Diversidad, inclusión, igualdad… Son palabras muy presentes en la sanidad, la educación o las instituciones, pero todas sabemos que, a la hora de la verdad, todavía hay carencias y nos tenemos que enfrentar a situaciones que no son plato de buen gusto. Empezando porque no todas las visitas al médico son a una consulta inclusiva.
Por ejemplo, que una visita al ginecólogo sea más o menos cómoda depende en buena medida de la sensibilidad que tenga cada profesional o de su formación en diversidad, porque los protocolos que existen están centrados en relaciones heterosexuales. Y nosotras tenemos que seguir explicando con quién decidimos compartir nuestra vida.
Una consulta inclusiva empieza por no dar nada por sentado
Los prejuicios están muy presentes en todos los ámbitos de la sociedad. En el terreno médico es muy habitual asumir que todas las relaciones son heterosexuales, y se intuye en forma de comentarios a priori inofensivos: «¿qué método anticonceptivo utilizas con tu novio?» o «¿tu marido vendrá contigo?». Existen muchas formas de vivir nuestra sexualidad y no todas pasan por la heteronorma.
En cambio, en una consulta inclusiva deberíamos escuchar términos más genéricos, como «pareja» en lugar de «novio o marido». O simplemente preguntar, en caso de que la información sea relevante desde el punto de vista clínico, en lugar de asumir nada.
Tampoco es cuestión de que una revisión gire alrededor de nuestra orientación sexual, pero sí abrir la puerta a que podamos compartirla con total naturalidad cuando sea necesario, sin pensar en cómo hacerlo o prepararnos para recibir miradas incómodas.
El ginecólogo es una asignatura pendiente
En las visitas al ginecólogo es donde muchas lesbianas hemos vivido muchas situaciones incómodas. Esta consulta siempre ha estado muy asociada, casi por completo, a los métodos anticonceptivos o al embarazo, así que suele dejar fuera muchas otras realidades.
Por ejemplo, la mayoría de recomendaciones parten de la idea de un tipo de relación heterosexual y desoyen, entre otras cuestiones, que también hay riesgo de infecciones de transmisión sexual entre mujeres.
Y volvemos a lo mismo de antes: una ginecóloga o un ginecólogo con formación en diversidad afectivo-sexual adaptará las preguntas al historial de cada paciente, con información sobre salud sexual entre mujeres, y recomendará las pruebas que sean necesarias sin hacer presunciones sobre las relaciones sexuales.
Del mismo modo, si una pareja de mujeres hace una consulta sobre fertilidad o reproducción asistida, lo último que quiere es escuchar comentarios paternalistas o preguntas innecesarias sobre ‘la figura masculina’.
El lenguaje también es importante
Otro indicio de que estás en una consulta inclusiva (o que no lo estás) es el lenguaje. Un lenguaje inclusivo y respetuoso evita las etiquetas y, sobre todo, entiende las distintas identidades y relaciones que existen.
Y esto también debe estar contemplado en protocolos o formularios. Por ejemplo, ya hay centros sanitarios que permiten indicar el nombre por el que una persona quiere ser llamada o el tratamiento, incluso utilizan términos más amplios al preguntar por el estado civil o cómo se forma la unidad familiar. Esto sí que son avances reales para conseguir que nos sintamos cómodas y seguras.
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