Todas tenemos una lista con esas preguntas que nos han hecho a lo largo de nuestra vida. A priori, con buena intención y sin ánimo de juzgarnos. Incluso ‘desde el cariño’. Pero las lesbianas estamos cansadas ya de escuchar los mismos juicios de valor, casi siempre desde la excusa de la curiosidad o de una supuesta apertura mental.
En este caso, no hablamos de insultos ni de ataques. Nos referimos más bien a comentarios ‘bienintencionados’ en comidas familiares, en el trabajo e incluso entre amigos. Cuando alguien decide que nuestra orientación sexual es un tema público y que tienen todo el derecho a juzgarnos. Y hacerlo con ‘buena intención’ no evita las consecuencias.
«¿Y cómo lo supiste?»
Esta pregunta es un clásico. Como quien te pregunta por qué elegiste una profesión y no otra. La diferencia es que cuando te preguntan por qué eres lesbiana, normalmente lo hacen para satisfacer su curiosidad y porque nuestra orientación sexual necesita explicación. ¿Le haríamos la misma pregunta a alguien hetero?
Se da por hecho que a una mujer hetero le tienen que gustar los hombres. En cambio, nosotras parece que tenemos que construir toda la narrativa y explicarnos con todo lujo de detalles: ¿hubo trauma? ¿Decepción? ¿Fue por alguna mala experiencia con un hombre?
«En la cama, ¿quién hace de hombre?»
Otro clásico con el que entramos en terreno pantanoso. Esta pregunta, más frecuente de lo que parece, muestra hasta qué punto el imaginario heterosexual sigue siendo la referencia. Y la lógica que hay detrás es que, si no hay un hombre, alguien tendrá que ocupar ese lugar.
El problema no es solo que nos invade la intimidad, que ya es bastante. Es la idea de que una relación lésbica necesita replicar un esquema heteronormativo para ser entendida, como si el deseo entre mujeres no pudiera existir sin roles binarios.
«¿Estás segura? Igual es una fase»
La pregunta que no puede faltar en esta lista, porque siempre nos la hace alguien con la intención de ayudarnos. Y, de paso, para cuestionar nuestra capacidad de conocernos. Es una forma elegante de invalidarnos.
La bisexualidad existe, por supuesto, pero asumir que toda lesbiana está ‘experimentando’ hasta encontrar al hombre adecuado responde a un imaginario lesbofóbico bastante arraigado. El famoso ‘ya aparecerá alguien que te haga cambiar de opinión’. Igual que cuando una mujer dice que no quiere ser madre y le responden que ya le llegará el instinto maternal.
«¿Y tus padres qué opinan?»
Otra pregunta aparentemente neutra, pero que pone el foco en la validación externa. Como si aquí lo importante no fuera cómo estamos nosotras, sino si nuestro entorno lo aprueba.
Claro que la familia es importante y que el contexto influye, pero lo que no se puede hacer es reducir nuestra identidad a la reacción ajena, porque nos vuelve a colocar en una posición de tener que pedir permiso para existir. Como si para ser lesbianas necesitáramos el visto bueno de nuestra familia.
Además, no todas tenemos historias fáciles. Hay compañeras que han sufrido rechazo familiar o microviolencias, así que preguntar sin conocer el contexto, puede reabrir viejas heridas.
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