Hoy, 30 de enero, se celebra el Día Internacional del Croissant. ¿Y qué tiene que ver eso con nosotras? Pues que es un día perfecto para hablar de bolleras, una palabra que escuchamos mucho como insulto y que hemos sido capaz de apropiarnos.

La palabra bollera ha pasado de ser un insulto a ser, para muchas de nosotras, una forma de nombrarnos desde dentro, con conciencia y con cierta historia. Tiene que ver con el lenguaje y con quién decide cómo nos llamamos.

De dónde sale la palabra bollera

El origen de esta palabra no es precisamente romántico. Como ocurre con muchos términos dirigidos hacia las mujeres o hacia el colectivo LGTBIQ+, nace desde fuera y con intención peyorativa. Durante décadas (y hoy también) se ha utilizado para señalarnos y ridiculizarnos.

Pero el lenguaje no es estático. Igual que los hombres homosexuales lo han hecho con la palabra ‘maricón’, en nuestro caso, también nos hemos apropiado del término bollera. Muchas lesbianas empezaron a utilizarlo con ironía, luego con orgullo y después como identidad. Es decir, nombrarnos con una palabra que antes se usaba contra nosotras es una forma de resistencia.

Reapropiación: cuando el insulto cambia de bando

Que nos reapropiemos una palabra no es automático, y además no todas las lesbianas se sienten cómodas usando el término bollera. Es una elección personal y, muchas veces, relacionada con la edad o las circunstancias personales.

Para otras, decir ‘soy bollera’ es una forma de plantarse, darnos visibilidad a nosotras mismas, incluso incomodar o romper con cierta ‘corrección’. La clave está en el uso de la palabra. Porque no es lo mismo que nos lo digan por la calle a modo de insulto o de forma despectiva que decírnoslo entre nosotras mismas.

Entre croissants, bollos y el humor dentro del colectivo

Volvamos a que hoy es el Día Internacional del Croissant. El chiste del bollo y de las bolleras existe, por supuesto, desde hace años y no vamos a fingir ninguna sorpresa. Pero el humor interno funciona precisamente porque parte del reconocimiento mutuo. Nos reímos porque sabemos de dónde viene el ‘chiste’ y porque tampoco nos define.

El problema es cuando se queda en un simple juego de palabras y se vacía de contenido. Cuando lo usamos para reducir, simplificar o estereotipar. Por eso, lo usamos como un guiño.

Pero… ¿Quién puede decir la palabra bollera? La respuesta corta es que depende. La larga implica entender que el lenguaje no significa lo mismo para todo el mundo. Si lo utilizamos las lesbianas, dentro del colectivo, es una señal de identidad, una broma que compartimos. Pero fuera de él, es normal que chirríe o que incomode. Y con razón.

Es el lenguaje el que construye la realidad, así que elegir cómo nos llamamos importa. Y apropiarnos de una palabra que durante tantos años ha sido despectiva es una forma de reivindicarnos a nosotras mismas, de sanar o de existir sin pedir permiso a nadie. Y hoy, ¡cómete un croissant si te apetece!