¿Te has parado a pensar en qué tienen en común la clase social y el lesbianismo? Lo primero a tener en cuenta es que no todas llegamos al colectivo de la misma manera. Ni lo vivimos, ni lo nombramos, ni lo mostramos de la misma manera. Evidentemente, no es lo mismo salir del armario con una red económica, apoyo familiar y estudios universitarios que hacerlo desde la precariedad, la migración o la dependencia económica.
El deseo puede ser el mismo, pero las condiciones materiales no lo son. Es más, durante mucho tiempo, hay cierta parte del colectivo que ha presentado el lesbianismo como un relato visible y relativamente acomodado. Legítimo, sí, pero incompleto. Si miramos un poco más allá y entendemos la relación entre la clase social y el lesbianismo, encontramos diferencias muy evidentes en nuestras experiencias vitales.
El armario no pesa igual para todas
Cada lesbiana elige cómo quiere salir del armario, en qué momento hacerlo y en qué contexto. Y también las hay que deciden no hacerlo nunca. Todavía hay mujeres para las que reconocerse abiertamente como lesbianas significa perder un trabajo, una vivienda, el apoyo familiar e incluso la custodia de menores.
Aquí la clase social tiene mucho que ver. Es decir, tener ahorros, independencia económica o una red de apoyo hace que salir del armario sea más sencillo. Para otras, sobre todo las lesbianas jóvenes, racializadas o que pertenecen a entornos con menos recursos, el armario sigue siendo un lugar seguro. Y eso también es político.
Quién entra y quién se queda fuera de los espacios lésbicos
Los espacios lésbicos son (o deberían ser) seguros para todas las mujeres del colectivo, independientemente de la clase social o el origen. Sin embargo, los bares, festivales, eventos culturales e incluso las asociaciones requieren tiempo, dinero y capital cultural. En otras palabras, saber moverse, hablar y ‘encajar’ en el grupo. Y por eso, muchas veces y sin darnos cuenta, reproducimos dinámicas clasistas dentro del propio colectivo.
El resultado es que algunas lesbianas (sobre todo, las que no encajan en el perfil blanco, urbano y con estudios) se sienten fuera de lugar. No porque no sean ‘suficientes’, sino porque los códigos del espacio no están pensados para ellas. En definitiva, si hablamos de clase social y lesbianismo es justo preguntarnos si dejamos fuera a alguien cuando construimos comunidad.
Clase social y lesbianismo: así es el activismo lésbico con mirada de clase
El activismo no es ajeno a estas desigualdades, pues participar, formarse o liderar espacios requiere recursos. Sin esa mirada de clase, corremos el riesgo de construir un activismo totalmente desconectado de la realidad de muchas lesbianas.
Si de verdad queremos incluir la clase social en la agenda, tenemos que ampliar. Es decir, escuchar a las lesbianas que limpian casas, a las que no tienen papeles, a las que viven en pueblos pequeños o a las que dependen económicamente de sus familias. Las lesbianas tenemos muchas cosas en común, pero debemos tener también conciencia de clase para no dejar a nadie atrás.
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