La identidad de género, definida por la RAE como la percepción que cada persona tiene de su propio género (que puede coincidir o no con su sexo biológico), condiciona nuestra manera de estar presentes en el mundo. Dice mucho de cómo somos, de cómo nos perciben los demás y, sobre todo, del acceso (o no) a las oportunidades.

Nosotras entendemos la identidad por capas: la de género, la sexualidad, la expresión, la clase, el origen e incluso la manera en la que decidimos mostrarnos en entornos laborales, educativos o sociales. Así que la identidad no es ningún punto de partida común, porque no todas partimos del mismo sitio, ni nos perciben igual.

Cuando la identidad es un filtro en nuestra vida

Las lesbianas sabemos perfectamente que hay espacios en los que presuponen nuestra identidad (para bien o para mal) y eso ya condiciona todo lo demás. Por ejemplo, cuando vamos al ginecólogo y todas las preguntas presuponen que somos heterosexuales y mantenemos relaciones sexuales con hombres.

O a la inversa: cuando presuponen que somos lesbianas por nuestra estética y automáticamente nos juzgan o nos cierran la puerta de muchos espacios. Y otras veces somos nosotras mismas las que sentimos que no encajamos culturalmente en un grupo.

El peso de encajar en espacios que no son inclusivos

La mayoría de estructuras laborales, educativas e incluso sociales no están diseñadas pensando en la diversidad real de identidades. Y eso se nota.

Lo vemos en formularios rígidos que no abren la puerta a otras identidades de género, en dinámicas de equipo en las que está muy delimitado lo que se considera ‘normal’… Es decir, que sentimos que tenemos que hacer un esfuerzo por encajar y que todo el mundo nos mira con lupa.

Distintas maneras de gestionar la identidad

De todas formas, tener que gestionar nuestra identidad de manera constante (decidir cuándo podemos ser visibles, cuándo hay que suavizar la identidad, cuándo es mejor estar calladas…) impacta directamente en el acceso a las oportunidades.

En entornos profesionales, por ejemplo, se traduce en menos exposición, menos networking e incluso en que perdamos la confianza en nosotras mismas a la hora de presentar un proyecto o de ocupar espacios. No por falta de talento, sino por ese peso que tenemos que soportar por ser quienes somos y no escondernos.

Cuando la inclusión es real y cuando es solo un discurso

La inclusión es una palabra que está en boca de todo el mundo últimamente, pero que se hable más de ello no significa que haya un cambio real en la sociedad.

La inclusión real obliga a revisar cómo se toman las decisiones, sobre todo en entornos de poder, y en qué tipo de referencias culturales se consideran «normales». También implica asumir que la identidad es una parte estructural de cómo vive cada persona y cómo accede a las oportunidades.