El activismo militante lleva años siendo la herramienta que tenemos las lesbianas para conquistar derechos, visibilidad y demandar espacios propios. De hecho, sin la militancia que tantas otras compañeras han ejercido a lo largo de los años, cuando no era tan fácil, no estaríamos donde estamos.

Pero también es cierto que en los últimos años, muchas compañeras nos preguntamos lo mismo: ¿estamos cansadas del activismo militante? No porque no entendamos la importancia de nuestras reivindicaciones, sino por el desgaste. Porque cansa tener que estar siempre haciendo guardia, explicando, corrigiendo o defendiendo lo que a estas alturas debería ser evidente.

¿Qué entendemos por activismo militante?

Por activismo militante no nos referimos solo a ir a manifestaciones o llevar una pancarta el 8M o el Día del Orgullo. Es más bien una forma de estar en el mundo, con actitud combativa, organizada y muchas veces estructurada en colectivos, asambleas o asociaciones LGTBIQ+.

Además, dentro del lesbianismo, la militancia ha tenido también un matiz propio. Hemos luchado (y seguimos haciéndolo) contra la lesbofobia externa, pero también contra la invisibilidad dentro de nuestro propio colectivo. Muchas hemos pasado por espacios mixtos en los que nuestras preocupaciones y necesidades quedaban relegadas a un segundo plano, y de ahí la necesidad de crear colectivos no mixtos y espacios propios.

Sabemos que el activismo militante fue y sigue siendo necesario, porque gracias a esa presión organizada conseguimos leyes como el matrimonio igualitario, que impulsó el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero en el año 2005.

El desgaste emocional de estar siempre en primera línea

Lo que debemos tener en cuenta es que militar no es gratis. Para ello, debemos tener tiempo, energía, exponernos y, a menudo, lidiar con el conflicto. Hay lesbianas de 30, 40 o 50 años que miran atrás y reconocen cierto agotamiento. No porque hayan dejado de defender ciertos derechos, sino porque sostener esa lucha termina pasando factura.

Ocurre también en otras luchas sociales, pues tener que educar y corregir constantemente termina cansando. En nuestro caso, explicar que todavía sigue habiendo lesbofobia, defender la importancia de los espacios no mixtos y aclarar que no todas queremos encajar en narrativas queer que a veces invisibilizan la experiencia lésbica más clásica.

¿Cansancio o transformación?

Llegadas a este punto, nos hacemos una pregunta. ¿Es realmente un abandono o más bien estamos asistiendo a una transformación? Las generaciones más jóvenes no necesariamente militan en asociaciones tradicionales, sino que muchas muestran su activismo a través de las redes sociales, en proyectos culturales, pódcast o espacios de ocio seguro.

Es decir, la politización del discurso es diferente, menos asamblearia y más distribuida. Y no por ello menos válida.

Además, vivir tranquilamente nuestra vida lésbica, sin escondernos, también es político. Por ejemplo, tener pareja y hacerlo visible, ocupar espacios laborales sin escondernos… La visibilidad cotidiana puede ser el mejor activismo militante, con más repercusión incluso que una pancarta (que también hay que llevarla).