El consentimiento explícito tiene que estar presente en cualquier relación afectiva o sexual, también entre mujeres. Sin embargo, ¿cómo poner límites o gestionar el deseo sin que sea incómodo?

Nuestro consejo es que lo habléis y lo dejéis claro desde el primer momento. La confianza y la comunicación se construyen desde el principio, y eso es lo que da pie a una relación larga, sana y estable.

De hecho, cuando vemos un vínculo seguro y respetuoso, suele ser consecuencia de que esas dos personas han aprendido a poner límites. Y ojo, no significa que siempre tengan claro lo que les gusta y lo que no. Significa que han aprendido a gestionar el consentimiento desde el principio, a poner límites y a expresar lo que les gusta y lo que no.

¿Qué significa el consentimiento en una relación?

El consentimiento es un acuerdo libre, informado y explícito para participar en una relación afectiva o sexual. Es decir, no es suficiente con que la otra persona no se oponga a mantener una relación, sino que debe decirlo verbalmente y expresarlo sin ningún tipo de miedo, presión o culpa.

Además, debe ser reversible. Una mujer puede tener ganas de mantener relaciones sexuales y cambiar de opinión en cualquier momento, aunque ya haya empezado la relación o ambas hayan practicado sexo antes. Y también es posible dar consentimiento para unas prácticas y revocarlo para otras.

Estas son las cuatro ideas básicas del consentimiento:

  • Debe ser libre: el consentimiento no es aceptar por miedo a que la otra persona se enfade, se marche o deje de mostrar afecto.
  • Tiene que ser específico: aceptar unas prácticas no significa aceptar otras.
  • Se puede retirar: una mujer tiene que ser libre para cambiar de opinión sin tener que dar explicaciones ni seguir por simple compromiso.
  • Necesita comunicación: preguntar, escuchar y saber en todo momento si la otra persona está cómoda para no dar nada por sentado.

Cómo poner límites en las relaciones

Una razón por la que no hablamos tanto de consentimiento es por miedo a ‘cortar el rollo’ o a que resulte muy forzado. Pero no es así necesariamente.

De hecho, es mucho mejor preguntar qué le apetece a la otra persona, qué no le gusta, qué quiere probar… Es una buena manera de ganar confianza y de disfrutar incluso más del encuentro sexual.

¿Cómo hacerlo? Tampoco hace falta que sea un interrogatorio ni una situación incómoda. Es suficiente con:

  • «¿Te gusta así?»
  • «¿Quieres que sigamos?»
  • «¿Hay algo que prefieres que no haga?»

Importan tanto las respuestas verbales como las no verbales, aunque tampoco debemos considerarlas como un consentimiento automático. Si una de las dos se queda allada, parece incómoda o deja de participar, hay que parar y preguntar cómo se siente.

Interioriza esto en cualquier tipo de relación: el silencio, la inmovilidad o la ausencia de resistencia no equivalen en ningún caso a un ‘sí’.

Y un consejo: es mucho mejor hablar de sexo fuera de la cama, cuando ninguna de las dos siente la presión de tener que responder en ese mismo momento.