Lesbianarium 70: "Globalidades"

El día que empieza la hinchazón premenstrual lo notas enseguida por los pantalones, porque te aprietan más de lo debido en la cintura y en la parte superior de las piernas. A veces también lo notas por el sujetador, que parece incapaz de sostener tus pechos sobredimensionados. Y en las cartucheras, verdaderos depósitos de líquidos que quedarán allí retenidos durante días y días, hasta que la menstruación decida abrir las compuertas para dejarlos salir.
Te sientes gorda, te sientes vaca, te sientes acuosa a cada paso que das, y cada día que pasa aumenta esa desagradable sensación sin que puedas hacer nada para impedirlo. Rezas para que te baje la regla de una vez, pero lo único que te baja es la libido al verte tan hinchada como un pez globo.
Luego, al segundo o tercer día, empiezas a perder pie. Ocurre así, de repente, sin previo aviso. Vas por la calle y una chica te para, mirándote con extrañeza.
—Disculpa, pero vas andando sin pisar el suelo —te dice¬— ¿te importaría decirme cómo lo haces?
Y entonces, tú, al mirar hacia abajo y ver tus pies suspendidos en el aire, te das cuenta de que es verdad, de que la hinchazón, que va en aumento, te hace levitar como un globo de helio que empieza a elevarse. La gente te mira mal, como si fueras un monstruo de circo, y a ti no se te ocurre otra cosa que pedir ayuda a esa chica, que sigue mirándote entre curiosa y lasciva.
—Por favor —le pides— ¿te importaría acompañarme a casa? Es que así, suspendida como voy, no puedo controlar mis pasos, ya lo ves.
Y la chica, que se ha puesto un poco cachonda y se lo toma como una invitación a una sesión de sexo desenfrenado, te contesta que sí, que por supuesto, que faltaría más. Así que sacas el fino cordel de tu bolsillo que siempre llevas encima para cuando se presenta la hinchazón premenstrual, te atas un cabo a una muñeca y le das el otro cabo a la otra “muñeca”, la chica que se ha ofrecido a llevarte a casa. Y ella te lleva, como una niña a la que acaban de comprar un globo en una feria. Incluso le brillan los ojos de pura emoción.
Frente al portal de tu casa, le das las llaves de tu piso y le pides que te suelte porque prefieres entrar por el balcón. Ella obedece, y cuando te suelta empiezas a elevarte procurando no separarte de la fachada del edificio. Al llegar a la altura de tu balcón, te aferras a la barandilla con ambos brazos y saltas hacia dentro con una maniobra de gran precisión. Por suerte, lo has hecho otras veces y tienes práctica, cualquier pequeño error te haría correr el riesgo de elevarte sin parar hacia el cielo azul hasta que la presión atmosférica te hiciera estallar en mil pedacitos, y en tu esquela pondría: “Siempre fuiste una mujer de altos vuelos. Te recordaremos eternamente”.
Ya en tu casa, vas recorriendo las estancias con la cabeza pegada al techo y el cordel colgando de tu muñeca. La chica te espera en la sala, sentada en el sofá. Quiere sexo, claro. Y tú también, porque estás premenstrual. Te asombras de que en tu estado de máxima hinchazón alguien se interese por ti desde el punto de vista sexual. Le adviertes de los riesgos, pero ella insiste, le dan morbo tus redondeces, y mientras ella va tirando del cordel tú vas bajando, bajando y bajando hasta quedar a su altura. Quiere abrazarte toda, pero no puede, sus brazos no dan para más. Os besáis y os acariciáis con pasión, todo va bien hasta que ella te muerde en el cuello, muy cerca de la oreja, y en ese mismo momento tú sales disparada por la ventana por propulsión a chorro y ella se queda plantada en medio de la habitación, con los brazos vacíos y la desilusión propia de una niña que acaba de quedarse sin su globo…

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