La autoaceptación llega cuando menos te lo esperas y en las situaciones más cotidianas posibles. Cuando te cansas de esconderte, después de una conversación incómoda, una ruptura, de salir del armario con una persona en concreto o cuando entiendes que no tiene sentido seguir ‘enfadada’ contigo misma.

Para muchas lesbianas, este proceso no consiste solo en querernos más. La autoaceptación pasa por aceptar una identidad que durante años ha estado cuestionada, invisibilizada o directamente escondida para no molestar. Desde el clásico ‘solo es una fase’ hasta ‘eso es porque no ha aparecido el hombre adecuado en tu vida’.

Por eso, encajar no tiene tanto que ver con nuestro entorno. Tiene más que ver con el ‘clic’ interno que hacemos muchas mujeres para empezar a vivir con menos culpa.

No puedes estar tranquila si rechazas quién eres

Parece evidente, pero no lo es tanto cuando has pasado media vida sin aceptar al 100% quién eres o sintiéndote culpable. Desde pequeñas, muchas de nosotras hemos aprendido a no mirar demasiado, a no decir ciertas cosas por lo que puedan pensar, a no nombrar lo que sienten, a fingir que son hetero en ciertos contextos para no levantar sospechas…

Un ejercicio de autocensura que nos hace daño y no nos permite vivir tranquilas. La autoaceptación ocurre cuando te das cuenta de que no necesitas justificar constantemente quién eres, que no hay nada mal dentro de ti y que tus deseos son tan válidos como los de una mujer hetero.

No resuelve todos tus problemas por arte de magia, pero sí dejas de tenerte a ti misma como enemiga.

Aceptarse no significa no tener miedo

Una cosa es que nos aceptemos y otra que sigamos siendo personas con sus miedos, sus inquietudes y sus inseguridades. Eso no desaparece de la noche a la mañana.

Es válido que tengas claro quién eres y al mismo tiempo tengas miedo al rechazo familiar, a perder amistades, a sufrir lesbofobia en entornos nuevos o a no encajar ni siquiera dentro de entornos LGTBIQ+.

Requiere, eso sí, un cambio de mentalidad enorme, porque dejas de preguntarte qué puedes cambiar para encajar y empiezas a pensar más en protegerte, cuidarte y construir una red sólida. Pasar del autojuicio constante al autocuidado.

La culpa heredada pesa mucho en la autoaceptación

Algunas lesbianas hemos tardado mucho tiempo en entender de dónde viene esa falta de aceptación propia o, al menos, en querer entenderlo. Hemos crecido con una narrativa en la que ser visibles implicaba decepcionar a alguien, romper alguna expectativa o salirnos del guion.

Y es cuando aparece el sentimiento de culpa. Por ejemplo, que estás complicando la vida a tu familia de alguna manera por el entorno, que estás siendo egoísta por no cumplir con la vida normativa que el resto de tu familia… Empiezas a pensar que deberías ser ‘menos evidente’ para no incomodar y se complica el salir del armario.

Cuando te aceptas, eliges mejor a quién dejas entrar en tu vida

La autoaceptación modifica tus vínculos. Es decir, cuando aún estás en conflicto contigo misma, tragas con amistades que no te hacen bien, parejas que te esconden, lesbofobia disfrazada de comentarios inocentes…

En cambio, cuando te aceptas y no necesitas validación, es más fácil detectar quién suma en tu vida y quién solo te ‘acepta’ si no incomodas. Buscas espacios donde puedas ser tú misma y eso también influye mucho en tus hábitos, en tu red y comunidad.