Lesbianarium 34: "Hablando se confunde la gente"

De: hija_descarriada@gmail.com>
Para: madre.beata@yahoo.es
Enviado: lun, 7 junio, 2010 09:38
Asunto: Adiós

Mamá,
Ante todo, quiero que sepas que te quiero, aunque no haya sabido demostrártelo como a ti te gustaría y nunca nos hayamos entendido. Sé que no soy exactamente la hija que querías, que no me escogerías para tu equipo de voleibol si fuéramos compañeras de clase en lugar de madre e hija. Me temo que yo tampoco te escogería a ti para salir por ahí a tomar algo y hablar de nuestras cosas. Qué se le va a hacer, la familia no se elige, ¿verdad? Y cuando no se congenia, cuando no se está en la misma onda, sólo queda tolerarse. Eso sí lo hemos hecho medianamente bien, lo de tolerarnos, digo. Aunque tú en tu esquina del cuadrilátero, y yo en el mío. ¡Menudas peleas hemos tenido! Que si “hija, sabes que tengo razón”, que si “qué sabrás tú”, que si “sé más que tú, porque soy tu madre y he vivido más y te digo que vas por muy mal camino”, que si “mi camino es el que yo decido, no te metas más en mi vida y déjame en paz”…
Hoy te escribo precisamente para decirte que se acabó, que ya no quiero discutir más contigo de lo mismo, que lo dejo, me voy. Te pongas como te pongas. He llegado a mi límite y sé que la única solución es quitarme de en medio. Así, tú podrás seguir viviendo según tus creencias más profundas sin que tu propia hija las cuestione a cada momento, y yo me liberaré por fin de tus continuos reproches. No volverás a sentirte avergonzada porque soy diferente de ti y de los que son como tú. Abandono un club al que nunca pedí pertenecer. Tú rellenaste mi inscripción sin consultarme, pero seré yo quien la rompa. Voy a hacerlo hoy mismo, dentro de un rato.
Adiós, mamá.

Al cabo de tres horas escasas de haber escrito el mensaje, Sara recibe una llamada de su madre mientras espera el autobús para ir al centro. La voz de la madre suena a angustia y a preocupación.
—¡Menos mal que te encuentro! ¡Pensé que no llegaría a tiempo! Acabo de leer tu mensaje… ¿Estás bien? Por favor, no lo hagas, hija, tiene que haber otra solución…
—Hola, mamá. Estoy bien, mejor que nunca. Y sí, voy a hacerlo, esta tarde sin falta.
—¿Esta tarde? Pero, ¿cómo puedes hablar de ello así, tan a la ligera, como si se tratara de ir a por el pan?
—No veo por qué no, madre. Es un mero trámite, ahora estoy, ahora ya no estoy.
—¡Hija, por favor! Ten un poco más de respeto hacia ti misma…
—Lo hago precisamente porque me respeto mucho y no quiero seguir haciéndome daño pensando que mi vida, tal como está, te molesta a ti y a los que piensan como tú. Necesito un cambio, quiero dar este paso.
Conforme avanza la conversación, la madre de Sara se pone más y más nerviosa al ver que no es capaz de doblegar la firme determinación de su hija.
—¿Un cambio, dices? ¿Un paso? Un cambio es hacerse un corte de pelo radical, un paso es casarse o tener un hijo. Lo que tú quieres hacer es un desastre, una calamidad, un atentado contra las leyes de Dios.
En cambio, Sara está tranquila y sosegada, con la calma propia de los que han encontrado un sentido a su vida y se disponen a actuar en consecuencia recolocando las piezas de su puzle personal para que, por fin, todo encaje.
—Vaya, ya salió tu dios, muy oportuno, como siempre. Cuando vuelvas a hablar con él dile que, en el fondo, no es culpa suya sino más bien de sus intermediarios en la Tierra, que no hacen más que sembrar el pánico y ofuscar a la gente para tratar de dominarla a su merced, como te dominan a ti. ¿Te das cuenta de que estás poseída, madre?
—¿Y tú, hija mía, eres consciente de que lo que vas a hacer no tiene vuelta atrás?
—Mujer, tampoco es para ponerse melodramática, siempre puedo arrepentirme y volver al club, aunque dudo mucho que eso ocurra.
—¿Volver? ¿Y cómo vas a volver? ¿Reencarnada en una flor? Estás completamente ida, hija mía…
—Déjame, madre, por favor, es mi vida.
—Al menos, dime que no sufrirás. ¿Cómo vas a hacerlo?
—¿Sufrir? ¡Qué va! El sufrimiento terminará esta tarde, por fin. Le daré al botón y listo. Adiós para siempre.
—¿Al botón? ¿Qué botón? ¿Es que vas a hacerlo con gas, metiendo la cabeza en el horno? Dios mío…
Por primera vez desde que se ha puesto al teléfono, Sara nota que algo no va bien y que quizá, sólo quizá, ella y su madre están hablando de cosas distintas.
—¿Qué cabeza ni qué horno? ¿Y eso del gas, a qué viene? ¿Te encuentras bien, madre?… Voy a hacerlo por Internet. Será un momento.
—…
—¿Mamá?
—… ¿Por… Internet?… No sabía que la gente pudiera matarse por Internet…
La sospecha de Sara se confirma. No hablan de lo mismo. Es imposible.
—Un momento, madre, vamos a ver…. ¿Matarse? ¿Quién ha hablado de suicidarse?
—Bueno… tú decías en tu mensaje que te ibas, que te quitabas de en medio… ¿no?…
—Sí, y me voy a ir, pero no de este mundo. Mamá, abandono el club de los católicos. Los que queráis seguir montados en el tongo de la Iglesia, allá vosotros, pero yo me apeo. He decidido apostatar y voy a hacer los trámites por Internet esta tarde. Eso es lo que intentaba explicarte en mi mensaje.
La voz de la madre, mucho más luminosa y aguda de repente, suena ahora a gloria y a felicidad.
—¡Ay, hija, qué bien! Yo ya me había puesto en lo peor… Un poco más y me matas a mí de un ataque al corazón.
—¿En serio creías que iba a quitarme la vida?
—Eso me pareció, sí, pero no me hagas caso, esta vieja chocha ya no entiende nada de nada. Lo importante es que tú estás bien, aunque no apruebo lo que quieres hacer. ¿De verdad vas a abandonar definitivamente el camino del Señor?
—Sí, mamá, nunca me ha interesado, ya sabes que siempre he preferido seguir el camino de las señoras. Por donde ellas pasan, yo voy detrás… Pero… Un momento… Vayamos por partes… ¿Por qué creíste que iba a suicidarme?
—Ya te lo he dicho, malinterpreté tu mensaje, eso es todo…
—Me refiero al motivo por el que crees que iba a matarme.
—Pues… No lo sé, hija…
—¡Sí que lo sabes, mamá, no me mientas! Claro, como soy lesbiana y no puedo soportar mi culpa ni la vergüenza de la vida de pecado que llevo, tengo que quitarme la vida. Es eso, ¿verdad que sí?
—Sara, por favor… Yo no he dicho eso.
—¡Pero lo has pensado!
—Que no…
—¡Sí que se te ha pasado por la cabeza! Te conozco, mamá…
—Te digo que no…
—Reconócelo de una vez, no pasa nada, lo tengo asumido.
—De acuerdo.
—¿De acuerdo, qué?
—Que sí, que creí que te ibas a matar por ser lesbiana. ¿Contenta?
—Eso es, vomítalo, que no se te quede dentro, que luego es peor.
—Ay, hija, cómo eres, de verdad. ¿Qué importa lo que yo piense o deje de pensar?
—A mí me importa, mamá. Pensaba que sabías que soy muy feliz y que ser homosexual me hace más feliz todavía. Creía que ya habías superado esa fase.
—Pues ya ves que no. Yo te quiero mucho, eres mi hija, pero no me pidas que considere normal algo abominable a los ojos de Dios.
—¿Tu dios considera que el amor es abominable?
—Déjalo, Sara, nunca nos pondremos de acuerdo en esto.
—Tienes razón. Anda, cuelga, vas a llegar tarde a misa.
—¿Vendrás a cenar?
—Vendré.
—¿Querrás ensalada para acompañar la tortilla de patatas y cebolla?
—Querré, querré. Hasta luego, mamá. Saluda al padre Santiago de mi parte y, sobre todo, si puedes evitarlo, no dejes que ningún niño se arrodille delante de él.
—Arderás en el Infierno, hija…
—Seguro que sí, junto al padre Santiago y muchos otros de tu misma parroquia.

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