ser algún tipo de lesbiana en especial?
—Ah, pero… ¿se puede escoger?
—Más o menos, aunque, conociéndote, no te veo de deportista ni de camionera, y tampoco de hippy feminista ni de rata de biblioteca. Para mí que vas a ser una lipstick de tomo y lomo. Y además, así podrás seguir maquillándote y te sentirás más tú misma.
—¡Venga esa lipstick!
—Enséñame tu armario.
Lola lleva a Pilar a su habitación y, después de cruzarla, entran en un vestidor tan espacioso como el mismo dormitorio. Pilar se queda asombrada.
—¡Madre de Dios! Le faltan días al año para poder ponerse todo esto… ¿Tienes algo que no sea rosa? Lo que yo te decía, lipstick total. Ponte lo que quieras, todo lo que hay aquí es sexy. Vas a dejarlas locas a todas. Pero no te vistas todavía, vamos a la cocina.
—¿A la cocina?
—¿Tienes algún melón por ahí?
—¿Un melón? Creo que sí, ¿para qué lo quieres?
—No es para mí, es para ti.
—Aquí está. ¿Qué tengo que hacer con él?
—Pártelo por la mitad, longitudinalmente, y sácale las pepitas. Cuando termines, me lo das. Mientras tanto, voy a sentarme en esa silla de ahí.
En un par de minutos, Lola tiene el medio melón listo y sin pepitas. Se acerca a Pilar para dárselo, y Pilar, que está sentada, se lo coloca entre las piernas antes de dar la siguiente orden a Lola.
—Arrodíllate y lámelo.
—¿Qué?
—¿Quieres ser lesbiana o no?
—Sí…
—Pues haz lo que te digo. Lame el melón con ganas, en el centro, de abajo arriba y de arriba abajo, hundiendo la cara en él. De vez en cuando mueve la lengua en círculos, eso les encanta a muchas chicas y, además, ayuda a hacer cambios de ritmo.
Lola obedece.
—Me eztoy bringando doda…
—Peor lo estoy pasando yo, que me estás poniendo otra vez. Además, nadie dijo que ser lesbiana fuera fácil. Chupa.
Al cabo de unos diez minutos, Pilar le dice a Lola que pare.
—Vale ya. Si la tía no se ha corrido a estas alturas, con la de lametazos que le has dado, es que tiene un problema, mental o físico, pero un problema. ¿A ver cómo ha quedado el melón? ¡Joder, pero si te has comido la mitad de la pulpa!
—Es que me ha entrado hambre…
—Lola, por favor te lo pido, mucho cuidado con morder, porque puedes causar una desgracia. Una cosa son los mordisquitos, que a todas nos gustan, pero esto que has hecho aquí es una escabechina.
—Entendido. ¿Puedo lavarme ya?
—Toma mis pañuelos de papel. Quédatelos y llévalos siempre contigo, nunca se sabe dónde puedes encontrar un melón maduro. Entiendes lo que te digo, ¿no?
—Perfectamente.
—Ya puedes vestirte y maquillarte, pero no te pases con los tacones ni con el colorete. Yo te espero en el salón.
Lola aparece un cuarto de hora después, impecablemente vestida y perfectamente maquillada, ni mucho ni poco, lo justo para no perder la naturalidad.
—Estás despampanante, como siempre, pero hoy más todavía.
—Gracias. ¿Nos vamos ya?
—Sólo una cosa más: a ver esas uñas.
—Siempre las llevo limpias, Pilar.
—Además de limpias, tienen que estar cortas y sin aristas, a menos que quieras provocar un accidente.
—Comprendo, ¿cómo están las mías?
—Pasables, pero para hoy servirán. Podemos irnos. ¿Preparada para una velada lésbica?
—Estoy muy nerviosa, pero contenta. Gracias, Pilar.
—No me las des todavía. Te sugiero que esperes hasta ver cómo te va la noche, y después hablamos.
Lola y Pilar se reúnen media hora más tarde con dos amigas de Pilar, Carla y Lorena, en uno de los bares de ambiente de la ciudad, donde han quedado para tomarse unas tapas con unas cañas de cerveza. Mientras comen, las tres amigas intentan dar algunos consejos de última hora a Lola.
—Recuerda que, si alguna te mira tres veces seguidas, es que le gustas.
—Sí, y si se humedece los labios mientras habla contigo, quiere rollo seguro.
—Chicas, chicas, no atosiguéis a Lola, por favor. A ver si se va a poner nerviosa y se va a echar atrás.
—No te preocupes, Pilar, estoy bien. Carla, Lorena, agradezco vuestros consejos.
—Nenas, vámonos.
Pasada la medianoche, las cuatro amigas entran por la puerta del local nocturno, atiborrado de mujeres de todas las edades. Suena música de los ochenta. Después de inspeccionar la sala durante unos minutos, Pilar propone la estrategia a seguir.
—Si vamos las cuatro en un pack, ninguna de nosotras pillará cacho, y esta noche queremos que Lola se estrene, ¿verdad?
Carla y Lorena contestan al unísono.
—¡Verdad!
—Entonces, propongo que nos separemos ahora y que cada una se espabile por su lado. Dentro de un par de horas nos encontramos aquí mismo, y la que no aparezca será porque habrá triunfado. ¿Os parece bien?
—Sí.
—¿A ti también, Lola?
—También.
—¿Tienes alguna duda?
—Creo que no.
—Muy bien. Mucha suerte, y sobre todo, tened mucho cuidado ahí fuera.
Tras despedirse con dos besos, se separan, tal como acaban de acordar, para ver qué les depara la noche. Al cabo de dos horas, Pilar, Carla y Lorena se encuentran de nuevo en el punto de partida. Contra todo pronóstico, Lola no aparece.
—No me lo puedo creer. ¿Cómo es posible que la más novata, la que ni siquiera es lesbiana, se haya llevado el gato al agua? —se lamenta Carla.
—Pues no lo sé, será la suerte de la principiante, —contesta Lorena.
—Chicas, no seáis egoístas, tenemos que alegrarnos por la suerte ajena. A mí, en cambio, me ha ido fatal. Me he topado con mi ex y se me han quitado las ganas de ligar con nadie. ¿Qué tal vosotras?
—A mí se me ha arrimado una rubia que no estaba mal, pero como era rubia de bote y no me gusta que me engañen, le he dado puerta. ¿Y tú, Carla?
—¿Yo? Igual de mal. He recorrido el local de punta a punta un par de veces y he charlado con algunos de mis últimos rollos. Me he dado cuenta de que esta ciudad es muy pequeña y de que quizá debería seleccionar más a mis ligues para no encontrármelas constantemente por todas partes. Así que he decidido dejar la pesca por hoy.
—Pues nada, espero que, al menos, Lola lo esté pasando bien. Mañana la llamo para que me lo cuente. Chicas, os dejo, me voy a dormir.
—Yo me quedo un rato más, para terminarme la copa. Buenas noches, Pilar.
—Yo también me quedo. Adiós.
Después de despedirse, Pilar se va a casa, y lo primero que hace al día siguiente, mientras desayuna, es llamar a Lola. Antes del tercer tono, Lola contesta.
—Hola, Pilar.
—Hola, estrella de la noche lésbica. ¿Qué tal? Bien, ¿no? Que sepas que fuiste la única que no apareció. Nosotras tres nos fuimos de vacío anoche, pero tú… Venga, cuenta, quiero detalles.
—Ay, Pilar, ¡muy mal!
—¿Cómo que muy mal? Si no apareciste fue porque encontraste a alguien, digo yo…
—Sí, una chica morena, alta y de ojos claros como el mar, muy guapa y agradable.
—Y entonces, ¿qué fue mal?
—El problema vino cuando llegamos a su casa y empezamos a liarnos.
—¡Pero si eso es siempre lo mejor! ¿Cómo va a ser eso un problema? Como no te expliques un poco más…
—No sé qué pasó exactamente, quizá hablé demasiado…
—Madre mía, madre mía… ¿Qué le dijiste?
—Primero, cuando estábamos en la cama y ella se puso un momento encima de mí, le dije que llevaba las uñas cortas para no hacerle daño cuando le arañara la espalda.
—¡No jodas! ¿Eso le dijiste? ¿Y no se te ocurrió soltarle nada más heterosexual?
—¿Eso es heterosexual?
—No sé, tú misma… ¡Jesús, qué lío! En el fondo, la culpa es mía, por no haberte explicado el tema de las uñas con más detalle. Sinceramente, creí que lo habías pillado… En fin, entiendo que le cortaras el rollo, pobrecilla. Bueno, no te preocupes, seguiremos practicando…
—… Después le pregunté por el melón.
—¿El melón? ¿Qué melón?
—Eso fue lo mismo que me preguntó ella. Y yo le dije que, si se ponía el melón entre las piernas, yo lo lamería con gusto y procuraría no hacer escabechina.
—¡Hala, venga! ¡Suma y sigue! ¿Y qué te dijo ella?
—Me miró raro y me dio una bolsita de Peta Zetas® que sacó del cajón de su mesilla de noche.
—Dios mío… Se me olvidó contarte lo de los Peta Zetas®… ¿Y qué hiciste?
—¿Qué querías que hiciera? Darle las gracias y tragarme la bolsa entera de una vez. Me encantan los Peta Zetas®. ¿Qué habrías hecho tú?
—Otro día te lo cuento, Lola.

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