¿Has oído hablar de la cultura de la cancelación? Hemos oído hablar de este concepto en algún momento, sobre todo relacionado con las redes sociales o con alguna personalidad pública que se haya metido en algún lío. Cuando ocurre dentro del colectivo, es parecido, aunque nos puede doler.

Se aplica en forma de ‘expulsión’, de silencios o de cuestionar la legitimidad de otras compañeras. No es un tema fácil, pero lo explicamos a continuación.

Qué entendemos por cultura de la cancelación

La cultura de la cancelación se refiere al hecho de retirar apoyo público a una persona (dejar de seguirla, de colaborar o de darle voz) después de considerar que ha cometido un error grave, una ofensa o que ha defendido una postura ‘problemática’. En redes sociales, suele traducirse en campañas de señalamiento o presión colectiva para que desaparezca de alguna manera del espacio público.

Por ejemplo, en el ámbito lésbico, invalidar trayectorias militantes, cuestionar la sexualidad de otras mujeres por no encajar en un perfil determinado, juzgarnos o invisibilizarnos de alguna manera.

Ahora bien, señalar un comportamiento concreto no siempre da como resultado una cancelación. Es decir, es necesario denunciar violencias reales, actitudes lesbófobas o comportamientos abusivos. El problema está cuando la respuesta colectiva se traduce en un castigo permanente, sin posibilidad de reparar ni de aprender.

Por qué se produce dentro del colectivo

El colectivo lésbico en absoluto es homogéneo. Ser lesbianas no nos hace idénticas a otras, porque convivimos distintas generaciones, corrientes feministas, posiciones respecto a la teoría queer, debates sobre identidad, representación, trabajo sexual, maternidad o tipo de relaciones. Es como presuponer que todas las mujeres son iguales por el hecho de serlo. Hay mucha diversidad y eso en ocasiones puede provocar tensiones o discrepancias.

En cualquier caso, insistimos en que no todo debate debe llevar a una cultura de la cancelación. Aparece, por ejemplo, para marcar algún límite: quién es ‘suficientemente política’, ‘demasiado normativa’ o quién ‘traiciona’ la causa de alguna manera. Además, las redes sociales amplifican toda esa lógica, porque un simple post en X o en Instagram es suficiente para ‘cancelar’ a alguien.

También influye el cansancio acumulado. Muchas estamos agotadas de explicar lo básico, de tener que aclarar quiénes somos o de responder siempre a las mismas preguntas, que solo nos juzgan o nos estereotipan. Así que eso puede bajar nuestro límite de tolerancia.

Cómo abrir conversaciones sin rompernos

Somos un colectivo que ha atravesado muchas violencias estructurales, así que sabemos que el silencio no es una opción. Si hay actitudes machistas, racistas o tránsfobas en espacios lésbicos, hay que señalarlas, y eso no siempre es cancelación.

La cuestión es qué hacemos después. El reto está en escuchar antes de reaccionar, de contextualizar o de pedir explicaciones. También implica reconocer que la identidad lésbica no es igual para todas. Hay lesbianas masculinas, femmes, no binarias, racializadas, migrantes, mayores, jóvenes… Así que hablar de la cultura de la cancelación dentro del colectivo es preguntarnos si queremos reproducir lógicas de expulsión que históricamente se han utilizado en nuestra contra.