Si te gustan las mujeres, seguramente hayas aprendido algunas cosas mucho más tarde de lo que te hubiera gustado, porque nadie te ha enseñado a mirar hacia ahí. Crecemos rodeadas de historias, de canciones, de películas y de conversaciones en las que ser hetero ha sido la norma. Incluso desde pequeñas nos han inculcado las historias del príncipe azul.
Y ojo, no vamos a hablar de grandes aprendizajes que nos hayamos llevado en la vida, porque eso merece un artículo aparte. Más bien, se trata de entender por qué estabas obsesionada con una actriz que te parecía muy guapa, por qué te interesabas por algunas chicas o por qué te ponía nerviosa tener a esa amiga cerca en la adolescencia.
No era admiración, era tu crush
Muchas lesbianas y mujeres bisexuales hemos tardado años en entender la diferencia entre admirar a una mujer y sentir atracción por ella. Porque nos han enseñado a mirar a otras mujeres, a cómo visten, cómo hablan, cómo son físicamente, cómo se comportan… Así que lo fácil es pensar que te llaman la atención porque quieres parecerte a una en concreto.
Hasta que un día te des cuenta de que quizá no querías su chaqueta ni su corte de pelo. Lo disfrazabas de admiración a una profesora, una monitora del campamento, actrices, cantantes o una chica mayor de tu instituto. Amiga, ahora que sabes que te gustan las mujeres, sabes de sobra que era tu crush.
Tus ‘fases’ quizá no eran una fase
Algunas hemos pasado por la fase de decir ‘solo me gusta esta chica en concreto, pero yo no soy lesbiana ni bisexual‘. Y después llega otra chica que te hace ‘tilín’, y otra más… Así durante años.
A veces, intentamos encajar nuestras emociones en algo temporal porque así parece más sencillo de entender o de explicar. «Es una excepción», «solo me pasa con ella», «me gustan los hombres, pero con esta chica es diferente»… Son frases muy comunes cuando tú misma sabes que te gustan las mujeres, pero aún no has salido del armario. Y sea como sea, está bien. Todas tenemos nuestros tiempos y fases.
Te gustan las mujeres y por eso algunas amistades eran tan intensas
Otra de las cosas que muchas entendemos tarde es por qué algunas amistades eran especialmente intensas, y no precisamente por ser una amistad verdadera. Había emociones que se mezclaban y que en ese momento quizá no sabías identificar.
Por ejemplo, esa necesidad de estar siempre con tu amiga y, si era a solas, mejor. Los celos cuando hablaba de otra amiga, una tristeza absurda si tardaba mucho en responderte, la emoción cuando te daba un abrazo… A priori, todo esto se puede camuflar en los rasgos de una amistad muy fuerte, pero las dos sabemos que quizá había algo más.
También pasa mucho lo de convertir una ‘pseudorelación’ en una amistad eterna, porque ninguna de las dos os atrevéis a verbalizar lo que es evidente. El típico ‘no sé qué somos’ tan habitual cuando te gustan las mujeres y aún no has salido del armario.
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