Aunque no las reconozcas por este término, seguro que sabes de lo que hablamos, porque las lesbianas butch forman parte de nuestra historia. Es una identidad dentro del universo lésbico que tiene que ver con la expresión de género, con códigos culturales propios y con una manera concreta (y válida) de habitar el cuerpo y el deseo.

Puede que te resulte familiar o que la hayas escuchado asociada a estereotipos bastante simplistas. Así que te lo explicamos a continuación.

Lesbianas butch: una expresión de género y no una identidad distinta

Ser una lesbiana butch no define a quién deseas, sino que tiene que ver con la manera de expresarnos. Son mujeres con una expresión de género que se percibe como masculina o masculinizada. Puede verse reflejado en la estética (ropa, pelo, gestos), en la actitud o en la forma de hablar.

Dentro del colectivo, la ‘categoría’ butch convive con otras, como femme, andrógina e incluso identidades más fluidas. Eso sí, no todas las lesbianas encajan sí o sí con una etiqueta concreta, ni tienen por qué hacerlo. Son más bien códigos culturales con los que nos reconocemos entre nosotras, sobre todo en épocas en las que era mucho más complicado ser quienes somos.

Un recordatorio importante: una mujer butch no es menos mujer y tampoco está ‘imitando’ la masculinidad hegemónica. De hecho, podemos darle un nuevo significado desde un lugar propio o disidente, que no pasa por reproducir el modelo tradicional masculino ni apropiarnos de ciertos rasgos.

Historia y cultura detrás de esta ‘estética’

Cuando hablamos de lesbianas butch, tenemos que hablar de memoria colectiva. En los años 40 y 50 del siglo pasado, sobre todo en Europa y Estados Unidos, las dinámicas butch/femme eran una manera de reconocernos y de estructurar espacios seguros dentro de bares y comunidades clandestinas. Supervivencia pura y dura.

Con el tiempo, el feminismo y los debates internos del colectivo cuestionaron estos roles por considerar que estaban demasiado cerca de la heteronormatividad. Sin embargo, muchas mujeres siguen defendiendo que ser butch no es replicar el sistema.

Hoy el término convive con otras identidades: stud (muy presente en comunidades afrodescendientes), masc o soft buch. Cada una con sus propios matices, porque las lesbianas no somos todas iguales. Sería injusto reducirnos a eso.

Los prejuicios todavía nos pesan

A pesar de los avances, las lesbianas butch se siguen enfrentando a una doble mirada incómoda (la del exterior y la del propio colectivo). Desde fuera, el prejuicio más habitual suele ser asociarlas con ‘querer ser hombres’ o asumir que son el rol dominante en una pareja. Las dinámicas afectivas y sexuales entre mujeres son mucho más complejas que eso.

Dentro del colectivo, también hay cierta sospecha de que las identidades butch refuerzan esquemas binarios. Ese tema da para otro debate, pero la diversidad también debería incluir a quienes se sienten cómodas dentro de una expresión de género más masculina.

Además, muchas butch viven una mayor exposición a la lesbofobia en el espacio público. Aunque también es ‘político’, porque su simple presencia cuestiona la norma.