En la historia ha habido muchas más pintoras lesbianas de las que aparecen en los libros de Historia del Arte. Algunas obtuvieron el reconocimiento que merecían en vida y otras han alcanzado el éxito décadas después. Y en ambos casos, sus nombres siguen ocupando un lugar muy secundario frente a los pintores de la época.

Algunas de estas pintoras ocultaron su orientación sexual deliberadamente. En otros casos, ha sido la propia historia la que ha borrado o ignorado ese ‘dato’.

No queremos reducir su legado a su orientación sexual, pero sí devolverles el espacio que les corresponde dentro de la cultura. Porque muchas de ellas encontraron en el arte una vía de escape y una manera de explorar la identidad, el cuerpo femenino y el deseo en una época en la que ser lesbiana estaba perseguido y castigado.

Gluck, la artista que rechazó las etiquetas

Hannah Gluckstein (1895-1978), conocida simplemente como Gluck, fue una pintora británica que rompió moldes. Rechazaba el tratamiento femenino, prefería que la llamaran únicamente por su apellido artístico y construyó una identidad que hoy muchas personas relacionan con expresiones de género no normativas.

Su obra se centró sobre todo en retratos, paisajes y naturalezas muertas. Uno de sus cuadros más conocidos es ‘Medallion‘ (1937), obra en la que representó un momento íntimo junto a su pareja, la florista Constance Spry. Aunque la pintura en aquel momento fue algo simbólico, hoy en día está considerada una de las representaciones más delicadas del amor entre dos mujeres en el arte británico del siglo XX.

Romaine Brooks y los retratos de una generación sáfica

La estadounidense Romaine Brooks (1874-1970) desarrolló gran parte de su carrera en París, donde formó parte de los círculos artísticos e intelectuales de principios del siglo XX. Mantuvo una relación larga con la escritora Natalie Clifford Barney, una figura imprescindible de la cultura lésbica de la época.

Su estilo se caracterizaba por los tonos grises, negros y azules, y se alejaba por completo de los colores habituales del momento. Pintó a muchísimas mujeres independientes, artistas y escritoras que rompían los roles tradicionales de género.

Algunas de sus obras han pasado a ser referencias para la comunidad queer, que durante mucho tiempo ha sido invisible en el terreno del arte, como ‘Self-Portrait‘ (1923) o los retratos de Barney de la bailarina Ida Rubinstein.

Alice Austen, más que una fotógrafa

Aunque el nombre de Alice Austen nos suene mucho más por su trabajo como fotógrafa, también fue una pintora lésbica que forma parte de una generación de artistas cuyos dibujos e ilustraciones fueron ocultados durante décadas.

Vivió durante más de 50 años con Gertrude Tate en Staden Island, y conocemos muchos detalles de su relación por las cartas y las fotografías de aquel entonces. Sus imágenes muestran escenas totalmente cotidianas de mujeres con una naturalidad poco habitual a finales del siglo XIX.

Su trabajo, más allá del valor artístico que tiene, es un testimonio muy valioso sobre la vida de mujeres que construyeron espacios propios antes de que las parejas de mujeres tuvieran algún tipo de reconocimiento social.