Las lesbianas racializadas viven una realidad que se queda fuera incluso de lo que podemos abarcar dentro del colectivo LGTBIQ+. Estamos acostumbradas a la que la orientación sexual marque las experiencias vitales, pero también lo hace (y en mayor medida) el origen, el color de piel o la cultura.

Cuando hablamos de mujeres racializadas, nos referimos a personas que no encajan en la norma blanca europea y, por tanto, que una parte de la sociedad en ocasiones percibe como ‘ajenas’. Y si a eso le sumas ser lesbiana, las barreras se multiplican para ellas.

Qué significa ser lesbiana racializada

La teoría interseccional es la que se encarga de explicar realidades muy concretas. En este caso, ser lesbiana racializada implica tener que enfrentarse a formas de discriminación que se ‘entrecruzan’. Es decir, no es lesbofobia más racismo al uso, sino una experiencia distinta que no siempre es reconocida ni nombrada. Incluso que muchas veces, dentro del propio colectivo, no sabemos ver.

En ciertos contextos familiares o en determinadas comunidades, las mujeres racializadas crecen con creencias impuestas muy fuertes que están ligadas al género, a la heterosexualidad obligatoria o al honor familiar. Por eso, salir del armario tiene consecuencias mucho más duras para ellas en comparación con una lesbiana blanca en una mejor situación social, económica o familiar.

El problema es que si ser lesbiana ya implica ciertos estereotipos o prejuicios, la racialización añade cierta sospecha, estigmatización o hipersexualización.

Invisibles dentro y fuera del colectivo LGTBIQ+

Si estamos hablando de este tema, es porque el movimiento LGTBIQ+ en España también reproduce jerarquías y roles. Muchas lesbianas racializadas no se sienten representadas en los discursos hegemónicos, ni en las referentes, ni en los espacios de militancia. Si nos ha costado que las lesbianas tengamos ‘protagonismo’ en ciertos lugares, el problema para las racializadas es que se alejan de algunas realidades materiales.

Así que esto genera una doble ‘expulsión’. Y tampoco es raro escuchar relatos de tokenismo, silenciamiento o falta de escucha cuando se señalan dinámicas racistas en espacios que se supone que son seguros.

Barreras estructurales: por qué la ley no basta

España cuenta con una legislación bastante completa en materia de igualdad, no discriminación y derechos LGTBIQ+. Pero la ley, por sí sola, no garantiza protección real. Es más, muchas situaciones de lesbofobia racializada no se denuncian porque no encajan fácilmente en los marcos jurídicos existentes o porque las instituciones no terminan de entenderlas.

Además, los datos también son escasos. Los observatorios sobre LGTBIfobia apenas recogen información concreta que nos permita entender el impacto específico del racismo para las lesbianas. Y sin esos datos, jamás podrá haber políticas públicas que de verdad funcionen.

Se suele decir que lo que no se nombra, no existe. Por eso son tan importantes las iniciativas impulsadas desde el feminismo interseccional y los colectivos de mujeres racializadas. Sin investigación por su parte, jamás podremos tener datos, ampliar el conocimiento en este sentido ni poner palabras a la realidad que viven muchas mujeres en todo el mundo.