Hablamos poco de comparación entre lesbianas, pero casi todas hemos vivido algo parecido en algún momento. Aunque no siempre lo verbalicemos en voz alta. A veces, en forma de mirada en una fiesta. Otras, al llegar a un grupo nuevo y medir (sin querer) quién es más visible, más activista, más normativa o simplemente más guapa.
Nos gusta pensar que, como colectivo que históricamente ha estado relegado a un segundo plano, tenemos integrada la sororidad, y no es así. Las mujeres lesbianas podemos hacer red y comunidad, pero eso no nos libra de entrar en algún momento en una dinámica de competencia. Básicamente, porque venimos de una cultura que nos ha enseñado que entre mujeres debe haber rivalidad.
¿De dónde nace la comparación entre lesbianas?
Todas hemos crecido en una sociedad que valora a las mujeres por su aspecto físico, su apariencia, su carisma, su éxito o su capacidad para encajar. Y aunque nosotras nos salgamos del guion hetero, seguimos siendo mujeres en una sociedad patriarcal.
En espacios lésbicos, además, hay un componente identitario fuerte. La orientación sexual no tiene que ver solo con quién nos relacionamos, porque también es comunidad, política y pertenencia. Así que eso puede dar lugar a ciertas jerarquías, como quién salió antes del armario, quién milita más, quién tiene pareja estable o quién encarna mejor una estética concreta (butch, femme, andrógina, sporty…).
También tiene mucho que ver que hemos crecido con muy pocas referentes y con la sensación de que no había tantas lesbianas. Esa ‘escasez’ puede transformarse en competencia afectiva o social. Como si el reconocimiento, el liderazgo o el deseo fuesen ‘recursos limitados’.
Competencia afectiva, social y política
Uno de los terrenos en los que más se nota la comparación entre lesbianas es en el afectivo. En entornos pequeños, donde casi todas nos conocemos o hemos estado con alguien que estuvo con alguien, es fácil caer en dinámicas de rivalidad. Por ejemplo, nos comparamos con la ex de nuestra chica o con la chica nueva que ha entrado a un determinado grupo.
También existen comparaciones entre lesbianas en el plano social. En este caso, quién ocupa más espacio en una reunión, quién tiene más seguidores en redes, quién suele dar charlas o lidera proyectos. Y ojo, porque no siempre es hostilidad abierta o una ‘guerra declarada’. Es más bien una comparación que llevamos por dentro y en silencio, sin verbalizarla.
Y luego está la dimensión política. En debates sobre identidad, visibilidad o estrategias dentro del movimiento LGTBIQ+, pueden surgir luchas internas, básicamente porque nos jugamos mucho en esas conversaciones. Así que cualquier discrepancia puede terminar en una especie de competición para ver qué opinión es más legítima.
El trasfondo de todo esto: inseguridad y falta de referentes
Si rascamos un poco, nos damos cuenta de que no tenemos ningún problema con ninguna mujer en concreto, más bien con nosotras mismas. Muchas hemos tenido que construir nuestra identidad solas, sin referentes, sin modelos claros y, en muchas ocasiones, sin poder contar con nuestra familia.
Así que las comparaciones con otras lesbianas son una forma (bastante torpe, por cierto) de ‘ubicarnos’. ¿Soy suficientemente visible? ¿Soy demasiado masculina? ¿Demasiado normativa? ¿Estoy militando lo suficiente? La falta de referentes lésbicos diversos en medios, empresas o instituciones también pesa bastante.
Y aunque estas comparaciones sean inevitables en muchos casos, no ganamos nada midiéndonos constantemente entre nosotras. Ni como mujeres ni como lesbianas. Bastante tenemos con vivir en una sociedad que todavía tiene muchos prejuicios hacia nosotras. De hecho, celebrar los logros ajenos no nos hace más pequeñas, al contrario, porque en el colectivo hay espacio para todas.
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